Vidas soñadas
- Автор: Филдинг Лиз
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Vidas soñadas». Краткое содержание книги:
Pero cuando en su huída Mike se encontró con Willow en una gasolinera de la autopista, se dio cuenta de que se amaban y de que tendrían que solucionar sus problemas en vez de salir corriendo. No sabía cómo, pero Mike tenía que recuperar a su novia, convencerla de que estaban hechos el uno para el otro… y esta vez esperarla en el altar.
– Gracias -dijo por fin. Mike no se movió-. ¿Qué vas a hacer?
– Unos huevos fritos. ¿Te apetece?
– No, gracias. ¿Por dónde vas a empezar a pintar?
– No voy a pintar, voy a la tienda. ¿Quieres venir?
Willow se quedó boquiabierta.
– ¿Y que me vean en público contigo después de lo que pasó ayer? -preguntó, incrédula-. ¿Que nos vea algún conocido? Menudo cotilleo para el Evening Post.
– En eso tienes razón, pero voy a ir a la tienda de bricolaje que está cerca del parque.
– ¿En Maybridge?
Mike sonrió.
– Esa. ¿Seguro que no quieres venir? -preguntó, sabiendo que la curiosidad se la estaba comiendo-. Podríamos dar un paseo a la orilla del río. Y darle de comer a los patos. Comer en algún sitio tranquilo.
– No, gracias -contestó Willow, metiendo la brocha en el bote de pintura y aplicándola después a la pared. Pero la curiosidad era demasiado fuerte-. ¿Para qué vas a una tienda de bricolaje? Tenemos pintura y brochas suficientes.
– Voy a comprar madera. He pensado hacer unas estanterías para la cocina.
– ¿Tú?
– Yo.
– ¿No crees que deberías preguntarle a Emily antes de hacerlo?
– ¿Emily?
– Es la coordinadora de este proyecto. Creí que habías leído mi artículo. ¿No es así como me encontraste?
– Yo creí que lo habías dejado en la mesa para que lo leyera -replicó Mike. Ella hizo un gesto con la mano-. No te preocupes. No voy a cobrarle nada.
– No quería decir eso. Quería decir…
– Querías saber si sé usar un martillo y una sierra.
– Pues sí.
– Que tú no me hayas visto nunca usar nada más peligroso que una pluma no significa que no sepa hacer nada, Willow.
– Hay muchas cosas de ti que no sé… considerando que he estado a punto de casarme contigo -replicó ella. Y era cierto. No sabía nada de él. Por ejemplo, sabía por qué ella lo había dejado plantado, pero, ¿por qué la había dejado plantada él?-. ¿En qué pensabas mientras me esperabas en la iglesia, Mike?
Capitulo 4
– Willow…
– No -lo interrumpió ella-. Olvídalo. Hay preguntas que no deben hacerse.
Por un momento, pensó que él iba a contestar. Pero Mike se encogió de hombros.
– ¿De qué color vas a pintar la cocina?
– De blanco -contestó ella, irritada por el repentino cambio de conversación. Que ciertas preguntas no debieran ser formuladas, no quería decir que no quisiera saber la respuesta.
– ¿Y las estanterías en rojo?
– O azul, o rosa o granate. Son tus estanterías. Decide tú.
Mike la miró, sorprendido.
– No te pongas así. Tu nivel de azúcar es un poco bajo. ¿Seguro que no puedo tentarte con un desayuno antes de ponerme a medir?
– Seguro.
Sus tripas empezaron a sonar cuando le llegó el olor a huevos fritos, pero Willow siguió cubriendo la pared, y a sí misma, de pintura azul.
– Vale, de acuerdo -dijo Mike media hora después-. Ahora para un poco y toma un café -ordenó, con simpatía. Willow tomó el vaso-. ¿Galletas de chocolate?
– Conoces todas mis debilidades.
– Íntimamente -asintió él.
Sus miradas se encontraron entonces.
– A veces se me olvida pensar antes de abrir la boca -murmuró Willow.
– No hagas eso. Di siempre lo que te salga del corazón… -empezó a decir Mike. Pero no terminó la frase, incómodo-. Me marcho. ¿De verdad no te importa quedarte sola?
– Por favor… No soy una niña.
Mike sonrió.
– Prefiero no contestar a eso. Nos veremos más tarde.
– ¡Mike! -lo llamó Willow entonces. Él se dio la vuelta-. Será mejor que te lleves una llave. Yo voy a bajar al pueblo a comprar champú, toallas y otras cosas.
En ese momento, recordó la pila de suaves toallas que su tía abuela le había enviado como regalo de boda. Estaban en su apartamento, junto con el resto de los regalos, esperando que la casa estuviera terminada. Todos debían ser devueltos con una nota dando una explicación. Algo que nadie más que ella podía hacer.
– Hay una llave en ese cajón. ¿Necesitas alguna otra cosa?
– Tampoco quiero contestar a eso -sonrió Mike.
Willow se quedó pensativa, preguntándose qué habría querido decir, mientras veía el jeep desaparecer hacia la carretera.
Hinton Marlowe tenía un buen supermercado y Willow estuvo un rato mirando las estanterías, buscando los artículos que necesitaba. Casi todo, en realidad, excepto el cepillo y la pasta de dientes que llevaba en el bolso. Gel y champú, definitivamente. Leche corporal, crema de manos y guantes de goma. ¿Se podía pintar con guantes de goma?, se preguntó. Willow se volvió hacia un joven que estaba colocando artículos.
– ¿Tienen toallas?
– Creo que unas pequeñas ahí, al lado de los detergentes -contestó él, con una deliciosa voz varonil. Cuando se dio la vuelta, a Willow le resultó imposible ignorar aquellos vaqueros que se ajustaban a su trasero como un guante. Estaba segura de que aquel hombre estaba en la lista de la compra de todas las mujeres del pueblo.
– Gracias.
Las toallas eran muy pequeñas, pero tendrían que valer. Después de meter en la cesta algo de comida y el resto de las cosas que necesitaba, Willow se acercó al mostrador. El chico de los vaqueros ajustados se colocó tras la caja registradora.
– ¿Acaba de mudarse al pueblo? -preguntó, mientras sacaba los artículos de la cesta.
Willow buscó su monedero en el bolso.
– No. ¿Por qué lo pregunta?
– Porque está pintando -contestó él. Aquello no era una pregunta y Willow se miró la camiseta. Pero se había cambiado antes de salir y no tenía manchas-. Lo digo por su pelo. Está manchado de azul -sonrió el joven, con la confianza de alguien que sabe que esa sonrisa vale millones-. Pero le queda muy bien.
– Gracias -murmuró Willow, intentando no recordar que Mike había dicho lo mismo cuando le limpió la mancha de la cara. De verdad tenía que dejar de pensar en Mike, en cómo la tocaba… de una forma que la hacía sentir querida, deseada.
– ¿Entonces? ¿Va a ser clienta de la tía Lucy? -preguntó el joven. Willow lo miró, sin entender-La propietaria de este supermercado es la tía Lucy.
– Ah, sí. Pues no.
– ¿No?
– No voy a ser cliente, quiero decir.
– ¿Siempre es usted tan indecisa? -sonrió él.
¡Por favor! Aquel coqueteo era lo último que necesitaba.
– No vivo aquí. Estoy ayudando a pintar la casa de Marlowe Park.
– Me habían dicho que buscaban voluntarios. Quizá vaya por allí a echarle una mano.
– Se necesita mucho tiempo para eso -dijo Willow, intentando no ser antipática. Necesitaban ayuda, pero no quería que aquel hombre pensara que lo estaba animando.
– Solo estoy ayudando a la tía Lucy durante unos días -sonrió él. Después se calló, como esperando que ella le preguntase a qué se dedicaba. Pero Willow no preguntó nada-. Normalmente, tiene un ayudante. ¿Le importaría que fuera a echarle una mano de vez en cuando?
– No. La verdad es que hace falta gente. Llame a Emily Wootton si quiere presentarse voluntario. Tengo su número por aquí…
Willow buscó un papel y anotó el número de teléfono.
– Gracias…
– Willow Blake.
– Gracias, Willow. Yo soy Jacob Hallam.
– Hola, Jacob -sonrió ella. Después, pagó apresuradamente y salió de la tienda.
Cuando volvió a la casa, sintió una angustia extraña. Ver a Mike y no poder tocarlo, abrazarlo, ser parte de él… era insoportable. Pero no verlo era más insoportable todavía.
Cuando aparcó el coche y vio que solo estaba la vieja furgoneta de Emily, se sintió desinflada y triste.