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Casino: Amor y honor en Las Vegas

Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:

Frank Rosenthal, El Zurdo, tuvo algo de simbólica: como la traca final de una era en la historia de la capital mundial del juego, Las Vegas.
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
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Adopté la decisión enseguida. No tenía nada que perder pues siempre estaba a tiempo de modificar la apuesta al final de la semana. Me metí a fondo contra el Kansas antes de que anunciaran que Chamberlain no iba a jugar.

Ofrecí al colega que me había pasado el chivatazo una apuesta de cinco mil dólares para el partido. Chamberlain jugó todos los partidos excepto aquél.

Además, al hacer la apuesta, comenté a los corredores de apuestas lo que había oído. A eso se le llama cortesía profesional. Mantener informado al corredor. Es gente que conoces. Estás siempre hablando con ella. Evidentemente, primero haces la apuesta y luego lo dices. Es lo lógico en el oficio. A veces te escuchan y a veces no. En mi caso, escucharon. Aquello les dio la oportunidad de retirar determinada cantidad del Kansas.

En una apuesta como aquélla, nosotros -mis socios y yo- intentábamos bajar al máximo. Llamábamos a distintos corredores de apuestas de todo el país. Teníamos instalados en mi piso unos teléfonos especiales.

Unos cuantos empleados jubilados de la compañía telefónica nos habían instalado un sistema para acceder a la línea rápida antes de que existiera la línea rápida. Cuando nos lanzábamos sobre un partido y formulábamos las apuestas, en tres o cuatro minutos transmitíamos la información a todo el país. No exagero. No tardábamos más que eso.

Marcaba un número y hablaba con Washington, Nueva Orleans, Alabama, Kansas City, casi con todo el país excepto con lugares como Dakota del Norte, Dakota del Sur y Wyoming. Podía apostar donde quisiera. Los corredores de apuestas sabían mi nombre en código. Sabían que si perdía, pagaba.

Tienes un número de contratación con el corredor y ellos, su propio sistema de tasación de crédito. No les hace falta evaluar intuitivamente.

Si deciden, por ejemplo, que a mí me conceden veinticinco mil dólares ello significa que puedo llegar con ellos a veinticinco. Puede haber oscilaciones y cuando llegamos a los veinticinco mil dólares saldamos la cuenta. O me manda él un mensajero o se lo mando yo.

Mis socios y yo nos habíamos establecido como en un negocio. Teníamos unos hombres de paja que apostaban por nosotros para no despertar sospechas. Disponíamos de mensajeros. Recaderos. Cada cual tenía su cometido en el negocio. Le decías al mensajero: «¡Lleva eso a Tuscaloosa!». Los mensajeros en general querían formar parte de la organización. Era gente que siempre rondaba por allí. Conseguían un trozo del pastel. Era una especie de intercambio. Yo era el que estudiaba el caso. Era el pronosticador.

Apostaba entre veinte mil y treinta mil dólares por partido. Luego, en las dos últimas semanas de la temporada, con todo el engranaje trabajando a ritmo sostenido, perdimos ciento cincuenta mil dólares. Encajé un par de golpes serios. De todas formas, cerramos la temporada con cuatrocientos mil dólares de ganancias sobre la inversión de quince mil dólares y quedamos en paz de momento.

Pero en definitiva, las probabilidades están en contra de ti. Tienes que avanzar en equilibrio sobre una cuerda floja. De pequeño, en Chicago, siempre les oía comentar: «En verano, los corredores de apuestas van a Florida y los jugadores quedaban helados como pajaritos».

Con todo, la cosa funcionaba bien. Mi padre y yo compramos a medias unos cuantos potros. En realidad, empecé a pasar cada vez más tiempo en las pistas. Teníamos allí trece caballos. Había que estar atento. Alimentarlos ya nos costaba unos siete mil dólares al mes. Aquello era casi vivir en las pistas. Pero a mí me encantaba estar allí.

Por aquella época, tal como cuenta El Zurdo, recibió la visita de un hombre a quien llamaban Eli, El Zumos. Eli El Zumos poseía un almacén en Miami y enviaba naranjas y pomelos por todo el país. Era en realidad el intermediario de la zona, el individuo que recaudaba fondos para proporcionar inmunidad en todo Miami Beach. Sugirió a Rosenthal que le convenía pagarle quinientos dólares al mes.

Rosenthal afirma que le respondió que no hacía nada ilegaclass="underline" pronosticaba y trabajaba en las carreras de caballos.

Le dije que si me dedicara a las apuestas con mucho gusto le complacería, pero que no era el caso. En aquellos momentos era estrictamente un jugador. Al cabo de una semana poco más o menos, volvió Eli El Zumos y me preguntó si había cambiado de parecer. En esta ocasión lo traté con menos cordialidad. De forma que una palabra se encadenó con la siguiente y le dije que se fuera a la mierda. Cometí el error de decirle que hiciera lo que le diera la gana. Eso hizo. El día de Año Nuevo la poli derribó la puerta de mi casa y me detuvo.

Martin Dardis, jefe del Departamento de North Bay Village, y el sargento Edward Clode de la División de Seguridad Pública del condado de Dade, llevaron a cabo la detención. El Zurdo se hallaba sentado en la cama, llevaba un pijama azul y miraba un partido por la tele aquella tarde cuando le interrumpió el asalto de los dos hombres. Lo que habría podido ser una detención rutinaria él lo convirtió en una catástrofe.

En cuanto oyó que la policía estaba en la puerta, El Zurdo se puso a gritar que iban a por él tan sólo porque se había negado a pagarle a Eli El Zumos.

– ¿Qué pasa? -dijo-. ¿No habéis conseguido la astilla? ¿Por eso estáis aquí?

La acusación vertida sobre el jefe Dardis fue una imperdonable violación del ritual kabuki que conllevaba la etiqueta poli-corrupción.

Después de esto -admitió luego El Zurdo- el partido fue imparcial.

El jefe Dardis declaró más tarde:

Cuando entré en la habitación, encontré al señor Rosenthal sentado en la cama. Tenía el teléfono en una mano y un pequeño libro-negro en la otra. El ayudante del sheriff le leyó la orden de registro, y yo, mientras tanto, le cogí el auricular y pregunté a la persona que estaba al otro lado de la línea quién era. Le dije que yo era El Zurdo. El otro respondió:

– Aquí Cincinnati. Dispones de diez y diez para Windy Fleet, y yo me quedo con cuatro y cuatro.

Más tarde supimos que Windy Fleet era un caballo que tenía que correr aquella tarde en el Tropical Park. Llegó a la meta en segundo lugar.

Quince días después de la detención, El Zurdo dijo que tuvo una pelea de tráfico con dos hombres que resultaron ser agentes federales. Según él, los agentes se hallaban en una calle secundaria, cerca del Biscayne Boulevard. El Zurdo se dirigía a un conocido restaurante de allí cerca. Supo que eran agentes porque la policía local le acababa de multar por no señalar un giro a la derecha. Los agentes habían permanecido detrás de la policía y empezaron a insultarle cuando le entregaron la multa. El Zurdo dijo que los polis que lo multaron sabían que eran agentes del FBI. Según Rosenthaclass="underline"

Una noche me hallaba yo conduciendo por una calle muy mal iluminada de Miami y aparecieron detrás de mí un par de agentes. Es cierto que ocurrió eso. Lo juro. Una calle muy oscura y muy estrecha y el coche de atrás que se me va pegando. Me obligan a apartarme a un lado de la calle y a detener el vehículo. Los dos agentes se identifican y empiezan a darme la lata y yo les devuelvo la pelota. Uno de ellos era muy corpulento. Estábamos en una zona con árboles. Salió del coche y me sacó del mío; lo hizo a empujones, diciéndome:

– Por fin te tenemos. Te vamos a meter en el puñetero bosque y te haremos picadillo.

Por la forma como me miraba, tenía toda la intención de hacerlo. Y mientras me hablaba, veo que en dirección contraria circula, por pura casualidad, ni más ni menos que Tony Spilotro. ¡La Virgen! Ve mi coche. Aparca. Sale del suyo. Se enfrenta con los dos mamones que me habían parado. Les planta cara, y eso que él no pasa de metro sesenta y cinco. Les suelta:

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