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Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:

Sobrevivir en una revista femenina puede ser una lucha a muerte. Sobre todo, cuando tu jefa es una tirana.
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
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– Yo había pensado escribir un artículo sobre…

Jane me interrumpe, como había imaginado.

– Muy bien. Vig, pero tengo que salir corriendo. Se me había olvidado que tengo una reunión. Hasta el martes a todos -se despide. Pero entonces recuerda que está Marguerite. Y no quiere dejarnos solos con sus peligrosas ideas-. El lunes quiero decir. Nos vemos el lunes.

Sale de la sala de juntas y los demás esperamos tres segundos antes de hacer lo propio. Cinco minutos después sólo quedo yo en la redacción.

Superwoman

Maya cree que sólo me siento atraída por hombres emocionalmente inalcanzables.

– Adictos al trabajo, mentirosos, niños de mamá. Ninguno de ellos está dispuesto a comprometerse -me dijo, cuando mi última relación terminó en los pasillos del supermercado entre las calles Bleecker y La Guardia.

Mientras yo observaba a Michael debatir sobre los beneficios de los plátanos verdes (ahora me apetece un plátano, pero ¿me apetecerá otro mañana? Si los compras maduros, se estropean), me di cuenta de que nuestra relación no iba a ninguna parte. De modo que lo deje con el plátano en la mano. Michael ni se percató, estaba muy ocupado asegurándole a los plátanos que no eran ellos, era él.

– Tienes superpoderes -continúa Maya-. Tú encuentras hombres emocionalmente inalcanzables a doscientos metros y a través de un muro de cemento. Si hay una habitación llena de hombres maduros, sensatos, dispuestos a entregarte su corazón, tú te liarás con el único que acaba de dejar a su novia de cinco años.

Eso es cierto. Conocí a Michael en una de esas citas a ciegas a las que Maya me llevaba gritando y pataleando una semana antes del día de San Valentín. Pero no tengo superpoderes, es simple mala pata.

– Tiene que haber alguna forma de contrarrestar tus superpoderes -ríe mi amiga-. Por ejemplo, podemos alquilarte por horas a mujeres que quieren saber si deben comprometerse con sus novios o no. O hacer reuniones de grupo, como las de Tupperware. Tú irás uno a uno para ver quién te atrae. Así sabremos que ese no vale.

– Qué graciosa eres.

Muy graciosa, desde luego, si no estuviéramos hablando de algo real, de algo que me causa mucho dolor.

Maya sigue con la bromita. Incluso se le ocurre vender camisetas con mi número de teléfono, pero yo no le hago caso porque una procesión de ex novios está pasando por mi cabeza.

Michael, que era incapaz de comprometerse con un plátano. Scott, que se negaba a usar la palabra «novio». Ethan, que me llamaba Jennifer en lugar de Vig porque le recordaba a otra novia. Dwight, Thaddeus, Kevin, Rob… todos iguales.

Pero sigo pensando en las palabras de Maya. Sigo pensando en ellas porque me acuerdo del pelo castaño claro y los ojos verdes de Alex Keller. Y su acogedora sonrisa.

Me siento inmediatamente atraída y se que eso no puede ser bueno.

El hombre y el mito

No estoy preparada para la bienvenida de Alex Keller. He venido aquí directamente desde la redacción y estoy dispuesta a pegarme con él si es necesario para que me deje entrar en su casa. Que abriese la puerta con una sonrisa en los labios era algo que no esperaba y me quede mirándolo durante unos segundos, sin entender.

– Ah, ya estás aquí. Pasa.

Lleva pantalones cortos de color arena y una camiseta marrón. La camiseta es muy vieja y está rota en el cuello. En realidad, da la impresión de que se convertirá en polvo si la tocas. Va descalzo.

– No te esperaba tan pronto, pero ya casi he terminado. Siéntate.

El salón de su casa es muy masculino: suelos de madera recién pulida, un sofá azul, estanterías con libros, una mesa de café. Y punto.

Cuando me acerco al sofá, veo que está colocado en diagonal y que, tras él, hay una mesita con una plancha, una batidora y un teléfono antiguo. Supongo que él, como Anna, tampoco tiene armarios. En realidad, en Manhattan sólo tienen armarios los ricos que salen en Fashionista. Los demás tenemos que conformarnos con apaños.

– Flecha volverá dentro de un momento.

Alex Keller se sienta en una silla de la cocina para ponerse las zapatillas de deporte. Al hacerlo, observo cómo se mueven sus bíceps. Alex Keller tiene bíceps. Eso no me lo esperaba. A pesar de su estado, la camiseta se mantiene en su sitio.

– Me está ayudando una vecina.

No sé de qué me habla, por supuesto. Me ha confundido con otra persona. Voy a decirle quién soy, claro, pero no ahora mismo. Ahora mismo quiero ver cómo se pone las zapatillas. La novedad de un Keller simpático me seduce. Pero cuando le diga quién soy empezará a soltar barbaridades. Incluso es posible que me tire escaleras abajo.

– Te gustará Flecha -sigue diciendo, mientras se ata los cordones de las Adidas-. Tiene unos ojos de cachorro que te parten el corazón.

No sé si Flecha es un perro o su hijo porque en el informe no decía nada de su estado civil.

– Que bien.

Keller sonríe. Tiene una sonrisa bonita, un poco tímida. Y tiene, además, un hoyito en la mejilla.

– Pero tienes que ponerte seria con él. Un poco de disciplina no le viene mal a nadie.

Lo de la disciplina rompe el encanto. A pesar de la sonrisa, a pesar de los bíceps y de los ojos verdes, abro la boca para decir quién soy. Pero antes de que pueda hacerlo suena el timbre.

– Ahí está -dice él, levantándose. Keller desaparece y lo oigo hablar con una vecina-. ¿Te ha dado algún problema?

– No, es un cielo. Hace un día precioso, así que hemos estado corriendo por el parque.

– Estupendo. Muchas gracias por todo.

– De nada. ¿Cenamos mañana entonces?

Aunque no puedo verla, sé que la mujer con la que está hablando es rubia, tiene buenas curvas y la nariz respingona. Me apostaría el cuello.

– Claro. ¿A las nueve?

– Sube a casa a las ocho y te invito a un cóctel.

Está tonteando descaradamente. Es imposible ir al Beauty Bar o a Man Ray un sábado por la noche sin oír ese tono melifluo. Por eso yo no voy a esos bares.

– Muy bien. Hasta mañana entonces. Y gracias otra vez.

– No ha sido nada, de verdad.

Normal. ¿Que mujer no querría que Keller le debiese un favor?

La puerta se cierra y yo me preparo para conocer a Flecha, que no se si es animal, mineral o vegetal. Pero lo que está claro es que Keller es un compañero de trabajo insoportable y con múltiples personalidades.

Flecha resulta ser un Labrador de color marrón. Es un perro tranquilo y parece considerar cada paso antes de darlo. Está moviendo la cola para saludarme, pero es como si lo hiciese a cámara lenta.

– El nombre no le pega mucho, ¿no? -le pregunto. Aunque no se si es buena idea meterme con su mascota.

Keller sonríe con su devastadora sonrisa tímida y yo tengo que hacer un esfuerzo para cerrar la boca. Es Alex Keller, emocionalmente inalcanzable… hasta físicamente inalcanzable porque en cinco años nunca había logrado verlo en persona. Pero, teniéndolo delante, el legendario mal genio se me olvida.

– No, Flecha no es muy rápido. Tiene siete años, pero tampoco tenía mucha energía de cachorro. Lo llevé al veterinario para ver si era un problema de tensión baja o algo así, pero me dijo que estaba perfectamente. Es un poco perezoso, nada más.

– Entonces, ¿por qué le pusiste Flecha?

Al oír su nombre, el animal se acerca para apoyarse en mis piernas. Yo lo acaricio, aunque no se si busca afecto o sólo está apoyándose en algo.

– Una ironía, mujer. Iba a ponerle Yuju, pero no funcionó. La gente pensaba que no sabía el nombre de mi perro y me miraban con mala cara. Incluso creo que una señora estuvo a punto de denunciarme por maltrato psicológico.

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