Vidas soñadas
- Автор: Филдинг Лиз
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Vidas soñadas». Краткое содержание книги:
Pero cuando en su huída Mike se encontró con Willow en una gasolinera de la autopista, se dio cuenta de que se amaban y de que tendrían que solucionar sus problemas en vez de salir corriendo. No sabía cómo, pero Mike tenía que recuperar a su novia, convencerla de que estaban hechos el uno para el otro… y esta vez esperarla en el altar.
– ¿Willow?
– ¿Qué? Ah, no, no quiero más. Termínatelo tú. No tengo mucho hambre. De hecho, creo que voy a darme una ducha y después me voy a dormir.
– ¿No te da miedo dormir sola?
Desconfiada, convencida de que Mike quería cambiar eso de ser «solo buenos amigos» porque, al fin y al cabo, él era quien había sugerido que se fueran juntos de luna de miel a pesar de todo, Willow se volvió y lo miró directamente a los ojos. Pero él estaba tan serio que no se atrevió a decir lo que pensaba.
– ¿Por qué iba a tener miedo?
– Por nada -contestó Mike-. Si la araña que hay en el cuarto de baño te ataca, solo tienes que gritar.
– ¿Qué araña?
– Una araña negra con las patas peludas. La vi antes, en la ducha de las chicas.
– Entonces, me ducharé en la de los chicos.
– Willow…
– Y tu habitación es la última del pasillo.
Lo había dicho para aplastar cualquier esperanza que él tuviera de compartir habitación aquella noche.
– Willow…
– ¿Qué?
– Nada, cariño. Yo cerraré la puerta.
Willow subió la escalera convencida de que él se estaba riendo. Que se riera, pensó. No pensaba gritar pidiendo ayuda. Una araña no era para tanto.
Pero no entró en la ducha de las chicas, y después de comprobar que en la de los chicos no había ningún bicho peludo, abrió el grifo. Cuando se había quitado la ropa, se dio cuenta de que tenía un problema más grave que una araña.
No tenía jabón. Ni toalla.
Había metido ropa en la bolsa, pensando… Bueno, eso era una exageración. No estaba pensando. Llevaba semanas sin pensar.
Sacó una camiseta limpia de la bolsa y después de ponérsela, salió del cuarto de baño.
– ¡Mike! -lo llamó-. ¿Te importa tirarme el jabón que hay en el fregadero?
Él no se lo tiró, se lo subió. Por supuesto.
– No huele demasiado bien.
– Da igual. Necesito algo que me quite la pintura. No habrás traído una toalla, ¿verdad?
– Lo siento. Solo he metido algo de ropa y una cuchilla de afeitar. La verdad es que pensaba pasar la noche en el hostal.
– Todavía puedes hacerlo.
– ¿Y tú?
– Yo estoy bien aquí…
– En ese caso, me secaré con la camiseta -sonrió Mike-. Puedes compartirla si quieres.
– Gracias, pero yo también tengo una camiseta.
– La mía es más grande.
– No presumas, Mike -replicó Willow, tomando el jabón-. ¿Qué estás haciendo? -preguntó cuando él se quitó la camiseta y empezó a desabrocharse los pantalones-. ¡Mike! ¡No puedes hacer eso! -gritó, cuando él se metió en una de las duchas. Willow solo podía ver su cabeza y sus hombros, pero era suficiente.
En ese momento, Mike tiró los calzoncillos al suelo.
– Esta es la ducha de los chicos, cariño -contestó él, abriendo el grifo-. Tú eliges. La araña o yo.
Willow sabía que se estaba portando como una cría. ¿Qué más daba?
Pues no daba igual.
– Mike, esto es absurdo. Tú me has plantado en la…
– Le dijo la sartén al cazo. Pero no me quejo. No tienes que mirar si no quieres.
– ¡No estoy mirando! -exclamó ella, dando un golpe en el suelo con el pie. Pero como iba descalza, el gesto de rabia no valió de nada.
– ¿Te importa pasarme el jabón? -pidió Mike, alargando la mano-. Y la próxima vez que des una patada, antes mira por si hay algún escarabajo. El pobre no te había hecho nada.
– ¿Un escarabajo? ¿No pensarás que voy a creérmelo?
En ese momento, una cosa con muchas patas rozó su pie y Willow se metió en la ducha de un salto.
– Hola, cariño -sonrió Mike.
– ¡Eres un cerdo!
– Nadie es perfecto -contestó él, pasándose el jabón por el pelo. Al hacerlo, rozó el brazo de Willow, poniendo en peligro su voluntad de mantener aquella relación a un nivel estrictamente platónico.
– Perdona -murmuró ella, intentando apartarse sin rozar más que lo estrictamente necesario-. En estas duchas no caben dos personas.
Mike la tomó entonces por la cintura.
– El escarabajo te estará esperando.
– Por favor, Mike…
Los ojos del hombre se oscurecieron.
– Se te ha mojado la camiseta. Deberías quitártela.
Willow tragó saliva, incapaz de apartarse.
– Nuestra relación ha terminado.
Lo había dicho solo con la boca, pero sabía que su cuerpo, que respondía por su cuenta, le estaba enviando un mensaje completamente diferente.
– ¿Tú crees? -preguntó Mike en voz baja.
Y entonces, sin esperar respuesta, acercó su boca a la de ella, suavemente, con ternura, ofreciéndole la oportunidad de apartarse.
Era irresistible. Y, por un momento, Willow no se resistió. Por un momento, con el agua caliente cayendo sobre ella, empapando su camiseta y su ropa interior, se dejó llevar por la caricia, quiso creer la dulce mentira de que aquella relación iba a alguna parte.
Pero unos segundos después, lo tomó por los hombros y se apartó. Mike no intentó impedírselo.
– ¿Ha terminado?
– Tiene que ser así. Yo deseo tener una carrera, Mike. No sé lo que tú quieres.
– A ti -dijo él.
Willow no lo dudaba. Conocía aquella mirada y tragó saliva, nerviosa.
– Entonces, ¿qué hacíamos tomando un plato de pasta en la autopista cuando deberíamos estar brindando con champán? -preguntó. Al intentar apartarse se golpeó el codo con el grifo y estuvo a punto de soltar un taco.
– Tienes razón. Estas duchas están hechas para uno solo -dijo Mike, pasando el dedo suavemente por su brazo.
– Son muy sencillas -dijo Willow-. Pero al menos no tienen grifería dorada.
Por un momento, ambos compartieron una visión de la enorme ducha con grifos dorados en la casa que deberían haber compartido.
– Creí que te gustaban los grifos. Pusiste cara de estar soñando cuando mi padre nos enseñó la casa.
– Acababa de regalárnosla. ¿Qué esperabas que hiciera?
– ¿De verdad no te gustaban los grifos?
Willow se encogió de hombros.
– Eran un poco… exagerados para mi gusto. ¿A ti te gustaban?
_Yo prefiero las cosas sencillas y funcionales.
– Pues entonces, esto te gustará. Pero si has terminado te agradecería que salieras y me dejaras ducharme en paz.
Cuando Willow terminó de ducharse, Mike se había secado y estaba respetablemente cubierto con los vaqueros. Ella se secó como pudo, pero después se sintió desnuda solo con unas braguitas y una camiseta húmeda que se pegaba a sus pechos.
– Hace frío, ¿no?
– Yo no tengo frío.
Se separaron en la puerta de su dormitorio.
– Hasta mañana -murmuró Willow. Parecía absurdo dormir en habitaciones separadas. Hubiera sido tan consolador dormir en sus brazos… Él le habría dado la seguridad de no haber saltado de su vida sin paracaídas.
– Mañana es domingo y no pienso levantarme antes de las nueve y media -le advirtió Mike-. Y me gusta tomar tres cucharadas de azúcar con el té -añadió, inclinándose para besarla en la mejilla-. Pero eso ya lo sabes.
Willow le dio con la puerta en las narices. Pero solo para no tomarlo por la cinturilla de los vaqueros y meterlo en la habitación con ella.
Willow siempre había creído que el campo era tranquilo. No había ruido de tráfico, era cierto, pero la casa estaba llena de ruidos extraños y la madera crujía. Sobre ella, en el ático, pequeñas criaturas se movían sin parar. Murciélagos. O ratones.
Pero no eran los murciélagos ni los ratones lo que la mantenía despierta, envuelta en su saco de dormir como si fuera un capullo.