Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
Por fin, siempre con los coches patrulla detrás nuestro, enfila la vía del aeropuerto y para el coche delante de mi terminal. Ordena a uno de los muchachos que vaya a facturar mi equipaje. Luego le dice al otro que suba y no permita que cierren la puerta de embarque.
El primero saltó del coche, se fue al principio de la cola con mi equipaje y cuando el empleado le dijo algo, él le respondió otra cosa y el otro se echó atrás. El otro colega de Tony se fue corriendo a la puerta de embarque y consiguió que no me la cerraran.
No podéis imaginaros el peso que me quité de encima al llegar al avión y despegar, pensando que me había librado de aquellos locos.
El Zurdo iba hacia Las Vegas y el mismo recorrido hacía su expediente policial. El Departamento de Investigación Criminal de Chicago iba a avisar a la policía de Las Vegas de que Frank Rosenthal, El Zurdo, de treinta y ocho años, un corredor de apuestas que tenía su camarilla, un ventajista, un individuo que había permanecido inactivo una temporada, estaba a punto de llegar. El Departamento de Investigación Criminal enviaría a Las Vegas, de forma rutinaria, los informes de los miembros del grupo y de sus socios, siguiendo un programa extraoficial de intercambio de información que llevaba años en funcionamiento. Se informó a la policía de Las Vegas de que Rosenthal, El Zurdo, había sido detenido por asuntos relacionados con el juego como mínimo una docena de veces, que no se le había declarado culpable en ninguna ocasión, que en 1961 se había negado a declarar en relación con el intento de soborno a un jugador de baloncesto de Carolina del Norte y se había acogido treinta y siete veces a la Quinta Enmienda ante un subcomité del Congreso que investigaba las posibles conexiones entre el juego y la mafia.
No llevo ni una semana en La Vegas y ya me aparecen en la puerta. Recuerdo que tenía la gripe. Era la pasma.
Les hice pasar.
– ¿Qué se les ofrece?.
– Está detenido.
– ¿Por qué?
– Robo -dicen.
– ¡Vaya estupidez! -respondo. Me sorprenden de verdad. Soy consciente de que no he hecho nada.
– No te pases de listo con nosotros -dicen, y me esposan. Me hacen salir por el vestíbulo del hotel, me llevan a la jefatura de policía y allí, directamente al despacho de Gene Clark.
Allí estaba Clark. El jefe de policía. Un témpano de hielo. Un individuo muy corpulento.
– La verdad es que no pareces tan duro como te pintan -me dijo.
– Estoy de acuerdo con usted, señor Clark -respondí.
– No me interesan lo más mínimo tus salidas sarcásticas -dice él.
– No tenía intención de practicar el sarcasmo -respondo.
Me doy cuenta de que hace un gesto a los agentes que me llevaron hasta allí y éstos salen del despacho. Me encuentro allí solo y esposado.
– Quiero que hayas abandonado la ciudad a medianoche y que no vuelvas a aparecer por aquí -dice-. No nos interesa que la gente de tu calaña circule por aquí. ¿Me entiendes?
– Creo que sí -respondo.
– Veamos, ¿cuándo te vas?
– No lo sé -digo.
Seguidamente, se levanta, da la vuelta a la mesa, se coloca detrás de mí y de pronto me agarra por el cuello y empieza a apretar. Aprieta tanto que casi pierdo el aliento. Me mareo. Notaba que me iba a desvanecer. Entonces me soltó.
– Ya me has oído, Zurdo -dice. Me llamaba Zurdo-. A medianoche, fuera de aquí, porque ahí fuera, en el desierto, tenemos un montón de agujeros y no querrás tapar alguno, ¿verdad?
Cuando me soltaron, llamé a Dean Shandell, un amigo mío, que estaba en el Caesar's. Un individuo importante. Sabía por dónde andaba. Un fulano de primera. Sabía que él y el sheriff eran uña y carne. Le conté la historia. Me citó en el Galleria. Eran las ocho o las nueve de la noche. Fui al bar y empezamos a hablar. Le pregunté: «¿Qué pasa aquí? ¿Por qué me detienen por robo en mi propia habitación?».
En aquel momento, levantamos la vista y vemos que aparece por allí precisamente Gene Clark, el jefe de policía, y los dos agentes que me habían detenido hacía poco.
– Tienes mala memoria, ¿verdad? -dice-. El último avión está a punto de salir.
– ¿Por qué no lo dejas tranquilo? -dijo Dean levantándose.
– Tú a lo tuyo -le dice Clark-. Es asunto del sheriff.
Dicho esto, me detiene de nuevo. Tras pasar una noche en chirona, me metieron en un avión hacia Chicago a la mañana siguiente.
Pasé unos días haciendo una serie de llamadas y arreglé la vuelta. El sheriff dijo a Dean que me habían dado la lata tan sólo por mi conflictivo expediente. El FBI y la poli de Chicago afirmaron que yo estaba relacionado con un montón de historias, pero la verdad es que trabajaba totalmente por mi cuenta. Así pues, volví para allá.
Me instalé en el hotel Tropicana. Pasaba todo el día en la habitación del hotel leyendo los periódicos. O bien iba con Elliott Price al garito de apuestas en deportes Rose Bowl. Quedaba en la misma calle del Caesar's y allí se apostaba. Hacía mis apuestas en el Rose Bowl. Luego, por la noche, me iba al Galleria, en el Caesar's, y pasaba el rato con individuos como Toledo Blacky, Bobby El Jorobado, Jimmy Caselli y Bobby Martin.
Los domingos me iba bien. Fue una buena temporada. El lunes siempre fue un día especial. El lunes por la noche era definitivo. Por aquella época estaba totalmente concentrado. Apostaba contra los principales corredores de apuestas del país y los superaba de lejos.
Durante aquella temporada gané en todos los partidos de fútbol americano jugados el lunes por la noche excepto en uno. Al cabo de un tiempo, lo curioso fue observar el cambio y ser consciente de que éste se producía por culpa mía.
Había visto que el juego se abría con seis. Sin ninguna oscilación. Ni un secreto. El juego no podía bajar de cinco ni pasar de siete. Un punto en cada sentido. Pero, por aquel entonces, cuando hacía un movimiento, era capaz de ampliar la gama hasta en tres puntos.
Me iba a casa a ver cada uno de los partidos. Desconectaba el teléfono. Si tenía una apuesta fuerte en un partido, jamás lo veía acompañado. Siempre lo miraba solo. Estaba demasiado comprometido. No quería que me distrajera nadie.
Mientras tanto, conocí a Geri. Bailaba en el Tropicana. Jamás había visto una muchacha tan bonita. Era alta. Escultural. Un porte extraordinario. Todos los que la conocían quedaban prendados de ella a los cinco minutos. La muchacha tenía un maravilloso encanto. Dónde quiera que fuera, la gente se volvía para mirarla. Era así de espectacular.
Cuando la conocí, también se buscaba la vida en las mesas de juego. Era una trabajadora. Salía con un par de tipos y sacaba unos cincuenta mil dólares al año.
Casi siempre la veía cuando salía de trabajar, pero cuanto más tiempo salí con ella, más cosas le encontraba. Me di cuenta de que cambiaba mi actitud con relación a la chica una noche que fui a verla bailar al Trop. Cuando salió a escena, vi que bailaba desnuda de cintura para arriba. De pronto, aquello me molestó. Me fui. Luego le dije que la había visto y que había tenido que salir del local antes de que se acabara el espectáculo.
Ella no le dio mucha importancia. Pensó que yo andaría atareado. No creo ni que se le ocurriera pensar que empezaba a sentir algo por ella.
Se dedicaba a bailar, luego liquidaba sus chanchullos de juego y finalmente venía a verme al Caesar's. Una noche me dijo que tenía una cita en el Dunes y que ya nos veríamos más tarde.
No sé por qué, pero me entró la curiosidad. Quería ver qué llevaba entre manos. Con quién estaba. De forma que hice lo que no había hecho nunca. Me fui al Dunes para verla en acción.
Cuando llegué allí, el ambiente estaba al rojo vivo. Ella controlaba una tirada tras otra en la mesa de dados y el individuo que estaba a su lado iba amontonando las ganancias. A juzgar por las pilas de fichas de cien dólares que tenía él delante, la muchacha tenía que haberle conseguido sesenta mil dólares. Geri levantó la vista y, cuando me vio, me dirigió una mirada siniestra. Yo ya sabía que a ella no le gustaba que apareciera por allí. Se centró de nuevo en los dados y falló.