Vidas soñadas
- Автор: Филдинг Лиз
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Vidas soñadas». Краткое содержание книги:
Pero cuando en su huída Mike se encontró con Willow en una gasolinera de la autopista, se dio cuenta de que se amaban y de que tendrían que solucionar sus problemas en vez de salir corriendo. No sabía cómo, pero Mike tenía que recuperar a su novia, convencerla de que estaban hechos el uno para el otro… y esta vez esperarla en el altar.
Emily levantó la cabeza cuando la vio entrar.
– Ya sé que tienes compañía -dijo, sonriendo-, Mike Armstrong me llamó esta mañana.
– Ah.
– ¿No te importa que esté aquí? Le diré que se vaya si quieres.
– No, no pasa nada.
– Me alegro. Se ha ofrecido a hacer unas estanterías que nos vienen muy bien.
– Espero que sepa lo que está haciendo -murmuró Willow. No podía imaginarse a Mike con una sierra en la mano, pero mentiría si dijera que la idea de verlo sin camiseta no le parecía apetecible-. Puede que tengas un nuevo recluta, Jacob Hallam. Le he dado tu teléfono.
– Ah, muy bien -sonrió Emily-. Ahora veo que he cometido un error. No debería haber esperado voluntarios, debería haber puesto una fotografía tuya en el periódico diciendo: Ven a pasar un buen rato con Willow Blake. Así habría voluntarios a patadas.
– Muy graciosa.
Emily sonrió.
– He traído bocadillos. Están en la nevera, si tienes hambre.
Willow se obligó a sí misma a tomar un bocadillo antes de ponerse a trabajar, siempre pendiente de que Mike volviera. Y cuando apareció, siguió trabajando, negándose a bajar corriendo para que él no viera cuánto lo había echado de menos. Y él tampoco subió corriendo a verla. Lo oyó hablar con Emily y después el sonido de una sierra eléctrica.
Intentó ignorarlo, pero después de un rato, solo porque tenía que estirarse un poco, miró por la ventana y lo observó durante un rato midiendo, cortando.
Lo hacía con la misma familiaridad con la que trataba un balance de cuentas. Parecía relajado, en su elemento, con su pelo color miel manchado de serrín. A Willow le hubiera gustado alargar la mano y rozarlo con los dedos.
Mike seguía atrayéndola, seguiría haciéndolo cuando tuvieran noventa años. Seguía haciendo que se le pusiera la piel de gallina, haciendo que se sintiera su mujer a su lado.
Pero era más que eso. Su relación había madurado, se había hecho más profunda que una simple relación física.
Deseaba amar a Mike, quererlo, cuidar de él, hacerse mayor con él, les llevase donde les llevase la vida. Entonces, ¿cómo podían haber sido tan descuidados con lo que les había sido ofrecido en bandeja?
Lo observó durante largo rato, pero Mike no levantó la mirada ni una sola vez.
Quizá por eso no supo reaccionar cuando, un rato después, lo escuchó entrar en la habitación. Estaba sentada en el suelo, pintando el rodapié.
Él no dijo nada y Willow se sobresaltó cuando le puso una mano en el hombro. Pero después se relajó cuando él empezó a darle un masaje en el cuello. Era delicioso. Mike parecía saber dónde le dolía exactamente y le gustaba tanto que no quería que parase. Nunca.
Él siguió masajeándola, deslizando los dedos por sus hombros, como sabía que le gustaba.
No era justo, no era justo.
– ¿Dónde has estado todo el día? -demandó Willow, apartándose-. No se tarda tanto en comprar unas planchas de madera.
– ¿Me has echado de menos?
– Como te eché de menos ante el altar.
– Ya -murmuró él, poniéndose en cuclillas-. Esto no es una prueba de resistencia. Déjalo y vamos a comer algo.
– Comeré cuando tenga ganas.
– Pues espero que las tengas pronto porque te estás poniendo muy gruñona -replicó Mike, molesto. Cuando Willow le lanzó una mirada que podría haberlo fulminado, él levantó las manos en señal de rendición-. Vale, vale. Solo era una sugerencia.
Willow lo observó salir de la habitación. Después, se levantó y se quitó los guantes de goma. No pensaba permitir que la llamara gruñona.
Lo siguió hasta la cocina, tomó la tetera y la llenó de agua.
– ¿Dónde está Emily?
– Tuvo que marcharse. Me dijo que intentará venir mañana por la tarde -contestó Mike-. ¿Te apetece que cenemos en el pueblo esta noche?
– ¿Con esta pinta?
Mike tuvo que morderse la lengua para no decirle que nunca la había visto más deseable. Si lo hiciera, ella lo golpearía con la tetera. Y seguramente, con razón.
– En serio, cariño, en cuanto la gente vea ese nuevo look de mechas azules, todo el mundo querrá teñírselo… -Mike dio un salto cuando ella le echó agua del grifo-. Vale, vale. El restaurante o bocadillos otra vez. Tú eliges. Pero te advierto que solo hay una sartén -añadió. Además, no creía que quedarse allí fuera buena idea. ¿Qué iban a hacer? Mejor no pensarlo. Se había regañado a sí mismo unas horas antes por lo de la ducha del día anterior y por lo del masaje-. Hace una noche estupenda. Podemos cenar fuera si quieres.
– Desde luego, sabes cómo hacer que una chica lo pase bien.
– Yo sugerí que fuéramos a las Antillas, ¿recuerdas? Fuiste tú quien pensó que esto sería más divertido.
Mike estuvo a punto de tomarla por los hombros, desesperado por sentir su calor. Pero no tenía excusa alguna.
– ¿A quién se le ocurre…?
– No tienes que castigarte a ti misma, cariño. No has hecho nada malo.
– Supongo que no podrías conseguir que mi madre pusiera eso por escrito, ¿verdad? -intentó sonreír Willow.
– Ella no es la única que entendió mal todo este asunto.
– Lo sé. Yo debería haberme puesto firme con lo de las damas de honor. Y con la tarta. Nadie necesita una tarta tan grande. ¿Qué habrán hecho con ella?
Mike no había pensado en el banquete. Solo había pensado en su padre y en la casa que les había regalado. Pero esa era su pesadilla, no la de Willow. Bueno, estaban de acuerdo en que los grifos eran espantosos…
– Supongo que se la regalarían a alguien.
– Pero tenía nuestros nombres… Estoy siendo una tonta, ¿verdad? Los habrán borrado y ya está -suspiró Willow-. Mejor. No me gusta que las cosas se echen a perder… -sin pensar, apoyó la cabeza sobre su hombro y Mike la rodeó con sus brazos. No significaba nada. Solo era un abrazo. Eran amigos, después de todo. Y los amigos se abrazan cuando están tristes.
Mike se repetía a sí mismo que no significaba nada. Era una reacción lógica. Willow estaba triste. Pero él la amaba, la deseaba. Si pudieran volver a la iglesia…
Pero no podía engañarse a sí mismo. Ella no había acudido a la iglesia. Podría haberla esperado durante años y Willow no habría aparecido. No lo quería cuando era Michael Armstrong, heredero de las publicaciones Armstrong, una editorial de mucho éxito. ¿Por qué iba a quererlo como Mike Armstrong, dueño de nada más importante que un pequeño taller que, aunque tenía una buena lista de clientes, no fabricaba más que un par de muebles al mes?
Mike no intentó sujetarla cuando ella se apartó, secándose las lágrimas con la mano.
– Voy a preparar el té -murmuró. Mike secó sus ojos con un trozo de papel de cocina-. Es la pintura. Me escuecen los ojos.
Él no la contradijo.
– Necesitas un poco de aire fresco. Podemos ir andando hasta el pueblo.
Willow se obligó a apartarse de aquel fuerte torso, de la tentación del consuelo que podía darle. Se obligó a sí misma a recordar que ya no eran novios. Mike tenía razón, debían salir de la casa. Sería más fácil recordar que solo eran amigos si estaban rodeados de gente.
– Debo parecer un bicho raro.
– Pues sí. Un bicho raro lleno de pintura azul -dijo Mike. Willow sonrió. Pero le costó un gran fuerzo-. Te doy veinte minutos. Ni uno más.
En el cuarto de baño había media docena de toallas. Grandes, suaves, toallas de color granate. Debía haberlas llevado Emily, pensó Willow mientras se llevaba una a la cara. Olía a… madera. Olía a madera fresca, como había olido Mike el día que llevó a casa aquella mesa tan bonita.
Había sido la última noche que pasaron juntos antes de la boda y ella estaba muy nerviosa, desesperada por hablarle de sus dudas, de la angustia que sentía. Pero no lo había hecho, segura de que solo eran los nervios de la boda, algo que sufrían todas las mujeres antes de dar lo que se suponía era el paso más importante de sus vidas.