La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
El 1 de enero de 1869 se seal por una tempestad violentsima y cayeron rayos en varios puntos de la isla, rompiendo muchos rboles, entre otros, uno de los enormes almeces que sombreaban el corral al extremo sur del lago. Tena aquel meteoro alguna relacin con los fenmenos que se realizaban en las entraas de la tierra? Habra alguna conexin entre las alteraciones del aire y las agitaciones de la parte interior del globo? Ciro Smith se inclinaba a creerlo, porque el desarrollo de aquellas tempestades fue acompaado de una recrudescencia de los sntomas volcnicos.
El 3 de enero, Harbert, que al amanecer haba subido a la meseta de la Gran Vista para enganchar un onagro, observ un enorme penacho, que se desarrollaba en la cima del volcn. El joven avis inmediatamente a los colonos, que acudieron a contemplar la cima del monte Franklin.
-Demontres! -exclam Pencroff-. Esta vez no son vapores. Me parece que el gigante no se contenta con respirar, sino que echa humo.
Esta imagen empleada por el marino expresaba perfectamente la modificacin que se haba verificado en la boca del volcn. Desde tres meses antes el crter emita vapores ms o menos intensos, pero que provenan tan slo de una ebullicin interior de las materias minerales.
Pero esta vez, a los vapores suceda un humo espeso que se elevaba en forma de columna gris, de ms de trescientos pies de altura en su base, y que se extenda como un inmenso hongo a una altura de setecientos a ochocientos pies sobre la cima del monte.
-El fuego est en la chimenea -dijo Geden Spilett.
-Y no podremos apagarlo? -pregunt Harbert.
-Deberan deshollinarse los volcanes -observ Nab, que pareca hablar con la mayor seriedad del mundo.
-Bueno, Nab -exclam Pencroff-, por ventura te encargaras t de esta operacin? Y Pencroff solt una carcajada.
Ciro Smith observaba con atencin el humo espeso proyectado por el monte Franklin y escuchaba atentamente, como si hubiera querido sorprender algn trueno lejano. Despus, volvindose hacia sus compaeros, de los cuales se haba separado un poco, dijo:
-En efecto, amigos mos, ha ocurrido una importante modificacin en el volcn, es intil ocultarlo. Las materias volcnicas no estn en estado de ebullicin, sino que se han encendido y seguramente tendremos una erupcin prxima.
-Pues bien, seor Smith, veremos esa erupcin -exclam Pencroff-y la aplaudiremos, si es buena. No creo que haya en eso nada que pueda inspirarnos temores.
-No, Pencroff -contest Ciro Smith-, porque el antiguo camino de las lavas sigue abierto, y el crter, gracias a su disposicin, las ha vertido hasta ahora hacia el norte. Y sin embargo
-Sin embargo, puesto que ninguna ventaja podemos sacar de la erupcin, ms valdra que no la hubiese -dijo el periodista.
-Quin sabe? -repuso el marino-. Hay quiz en ese volcn alguna materia til y preciosa, que tendr la complacencia de vomitar, de la cual haremos buen uso.
Ciro Smith sacudi la cabeza como dando a entender que no esperaba nada bueno del fenmeno, cuyo desarrollo era inminente. No consideraba las consecuencias de una erupcin con la ligereza de Pencroff. Si las lavas, por resultado de la orientacin del crter, no amenazaban directamente los bosques y las partes cultivadas de la isla, podan presentarse otras complicaciones. No es raro que las erupciones vayan acompaadas de temblores de tierra y una isla de la naturaleza de la Lincoln, formada de materias tan diversas, basaltos a un lado, granitos al otro, lavas al norte, tierra vegetal al medioda, materias que, por consiguiente, no podan estar slidamente ligadas entre s, habran corrido el riesgo de despedazarse. Si la expansin de las materias volcnicas no constitua un peligro muy grave, por otro lado todo movimiento en la armazn terrestre que sacudiera la isla podra traer consigo consecuencias gravsimas.
-Me parece -dijo Ayrton, que se haba tendido en tierra aplicando el odo al suelo-, me parece or un trueno sordo y prolongado, un ruido como no lo hara un carro cargado de barras de hierro.
Los colonos escucharon con atencin y se cercioraron de que Ayrton no se engaaba. A aquellos ruidos como truenos acompaaban a veces mugidos subterrneos, que formaban una especie de reforzando, y despus disminua poco a poco, como si alguna brisa violenta hubiera pasado por las profundidades del globo. Pero no se oa ninguna detonacin propiamente dicha; de donde poda deducirse que los vapores y el humo hallaban libre paso por la chimenea central y que, siendo bastante grande la vlvula, no se producira ninguna dislocacin ni habra que temer explosiones del suelo.
-Vaya! -dijo entonces Pencroff-. Es que no vamos a volver al trabajo? Que el monte Franklin fume, que rebuzne, que gima, que vomite fuego y llamas, todo lo que quiera, sa no es una razn para estamos de brazos cruzados. Vamos, Ayrton, Nab, Harbert, seor Ciro, seor Spilett, es preciso que hoy todo el mundo se ponga al trabajo. Tenemos que ajustar las cintas y no bastar una docena de brazos-Antes de dos meses quiero que nuestro Buenaventura, porque indudablemente conservaremos ese nombre, no es verdad?, flote en las aguas del puerto del Globo. No hay un momento que perder.
Todos los colonos, cuyos brazos reclamaba Pencroff, bajaron al arsenal y procedieron al ajuste de las cintas, espesos tablones que forman la cintura de un buque y unen slidamente entre s las cuadernas de su casco. Era una tarea penosa y grande en la cual todos tuvieron que tomar parte.
Trabajaron asiduamente durante todo aquel da, 3 de enero, sin preocuparse del volcn, que, por otra parte, era invisible desde la playa del Palacio de granito. Pero una o dos veces grandes sombras, que cubran el sol, que describa su crculo diurno sobre un cielo pursimo, indicaron que una espesa nube de humo pasaba entre su disco y la isla. El viento que soplaba del mar llevaba todos aquellos vapores hacia el oeste. Ciro Smith y Geden Spilett observaron aquellas sombras pasajeras y hablaron.arias veces de los progresos que evidentemente haca el fenmeno volcnico, pero no se interrumpi el trabajo: era interesantsimo desde todos los puntos de vista que el buque estuviera acabado lo ms pronto posible, porque de esta manera la seguridad de los colonos estara mejor garantizada contra lo que pudiera sobrevenir. Quin sabe si aquel buque no sera algn da su nico refugio?
Por la noche, despus de cenar, Ciro Smith, Geden Spilett y Harbert subieron a la explanada de la Gran Vista. La oscuridad era profunda y deba permitir a los colonos reconocer si, con los vapores y el humo acumulados en la boca del crter, se mezclaban llamas o materias incandescentes proyectadas por el volcn.
-El crter est ardiendo! -exclam Harbert, que, ms gil que sus compaeros, haba llegado el primero a la meseta.
El monte Franklin, distante unas seis millas, apareca entonces como una antorcha gigantesca, en cuyo extremo superior se retorcan algunas llamas fuliginosas. Con aquellas llamas se mezclaba tanto humo y tal cantidad de escoria y de cenizas, que su resplandor no se destacaba mucho sobre las tinieblas de la noche. Pero una especie de brillo leonado se esparci por la isla y descubra confusamente la masa frondosa de los primeros trminos. Inmensos torbellinos oscurecan las alturas del cielo, a travs de los cuales centelleaban algunas estrellas.
-Los progresos del volcn son rpidos -dijo el ingeniero.
-No es de extraar -aadi el periodista-. La reanimacin del volcn ha empezado hace bastante tiempo y usted recuerda, Ciro, que los primeros vapores aparecieron cuando visitamos los contrafuertes de la montaa para descubrir el retiro del capitn Nemo. Era, si no me equivoco, el 15 de octubre.
-S -repuso Harbert-, ya casi dos meses.