Entre el amor y el deber
- Автор: Уинтерз Ребекка
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Entre el amor y el deber». Краткое содержание книги:
Raúl no tenía la menor duda de que él era el padre y estaba dispuesto a reclamar sus derechos… eso significaba que tenía dos noticias que dar a Heather: que estaba embarazada y ¡que estaba a punto de convertirse en su esposa!
Todo lo que hacía lo enfadaba. Pobre Juan.
– No te enfades con él. Me hizo comer y beber y fui yo la que lo obligué a acompañarme aquí. ¿Qué tal está el piloto?
– Bien. ¿Qué haces que no estás en la cama? Te podías haber matado o no haber podido volver a tocar. Métete en la cama hasta que te diga que te puedes levantar.
Heather estaba sudando ante su mirada. La estaba mirando con más insistencia que cuando habían hecho el amor.
Se metió en la cama y, cuando fue a taparse, él se lo impidió.
– Tengo que examinarte.
– Pero sí la doctora Avilar ya lo ha hecho.
– Sí, pero hay una prueba que ha dado positivo.
– ¿Cuál? -preguntó asustada. Hada tres meses que se había hecho el último chequeo, en Viena, y el médico le había dicho que todo estaba bien.
– ¿Cuándo has tenido el período por última vez?
Heather parpadeó.
– No lo sé. Hace unos meses. Siempre que viajo, dejo de tenerlo durante un tiempo. Mi padre siempre me ha dicho que les pasa a algunas mujeres por el cambio de clima, así que nunca le he dado importancia.
Raúl se sentó en el borde de la cama y le puso la mano en la tripa. No era la caricia de un amante sino de un médico. Le apretó y no le dolió, pero estaba duro.
– ¿Qué pasa? Estás muy serio. Raúl le tomó el pulso.
– ¿Cómo se te ha ocurrido volar hasta Argentina sabiendo que estabas embarazada?
Capítulo Cinco
Embarazada? ¡Lo debía de haber oído mal!
– ¿No te das cuenta de que has puesto en peligro al bebé?
– No estoy embarazada -rió nerviosa-¡No digas tonterías!
– Heather… la doctora Avilar te ha hecho la prueba dos veces y, después de examinarte, yo diría que estás de nueve o diez semanas-le contestó un tanto exasperado-. Entiendo que te dé pánico decírselo a tu padre, pero a mí no tienes por qué mentirme.
– Raúl… -gritó agarrándole la mano con fuerza- ¡no te estoy mintiendo!
– ¿ Cómo no te has dado cuenta de los cambios que ha experimentado tu cuerpo?
Heather parpadeó.
– ¿Estoy embarazada de verdad?
La había pillado tan por sorpresa que no lo había asimilado.
Iba a tener un hijo de Raúl!
Eso quería decir que estaba de doce semanas, no de nueve. Le quedaban seis meses. En marzo, nacería su bebé.
Aunque estaba segura de que nunca se repondría del rechazo de Raúl, saber que aquel pequeño que ambos habían engendrado estaba creciendo en sus entrañas la llenó de una inmensa alegría.
Decidió volver a casa y prepararse para el alumbramiento. Ningún niño del mundo tendría más amor.
Mientras ella se maravillaba con aquel milagro, Raúl seguía esperando una contestación.
– Si hubiera tenido un período regular y no hubiera estado tomando las vacunas de la fiebre amarilla y de la malaria, que me daban náuseas, supongo que me habría dado cuenta, pero he estado muy ocupada con los conciertos y no he tenido tiempo de pararme a pensar. Supongo que me habría dado cuenta cuando la ropa no me cupiera -contestó incorporándose. Sus soniditos de incredulidad la estaban enojando-. Raúl, tomaste precauciones aquella noche y yo me fié de ti porque, después de todo, tú eres el médico. No tenía razones para imaginar que estaba embarazada.
Raúl maldijo haciendo que Heather se sintiera como una niña ingenua que hubiera dicho lo que no debía. Aquello ahondó en su indignación.
– A juzgar por tu silencio desde que volviste aquí, parece ser que tú tampoco esperabas que hubiera consecuencias -le recordó-. Debemos de ser de esas parejas que desafían a los elementos.
Raúl se pasó ambas manos por el pelo. -A no ser que…
– A no ser que me haya acostado con otro. ¿Era eso lo que ibas a decir? -le preguntó rota por el dolor-Si crees eso, desde luego no me conoces de nada. Y yo tampoco te conozco a ti de nada -murmuró con voz temblorosa. Sintió que las lágrimas le resbalaban por las mejillas y deseó con todo su corazón no haber ido nunca allí. Levantó el brazo que tenía escayolado y se puso en pie para tenerlo de frente-Soy hija de un tocólogo y sé muy bien que no se deben tomar medicamentos cuando estás embarazada. ¿Te crees que si hubiese sabido que estaba en estado me habría arriesgado a tomar vacunas fuertes para venir a ver a un hombre que no quiere saber nada de mí? -le espetó. Sabía que estaba al borde de la histeria, pero no lo podía remediar.
– Ya hablamos de por qué era imposible que tuviéramos una relación.
– No, Raúl, no hablamos de nada -lo corrigió-. Me dijiste que no podíamos estar juntos porque tú no estabas dispuesto a irte de la selva y porque nunca me pedidas que yo dejara la música para venir a vivir contigo aquí. Claro que no me contaste nada de Elana.
– La doctora Avilar solo es una compañera.
– ¿ Y me lo tengo que creer después de que hayas cuestionado quién es el padre de mi hijo? Si hay algo de lo que me arrepiento es que la avioneta se haya estrellado y Elana y tú os hayáis enterado de mi embarazo al mismo tiempo que yo. Sin embargo, todavía se puede remediar. Ya que es lo que tú crees, dile a Elana que el niño no es tuyo. Cuando me vea irme en el próximo vuelo, vuestras vidas volverán a la normalidad.
– Escúchame -le dijo agarrándola de los hombros-. Nunca me he acostado con Elana. Si ella ha dicho lo contrario, te ha mentido.
Antes del accidente, Heather habría dado cualquier cosa por escuchar aquellas palabras, pero algo había cambiado.
– No culpes a Elana, Raúl. Creo que me he equivocado, pero ya no tiene importancia.
– Siento llevarte la contraria. Te vas a casar conmigo en cuanto sea posible. No entraba en nuestros planes, pero ese bebé es tuyo y mío. Quiero ser tu marido para poder cuidar de los dos -dijo con enorme ternura abrazándola y acariciándole el pelo al tiempo que la besaba en la mejilla-. Has pasado los primeros tres meses de embarazo sola sin saber siquiera que estabas embarazada. Dios… casi os pierdo a los dos esta mañana -añadió conmovido-. Desde ahora, necesito cuidar de ambos. Te prometo que nunca te dejaré, Heather.
– Ayer estabas enfadadísimo porque había venido y querías que me fuera cuanto antes. Esta mañana te ha faltado tiempo para meterme en la avioneta, así que no me vengas ahora con que quieres cuidar del niño y de mí. ¡No funcionaría! El amor o existe o no existe. Casarse por otras razones no va conmigo -contestó intentando zafarse de su abrazo.
– ¿No fue por amor por lo que me salté todas las normas y fui a Nueva York? Desde que nos conocimos, quise que fueras mi esposa y lo sabes.
– Entonces, ¿por qué me trataste tan mal ayer?
Raúl le acarició la cara.
– Porque estaba aterrado ante el sacrificio que estabas haciendo, ante lo que estabas dejando por mí. Querer que te convirtieras en mi esposa siempre ha sido puro egoísmo por mi parte. Para poder vivir sin remordimientos, tenía que rechazarte. Lo hice por tu bien, Heather, no por mí. ¿Acaso no sabes que habría tardado menos de una semana en correr detrás de ti? Hace un par de días, decidí presentarme en Viena a verte. Pero ya no hace falta. Ahora que sé que aquella noche de amor ha dado como fruto un niño, nuestro hijo. No estoy dispuesto a volver a perderte.
Eso era lo que Heather había ansiado oír. No se lo podía creer. La pesadilla había terminado y sus sueños se estaban haciendo realidad. Lo abrazó con fuerza y levantó la cabeza en espera de sus labios.
– Te he echado tanto de menos -le confesó tras besarse con pasión.
– Iremos a Buenos Aires y nos casaremos en casa de mis tíos. Tienen una capillita en la finca que te va a encantar -le dijo Raúl-, pero, antes de nada, hay que hablar con tu padre.
– Lo sé -contestó ella apesadumbrada.
– ¿Temes que te impida casarte conmigo? -le preguntó mirándola a los ojos.,