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Электронная книга - «Vidas soñadas». Краткое содержание книги:

Willow y Mike no podían saber quién de los dos se sentía más aliviado después de dejarse plantados en el altar el uno al otro. Después de pensarlo fríamente, se decidieron por sus carreras profesionales y dejaron la boda a un lado…
Pero cuando en su huída Mike se encontró con Willow en una gasolinera de la autopista, se dio cuenta de que se amaban y de que tendrían que solucionar sus problemas en vez de salir corriendo. No sabía cómo, pero Mike tenía que recuperar a su novia, convencerla de que estaban hechos el uno para el otro… y esta vez esperarla en el altar.
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No pasaba nada, se había dicho a sí misma.

Mike también parecía distraído y cuando dijo que tenía que marcharse, Willow se sintió aliviada. Entonces sus dedos se habían rozado y fue como un relámpago. Una colisión urgente, desesperada.

Después, su piel olía a madera fresca.

Willow sostuvo la toalla durante un momento, respirando su aroma, sintiendo un terrible deseo de que Mike la abrazase otra vez, que la amase de nuevo con aquella pasión desesperada que la hacía perder la cabeza, que la transportaba a un lugar donde la ambición, su carrera, la boda no existían. Cuando él la abrazaba, susurrando palabras de amor, nada podía tocarlos.

Willow soltó la toalla como si la quemara. Emily no las había llevado. Las toallas eran de Mike, pero no habían salido de su apartamento en Melchester. Allí, sus toallas eran de color azul.

Daba igual. No era asunto suyo. Pero mientras estaba bajo la ducha, no podía dejar de pensar en ello. Mike tenía una casa en Maybridge. ¿La había compartido con alguna otra mujer? ¿Sería por eso por lo que no quería hablar de su pasado, como si no fuera importante?

Pues a ella sí le importaba.

Furiosa, se negó a usar las toallas de Mike y se secó como pudo con las que había comprado en el pueblo. Después, en lugar de ponerse una camiseta, se puso una blusa sin mangas de seda azul que había guardado junto con la ropa interior.

La había metido en la bolsa de viaje sin pensar, pero se alegraba. Porque, aunque le daba igual su aspecto, una chica siempre necesita ponerse algo con lo que se encuentre a gusto.

Mike, con el pelo húmedo de la ducha, los antebrazos bronceados por el sol, nunca había parecido más relajado, más tranquilo. Más deseable. Pero Willow mantuvo las distancias.

– ¿Cuánto tiempo se tarda en llegar atravesando el parque?

– Lo suficiente como para que se te abra el apetito.

– Ya tengo apetito. Llevo todo el día trabajando.

Con un poco de suerte, Mike pensaría que seguía estando gruñona e insoportable porque tenía hambre. No por él.

Willow sintió que él la miraba, supo sin mirar que Mike había fruncido el ceño, sorprendido por su contestación. Lo sabía todo sobre él. Conocía todos los rasgos de su cara, su sonrisa, sus ojos grises, cómo respondía cuando ella tocaba sus manos, sus hombros, su cara…

Pero esas eran cosas superficiales. ¿Qué había dentro de su cabeza? Willow se dio cuenta de que no sabía lo que estaba pensando. Ella había tenido una razón para no acudir a la iglesia. ¿Qué demonios, qué miedos lo habían hecho a él salir corriendo?

¿Y qué lo había llevado corriendo tras ella después?

Willow miraba fijamente el camino, caminando a buena velocidad para no tener que llenar el silencio con palabras.

Mike tampoco decía nada. Sabía que los dos habían hecho lo que debían, pero su corazón, que saltaba de alegría al verla, lo había metido en aquel lío del que no podía salir. Del que no quería salir.

Volvió a colocarse a su lado cuando llegaban a la verja que salía al camino.

– ¿Dónde vas tan deprisa? Se supone que íbamos a dar un paseo.

Willow se colocó al otro lado y cerró la verja, bloqueando el camino.

– ¿Por qué has venido, Mike?

– Pensé que íbamos a cenar -contestó él-. Si me dejas pasar… ¡Willow! -la llamó cuando ella salió corriendo-. No sé -contestó por fin unos segundos después, colocándose a su lado. Pero no era cierto. Sí lo sabía. Sabía que no podía casarse con ella y vivir la vida para la que estaba destinado. Pero tampoco podía vivir sin ella-. Muy bien. No quería que estuvieras sola.

Al menos, eso era cierto. No quería que Willow estuviera sola.

– Pues voy a tener que acostumbrarme -dijo ella, apartándose-. Y no creo que tú seas la persona más adecuada para eso. De hecho, creo que sería mucho más fácil si te marcharas.

– ¿Quieres que me vaya ahora mismo? ¿Esta noche? -preguntó él. Willow siguió caminando sin decir nada. No sabía qué contestar-. Debería al menos terminar las estanterías.

– ¿Cuánto tardarás en hacerlo?

– No puedo colocarlas hasta que la cocina esté pintada -contestó Mike, intentando disimular su alivio-. Y Emily me ha preguntado si podría construir unos bancos de madera para el cuarto de estar -añadió. En realidad, lo había sugerido él, pero sería mejor no aclarar eso de momento. Cuando llegaron al restaurante, Mike la llevó hasta una mesa en la terraza, cerca de la carretera-. Pero si quieres que me vaya, supongo que Emily lo entenderá.

– Ojalá lo entendiera yo.

Mike tampoco entendía nada. Le hubiera gustado tener una respuesta, pero no podía ser el hombre que Willow quería. Lo había intentado, pero era una pérdida de tiempo. Debería haber intentado hacerla desear al hombre que era en realidad… Aunque tenía una semana para hacerlo.

– ¿Qué quieres tomar?

Willow apoyó los codos en la mesa.

– Un gin tonic. Y para comer, cualquier cosa que tenga muchas calorías -contestó, intentando sonreír-. Estoy hablando de mucho colesterol, así que ya puedes pedirme una doble ración de patatas fritas.

– ¿No quieres una ensalada?

– No, gracias. Quiero que se me endurezcan las arterias.

– Podrías haberlo dicho antes: Nos hubiéramos quedado en la casa y te habría preparado un bocadillo de beicon.

– Se me había ocurrido. Pero después pensé que no sabríamos qué hacer el resto de la noche.

– Ya.

Willow lo miró con sus preciosos ojos azules y aquella vez, la confrontación fue más profunda, más peligrosa. Era un reto para que admitiera que la transición de «hasta que la muerte nos separe» a «buenos amigos» no iba a ocurrir de la noche a la mañana.

No iba a ocurrir si Mike podía evitarlo.

– Dime, Mike, ¿qué hacen dos buenos amigos cuando solo pueden hablar de cosas impersonales y no se tiene ni siquiera una baraja para pasar el rato?

Mike tuvo que hacer un esfuerzo para respirar.

– Tengo que admitir que no hay respuesta para eso -contestó por fin-. ¿Seguro que quieres cenar aquí?

– No hay elección. Llevas los vaqueros manchados de pintura.

– No es de hoy -murmuró Mike-. Vuelvo enseguida.

Willow se apoyó en el respaldo del asiento, mirando los coches en la carretera, la gente paseando a sus perros, buscando algo que la distrajera del dolor que se había infligido a sí misma. ¿Cómo podía Mike comportarse de forma tan normal?

Una moto pasó por delante de ella a gran velocidad y dio la vuelta a la rotonda de Hinton Marlowe. El conductor llevaba una cazadora de cuero negro y un casco. Unos segundos después, volvía hacia el restaurante y paraba frente a ella. El conductor se quitó el casco.

Oh, cielos.

– Hola, Willow. Me había parecido que eras tú. ¿Descansando después de un duro día de trabajo?

– Hola, Jacob -sonrió ella-. ¿Has terminado de trabajar?

– Ahora mismo. La tienda cerró hace horas, pero estaba haciendo caja.

– ¿Eso es lo que haces cuando no estás colocando estanterías?

– Más o menos -sonrió él. Willow intentó aparentar que estaba encantada de verlo. Y debió hacerlo bien, porque Jacob se acercó a ella-. ¿Puedo invitarte a una copa?

– Gracias, pero no está sola -Mike apareció en ese momento con dos copas en la mano-. La cena llegará enseguida -añadió, mirando al desconocido y después a Willow, esperando que se lo presentara.

– Mike, te presento a Jacob Hallam. Su tía es la propietaria del supermercado. Él también es contable.

– Pues déjelo -aconsejó Mike-. Dedíquese a otra cosa.

Willow lo miró, sorprendida.

– Jacob, Mike es…

– Mike es el que trae la bebida -la interrumpió él, que no parecía querer dar explicaciones-. ¿Quiere tomar algo? Si va a quedarse, claro.

– Ah, pues, una cerveza, gracias. Me da sed llevar la contabilidad del supermercado.

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