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Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:

Sobrevivir en una revista femenina puede ser una lucha a muerte. Sobre todo, cuando tu jefa es una tirana.
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
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Estoy sentada al lado de Greg, el novio de Beth, que se parece a Forrest Gump y tiene la misma mirada ausente.

– ¿Cómo estás, Vig? -me pregunta.

«Anda, sabe mi nombre». Hemos estado juntos en alguna reunión, pero es la primera vez que se dirige a mí.

Antes de que pueda contestar, Beth, que está sentada a mi lado, deja de hablar sobre la debacle de una tal Edna McCarthy, que se hizo mechas en lugar de reflejos.

– Sí, ¿cómo estás, Vig?

Parece sincera, pero yo no me la creo. Sólo pregunta por educación y porque no quiere que su novio quede mejor que ella.

– Bien, gracias. Mucho trabajo -esta respuesta es la misma que suelo dar a mis tíos cuando los veo en Navidad-. ¿Y vosotros?

Greg no me contesta. Lleva tanto tiempo con Beth que no se molesta en abrir la boca. Ni siquiera formula un pensamiento, estoy segura. Conoce bien la rutina.

– Greg tiene una noticia que daros -dice Beth entonces-. Acaba de conseguir un ascenso. Ahora es el nuevo director de marketing de Slokan-Beetham.

– Felicidades.

– Gracias. Estamos muy contentos. Ahora podemos empezar a buscar casa.

Yo hago la pregunta de rigor:

– ¿Y dónde vais a mirar?

Pero se la respuesta: la casa estará cerca de la madre de Beth, en Riverside.

Mientras ella me responde, yo me quedo mirando a Greg, cuya expresión me recuerda a la de un pez en una pecera.

«Salta… salta y salva tu vida». Pero no digo nada. No me gusta meterme en cosas que no me importan. Además, ¿yo que sé? Igual fuera de la pecera se ahogaba.

La conversación empieza a girar sobre temas fuera de mi jurisdicción (de 18 a 35, urbana, soltera), como por ejemplo hipotecas e impuestos. Murmurando una excusa, me voy a la cocina. Hay cosas de las que yo no hablo, ni siquiera por ser amable.

Maya está cortando queso manchego.

– ¿Que tal va todo? -me pregunta.

– Están discutiendo sobre los mejores colegios de Connecticut y Beth ha recitado los porcentajes de niños que acaban haciendo un máster. Es muy deprimente. ¿Seguro que no quieres ayuda?

– Toma, aliña la ensalada. Te entiendo: la casa en las afueras, los dos coches, el jardín…

– No, no es eso.

Pero es eso. Yo no quiero una casa, ni un monovolumen, ni un jardincito con verja blanca. Para tener espacio, como para todo, hay que pagar un alto precio. Pero envidio que lo tengan tan claro. Envidio su confianza. La gente de la otra habitación es de una pieza: no tienen una sombra de duda.

– ¿Que es entonces?

En la cocina soy incapaz de hacer algo mesuradamente y le pongo demasiado aceite a la ensalada. Cuando Maya no me ve, quito las hojas de lechuga que he ahogado en aceite de oliva y las tiro a la basura.

– No sé. Supongo que es esa seguridad que tienen. Saben lo que quieren y van por ello sin cuestionarse nada en absoluto.

– Quieren ser como sus padres -sonríe mi amiga-. Pero has aguantado casi media hora -añade, abriendo una botella de vino tinto-. Yo esperaba que hubieras salido huyendo hace rato.

Aunque Maya quiere a sus amigas del instituto, tampoco puede pasar mucho tiempo con ellas sin darse cabezazos contra la pared. Son demasiado electrodomésticas: abogadas, agentes de seguros, directoras de marketing.

– Si sus hijos son aburridos, será culpa suya -me dijo una vez en el bar del hotel Soho.

– Sí, es verdad.

– Hay un poema que siempre me recuerda a mis amigas del instituto:

No dejes que las almas jóvenes mueran

antes de mostrar su orgullo.

Es culpa del mundo que sus hijos crezcan aburridos

que los pobres tengan ojos de hielo

no que mueran de hambre, pero sí que lo hagan sin sueños

no que sieguen, pero sí que apenas cosechen

no que sirvan, pero sí que no tengan dioses a los que servir

no que mueran, pero sí que mueran como corderos degollados.

– ¡Mujer, no son tan malos! -exclamé yo, pensando en lo fácil que es morirse sin sueños.

Maya sonreía.

Pero era más un acto reflejo que otra cosa. Se mete con ellos, pero los amigos de la infancia son la continuidad. Uno se agarra a ellos, aunque a veces no sean cómodos.

Conclusión: Nueva York y Connecticut son como Las Galápagos y Ecuador. Hay una gran diferencia entre ellas. Incluso hablamos diferente idioma.

Términos de referencia.

19 de agosto: actividad

– ¿Actividad? -repito yo, guiñando los ojos para comprobar si he leído bien.

Maya me ha dado una copia de su nuevo manual de dirección vital. Son cincuenta páginas atadas con una cinta azul y escritas con una letra tan pequeña que hace falta una lupa para leerla.

– ¿Qué es esto? -le había preguntado antes, cuando me dio el mamotreto.

– Es la edición de bolsillo. Tú eres mi madrina.

– ¿Cómo?

– Que eres mi madrina. Tu trabajo es mantenerme a raya -explica Maya, como si fuera lo más normal del mundo-. Soy como una alcohólica y estos son los pasos que tengo que seguir para recuperarme. Cuando te parezca que voy por el mal camino, debes llamarme la atención.

Yo acepto la responsabilidad porque no creo que esto dure mucho. Se aburrirá y pasará a otra cosa. Siempre es así. En los doce años que la conozco ha habido muchos primeros días del resto de su vida.

– ¿Que significa cultivar la actividad?

En la cocina de Maya no hay mucho sitio y, para compensar, deja los platos sucios en el suelo. Quiere dejarlos allí, pero yo me niego. No me parece bien que los ratones lo tengan tan fácil.

– Te lo puedes imaginar. Algo así como que «la inspiración te pille trabajando», ya sabes.

Yo me pongo a fregar platos y ella se pone de los nervios.

– Trae, deja que lo haga yo. Como no tengo representante y es posible que no vuelva a tenerlo nunca…

– No seas ridícula. Ni siquiera has empezado a buscar…

– 15 de agosto -me interrumpe Maya, levantando un guante amarillo de goma.

– ¿Qué?

– Términos de referencia: 15 de agosto.

Yo busco el 15 de agosto en el librito.

– «Enfréntate con la realidad».

– La realidad de la situación es que no tengo agente literario y existe la posibilidad de que no vuelva a encontrarlo. Tengo que aceptarlo, Vig. En realidad, ya lo hice hace cuatro días. Ahora estoy buscando nuevos retos.

– Pero seguro que consigues…

– ¡Bah! -exclama, levantando la mano enguantada como si fuera un policía-. No quiero optimismos en mi casa. Te destrozan el corazón. Aquí, sólo cinismo atemperado con desesperación.

– Eso suena horrible.

– Vig, eres mi madrina. O me apoyas en todo lo que haga o tendré que buscarme otra.

Ninguna opción es aceptable, así que cambio de tema.

– Estábamos hablando de la actividad…

– Como ya no tengo representante y es posible que no vuelva a encontrar uno, tengo que encontrar una carrera muelle por si acaso no me sale bien lo de ser una autora de éxito. No puedo estar haciendo de correctora de estilo toda mi vida.

Corrector de estilo es un trabajo tedioso que uno prefiere que hagan los demás, como meter datos, y no me sorprende que Maya no quiera hacerlo. Los editores tratan a los correctores como si fueran un mal necesario… como el tráfico los fines de semana, por ejemplo.

– ¿Y qué quieres hacer? -le pregunto.

En realidad, esa es la pregunta que me hago a mí misma casi todas las mañanas. Pero no obtengo respuesta. No sé qué quiero hacer cuando sea mayor, así que sigo en Fashionista, esperando que algo me ilumine. Maya es diferente. Ella siempre ha sabido la respuesta y no me parece justo que encuentre un segundo sueño cuando yo aún no he encontrado el primero.

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