Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
El Bureau Federal instaló dos transmisores en su piso. Los micrófonos ocultos autorizados por el tribunal, que formaban parte de las rigurosas medidas establecidas por el Departamento de Justicia para combatir el juego ilegal y la actividad de las bandas, permanecieron en el piso de El Zurdo durante un año y un día. (Él no descubrió que le habían colocado las escuchas hasta que fue procesado Gil Beckley por un caso relacionado con el crimen organizado a nivel federal y, durante la presentación de motivos previa al juicio, uno de los abogados de éste detectó las declaraciones juradas del FBI en las que reconocían las escuchas en casa de El Zurdo.)
Posteriormente, la Comisión sobre Competiciones del Estado de Florida anunció que se anulaba la licencia de Rosenthal en cuanto a propiedad de caballos de carreras e incluso la de entrar en sus pistas, o en cualquier frontón de cesta punta o canódromo de todo el Estado. A pesar de los consejos de sus amigos, Rosenthal insistió en solicitar una vista a la Comisión de Competiciones, lo que le reportó únicamente más publicidad negativa.
Finalmente, todas las acusaciones que pesaban sobre El Zurdo como corredor de apuestas fueron sobreseídas o desechadas. Efectivamente, cada uno de los cargos -aparte de una infracción de tráfico en Miami- fue sobreseído sin juicio, hasta 1962, año en que procesaron a Rosenthal en Carolina del Norte por intento de soborno en la persona de un jugador de baloncesto universitario de veinte años de la Universidad de Nueva York. De nuevo en esta ocasión tuvo como acusador a David Budin, el mismo confidente del gobierno que había manifestado ser testigo del supuesto intento de soborno en Ann Arbor, cargo por el que nunca había sido condenado Rosenthal. Efectivamente, los únicos cargos que se imputaron en el caso de soborno de Ann Arbor fueron contra Budin, por registrarse con nombre falso en el hotel de Dearborn.
En el caso de Carolina del Norte, no obstante, el abogado de Rosenthal, un letrado de la zona experto en cuestiones de juego y procesos en este campo, le dijo que el juez de Carolina del Norte que llevaba el caso había dejado claro que si Rosenthal insistía en llegar al juicio y en éste se le declaraba culpable, tenía asegurada una larga condena.
El Zurdo comunicó a sus abogados que no tenía intención de declararse culpable. Las negociaciones entre la acusación y los abogados de El Zurdo se alargaron más de un año. Finalmente, los abogados de éste dijeron que la acusación y el juez aceptarían de él que se negara a declarar. El Zurdo no admitiría el cargo; simplemente no replicaría a las acusaciones que se formularan contra él y aceptaría el veredicto de la sala.
6
«No podéis imaginaros el peso que me quité de encima pensando que me había librado de aquellos locos.»
En 1967 terminó el contencioso de Frank Rosenthal con el Estado de Florida, y lo ganó dicho estado. La Western Union interrumpió el suministro telefónico a Select Sports Service de El Zurdo -el golpe de gracia- y la compañía telefónica cortó la línea en su domicilio.
Rosenthal afirma:
Al volver a casa, lo primero que pensé fue que podía seguir apostando en Chicago. Pero me equivoqué. Llegué a dicha ciudad en el momento justo de iniciarse la temporada de fútbol americano y las cosas me iban bien, pero, a medida que iban transcurriendo las semanas, cada vez veía más claro que en lugar de Chicago donde tenía que estar jugando era en Las Vegas.
Tenía un ático en Lakeshore Drive de Chicago y las personas adecuadas en Las Vegas, que hacían las apuestas por mí, pero me sentía cada vez más frustrado.
Preguntaba al hombre que tenía en Las Vegas:
– ¿Qué han sacado de ellos en tal juego?
Es decir, ¿qué parte ha correspondido a los corredores de apuestas de Las Vegas?
El tipo que estaba a mis órdenes hacía la comprobación, me llamaba y me decía:
– Siete.
Yo respondía:
– Adelante.
Entonces se ponía de nuevo en contacto conmigo y decía:
– Ahora son seis y medio.
– ¡Santo cielo! -exclamaba yo-. Pues rápido, a por los seis y medio.
Dos minutos después, insistía:
– Ahora son seis.
– ¡Seis!
– ¿Qué quieres que te diga, Frank? Las posibilidades oscilan.
Y así sucesivamente, semana tras semana. Por fin, recuerdo un fin de semana que disfruté realmente con el juego. Conseguí ganar la apuesta, pero precisamente aquel día decidí que si pretendía ganarme la vida apostando en el deporte, no podía hacerlo a distancia. Tenía que ir a Las Vegas. Recoger los bártulos y trasladarme allí, donde pudiera permanecer sentado observando el número hasta estar dispuesto al ataque.
El día en que me iba, Tony tenía que recogerme delante del hotel Belmont, llevarme a casa de Fiore para despedirme de él y luego acompañarme al aeropuerto. Y, evidentemente, Tony llegaba tarde.
Buccieri, tenía una residencia de verano en el lago Geneva, Wisconsin. Quedaba aproximadamente a una hora en coche de Chicago. Era una propiedad inmensa, con caballos, jardines, un fusil y un campo de tiro, donde Fiore se distraía los fines de semana.
Finalmente apareció Tony, con más de una hora de retraso. Siempre llegaba tarde. Incluso llegó tarde a su propia boda. En serio. Pero retrasarse para ir a ver a Fiore era una estupidez, porque Fiore no soportaba tener que esperar.
En definitiva, Tony aparece con dos colegas. Uno de ellos ahora está en la cárcel. Era un tipo realmente peligroso. Un auténtico duro. Casi me atrevería a decir que era el peor hijoputa que había conocido en mi vida. En mi vida. En mi vida. Y estoy hablando de muchos conocimientos.
A mí me odiaba. Me odiaba de verdad. Con pasión. Odiaba a todo el mundo. Incluso odiaba a Tony, pero a él le tenía miedo. No creo que Tony supiera hasta qué punto le odiaba el tipo, pero yo sí lo sabía.
Tony le agobiaba, al tipo. «¡Haz esto! ¡Haz aquello!» Lo insultaba. Un día que Tony lo estaba atosigando, gritándole, pegándole codazos en el pecho, vi al tipo tan frustrado que empezó a pegar cabezazos contra la pared. Yo estaba allí. Lo vi. Tony se limitó a reír.
Cuando por fin llegamos a casa de Fiore, apenas quedaba tiempo para tomar un café. Creo que Fiore ya nos había dejado de lado. Había salido a montar a caballo. Tenía que volver y bajarse del caballo, de modo que dispondríamos tan sólo de unos minutos. Creo que más bien lo que quería era simplemente decir adiós. Nos abrazamos, yo me fui otra vez para el coche y nos dirigimos al aeropuerto.
Estaba cabreado con Tony por haber ido a buscarme tan tarde. Me jodió lo de Fiore e iba a perder mi puto avión para Las Vegas. ¡Vaya faena! En aquella época había muy pocos vuelos directos a Las Vegas desde Chicago.
El tipo no dice nada y se pone en marcha. Nos metemos en la autopista. Hay que puntualizar que Tony, como conductor, era extraordinario. Era uno de sus puntos. Circula a ciento cincuenta y algo la hora. Nos metemos en medio del tráfico. Sorteando automóviles. Yo, sentado a su lado, aterrorizado.
Lleva a los colegas atrás, aterrorizados. Y para colmo, aparecen las sirenas. La pasma.
En cuanto oí las sirenas, le dije: «¡Lo que faltaba! Ahora sí que pierdo el maldito avión».
Él, más tranquilo imposible. Me suelta inesperadamente: «¡Aquí no se pierde nada! ¡Cállate la boca!».
Las sirenas se oyen cada vez más cerca, pero él no reduce. Y ya tenemos a dos coches patrulla pisándonos los talones. Nosotros, a toda mecha. Conduce durante kilómetros por delante de los polis, esquivando coches, haciendo chirriar los neumáticos y repitiendo todo el rato: «No te preocupes. Llegas al avión. No te preocupes».