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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Pareca como si quisiera por ltima vez acariciar con la mirada aquellas obras maestras del arte y de la naturaleza, a las cuales haba limitado su horizonte durante tantos aos pasados en el abismo de los mares. Ciro Smith haba respetado el silencio del capitn Nemo, aguardando a que el moribundo tomase la palabra. Despus de algunos minutos, durante los cuales pas interiormente revista a su vida entera, el capitn se volvi hacia los colonos y les dijo:

-Creen serme deudores de alguna gratitud?

-Capitn, daramos nuestra vida por prolongar la de usted.

-Bien -repuso el capitn Nemo-, bien Promtanme ejecutar mi ltima voluntad y eso me recompensar de lo que he hecho en su favor.

-Lo prometemos -contest Ciro Smith, que con esta promesa empeaba no solamente su palabra, sino la de sus compaeros.

Y detuvo con un gesto a Harbert, que hizo seal de protestar. -Maana habr muerto y deseo no tener otro sepulcro que el Nautilus. Es mi atad. Todos mis amigos reposan en el fondo de los mares y yo quiero reposar con ellos.

Un silencio profundo acogi estas palabras del capitn.

-Escchenme -aadi-. El Nautilus est aprisionado en esta gruta, cuya entrada se ha levantado desde que est aqu. Pero, si no puede dejar su prisin, puede al menos hundirse en el abismo y conservar all mi despojo mortal. Los colonos escuchaban religiosamente las palabras del moribundo. Maana, despus de mi muerte, seor Smith, usted y sus compaeros dejarn el Nautilus, porque todas las riquezas que contiene deben desaparecer conmigo. Un solo recuerdo les quedar a ustedes del prncipe Dakkar, cuya historia ya conocen. Ese cofrecillo que est ah contiene muchos millones de diamantes, la mayor parte recuerdos de la poca en que, padre y esposo, casi llegu a creer en la felicidad, y una coleccin de perlas recogidas por mis amigos y por m en el fondo de los mares. Con ese tesoro, en un da dado, podrn hacer buenas cosas. En manos como las suyas y las de sus compaeros, seor Smith, la riqueza no puede ser peligrosa. Yo, desde all arriba, me ver asociado a sus obras, sin que me d recelo esta asociacin -despus de unos instantes, requerido por su extrema debilidad, continu el capitn Nemo en estos trminos-: Maana tomarn ese cofrecillo, dejarn este saln cerrando la puerta, despus subirn a la plataforma del Nautilus y cerrarn la puerta de metal mediante sus pernos.

-Lo haremos, capitn -contest Ciro Smith.

-Bien. Entonces se embarcarn en la canoa que les ha trado, pero, antes de abandonar el Nautilus, se dirigirn a popa y all abrirn los dos grifos que se encuentran sobre la lnea de flotacin. El agua penetrar en los depsitos y el Nautilus se hundir poco a poco para ir a descansar al fondo del abismo.

Ciro Smith hizo un ademn y, al darse cuenta, el capitn aadi:

-No tensan nada. Sepultarn verdaderamente a un muerto.

Ni Ciro Smith ni sus compaeros creyeron hacer ninguna observacin al capitn Nemo. Les transmita su ltima voluntad y no tenan que hacer ms que conformarse con ella

-Me dan su palabra de hacerlo as? -aadi el capitn Nemo. -S, seor -contest el ingeniero.

El capitn dio las gracias con una seal y rog a los colonos que le dejaran solo durante unas horas. Geden Spilett insisti para que le permitiera permanecer a su lado por si sobrevena alguna crisis, pero el moribundo se neg, diciendo:

-Vivir hasta maana.

Todos abandonaron el saln, atravesaron la biblioteca, el comedor y llegaron a proa, al cuarto de mquinas, donde estaban establecidos los complicados aparatos elctricos, que, al mismo tiempo que calor y luz, suministraban fuerza mecnica al Nautilus.

El Nautilus era una obra maestra llena de obras maestras, y el ingeniero qued maravillado. Los colonos subieron sobre la plataforma, que se levantaba a siete u ocho pies sobre el nivel del agua, y se acomodaron cerca de una gran vidriera lenticular, que tapaba una especie de gran claraboya de donde emanaba un haz luminoso. Detrs de aquella claraboya se abra un camarote que contena las ruedas del gobernalle y en el

cual estaba el timonel, cuando diriga el Nautilus a travs de las capas lquidas, que por los rayos elctricos deban iluminarse en una gran extensin

Ciro Smith y sus compaeros permanecieron al principio silenciosos, porque estaban muy impresionados por lo que acababan de ver y or. Sus corazones se opriman al pensar que aquel cuyo brazo tantas veces les haba socorrido, que aquel protector que haban conocido pocas horas antes, estaba a punto de morir.

Cualquiera que fuese el juicio que la posteridad pronunciara sobre los actos de aquella existencia, por decirlo as, extrahumana, el prncipe Dakkar sera siempre para ellos una de esas fisonomas extraas, cuyo recuerdo no se puede borrar.

-Vaya un hombre! -exclam Pencroff-. Es creble que haya vivido de esta manera en el fondo del ocano! Pienso que quiz no ha encontrado en l ms tranquilidad que en cualquiera otra parte.

-El Nautilus -observ Ayrton-habra podido servirnos para abandonar la isla Lincoln y llegar a una tierra habitada

-Mil diablos! -exclam Pencroff-. No me comprometera yo a dirigir semejante buque. Correr sobre los mares, bueno; pero bajo las aguas, no.

-Creo -repuso el periodista-que la maniobra de un aparato submarino como este Nautilus debe ser fcil, Pencroff, y que pronto nos acostumbraramos a ella. No habra que temer ni tempestades ni abordajes. A pocos pies bajo la superficie del mar, las aguas se encuentran tan tranquilas como las de un lago.

-Es posible -contest el marino-, mas prefiero un buen golpe de viento a bordo de un buque bien aparejado. El barco se ha hecho para navegar sobre el agua y no debajo.

-Amigos mos -dijo el ingeniero-, es intil, al menos a propsito del Nautilus, discutir esta cuestin de buques submarinos. El Nautilus no es nuestro y no tenemos derecho a disponer de l, cuanto ms que no podra servirnos en ningn caso; pues, aparte de que no puede salir de esta caverna, cuya entrada se ha cerrado por un levantamiento de las rocas baslticas, el capitn Nemo quiere que se hunda en ella despus de su muerte. Su voluntad es formal y la cumpliremos.

Ciro Smith y sus compaeros, despus de una conversacin que se prolong todava algn tiempo, bajaron de nuevo al interior del Nautilus, tomaron algn alimento y volvieron al saln.

El capitn Nemo haba salido de la postracin en que le haban dejado y sus ojos recobraron el brillo que tenan anteriormente. Velase una sonrisa vagando por sus labios. Los colonos se acercaron a l.

-Seores -les dijo-, ustedes son hombres animosos, honrados y buenos. Se han dedicado sin reserva al bien comn. Con frecuencia los he observado, los he amado y los amo Dme la mano, seor Ciro.

El ingeniero tendi la mano al capitn, que la estrech afectuosamente.

-As est bien -murmur. Y aadi-Ya he hablado bastante de m. Ahora quisiera hablar de ustedes y de la isla Lincoln, en la cual han encontrado asilo Piensan abondonarla?

-Para volver, capitn -contest Pencroff.

-Para volver? En efecto, Pencroff -repuso el capitn sonrindose-, ya s cunto afecto profesa usted a esta isla. Sus trabajos la han modificado y es seguramente propiedad de todos ustedes.

-Nuestro proyecto, capitn -dijo entonces Ciro Smith-, sera darla a los Estados Unidos y fundar en ella, para nuestra marina, un punto de escala, que estara muy bien situado en esta parte del Pacfico.

-Ustedes piensan en su pas, seores -repuso el capitn-: trabajan por su prosperidad, por su gloria. Tiene razn: la patria All hay que volver; all debe morir uno, y yo, yo muero lejos de todo lo que he amado.

-Tendra usted alguna ltima voluntad que transmitimos, algn recuerdo para los amigos que ha podido dejar en las montaas de India? -pregunt vivamente el ingeniero.

-No, seor Smith. No tengo ya amigos. Soy el ltimo de mi linaje, desde hace mucho tiempo he muerto para cuantos me han conocido, pero volvamos a ustedes. La soledad, el aislamiento son cosas tristes y superiores a las fuerzas humanas Yo muero por haber credo que poda vivir solo Ustedes deben intentarlo todo para abandonar la isla Lincoln y volver a ver el suelo donde han nacido. S que esos miserables han destruido la embarcacin que ustedes haban hecho

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