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Электронная книга - «Vidas soñadas». Краткое содержание книги:

Willow y Mike no podían saber quién de los dos se sentía más aliviado después de dejarse plantados en el altar el uno al otro. Después de pensarlo fríamente, se decidieron por sus carreras profesionales y dejaron la boda a un lado…
Pero cuando en su huída Mike se encontró con Willow en una gasolinera de la autopista, se dio cuenta de que se amaban y de que tendrían que solucionar sus problemas en vez de salir corriendo. No sabía cómo, pero Mike tenía que recuperar a su novia, convencerla de que estaban hechos el uno para el otro… y esta vez esperarla en el altar.
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A Mike no pareció hacerle ninguna gracia.

– Vamos a cenar, Jacob. ¿Te apetece cenar con nosotros?

Quizá a Mike no le haría gracia, pero ella prefería que alguien los acompañara para aliviar la tensión. No había sido tan difícil mientras estaban pintando cada uno una habitación, pero en aquel momento era insoportable.

– Solo quiero una cerveza, gracias. La tía Lucy habrá preparado algo y se enfadaría si no voy a cenar.

Cuando Jacob se sentó al lado de Willow, Mike tuvo que morderse la lengua para no decirle a aquel intruso vestido de cuero que aquel era su sitio. No lo era. Había perdido el derecho de sentarse al lado de Willow cuando se fue de la iglesia. De modo que, en lugar de darle un puñetazo, fue a buscarle una cerveza.

Pero si Jacob hubiera podido leer sus pensamientos, se habría subido a su moto a la carrera.

Capítulo 5

– ¿Mike y tú…? -empezó a decir Jacob.

– Somos amigos. Solo buenos amigos -dijo Willow rápidamente, para ver cómo sonaba. Y no le gustó nada-. ¿Vives con tu tía, Jacob? -preguntó, para cambiar de tema.

Se le daba bien charlar sobre cualquier cosa con la gente, hacer que se sintieran cómodos, descubrir cosas sobre sus vidas. Después de todo, se dedicaba a eso y él respondió enseguida, sin darse cuenta de que solo era una forma de pasar el tiempo, que no tenía verdadero interés en conocer la respuesta.

– Llámame Jake, por favor. La verdad es que no es mi tía. Todo el mundo la llama tía Lucy porque eso es lo que es, un poco la tía de todo el mundo. Ella me acogió en su casa cuando nadie me quería -explicó Jacob-. Era un chico muy malo.

– Seguro que sí -sonrió ella. Y seguro que seguía siéndolo cada vez que tenía oportunidad.

– Le debo mucho, por eso vengo a ayudarla cuando puedo. Es una forma de pagar todo lo que hizo por mí.

– Debe de ser un personaje.

– Es una señora encantadora. Lo sabe todo sobre todo el mundo, sabe quién necesita un trabajo, una conversación o simplemente un abrazo. El pueblo no sería lo mismo sin ella.

Willow se animó. Interés humano. Una comunidad peculiar. Podría ser un buen artículo para la revista Country Chronicle… No, eso era ridículo. El Globe. Tenía que empezar a pensar en artículos para el Globe. Ellos tenían un ángulo diferente, pero aún así…

– La conocerás si vuelves a la tienda. Porque vas a volver, ¿no?

– Claro -contestó Willow. Estaría bien conocer a la tía Lucy-. Cuando no estoy hasta el pelo de pintura, soy periodista. Me gustaría hablar con ella sobre su vida y sobre lo que el supermercado significa en un pueblo tan pequeño. ¿Tú crees que le gustaría hablar conmigo?

– La tía Lucy nació para charlar. Pásate por allí una tarde, seguro que estará encantada. ¿Mañana te parece bien? -preguntó Jacob, esperanzado. Willow no contestó y él sacó un papel y un bolígrafo de uno de los bolsillos de la cazadora-. Este es mi móvil. Llámame.

– Lo haré -dijo ella, guardando el papel en el bolso.

– Eso espero.

Willow levantó los ojos cuando Mike puso una cerveza frente a Jacob, con cara de querer echarle el contenido del vaso por la cabeza.

¿Celoso? ¿Estaría celoso? ¿Los buenos amigos se ponían celosos?

Willow miró a Jake. Desde luego, era muy guapo, pero Mike la conocía demasiado bien como para saber que no iba a lanzarse en los brazos del primer hombre que apareciera en su vida solo porque su relación se había roto.

Pero, claro, los celos siempre son irracionales.

Si hubiera entrado en un bar y se hubiera encontrado a Mike charlando con una rubia tonta, hubiera deseado sacarle los ojos. Y ella sabía que a Mike no le interesaban las tontas, tuvieran el pelo del color que fuera. Al menos, no durante los cinco meses, dos semanas y cuatro días que habían estado juntos.

Jake, aparentemente sin darse cuenta de la tensión que había, tomó un sorbo de cerveza.

– Mike, ¿tú también eres parte del equipo de pintores?

– Willow es la que pinta. Yo hago estanterías.

– Ah, bueno. Quizá vaya un día a echaros una mano -dijo Jake entonces, mirando a Willow. Era más una pregunta que una afirmación, como si esperase que ella lo aprobase.

– ¿Sabes algo de carpintería? -preguntó Mike.

– Me interesa más la pintura -contestó Jake. Mike sabía muy bien lo que le interesaba y apretó el vaso con tanta fuerza que fue un milagro que no se desintegrase-. No sé clavar un clavo.

– No es tan difícil.

– La verdad es que nos vendría bien tu ayuda -intervino Willow, con el corazón acelerado. Quizá era más frívola de lo que creía. Quería que Mike estuviera celoso. Enfermo de celos-. Así podré pintar la cocina. Cuanto antes lo haga, antes podrás marcharte.

La respuesta de Mike fue un ejemplo perfecto del dicho «si las miradas matasen». Si las miradas matasen, Jake estaría en el suelo, necesitado de urgente respiración artificial.

– No tengo prisa -dijo, con los dientes apretados. Era una faceta de Mike que Willow nunca había visto. Pero nunca antes había tenido que luchar por su atención-. No pienso ir a ninguna parte esta semana -añadió, mirándola como si quisiera retarla a contradecirlo. Pero Willow no tenía intención de hacerlo.

– Bueno, espero que volvamos a vernos -dijo Jake levantándose-. Gracias por la cerveza. Ya nos veremos, Willow.

Después de ponerse el casco, arrancó a la moto y desapareció por la carretera.

Mike observaba la moto con un presentimiento. Moreno, guapo, con aspecto de chico malo con aquella cazadora de cuero, Jake Hallam era la clase de hombre que solo tenía que mirar a una chica para tenerla a sus pies. Y con Willow se portaba como si todo lo que tuviera que hacer fuera sonreír y chasquear los dedos y ella sería suya.

– La cena, menos mal -dijo Willow cuando apareció el camarero. Para entonces, el silencio se había alargado tanto que se sentía incómoda-. ¡Pollo asado! Qué bien. Me encanta…

– Me equivoqué.

– ¿Qué? ¿Cómo que te has equivocado?

– Ayer -dijo Mike entonces. Willow contuvo el aliento. ¿Se había equivocado al marcharse de la iglesia? ¿Se había equivocado al dejarla?-. No son cinco meses, dos semanas y cuatro días. Son cinco días. Es un año bisiesto. Se me había olvidado.

Willow se sintió tontamente decepcionada. Cuatro días, cinco días, a ella le daba exactamente igual. Lo único que importaba era que lo amaba y lo había dejado escapar.

– No puedo creer que olvidases el artículo que escribí sobre el año bisiesto, cuando conseguí que media docena de chicas pidieran en matrimonio a sus novios delante del periódico.

– Puede que esto sea un golpe terrible para ti, Willow, pero no suelo leer el Chronicle de principio a fin.

Mike siempre cambiaba de tema cuando ella hablaba del periódico fuera de la oficina. Pero que no leyera sus artículos… Eso era una herida demasiado grande. Ella habría leído un libro de contabilidad solo para darle gusto.

– Aunque no leyeras el artículo, deberías haber notado el aumento de ingresos por publicidad. Tuvimos anuncios de floristerías, peluquerías y tiendas de trajes de novia durante una semana.

Mike sonrió.

– Lo siento, Willow. Si hubiera leído tus artículos, quizá habría descubierto lo buena que eres haciendo tu trabajo -dijo, intentando quitarle hierro al asunto-. ¿Y cuántos de esos caballeros aceptaron lo inevitable y dijeron que sí por esa bromita tuya, destinada a aumentar la circulación del periódico?

– Todos. ¿Qué hombre quiere hacer el ridículo en público? -sonrió Willow. Mike podía tomarse aquello como quisiera-. Aunque todas las parejas habían sido elegidas con buen ojo. Debía ser un artículo divertido, sin problemas. Uno de ellos llevaba quince años viviendo con su novia. Tenían tres hijos, así que nadie puede decir que los obligué a nada.

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