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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Los colonos no contestaron a esta frase afirmativa del ingeniero. Hab�an comprendido el peligro que les amenazaba. Adem�s, Ciro Smith no exageraba de modo alguno. Muchos han tenido la idea de que podr�an extinguirse los volcanes, levantados casi todos a orillas del mar o de los lagos, abriendo paso a las aguas, pero ignoraban que de esa manera se habr�an expuesto a hacer saltar una parte del globo como una caldera, cuyo vapor adquiere una s�bita tensi�n o un aumento inmediato de fuego. El agua, precipit�ndose en un recinto cerrado cuya temperatura puede calcularse en millares de grados, se evapora con tan repentina energ�a, que no habr�a corteza terrestre que pudiera resistirla.

No hab�a duda que la isla, amenazada de una dislocaci�n espantosa y pr�xima, no durar�a lo que durase la parte de la cripta de Dakkar. No se trataba de una cuesti�n de meses ni de semanas, sino de una cuesti�n quiz� de d�as y quiz� de horas.

El primer sentimiento de los colonos fue un dolor profundo. No pensaron en el peligro que les amenazaba directamente, sino en la destrucci�n de aquel suelo que les hab�a dado asilo; de aquella isla, fecundada por ellos, a la cual amaban y quer�an hacer tan floreciente un d�a. �Tantas fatigas in�ltilmente empleadas, tanto trabajo perdido!

Pencroff no pudo contener una l�grima que resbal� por sus mejillas y que no trat� de ocultar.

La conversaci�n continu� durante alg�n tiempo todav�a, discuti�ndose las probabilidades que pudieran ser favorables a los colonos; pero en conclusi�n se reconoci� que no hab�a un minuto que perder, que deb�a impulsarse la construcci�n y el arreglo del buque con prodigiosa actividad; aquel buque era la �nica tabla de salvaci�n para los habitantes de la isla Lincoln.

Todos los brazos se pusieron, por consiguiente, a la obra. �De qu� hubiera servido segar, recolectar la mies, cazar o acrecentar los dep�sitos del Palacio de granito? Lo que conten�an el almac�n y la despensa bastar�a y sobrar�a para proveer el buque de todo lo necesario para una traves�a tan larga como fuera preciso. Lo importante era que estuviera a disposici�n de los colonos antes de la consumaci�n de la inevitable cat�strofe.

Los trabajos continuaron con ardor febril y hacia el 23 de enero el buque estaba ya medio forrado. Hasta entonces ninguna modificaci�n se hab�a producido en la isla del volc�n, el cual segu�a proyectando vapores y humo mezclados con llamas y piedras incandescentes. Pero durante la noche del 23 al 24, a impulso de las lavas que llegaron al nivel del primer piso del volc�n, desapareci� el cono que formaba su capelo. Entonces reson� un trueno espantoso. Los colonos creyeron al principio que la isla se dislocaba y se precipitaron fuera del Palacio de granito. Eran las dos de la ma�ana.

El cielo estaba en llamas; el cono superior, masa de mil pies de altura, y que pesaba miles de millones de libras, hab�a sido precipitado sobre la isla haciendo temblar el suelo. Afortunadamente aquel cono estaba inclinado hacia el norte y cay� sobre la llanura de arenas y tobas que se extend�a entre el volc�n y el mar. El cr�ter, inmediatamente abierto entonces, proyectaba hacia el cielo una luz tan intensa, que por

el simple efecto de la reverberaci�n la atm�sfera parec�a incandescente. Al mismo tiempo, un torrente de lavas, hinch�ndose en la nueva cima, se derramaba en largas cascadas como el agua que se escapa de un estanque demasiado lleno y mil serpientes de fuego corr�an sobre las pendientes del volc�n. -�La dehesa, la dehesa! -exclam� Ayrton.

La dehesa era el punto adonde se dirig�an las lavas por consecuencia de la orientaci�n del nuevo cr�ter; las partes f�rtiles de la isla, las fuentes del arroyo Rojo, los bosques del Jacamar, todo estaba amenazado de una destrucci�n inmediata.

A los gritos de Ayrton los colonos se precipitaron hacia el establo de los onagros, engancharon el carro, y todos, animados de un mismo pensamiento, corrieron a la dehesa para poner en libertad a los animales que encerraba.

Antes de las tres de la ma�ana hab�an llegado a la dehesa. Espantosos mugidos indicaban el miedo horrible que experimentaban los muflones y las cabras. Un torrente de materias incandescentes, de lavas y de minerales l�quidos ca�a del contrafuerte sobre la pradera, y ro�a aquella parte de la empalizada. Ayrton abri� bruscamente la puerta y los animales, asustados, se escaparon por ella en todas direcciones.

Una hora despu�s la lava hirviendo llenaba la dehesa, volatilizaba el agua del riachuelo que la atravesaba, inundaba la habitaci�n, que se quem� como si fuera paja, y devoraba hasta el �ltimo poste de la empalizada. De la dehesa no hab�a quedado el menor vestigio.

Los colonos hab�an querido luchar contra aquella invasi�n y aun hab�an hecho alg�n esfuerzo, pero loca e in�ltilmente, porque el hombre est� desarmado en presencia de tan grandes cataclismos.

Amaneci� el d�a 24 de enero. Ciro Smith y sus compa�eros, antes de volver al Palacio de granito, quisieron observar la direcci�n definitiva que iba a tomar aquella inundaci�n de lava. La pendiente general del suelo se inclinaba desde el monte Franklin a la costa este y se tem�a que, a pesar de la espesura de los bosques del Jacamar, la corriente se propagara hasta la Gran Vista.

-�El lago nos proteger� -dijo Gede�n Spilett.

-��As� lo espero! -fue la �nica respuesta de Ciro Smith.

Los colonos habr�an querido adelantarse hasta la llanura sobre la cual hab�a ca�do el cono superior del monte Franklin, pero las lavas les cerraban el paso siguiendo por una parte el valle del arroyo Rojo y por otra el r�o de la Cascada, vaporizando estos dos r�os. No habr�a posibilidad ninguna de atravesar aquel torrente; al contrario, hab�a que retroceder delante de �l. El volc�n, descoronado, hab�a cambiado absolutamente de forma. Una especie de meseta rasa lo terminaba entonces y reemplazaba el antiguo cr�ter. Dos gargantas abiertas en sus extremos sur y este vomitaban incesantemente lavas que formaban dos corrientes distintas. Por encima del nuevo cr�ter, una nube de humo y cenizas se confund�a con los vapores del cielo amontonados sobre la isla. Grandes truenos estallaban y se mezclaban con los bramidos de la monta�a. Del cr�ter se escapaban rocas �gneas, que, proyectadas a m�s de mil pies de altura, estallaban en las nubes y se dispersaban como una metralla. El cielo respond�a con sus truenos y rel�mpagos a la erupci�n volc�nica.

Hacia las siete de la ma�ana los colonos ya no pod�an mantenerse en la posici�n donde se hab�an refugiado al extremo del bosque Jacamar. Comenzaban a llover en torno suyo no s�lo los proyectiles, sino las lavas, desbord�ndose del lecho del arroyo Rojo, amenazaban cortar el camino de la dehesa. Las primeras filas de �rboles se incendiaron y su savia, s�bitamente transformada en vapor, los hizo estallar como cohetes, mientras otros, menos h�medos, quedaron intactos en medio de la inundaci�n.

Los colonos hab�an vuelto a tomar el camino de la dehesa marchando lentamente y de espaldas, por decirlo as�. Pero a causa de la inclinaci�n del suelo, el torrente ganaba terreno con rapidez hacia el este y, cuando las capas inferiores de la lava se hab�an endurecido, otras capas hirviendo las cubr�an en seguida. Entretanto, la principal corriente, que era la del valle del arroyo Rojo, se hac�a cada vez m�s amenazadora. Toda aquella parte del bosque estaba abrasada, y enormes volutas de humo rodaban por encima de los �rboles cuyo pie estallaba dentro de la corriente l�vica.

Los colonos se detuvieron cerca del lago a media milla de la desembocadura del arroyo Rojo. Iba a decidirse para ellos una cuesti�n de vida o muerte.

Ciro Smith, habituado a hacerse cargo de las situaciones y sabiendo que se dirig�a a hombres capaces de o�r la verdad, cualquiera que fuese, dijo entonces:

-�O el lago detiene la corriente de lava y una parte de la isla se libra de la devastaci�n completa o la corriente invade los bosques del Far-West: ni un �rbol ni una planta quedar�n en la superficie. No tendremos m�s que rocas desnudas en perspectiva, y por �ltimo, una muerte que no tardar� a causa de la explosi�n de la isla.

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