Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:

Sobrevivir en una revista femenina puede ser una lucha a muerte. Sobre todo, cuando tu jefa es una tirana.
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
1 ... 9 10 11 12 13 14 15 16 17 ... 40
Перейти на страницу:

Me sorprende que a un hombre que ha hecho todo lo posible por molestar a sus compañeros de trabajo lo preocupe tanto lo que piensen los extraños. Pero, en realidad, Alex Keller no tiene compañeros de trabajo en Fashionista porque no trabaja con nosotros.

Mientras acaricio a Flecha, me digo que debo contarle quien soy, pero no tengo valor.

«Emocionalmente inalcanzable, emocionalmente inalcanzable».

– Muy bien, chico -dice entonces, tomando la correa de Flecha-. Vamos a dar un paseo. Kelly tiene que conocer a nuestros amiguitos del parque. ¿Por que no sujetas tú la correa? Así se irá acostumbrando.

Yo la sujeto de forma autoritaria. Intento parecer una profesional, pero Flecha no se deja engañar. Bosteza exageradamente y se dirige a la puerta a su propio ritmo.

Lo sigo hasta el ascensor y espero mientras Keller cierra la puerta. Miro mi reloj. Son casi las cinco y media y me pregunto por primera vez cuándo aparecerá la autentica Kelly. Sé que debería decir algo, pero ahora hay algo más que los bíceps y la sonrisa. Y más que la vergüenza que voy a pasar cuándo le diga quien soy. Ahora tengo que pensar en Flecha. No puedo abandonarlo.

Entre la 74 y Broadway, el apartamento de Keller está sólo a una manzana del parque Riverside. Durante el paseo, Flecha hace como que yo lo llevo, pero es el quien tira de mí. Para ser un perro tan perezoso, tiene mucha fuerza.

– Se lleva bien con todo el mundo, menos con el tío que pasea al perro de Julie Andrews.

Es un precioso día de agosto, la clase de día por el que rezan las novias: soleado, con un poquito de brisa. Yo respiro profundamente para disfrutar del verano.

– ¿Julie Andrews?

No sé de que me sorprendo. Cuando se vive en Nueva York es muy normal verse rodeado de celebridades. Están a tu lado mientras esperas en un semáforo, detrás de ti en la cola de Balducci's…

– Sí. Yo no sé por que no le cae bien -sonríe Keller, acariciando la cabeza de su perro-. Según Adam, el chico que paseaba a Flecha hasta ahora, no puede soportarlo. Así que no te ofendas si un tipo bajito y gordo se aleja con un caniche nada más verte. Creo que tuvo una infancia difícil; debe ser la víctima de una madre castradora.

La descripción es exactamente la de Keller en Fashionista y yo me quedo helada. Intento comprobar si me está tomando el pelo porque sabe quien soy, pero el sigue caminando sin mirarme.

– Bueno, ya hemos llegado -sonríe, abriendo la verja del parque que señala la zona para perros.

Por supuesto, Flecha no parece emocionado y a mí me da no sé qué soltar la correa. Hay pastores alemanes y perros muy robustos corriendo de un lado a otro. ¿De verdad corre por allí todos los días?

– La primera regla para ser un buen padre es saber cuándo debes dejarlo ir -sonríe el hombre de los ojazos verdes.

Yo nunca he conocido a un tío que sepa las reglas para ser un buen padre y me quedo atónita.

«Emocionalmente inalcanzable, emocionalmente inalcanzable», me digo y me repito.

Keller se agacha para quitarle la correa y Flecha, en lugar de salir corriendo a jugar con sus amiguitos, busca una sombra para tumbarse. Hora de la siesta.

Nosotros nos sentamos en un banco de madera.

– ¿Crees que podrás con el? -me pregunta, mientras levanta la cara hacia el sol con los ojos cerrados.

Yo me quedo admirando su atractivo rostro, deseando que sea el otro Keller, el ogro que grita a los campesinos por meterse en su pantano.

No digo nada porque no sé qué decir. Sí, creo que puedo con Flecha, pero aunque estoy harta de mi trabajo, no me apetece dedicarme a pasear perros. Y eso que Keller es una tentación. Casi desearía dejar Fashionista para dedicarme a pasear a Flecha todos los días.

– Como te dije por teléfono, tienes buenas referencias y no me asusta confiarte a mi perro. Además, sólo serán tres días a la semana y no tienes que estar aquí horas y horas -ríe Keller-. Como ves. Flecha hace aquí lo mismo que en casa.

Eso no es cierto del todo. Flecha se está echando la siesta, pero tiene compañía: un golden retriever que se ha colocado a su lado.

– Tendré que comprobar mis horarios. No creo que deba comprometerme hasta estar segura.

Lo digo y me quedo tan pancha.

Él sonríe.

– Me parece muy bien.

– ¿Qué ha sido de Adam, el chico que pascaba antes a Flecha?

Sé que debo confesarle quién soy, pero no me apetece. Nunca me había sentado en un banco del parque con un hombre guapísimo que sabe cómo ser un buen padre para su perro. Y puede que no vuelva a pasarme nunca.

Al habla con Connecticut

Maya vive en el futuro, en un edificio de cristal y aluminio de treinta y cinco plantas en la Tercera Avenida. Es como una de esas antiguas fotografías del siglo XXI, de esas en las que la gente iba pascando con sus trajes de poliéster, como para ir a la luna. Su aspecto futurible es precisamente lo que atrajo a Maya. Enamorada de todo lo kitch, se volvió loca nada más verlo.

Otra gente se enamora al ver las casas de Bedford o las torres al oeste de Central Park, pero Maya no. Ella necesita esa fachada de aluminio y ese vestíbulo de la era espacial.

Un apartamento de una habitación en el futuro no sale barato y por eso ha tenido una larga lista de compañeros de piso, algunos mejores que otros. Y el salón, grande y en forma de L, justifica el carísimo alquiler.

Maya vive en medio de dos vecindarios. Está casi en Gramercy, no exactamente en Murray Hill. Llegar allí es un reto, sobre todo cuando vienes del East Side. Así que llegué media hora tarde a su fiesta, con un ramo de narcisos acogotados en la mano. Iba a llevar vino, pero no encontré ninguna tienda de licores abierta, así que le compré las flores a una coreana. Descarté la idea de comprar sangría en un supermercado. Hay cosas peores que aparecer en una fiesta con las manos vacías.

Maya abre la puerta ataviada con un mandil de cuadros y me dice que deje la mochila en su dormitorio. Su dormitorio es tan pequeño que sólo caben una cama doble y una cómoda de diseño modernísimo de la muerte. Las paredes son blancas y hay ropa colgada en un burro metálico, de esos que se llevan en los desfiles de moda, porque no le cabe toda en el armario. Al lado de la cama hay una escalera metálica manchada de pintura que hace las veces de mesilla. Para completar la decoración, una fotografía de su familia: madre, padre, hermano, otro hermano y abuelo Harry, al lado de un despertador.

El dormitorio, que parece más bien un almacén de ropa, no tiene nada que ver con el salón, exageradamente organizado y pulcro. Maya no sólo removió cielos y tierra para encontrar los muebles que buscaba, sino que hizo de ello una filosofía.

El resultado es un salón con el aire estéril de un anuncio de electrodomésticos. No se toca nada porque las huellas dactilares en la formica quedan fatal. Uno debería venir con guantes.

Meto la cabeza en la cocina con intención de preguntar si puedo hacer algo y Maya me da un montón de servilletas para doblar. Doblar servilletas no es precisamente lo que más me apetece, pero me contento haciendo figuras de cisnes. Su última compañera de piso, una chica hindú que trabajaba como cocinera en uno de los mejores restaurantes franceses de Manhattan, ha vuelto recientemente a su país con mil quinientos dólares de Maya. Este robo, justo después de dos grandes desilusiones (su agente literario y su novio), apenas se ha registrado en el radar de mi amiga. Su única queja es que Vandana se ha ido sin despedirse.

– Me parece una ofensa.

Por eso esta noche hace una fiesta. Temporalmente libre de la vida «en pareja», quiere irse a la cama con el fregadero lleno de platos y tener gente en casa hasta las cuatro de la mañana. Yo la entiendo. Antes de que se fuese mi compañera de piso, hace dos años, también yo echaba de menos mis momentos de soledad.

Con siete cisnes nadando en la mesa, no tengo más remedio que ponerme a hablar con los otros invitados: los amigos de Maya, de Connecticut. Sophie, Beth, Tina y Michelle (por orden de altura, que es como se colocan ellas mismas) son rubias, republicanas y tienen un talante que la reina Isabel de Inglaterra aprobaría. Me hacen sentir incómoda hablando de gente a la que no conozco. Aburrida, contengo un bostezo y miro hacia la cocina, deseando que Maya asome la cabeza y me pida ayuda para degollar un cordero o algo así.

1 ... 9 10 11 12 13 14 15 16 17 ... 40
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)