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Электронная книга - «Placer Y Trabajo». Краткое содержание книги:

NO SOSPECHABAN QUE TRABAJAR DURANTE LAS VACACIONES PODRÍA SER TAN PLACENTERO
Los ejecutivos de publicidad Matt Davidson y Jilly Taylor tenían dos cosas en común: ambos odiaban perder y se deseaban el uno al otro. Pero ninguno de los dos estaba dispuesto a arriesgar el ascenso por rendirse a la atracción que sentían. No contaban con que su jefe les encargara llevar la misma cuenta… y dormir en el mismo hotel. Aquello estaba al rojo vivo, tanto laboral como sentimentalmente, y pronto se dieron cuenta de que no podían centrarse en el trabajo…
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– Jilly… -murmuró él, entre jadeos.

Entregada a la pasión del momento, la mujer separó las piernas y exclamó:

– Quiero que entres en mí ahora mismo.

Matt le introdujo dos dedos en el centro de su ser y ella soltó un grito ahogado. Era tal la desesperación, que le bastó sentirlo en su interior para estremecerse. En pocos minutos, alcanzó el éxtasis. Arqueó la espalda, tensó las piernas y lo miró a los ojos. Quería que supiera lo que estaba sintiendo; que descubriera la electricidad del orgasmo en su mirada.

Cuando cesaron los espasmos, apoyó la cabeza en el hombro de Matt y le besó el cuello con los labios entreabiertos. Entretanto, él le acarició la espalda con ternura.

– Ha sido genial -dijo Jilly-. Gracias, necesitaba recuperar esta sensación.

– Ha sido un placer.

– Tienes razón, pero ha sido mi placer. Ahora, es tu turno.

– Soy todo tuyo…

Matt sentía que su cuerpo era una bomba a punto de estallar. Sin decir una palabra, la alzó en sus brazos, la llevó hasta la cama y la recostó con delicadeza sobre las mantas. Ella trató de abrazarlo, pero él se apartó y, dándose media vuelta, murmuró:

– Boy a buscar los preservativos.

Al tiempo que se alegraba de tener unos cuantos preservativos, se lamentaba de que estuvieran en su maleta. La idea de verse obligado a alejarse de Jill, así fuera por un par de segundos, le resultaba horrible.

Alcanzó el bolso con dos zancadas y comenzó a revolver entre sus ropas. La habitación estaba a oscuras. Ella lo miró desde la cama y, con una amplia sonrisa en los labios, encendió la lámpara de la mesita de noche.

– Gracias -dijo él, sin apartarse de su objetivo.

Matt maldijo en voz baja porque no conseguía encontrar los preservativos. Comenzó a sacar la ropa y arrojarla por los aires. En unos segundos, el suelo de la habitación estaba cubierto de calcetines, calzoncillos, camisetas y pantalones. Estaba a punto de entrar en pánico cuando por fin los localizó en un bolsillo lateral. Agarró uno y regresó a la cama.

Jilly estaba recostada sobre las mantas con la negra cabellera revuelta cubriéndole los hombros. En su rostro había un aire angelical que contrastaba con el resto de la imagen ya que, en cierta medida, Jilly parecía la personificación del pecado. Estaba de costado, apoyada sobre un codo, con las piernas estiradas y apenas vestida con el liguero de encaje negro. La posición revelaba toda la magnificencia de sus formas, y la mirada encendida, el deseo que sentía por Matt.

Él se maravilló tanto al verla, que dedicó unos cuantos segundos a recorrerla casi milimétricamente. Primero se concentró en el gesto lujurioso de aquella boca de labios rojos y carnosos; siguió por la piel sonrosada, los pezones erectos y luego, descendió lentamente por la femenina curva de las caderas hasta el triángulo de vello rizado que coronaba el vértice de las piernas. Respiró hondo y el perfume de Jilly le inundó los sentidos. Ardía de pasión por aquella mujer, le parecía una imagen surgida de sus fantasías.

– Oye, Matt -dijo ella, con la voz ronca-, acabas de hacerme pasar un momento maravilloso y te lo agradezco… Sin embargo, sigo sintiéndome muy excitada así que, si piensas quedarte parado ahí sin hacer nada, me obligarás a salir al pasillo a ver si alguien dispuesto a saciar mi necesidad.

– Ni se te ocurra -gruñó él.

Acto seguido, arrojó el preservativo sobre la cama y, mientras se quitaba el cinturón, agregó:

– Espero que te siga pareciendo bien que lo hagamos sin demoras porque, a decir verdad, estoy tan ansioso, que dudo que resista mucho.

Ella sonrió con picardía.

– Cuanto antes entres en mí, mejor.

Matt se libró de los pantalones y los calzoncillos a toda prisa. A Jilly le brillaron los ojos al ver la impresionante erección de su amante. Él se inclinó para agarrar el preservativo pero se detuvo cuando la vio arrastrarse de rodillas hasta el borde de la cama como una gata hambrienta lanzándose sobre un tazón de leche.

Ella se enderezó y se deslizó para alcanzar el sexo de Matt. Él comenzó a jadear y a acariciarle la espalda mientras contemplaba con adoración cómo la mujer de sus fantasías lo tomaba entre sus manos. Soportó la dulce tortura de las caricias tanto como pudo hasta que, mirándola con desesperación, le apartó la muñeca delicadamente.

– No puedo más -gimió.

Después de ponerse el preservativo, Matt se recostó sobre ella. Unieron sus bocas en un acalorado juego de lenguas y labios y se introdujo en el aterciopelado y húmedo sexo de Jilly. Él estaba tan tenso y ansioso, que apenas podía controlarse. En aquel momento, su mundo estaba limitado al cálido lugar en el que se hallaba inmerso. Para él no había más que el placer de estar con ella, la intimidad, las caricias, la complicidad y el desesperado ritmo de sus pelvis. Apretó los dientes y trató de contener el abrupto orgasmo que se aproximaba. Pero cuando ella pronunció su nombre entre jadeos, perdió la batalla. Dejó caer la cabeza sobre el hombro de Jilly, soltó un prolongado gemido y se entregó al placer de la liberación.

No estaba seguro de cuánto tiempo pasó abstraído en la acogedora calidez de su amante, respirando la delicada esencia de sus fluidos femeninos y con el corazón acelerado antes de que ella lo empujara suavemente con las caderas.

– Sí que ha sido rápido -susurró Jilly.

Matt se apoyó en la palma de sus manos, levantó el torso y la miró con detenimiento. Parecía tan agotada como él. Le acomodó el pelo y, mientras le secaba el sudor de la frente, dijo:

– Quiero que sepas que no siempre es así, en general soy mucho más generoso. Pero comprenderás que estaba desesperado.

– No tengo ninguna queja al respecto – aseguró ella, con una sonrisa ladeada-. Sin embargo, estoy deseando averiguar lo generoso que puedes llegar a ser. En cualquier caso, gracias por el cumplido. Es agradable saber que te desespero.

– Cariño, no sólo me desesperas: me enloqueces.

Acto seguido, bajó la cabeza y le pasó la lengua por los labios.

– Definitivamente, la próxima vez que pases nueve meses, tres semanas y diecinueve días sin tener relaciones sexuales -agregó Matt-, llámame. Estaré encantado de complacerte.

– ¿También estarás encantado de complacerme aunque sólo hayan pasado cinco minutos desde mi última vez?

Él soltó una carcajada.

– Me temo que voy a necesitar un rato más para recuperarme -confesó.

Jilly comenzó acariciarle la espalda y las nalgas.

– A menos que continúes haciendo eso – rectificó Matt, besándole la barbilla-. Sin duda, las caricias servirán para acelerar el período de recuperación.

– Mmm… -murmuró ella, sin dejar de tocarlo-. Acelerar la recuperación suena bien. He esperado mucho tiempo para esto y ahora que sé lo entusiasta que puedes llegar a ser, odiaría tener que salir al pasillo a buscar otro amante.

Matt se sintió ligeramente celoso ante el comentario. Sabía que Jilly estaba bromeando, pero, aun así, lo exasperaba la posibilidad de que otro hombre la tocara. Se reprendió por pensar de ese modo. Tenía que asumir que después de aquel fin de semana cualquiera podría tocarla, menos él.

Se dijo que lo mejor era no pensar en ello, que aún tenía todo el fin de semana para estar con ella y que lo aprovecharía hasta el último minuto.

– Ahora que hemos experimentado el placer del sexo apresurado -dijo él, mirándola a los ojos-, sugiero que probemos cómo es si nos damos tiempo para jugar con nuestros cuerpos.

– Me parece genial. ¿Qué tienes en mente?

– Empecemos por ducharnos juntos… después, tal vez te apetezca un masaje.

– Depende de quién vaya a darme el masaje -bromeó Jilly-, si tú o Steven, el masajista musculoso del hotel…

Matt levantó una ceja.

– ¿A cuál de los dos prefieres?

– A ti -respondió ella sin vacilar.

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