Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
– Vosotros, gallinas de mierda, no vais a hacerle nada.
¡Alabado sea Dios! Tony y yo nos habíamos criado juntos. Cuando hablaba de él, yo decía que le conocía desde el momento en que lo concibieron. Frecuentábamos los mismos lugares en Chicago. La relación, sin embargo, aumentó en North Miami. Tony aparecía por allí tres veces al año y a la primera persona que veía era a mí. La verdad es que el primer amor de Tony fue el juego. Por aquellos días él tenía la impresión de que no podía jugar sin mí. Que apostar en lo que fuera sería un desastre si no contaba con mi opinión. Siempre me estaba llamando. Me habría perseguido hasta la tumba por conseguir mi parecer. Era un adicto. Cuando hablamos de juego y de Tony estamos hablando de un alcohólico.
Una noche, nos encontramos cenando en un restaurante italiano del Biscayne Boulevard unas seis o siete personas. Todos tíos. Estaba Tony, todos sus muchachos y yo. Había también unos cuantos machos duros en la mesa. No sé por qué razón yo ponía a cien a uno de ellos. Por lo que fuera, no le gustaba Frank Rosenthal. Y me insultó en la mesa. Pasaron tres o cuatro minutos. Tony dice que se va al servicio. Se lleva al muchacho aquél. Y no han llegado a la puerta, ¡lo que le dijo al tipo! ¡Copón bendito! ¡Vaya lenguaje!:
– Eres un hijo de puta. Voy a cortarte el cuello si te atreves a mirarle otra vez de esta forma. Vuelve a la puta mesa y discúlpate, mamón.
El muchacho vuelve a la mesa y se disculpa.
– Resulta que no tendría que beber -dice- y bebo. No quería hacerlo. ¿Podrás perdonarme?
– Claro, no te preocupes -dije.
En 1961, el recién nombrado fiscal general, Robert F. Kennedy, empezó a investigar las conexiones entre la mafia, el juego ilegal y el sindicato de camioneros.
El FBI ya conocía a la mayor parte de jugadores. Estaba más al corriente de lo que se cocía en el seno del hampa que muchos de sus componentes. Las relaciones de Frank Rosenthal con la organización de Chicago eran de dominio público. Se le había visto por las calles de Chicago con capos de la altura de Turk Torello, Phil el de Milwaukee, Jackie Cerone y Fiore Buccieri. El Bureau estaba convencido de que además de apostar en Miami, hacía de corredor. La detención por parte de la policía local lo situó en un estadio lo suficientemente importante como para recibir la amistosa visita de los federales, quienes le plantearon que se hiciera chivato a cambio de la inmunidad; se negó a ello y subsiguientemente tuvo que hacer frente a una citación de la Subcomisión McClellan sobre el juego y la delincuencia organizada.
Al senador McClellan no le hizo ninguna gracia la picaresca de tipos y tipas de uñas pintadas que desfilaba ante él, acompañados de abogados caros que les proporcionaban unas tarjetas recién impresas en las que se leía la Quinta Enmienda.
La Comisión había seleccionado a unos cuantos testigos colaboradores para que declararan acerca del poder del hampa sobre el juego ilegal y su influencia en el mundo del deporte, en el que era de dominio público que se ofrecía dinero a atletas y entrenadores para reducir puntuaciones o influir en los resultados de los partidos.
El Zurdo contrató a un abogado, tomó el avión para Washington y allí se encontró con que lo acusaban de intentar sobornar a Michael Bruce, un mediocampista de veinticinco años de la Universidad de Oregón, quien declaró que cuando fue con su equipo a Ann Arbor a jugar un importante partido contra la Universidad de Michigan tuvo una cita con El Zurdo y con otra persona del mundo de las apuestas, David Budin, un ex jugador de baloncesto que, además de apostar, había sido estafador con los naipes y finalmente se había convertido en confidente, pagado por el gobierno.
Bruce declaró que la cita había tenido lugar en una habitación de hotel y que le habían ofrecido 5.000 dólares por asegurar la derrota de su equipo -uno de los peor clasificados- en ocho puntos en lugar de seis. Bruce dijo haber fingido estar de acuerdo con la proposición de El Zurdo, si bien había informado inmediatamente sobre ello a su entrenador.
El Zurdo negó haber intentado sobornar a nadie. Pero cuando subió al estrado ante la Comisión McClellan sus abogados le aconsejaron que si respondía a una sola de las preguntas, por insignificante que fuera, tendría que responder a todo cuanto se le preguntara o sería acusado de desacato y probablemente encarcelado. Su comparecencia ante la comisión fue un fracaso total.
Sr. Presidente: ¿Le llaman a usted El Zurdo?
Sr. Rosenthaclass="underline" Me niego respetuosamente a contestar la pregunta pues creo sinceramente que mi respuesta podría tender a incriminarme.
Senador Mundt: ¿Es usted zurdo?
Sr. Rosenthaclass="underline" Me niego respetuosamente a contestar la pregunta pues creo sinceramente que mi respuesta podría tender a incriminarme.
Sr. Presidente: Señor Rosenthal, según esta transcripción de su declaración del 6 de enero del año en curso, 1961 (en la detención de un corredor de apuestas), se le formuló la siguiente pregunta: «A usted también se le conoce como El Zurdo». Y su respuesta fue: «Sí, éste era mi apodo en béisbol». ¿Es esto correcto?
Sr. Rosenthaclass="underline" Me niego respetuosamente a contestar la pregunta pues creo sinceramente que mi respuesta podría tender a incriminarme.
Sr. Presidente: ¿Juega usted a béisbol?
Sr. Rosenthaclass="underline" Me niego respetuosamente a contestar la pregunta pues creo sinceramente que mi respuesta podría tender a incriminarme.
Sr. Adlerman: Señor Rosenthal, ¿trabajó usted para Angel-Kaplan como pronosticador?
Sr. Rosenthaclass="underline" Me niego respetuosamente a contestar la pregunta pues creo sinceramente que mi respuesta podría tender a incriminarme.
Sr. Adlerman: ¿Es usted un jugador profesional y compensador de apuestas?
Sr. Rosenthaclass="underline" Me niego respetuosamente a contestar la pregunta pues creo sinceramente que mi respuesta podría tender a incriminarme.
Sr. Adlerman: ¿Conoce usted a Fiore Buccieri, FiFi?
Sr. Rosenthaclass="underline" Me niego respetuosamente a contestar la pregunta basándome en que mi respuesta podría tender a incriminarme.
Sr. Adlerman: ¿Se relaciona usted con Sam Giancana, Mooney?
Sr. Rosenthaclass="underline" Me niego respetuosamente a contestar la pregunta basándome en que mi respuesta podría tender a incriminarme.
Sr. Adlerman: ¿Ha intentado alguna vez sobornar a algún jugador de fútbol?
Sr. Rosenthaclass="underline" Me niego respetuosamente a contestar la pregunta basándome en que mi respuesta podría tender a incriminarme.
Sr. Adlerman: ¿Alguna vez ha intentado específicamente sobornar a algún jugador de fútbol en los partidos Oregón-Michigan?
Sr. Rosenthaclass="underline" Me niego respetuosamente a contestar la pregunta basándome en que mi respuesta podría tender a incriminarme.
El Zurdo recurrió treinta y siete veces a la Quinta Enmienda.
El Zurdo volvió a Florida, pero la justicia lo seguía de cerca. Robert Kennedy había promovido un proyecto de ley en el Congreso por el que se prohibía la transmisión interestatal de toda información en cuanto al juego, con lo cual las llamadas telefónicas de El Zurdo sobre los temas de lesiones de deportistas, alineaciones, probabilidades e incluso situación meteorológica quedaban fuera de la ley y lo exponían a ser detenido.
En 1962, cuando se produjo la medida enérgica contra el juego tan esperada por el FBI y J. Edgar Hoover anunció personalmente las detenciones de centenares de jugadores e integrantes del hampa en todo el país, El Zurdo se contaba entre ellos. A lo largo del siguiente año, se le detuvo en distintas ocasiones acusándosele de corredor de apuestas, pronosticador, infracciones de tráfico, blasfemia, mala conducta, vagabundeo y juego.