Entre el amor y el deber
- Автор: Уинтерз Ребекка
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Entre el amor y el deber». Краткое содержание книги:
Raúl no tenía la menor duda de que él era el padre y estaba dispuesto a reclamar sus derechos… eso significaba que tenía dos noticias que dar a Heather: que estaba embarazada y ¡que estaba a punto de convertirse en su esposa!
Debía de estar teniendo una pesadilla.
– Raúl… -gritó presa del pánico-No estarás hablando en serio! ¿No sabes acaso que no me importa dónde vivamos ni cómo nos ganemos la vida mientras esté contigo?
– En la ceremonia, he prometido cuidarte y protegerte. Lo mejor para ti es quedarte en Buenos Aires.
– ¿Mejor para mí? -le espetó-. He venido hasta aquí para vivir contigo y tú. Me sales con que no vamos a vivir como un matrimonio normal. -¡Raúl, soy tu mujer! No una empleada a la que puedas decir lo que tiene que hacer.
– Exacto. Eres mi mujer y pretendo cuidarte.
Hacerte la vida lo más fácil posible.
– ¿Cómo puedes decirme que vamos a estar separados cinco días a la semana sin haberme dejado demostrarte que soy capaz,de vivir en la selva? Llevo mucho tiempo deseándolo. Phyllys me solía leer tus cartas y me fascinaba tu forma de vida. Durante los tres meses de gira, cada rato que tenía para mí me lo pasaba leyendo sobre el Chaco y sus gentes. ¡Tú vida es una aventura y yo quería vivirla contigo!
– Aunque eso sea cierto, tú eres concertista de piano, Heather. Dentro de cinco semanas, te quitarán la escayola y podrás ensayar, mi amor.
– No soy tu amor. Después de lo que me has dicho, no sé qué soy para ti, pero, desde luego, no tu amada esposa.
– Heather… -le dijo con tristeza.
Fue a abrazarla, pero ella lo rechazó física y emocionalmente.
– Creía que este matrimonio estaba basado en la sinceridad. En Nueva York, me dijiste que nunca dejarías el Chaco, que eras un hombre posesivo y que querías que durmiera contigo todas las noches.
– Entonces, no estaba casado contigo y no creía que hubiera muchas posibilidades de que algún día fueras mi mujer. Sin embargo, ahora que eres mía, quiero lo mejor para ti.
– Cómo voy a tener un hogar contigo si tú no estás aquí? -preguntó desafiante-. Me he casado contigo pensando que íbamos a estar juntos.
– Tú eres el único hogar que necesito, Heather. La habitación empezó a darle vueltas.
– ¿ Y qué pasa con lo que yo necesito? -gritó-No soy una figura de porcelana que puedas admirar cuando te dé la gana. No soy de tu propiedad. Estoy aquí para compartirlo todo. Claro que sé que vivir en el Chaco es muy duro, pero el hecho de que me propongas que vivamos la mayor parte de la semana separados me duele y me parece ridículo!
Raúl empalideció.
– No tengo derecho a pedirte que abandones la música por mí. Si te quedas a vivir aquí, podrás compaginar el piano y tu maternidad.
Heather negó con la cabeza. Aquello no podía estar sucediendo. Cuando creía que habían superado todos los obstáculos…
– Nunca he querido ser concertista de piano-confesó-. ¡ Si hubiera sido así, no estaría aquí contigo! -añadió sintiéndose liberada al decir la verdad.
– No te creo -dijo él incrédulo.
– ¡Pues no me creas! -gritó furiosa-. Pero te advierto que no pienso tocar este Stemway. Será mejor que se lo des a otra persona. ¿No te acuerdas de que gané otro piano? ¡Y lo deje en casa de mi padre para no tocarlo nunca! -Añadió con los ojos encendidos-¿Por qué te has casado conmigo, Raúl? Desde luego, no ha sido porque quisieras una compañera para vivir!
Él la agarró de los hombros.
– ¿Cómo me puedes decir eso después de lo que hemos compartido?
– Hace unos minutos, iba de camino al Chaco con el hombre a quien amaba, pero otro hombre me condujo a su ático, un hombre que no se parece en nada a mi amado. ¿Para qué has montado la farsa de pronunciar tus votos si no tenías ninguna intención de dejarme ser tu esposa? No hacía falta que me cambiara el apellido si solo me quenas tener cerca para cuando te apeteciera divertirte.
– No hables así, Heather -dijo intentando besarla.
– ¿Cómo? -Dijo ella zafándose-¿Qué pasa? ¿ Crees que no estaré a la altura de Elana, que no podré acostumbrarme a vivir en la selva?
– Yo no he dicho eso. Lo único que quiero es que tú y el niño estéis bien y que puedas seguir tocando.
– ¿Para que puedas tener todas las aventuras que quieras? Estoy empezando a pensar que lo que he oído sobre los hombres suramericanos es cierto, que tienen una esposa e hijos y una querida. ¿Por eso te enfadaste con Marcos, porque sabes que todo vale?
Raúl la volvió a agarrar.
– ¿ Crees que me habría casado a mi edad si me interesara otra mujer?
– Solo te has casado conmigo porque estoy embarazada de ti -contestó ella con calma-Como eres un hombre de honor, no has tenido más remedio que atarte a mí, pero no te preocupes, porque las ataduras se pueden romper.
– ¿De qué estás hablando?
– Para lo inteligente que eres, me sorprende que lo preguntes. Compartimos una noche en Nueva York, fue increíble, pero se acabó -dijo yendo a la habitación principal, en la que había visto un teléfono.
Él se puso en medio.
– Me parece que estamos teniendo nuestra primera pelea.
– Y la última -le espetó esquivándolo y buscando en el bolso el número del cháteau.
– ¿Qué haces?
Heather tragó saliva y luchó para no llorar.
– Prefiero vivir con el recuerdo maravilloso de aquella noche que con el horror que estamos montando ahora, así que vaya hacer lo único que puedo hacer. Dejarte.
Raúl se cruzó de brazos.
– Tú no vas a ningún sitio. Tu pasaporte lo tengo yo.
– ¿Y qué? ¿Me vas a encerrar aquí? Empiezo a creer que eres capaz de todo. Nunca lo hubiera creído -murmuró desesperada.
– Cariño…
– ¡No me llames cariño nunca más!
– Heather… por amor del cielo…
– El amor no tiene nada que ver con lo que sientes por mí. Empiezo a sospechar que, si no me hubieras oído tocar el piano, jamás te habrías interesado por mí -dijo mirándolo-¿ Tengo razón? Tener una mujer pianista que pasear ante los amigos te atrajo. Por eso fuiste a Juilliard aunque me dijiste que no deberías haberlo hecho. Ahora soy yo la que te digo que nunca debí venir a Argentina. Por suerte, tu tío es abogado. Dile que me mande los papeles del divorcio a Salt Lake.
– No habrá divorcio, Heather -dijo él muy serio.
– Bien. De todas formas, me voy. Me voy a Salt Lake, buscaré una casa y daré clases de piano para poder estar con el niño en casa. Cuando quieras verlo, no tienes más que ir a visitarnos todo el tiempo que quieras -concluyó marcando.
Él le arrebató el auricular y colgó.
– Me he perdido los primeros tres meses de tu embarazo y no tengo intención de perderme un día más. Si quieres vivir en Zocheetl, muy bien, pero por tu bien y el del bebé, será según mis condiciones.
Esa era la verdad.
Raúl no daba su brazo a torcer porque la quisiera. Nunca la había querido. Nunca le había interesado tener una noche de bodas. Debía de pensar que ya la habían tenido hacía tres meses.
¡Había accedido a dejarla vivir con él en su preciosa selva solo porque llevaba su hijo dentro! Le había dicho que era un hombre posesivo y se lo estaba demostrando.
Ningún hombre como Raúl querría que sus familiares y amigos supieran que, a las tres horas de la boda, la pasión de su matrimonio se había terminado. ¿Cómo les explicaría a todos que su recién estrenada mujer se había ido a Estados Unidos?
Era una cuestión de orgullo y de eso le sobraba a él.
Como se culpaba a sí misma de verse en semejante situación, decidió permanecer con él hasta que naciera el bebé. Luego, con la excusa de que no aguantaba la selva, volvería a Salt Lake e iniciaría los trámites de divorcio. Pero eso no se lo iba a decir. Todavía, no.
– Nuestro matrimonio es una farsa y los dos lo sabemos, Raúl -dijo avanzando hacia el baño para dar rienda suelta a sus emociones.
Dos poderosas manos la agarraron de la cintura y Raúl la atrajo hacia sí para acariciarle la mejilla con los labios.