Vidas soñadas
- Автор: Филдинг Лиз
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Vidas soñadas». Краткое содержание книги:
Pero cuando en su huída Mike se encontró con Willow en una gasolinera de la autopista, se dio cuenta de que se amaban y de que tendrían que solucionar sus problemas en vez de salir corriendo. No sabía cómo, pero Mike tenía que recuperar a su novia, convencerla de que estaban hechos el uno para el otro… y esta vez esperarla en el altar.
Le dolía todo el cuerpo por los esfuerzos con la brocha, pero era su cabeza la que no dejaba de dar vueltas, recordando todo lo que había pasado aquel día.
Menudo lío.
Willow alargó la mano para encender el móvil. La señal de mensajes estaba encendida. Su madre, como había imaginado, exigiendo que la llamase hora tras hora. Su padre pidiéndole que lo llamara para hacerle saber que estaba bien. Crysse, pidiendo que le explicara qué había pasado.
Willow no había creído poder sentirse peor. Llamó a su prima, pero Crysse no contestó. Ni siquiera tenía el contestador encendido.
Su padre contestó inmediatamente, como si hubiera estado sentado al lado del teléfono. Ni siquiera le preguntó dónde estaba, solo si se encontraba bien.
– Estoy bien, papá. De verdad. Estoy ayudando a una amiga a pintar la residencia de vacaciones para niños huérfanos de la que hablaba en mi último artículo. Pero necesito estar sola durante un tiempo.
Y hacer algo por otra persona después de lo que, en retrospectiva, le parecían semanas de egoísmo absurdo.
– ¿Necesitas alguna cosa? ¿Puedo llevarte algo?
A Willow se le ocurrieron un montón de cosas, pero podría vivir sin ellas. Ni siquiera su padre entendería que Mike estuviera con ella. Ni ella misma lo entendía. Especialmente, el hecho de que le alegrase que él estuviera durmiendo al otro lado del pasillo. Suficientemente cerca como para llamarlo si…
– No. Me las arreglaré. Y preferiría que no se lo dijeras a mamá.
– No lo haré. Willow, en cuanto a Mike…
– Papá…
– No te preocupes por él, ¿de acuerdo? Se lo tomó como un hombre.
– Papá…
– Viene tu madre. A menos que desees soportar una charla, te sugiero que cuelgues.
Los ojos de Willow se llenaron de lágrimas. Su padre no había querido decirle que Mike se había marchado antes de que ella llegara. A pesar de lo que le había hecho pasar aquel día, el pobre no quería herir sus sentimientos. Pero eso no hizo que se sintiera mejor. Todo lo contrario. Solo una persona podía consolarla, pero estaba al otro lado del pasillo. Willow miró alrededor, buscando una araña que le diera una excusa para salir corriendo y colocar su saco de dormir al lado del de Mike.
Ese era el problema con las arañas. Que nunca aparecían cuando se las necesitaba.
Willow respiró profundamente. No necesitaba una araña. Estaba bien. Tenía su vida planeada y en esa vida no entraba Mike. Suspirando, buscó un pañuelo para secarse las lágrimas. No tenía tiempo de llorar.
Mike escuchó el pitido del móvil de Willow, anunciando que tenía mensajes. Seguramente estaría llamando a Crysse. O a su madre. Ninguna llamada agradable, de eso estaba seguro. Debería habérsele ocurrido alguna forma de hacer que ella durmiera a su lado. No debería estar sola en una casa solitaria.
En fin. Quizá no era demasiado tarde. Mike buscó su móvil y le envió un mensaje.
El móvil de Willow empezó a sonar. Un mensaje ¿Crysse?
¿Estás bien?
No era Crysse. Era Mike.
Perfectamente, contestó ella.
Otro pitido.
¿Ni arañas, ni escarabajos, ni tijeretas?
¿Tijeretas? Qué asco. Aquel era un golpe bajo. Mike sabía que le daban asco los bichos y también sabía que estaba durmiendo en el suelo, con la luz del móvil como única compañía. Era demasiado fácil creer que la tela que rozaba su tobillo era algo mucho más asqueroso.
Willow se mordió los labios, diciéndose a sí misma que no debía ser tan cobarde.
Solo murciélagos. ¿Qué hago?
Cierra la ventana.
Prefiero arriesgarme a que entren los murciélagos. Buenas noches.
Mike sonrió.
¿No has oído un ruido en la escalera? Por cierto, ¿esta casa no estaba embrujada?
Willow deseó no haber leído aquel último mensaje. Con el calor, las maderas de la escalera crujían y el sonido era como un quejido fantasmal. No haría falta mucha imaginación para pensar que el ruido eran pasos…
El móvil volvió a sonar. Willow trató de ignorarlo, pero no podía.
Grita si me necesitas.
Muy gracioso. Allí no había nada que la molesse excepto el hombre que dormía al otro lado del
Por otro lado, ¿por qué sufrir sola?
Willow lanzó un grito.
Un segundo después, Mike apareció en la habitación, una tentación en calzoncillos iluminada por la luz de la luna.
– ¿Qué ha pasado?
Por un momento, Willow pensó en decirle que había un bicho en su saco de dormir. Que tendría que meterse dentro y… ponerse a explorar. Pero entonces se dio cuenta de dónde estaba y por qué.
– Solo estaba probando.
Mike no se movió.
– Pues funciona.
– Muy bien.
– Buenas noches.
– Buenas noches -se despidió ella con una sonrisa, sacando los deditos por encima del saco.
Cuando Mike cerró la puerta, Willow sacó del bolso la chocolatina que había comprado en el restaurante. Estaba triste y era el momento de comérsela.
– Té, con tres cucharadas de azúcar.
La mano de Mike emergió del arrugado saco de dormir.
– Son las siete de la mañana, mujer. Eres inhumana.
– Nadie te dijo que te presentaras voluntario -replicó ella. La vida, pensó Willow, sería más sencilla si él se marchara. Más triste, pero más sencilla-. Pero brilla el sol y tengo que pintar -añadió, dejando el vaso de té en el suelo.
– ¿No hay desayuno?
– Si querías desayunar, deberías haber dormido en el hostal.
– No puedo trabajar todo el día solo con una taza de té en el estómago -se quejó Mike, sentándose sobre el saco y pasándose la mano por el pelo-. Un par de huevos. ¿Eso es mucho pedir?
– En absoluto. Hay una docena de huevos en la nevera. Y también hay una sartén.
– ¿Y tú? -preguntó Mike, mirándola con lo que algún desinformado habría creído preocupación-. No quiero preocuparme por si vas a caerte de la escalera. El desayuno es la comida más importante del día y…
– Lo sé -lo interrumpió Willow. Intentaba aparentar irritación, pero le resultaba difícil. Mike tenía unos hombros que la hacían olvidar cualquier irritación y pensar en… cosas que no debería pensar. Su decisión de no casarse con aquel hombre no había disminuido en absoluto la atracción física que sentía por él-. Di la verdad, Mike. Mi madre te ha enviado.
Invocar el nombre de su madre debería haber sido suficiente para romper el hechizo. Desgraciadamente, la sonrisa de Mike siempre conseguía que le temblaran las piernas.
– Ya veo que no se puede hablar contigo. Tú pintas, yo cocino.
Cuando Mike empezó a moverse, Willow salió corriendo de la habitación. Los calzoncillos grises estaban tirados encima de los vaqueros y un hombre que no lleva toalla, no habría pensado en llevar pijama.
Willow frunció el ceño. ¿A qué hotel iba nadie con un saco de dormir?
En mitad de la escalera, se paró y miró hacia atrás. Mike debía haber visto el periódico en el restaurante y había adivinado dónde estaba. No era tan difícil. Pero aquel saco de dormir era viejo. ¿De dónde lo habría sacado?
Maybridge.
¿Tendría cosas allí? ¿Seguiría teniendo un apartamento? ¿Qué había en Maybridge que era tan secreto?
Willow entró en la habitación que se disponía a pintar. Había dejado la brocha abandonada cuando Mike apareció y esperaba encontrarla dura como una piedra. Pero estaba al lado del bote de pintura, limpia y dispuesta para ser usada. Willow pasó los dedos por las suaves cerdas, sonriendo.
– A partir de ahora tendrás que hacerlo tú misma.
Cuando se dio la vuelta vio a Mike, solo con los vaqueros, apoyado en el quicio de la puerta. Debería ponerse algo más de ropa, pensó. Pero quizá su camiseta seguía húmeda. Ella había colgado la suya en la ventana para que se secase, junto con la ropa interior.