Placer Y Trabajo
- Автор: D'alessandro. Jaquie
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Placer Y Trabajo». Краткое содержание книги:
Los ejecutivos de publicidad Matt Davidson y Jilly Taylor tenían dos cosas en común: ambos odiaban perder y se deseaban el uno al otro. Pero ninguno de los dos estaba dispuesto a arriesgar el ascenso por rendirse a la atracción que sentían. No contaban con que su jefe les encargara llevar la misma cuenta… y dormir en el mismo hotel. Aquello estaba al rojo vivo, tanto laboral como sentimentalmente, y pronto se dieron cuenta de que no podían centrarse en el trabajo…
– Entonces, remediemos nuestra situación.
Después, Matt comenzó a deslizar los dedos hacia el cuello de su amante y disfrutó al ver cómo se estremecía de placer con cada roce.
– Definitivamente, hay electricidad entre nosotros, preciosa -comentó.
– Lo que notas es que mi cerebro tiene un cortocircuito. Y debo admitir que tu propuesta ha despertado mi interés.
– Me alegra saberlo, aunque te advierto que ha despertado otras cosas en mí…
– Mmm… no lo dudo -murmuró Jilly-. Sin embargo, no imaginas cuánto podría mejorar la situación con un poco de esfuerzo.
– Créeme, lo imagino. Sueño con ello, constantemente.
Tras lo cual, él bajó la vista y se concentró en la boca de la mujer. Luego se inclinó hacia ella y susurró:
– Adoro tus labios.
Jilly estaba tan decidida a seguir adelante que no opuso ninguna resistencia al deseo y la necesidad que la dominaban. Bien por el contrario, llevó el dedo índice hasta la boca de Matt y comenzó a desplegar sus juegos de seducción.
– También adoro tus labios -murmuró-. ¿Te gustaría que te demuestre hasta qué punto?
Él la miró apasionadamente y le besó la palma de la mano.
– Me encantaría, preciosa.
– De acuerdo. Espera y verás.
Acto seguido, ordenaron que les llevaran el resto de la comida a la habitación, se tomaron de la mano y, sin más demora, se marcharon del restaurante.
Mientras avanzaban por el vestíbulo del hotel, Jilly apenas podía contener las ganas de correr sobre el piso de mármol para arrastrar a su amante a la cama. Le sudaban las manos y estaba tan tensa y caliente, que estaba ansiosa por desvestirse para sentir las manos de Matt sobre su cuerpo desnudo. Por algunos segundos, fantaseó con la posibilidad de empujarlo contra una pared y besarlo hasta quedar sin aliento. Pero sabía que una vez que empezaran ya no podrían detenerse, de modo que asaltarlo en un lugar público no parecía una buena idea.
– ,¿Tienes preservativos? -preguntó ella con preocupación.
– Sí, descuida.
Jilly respiró aliviada. En toda su vida jamás se había sentido tan impaciente por que un hombre la tocara; deseaba sentir el roce de su piel y el sabor de sus labios. Trató de mantener la calma y actuar con naturalidad. Sólo tenía que contenerse hasta llegar a la habitación. Una vez allí, se rendiría sin condiciones a sus anhelos.
Sin embargo, no tuvo que esperar tanto. En cuanto se cerraron las puertas del ascensor, Matt la atrajo hacia él y la besó con desesperación. Y mientras movía la lengua febrilmente, le acariciaba la espalda y el trasero. Ella se arqueó contra él y se excitó al sentir la presión del pene erecto contra su pubis. Acto seguido, hundió los dedos en la abundante cabellera de Matt y disfrutó del sabor de aquella boca ansiosa y cálida.
Se abrieron las puertas del ascensor y, entre risas y besos, los dos amantes se dirigieron hacia la habitación. Matt hurgó en los bolsillos de los pantalones y frunció el ceño. Después de una rápida búsqueda en el resto de los bolsillos, la miró con ojos desorbitados y dijo:
– No tengo la llave. La debo haber olvidado cuando vine a buscar mi teléfono móvil.
– No te preocupes, tengo la mía.
Entonces Jilly se volvió hacia la puerta y, con impaciencia, buscó el llavero en su bolso. Matt la abrazó por detrás y le mordió dulcemente la nuca.
– Eso no me facilita la búsqueda… -dijo ella, mirándolo de reojo.
– Deberías ser más precavida y tener las llaves siempre a mano -le susurró Matt al oído-. Hay muchos acosadores sueltos.
– Este parecía ser un pasillo bastante seguro… hasta ahora.
– Exacto. ¿Qué pasaría si alguien viene tras de ti?
Luego, Matt le rodeó la cintura con los brazos. Sin pensarlo, Jilly se entregó al calor del abrazo y al recostarse contra él pudo sentir el sexo excitado de su amante apretándose contra sus nalgas.
Después, volvió la cabeza para mirarlo.
– Creo que el acosador me ha atrapado – bromeó.
Él gruñó sensualmente y confesó:
– Estoy desesperado, no puedo esperar ni un minuto más.
– No puedes estar más ansioso que yo. Hace nueve meses, tres semanas y diecinueve días que no hago el amor.
– ¿Bromeas?
– Juró que no -afirmó ella.
Matt le acarició la nuca.
– En ese caso, estaré feliz de poner punto final a tu larga abstinencia. ¿Has encontrado la llave?
Jilly extrajo el llavero del bolso y sonrió con picardía.
– Aquí está. Disculpa, ¿te molestaría que la primera vez lo hagamos sin juegos previos?
Él se apretó contra las caderas de la mujer y deslizó una mano hacia los senos.
– No sólo no me molesta si no que, si no abres la puerta ahora mismo, montaré una escena erótica en medio del pasillo.
Ella rió con complicidad y metió la llave en la cerradura. Matt la apuró a entrar en la habitación y, en cuanto cerró la puerta, abandonaron los coqueteos previos para pasar a la acción. Jilly le puso las manos en el pecho y lo empujó contra una pared. Él acercó la boca a la de su amante y comenzó a besarla apasionadamente mientras le soltaba el cabello con impaciencia. Jilly gimió y se arqueó contra él, rozándole el pene erecto con su pubis. Matt la tomó por las caderas y la acercó más.
El deseo la abrasaba de un modo tan desesperado, que Jilly sentía que su cuerpo era un volcán a punto de entrar en erupción. Metió las manos bajo el jersey de Matt y le acarició el vientre. Después, interrumpió los besos para pedirle que se quitara la prenda.
– Fuera -murmuró.
Mientras él se sacaba el jersey, ella dio un paso atrás y se llevó las manos a la espalda para bajar la cremallera del vestido.
Él se quitó también los zapatos y los calcetines y, acto seguido, le puso las manos sobre los hombros y le indico que se diera media vuelta.
– Déjame a mí -dijo, con voz ronca.
Matt le bajó el cierre a toda prisa y la giró para volver a quedar frente a frente. Entonces dejó que el vestido cayera al suelo. Jilly estaba tan sensibilizada, que el simple contacto de la tela la hizo temblar. La palidez de su piel contrastaba con el negro del sostén y de las medias con liguero. Permaneció inmóvil durante algunos segundos y, luego, con el aliento entrecortado y el corazón latiendo a toda velocidad, llevó las manos al cinturón de Matt.
Pero él no la dejó hacer. La aferró por los brazos y, con un movimiento rápido, la apoyó contra la pared. La miró a los ojos por un instante y volvió a besarla con frenesí. Mientras que con dedos torpes y ansiosos Jilly intentaba desabrocharle el cinturón, Matt le quitó el sostén y se llenó las manos con los senos desnudos de su amante. Ella sintió ganas de gritar de placer al sentir las caricias. En aquel momento, él comenzó a besarle el cuello y, lentamente, fue bajando hacia el pecho. Levantó la vista y, sin dejar de mirarla, empezó a lamerle y a mordisquearle los pezones.
A Jilly se le escapó un largo gemido y, durante un buen rato, se olvidó del cinturón, recostó la cabeza en la pared, cerró los ojos y le hundió los dedos en el pelo. Arqueó la espalda para apretarse contra la boca de Matt y le rogó que siguiera. Él accedió complacido; adoraba los pechos de aquella mujer y estaba encantado de satisfacerla con los juegos de su lengua y sus dientes. Ella estaba fascinada, se mordía los labios y podía sentir cómo se le humedecía el sexo por la excitación.
Con un gruñido casi visceral, Matt le deslizó las manos por los costados y le bajó las medias. Jilly las pateó a un lado con impaciencia y, al abrir los ojos, se topó con la boca de su amante dispuesta a volver a robarle el aliento con sus besos. Lo deseaba tanto, que ya no podía contener la desesperada necesidad de sentirlo en su interior. Casi sin pensarlo, se colgó de los hombros de Matt y le rodeó las caderas con una pierna. Él le apretó las nalgas con una mano y le metió la otra entre los muslos. Se miraron con complicidad y, cuando le rozó el clítoris, caliente y humedecido, gimieron al unísono.