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Электронная книга - «Entre el amor y el deber». Краткое содержание книги:

El doctor Raúl Cárdenas fue el primero en descubrir las consecuencias de la noche de pasión que había compartido con Heather Sanders. Al examinarla después de un accidente se dio cuenta de que se había quedado embarazada.
Raúl no tenía la menor duda de que él era el padre y estaba dispuesto a reclamar sus derechos… eso significaba que tenía dos noticias que dar a Heather: que estaba embarazada y ¡que estaba a punto de convertirse en su esposa!
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– Gracias -dijo apartando la mirada-. Estoy bien. Por favor, apaga la luz y vete -añadió con voz incierta.

Raúl siguió sin moverse.

– Como ya habrás visto, el clima aquí es insoportable y no se puede hacer nada. No es fácil vivir aquí.

No tenía sentido decirle que, estando con él, no le importaba.

Él estaba con Elana y la quería a ella lejos. Así sería.

– Es un sitio horrible, tienes razón. Si no te importa, estoy cansada -contestó echándose de espaldas a él y rezando para que se fuera.

Apagó la luz y respiró con dificultad.

– Marcos me está cubriendo, así que me quedaré contigo hasta que te duermas. Las noches aquí son un poco malas al principio.

– Haz lo que te dé la gana, Raúl. Buenas noches-dijo ella con lágrimas en los ojos.

Al poco rato, lo oyó abrir y cerrar la puerta con llave.

«Eso. Enciérrame en una torre de marfil donde nadie me vea».

Agarró la almohada y la abrazó.

Decidió que no iba a volver a Europa. Iba a ir a Salt Lake a hablar con su padre.

Apenas pegó ojo aquella noche y, en cuanto amaneció, se levantó y se duchó.

Se vistió, hizo la cama y salió con su equipaje.

Una vez fuera, vio a unos chiquillos corriendo y hablando en una lengua que ella no conocía. Supuso que sería guaraní, por lo que había leído sobre la región. Había albergado la esperanza de aprender más cosas con Raúl.

Oyó un ruido y vio la avioneta que la iba a devolver a su mundo, un mundo en el que no estaba Raúl.

Miró a su alrededor de nuevo, fijándose en la extraña belleza de aquel lugar, y le pareció que se le encogía el alma.

Agarró la maleta y fue hacia el aparato sin pasar por el hospital. Al acercarse a la avioneta, vio a dos hombres descargando material. Cuando vio a Raúl saliendo de la cabaña situada junto a la de Marcos temió que se le parara el corazón. Iba hacia ella.

Siempre lo recordaría yendo a buen paso hacia ella con el sol del amanecer en su pelo negro.

Le sonrió y vio que parecía que él tampoco había dormido. Claro que Elana y él habrían estado reconciliándose.

– Lista para irme.

– Ya veo.

– Me he tomado una botella de agua con las pastillas de la malaria. Ya tomaré algo en Formosa -dijo pasando a su lado hacia la avioneta.

Raúl la agarró del brazo que le hizo sentir una descarga eléctrica en todo el cuerpo.

– Tienes que comer algo, Heather.

Se soltó con furia y lo miró con cara de pocos amigos.

– ¿ Quién te obliga a ti a comer cuando no tienes hambre?

La palabrota que dijo la llenó de satisfacción y dijo lo primero que se le pasó por la cabeza.

– No te preocupes, Raúl, en breve la apestosa estadounidense que se había enamorado de ti será historia.

Salió corriendo y se subió al aparato ante la mirada atónita del piloto. Se sentó y se abrochó el cinturón. Oyó pisadas y el piloto pasó a su lado seguido por Raúl, que se paró a su lado.

– He metido tu maleta a bordo.

– Gracias.

– Le he dado instrucciones a Pablo para que te lleve al aeropuerto y cuide de ti. -Muy amable por tu parte.

– ¡Heather, mírame! -gimió.

Ella levantó la cabeza intentando controlarse.

– Te estoy mirando.

– ¿Vuelves a Viena?

– ¿Y a ti qué te importa?

– Ayer, cuando busqué en tu bolso, vi que tu billete a Argentina era solo de ida.

Ya sabía su secreto. Otra humillación que jamás superaría.

– Lo que yo haga o donde vaya a partir de ahora no es asunto tuyo. ¿Contesta eso a tu pregunta?

– Heather… -dijo angustiado.

Incapaz de seguir mirando aquellos ojos negros, Heather giró la cabeza y miró por la ventana.

– Tus pacientes te estarán esperando.

Raúl no se movió. Sentía su calor. Quería gritarle que se fuera.

– Algún día, grabarás discos y yo seré el primero en comprarlos. Cuídate -susurró yéndose.

Oyó que cerraban la puerta del aparato. El piloto encendió el motor y maniobró.

Raúl estaba en la hierba, sin expresión, y no le dijo adiós con la mano. La avioneta tomó velocidad y despegó. En ese momento, Heather dejó correr las lágrimas que había estado aguantando. Mientras la avioneta ganaba altura, creyó que se le iba a romper el corazón.

De repente, el motor se paró. Alarmada, clavó las uñas en los brazos de la butaca con la esperanza de que remontara el vuelo.

Solo oía el silencio, roto por el grito del piloto.

Sintió el estómago en la boca y vio el suelo cada vez más cerca.

Comenzó a temblar y cerró los ojos con fuerza comprendiendo que ella y el piloto se iban a matar.

Vio la cara de Raúl y gritó su nombre. Lo último que oyó fue el estruendo del metal y de los cristales antes de que todo se volviera negro.

– ¿Señorita Sanders? ¿Me oye?

Llevaba tiempo oyendo voces. Aquella la reconoció.

– ¿Elana? Ha habido un accidente…

– ¿Me reconoce? Eso es bueno.

«No, no lo es».

Heather gimió. No quería ver a la mujer que compartía la vida con Raúl. No quería ver en su vida Zocheetl de nuevo y resultaba que estaba en su hospital.

– ¿ Y el piloto? -preguntó con lágrimas en los ojos.

– Está en el quirófano. Le están quitando un trozo de metal de la frente. Juan me ha dicho que está bien, así que no se preocupe.

Heather sintió alivio al oírlo. Al intentar sentarse, descubrió que tenía el brazo izquierdo escayolado desde la muñeca al codo.

– ¿Es grave?

– No, pero el doctor Cárdenas insistió en escayolarla. No quería correr riesgos. No sabía que fuera usted pianista.

– No tiene importancia.

Elana frunció el ceño.

– Ha tenido usted suerte de sobrevivir con una fractura leve.

– El mérito ha sido del piloto -afirmó Heather-. Menos mal que está bien.

– Menos mal que los dos están bien. ¿Le duele el brazo?

– No mucho. ¿Me ayuda a sentarme, por favor? Elana le puso la mano en la frente.

– Quiero que descanse. Antes del accidente se desmayó. Tiene que dar tiempo a su cuerpo para que se reponga. No tardará mucho en poder levantarse.

En ese momento, apareció Juan.

– Señorita Sanders… el doctor Cárdenas está a punto de terminar de operar. Se va a alegrar mucho al saber que ha recobrado usted el conocimiento.

– Juan, yo informaré al doctor Cárdenas. Quédate con la paciente y asegúrate de que se tome el caldo.

– Muy bien.

– Ahora vuelvo.

Juan le pasó un cuenco con una pajita.

– Por favor, señorita, bébaselo. No quiero volver a ver al doctor Cárdenas como cuando la sacó inconsciente del amasijo de hierros.

Claro, si le hubiera pasado algo grave, tendría que haber llamado a su padre y haberle explicado qué hacía en Zocheetl.

Aquello sería peor que decirle que abandonaba la carrera de pianista.

Bajo la atenta mirada de Juan, Heather se tomó el caldo.

– Bueno, me encuentro estupendamente, así que me vuelvo a la cabaña de invitados -dijo poniendo los pies en el suelo.

Juan la miró preocupado.

– No creo que al doctor Cárdenas le parezca una buena idea.

– Juan, estoy bien, así que ayúdame.

No le dejó otra opción. Salieron del hospital sin que nadie los viera y Juan la dejó en la cabaña después de hacerle prometer que descansaría.

Se dio una ducha no sin dificultades por culpa de la escayola y, como sabia que Raúl aparecería por allí tarde o temprano, dejó la puerta abierta.

Estaba en camisón cepillándose el pelo cuando llegó. Entró sin llamar y la asustó. Se apoyó en la puerta.

– Podemos darle gracias a Dios de que estés viva-dijo.

– Yo ya lo he hecho -contestó ella-Juan me ha dicho que me rescataste. Gracias.

– Es obvio que tus encantos funcionan con mi enfermero como con todos los hombres que te rodean. Sabía que no debía haberte dejado salir del hospital sin que yo te viera.

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