La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Los colonos no contestaron a esta frase afirmativa del ingeniero. Haban comprendido el peligro que les amenazaba. Adems, Ciro Smith no exageraba de modo alguno. Muchos han tenido la idea de que podran extinguirse los volcanes, levantados casi todos a orillas del mar o de los lagos, abriendo paso a las aguas, pero ignoraban que de esa manera se habran expuesto a hacer saltar una parte del globo como una caldera, cuyo vapor adquiere una sbita tensin o un aumento inmediato de fuego. El agua, precipitndose en un recinto cerrado cuya temperatura puede calcularse en millares de grados, se evapora con tan repentina energa, que no habra corteza terrestre que pudiera resistirla.
No haba duda que la isla, amenazada de una dislocacin espantosa y prxima, no durara lo que durase la parte de la cripta de Dakkar. No se trataba de una cuestin de meses ni de semanas, sino de una cuestin quiz de das y quiz de horas.
El primer sentimiento de los colonos fue un dolor profundo. No pensaron en el peligro que les amenazaba directamente, sino en la destruccin de aquel suelo que les haba dado asilo; de aquella isla, fecundada por ellos, a la cual amaban y queran hacer tan floreciente un da. Tantas fatigas inltilmente empleadas, tanto trabajo perdido!
Pencroff no pudo contener una lgrima que resbal por sus mejillas y que no trat de ocultar.
La conversacin continu durante algn tiempo todava, discutindose las probabilidades que pudieran ser favorables a los colonos; pero en conclusin se reconoci que no haba un minuto que perder, que deba impulsarse la construccin y el arreglo del buque con prodigiosa actividad; aquel buque era la nica tabla de salvacin para los habitantes de la isla Lincoln.
Todos los brazos se pusieron, por consiguiente, a la obra. De qu hubiera servido segar, recolectar la mies, cazar o acrecentar los depsitos del Palacio de granito? Lo que contenan el almacn y la despensa bastara y sobrara para proveer el buque de todo lo necesario para una travesa tan larga como fuera preciso. Lo importante era que estuviera a disposicin de los colonos antes de la consumacin de la inevitable catstrofe.
Los trabajos continuaron con ardor febril y hacia el 23 de enero el buque estaba ya medio forrado. Hasta entonces ninguna modificacin se haba producido en la isla del volcn, el cual segua proyectando vapores y humo mezclados con llamas y piedras incandescentes. Pero durante la noche del 23 al 24, a impulso de las lavas que llegaron al nivel del primer piso del volcn, desapareci el cono que formaba su capelo. Entonces reson un trueno espantoso. Los colonos creyeron al principio que la isla se dislocaba y se precipitaron fuera del Palacio de granito. Eran las dos de la maana.
El cielo estaba en llamas; el cono superior, masa de mil pies de altura, y que pesaba miles de millones de libras, haba sido precipitado sobre la isla haciendo temblar el suelo. Afortunadamente aquel cono estaba inclinado hacia el norte y cay sobre la llanura de arenas y tobas que se extenda entre el volcn y el mar. El crter, inmediatamente abierto entonces, proyectaba hacia el cielo una luz tan intensa, que por
el simple efecto de la reverberacin la atmsfera pareca incandescente. Al mismo tiempo, un torrente de lavas, hinchndose en la nueva cima, se derramaba en largas cascadas como el agua que se escapa de un estanque demasiado lleno y mil serpientes de fuego corran sobre las pendientes del volcn. -La dehesa, la dehesa! -exclam Ayrton.
La dehesa era el punto adonde se dirigan las lavas por consecuencia de la orientacin del nuevo crter; las partes frtiles de la isla, las fuentes del arroyo Rojo, los bosques del Jacamar, todo estaba amenazado de una destruccin inmediata.
A los gritos de Ayrton los colonos se precipitaron hacia el establo de los onagros, engancharon el carro, y todos, animados de un mismo pensamiento, corrieron a la dehesa para poner en libertad a los animales que encerraba.
Antes de las tres de la maana haban llegado a la dehesa. Espantosos mugidos indicaban el miedo horrible que experimentaban los muflones y las cabras. Un torrente de materias incandescentes, de lavas y de minerales lquidos caa del contrafuerte sobre la pradera, y roa aquella parte de la empalizada. Ayrton abri bruscamente la puerta y los animales, asustados, se escaparon por ella en todas direcciones.
Una hora despus la lava hirviendo llenaba la dehesa, volatilizaba el agua del riachuelo que la atravesaba, inundaba la habitacin, que se quem como si fuera paja, y devoraba hasta el ltimo poste de la empalizada. De la dehesa no haba quedado el menor vestigio.
Los colonos haban querido luchar contra aquella invasin y aun haban hecho algn esfuerzo, pero loca e inltilmente, porque el hombre est desarmado en presencia de tan grandes cataclismos.
Amaneci el da 24 de enero. Ciro Smith y sus compaeros, antes de volver al Palacio de granito, quisieron observar la direccin definitiva que iba a tomar aquella inundacin de lava. La pendiente general del suelo se inclinaba desde el monte Franklin a la costa este y se tema que, a pesar de la espesura de los bosques del Jacamar, la corriente se propagara hasta la Gran Vista.
-El lago nos proteger -dijo Geden Spilett.
-As lo espero! -fue la nica respuesta de Ciro Smith.
Los colonos habran querido adelantarse hasta la llanura sobre la cual haba cado el cono superior del monte Franklin, pero las lavas les cerraban el paso siguiendo por una parte el valle del arroyo Rojo y por otra el ro de la Cascada, vaporizando estos dos ros. No habra posibilidad ninguna de atravesar aquel torrente; al contrario, haba que retroceder delante de l. El volcn, descoronado, haba cambiado absolutamente de forma. Una especie de meseta rasa lo terminaba entonces y reemplazaba el antiguo crter. Dos gargantas abiertas en sus extremos sur y este vomitaban incesantemente lavas que formaban dos corrientes distintas. Por encima del nuevo crter, una nube de humo y cenizas se confunda con los vapores del cielo amontonados sobre la isla. Grandes truenos estallaban y se mezclaban con los bramidos de la montaa. Del crter se escapaban rocas gneas, que, proyectadas a ms de mil pies de altura, estallaban en las nubes y se dispersaban como una metralla. El cielo responda con sus truenos y relmpagos a la erupcin volcnica.
Hacia las siete de la maana los colonos ya no podan mantenerse en la posicin donde se haban refugiado al extremo del bosque Jacamar. Comenzaban a llover en torno suyo no slo los proyectiles, sino las lavas, desbordndose del lecho del arroyo Rojo, amenazaban cortar el camino de la dehesa. Las primeras filas de rboles se incendiaron y su savia, sbitamente transformada en vapor, los hizo estallar como cohetes, mientras otros, menos hmedos, quedaron intactos en medio de la inundacin.
Los colonos haban vuelto a tomar el camino de la dehesa marchando lentamente y de espaldas, por decirlo as. Pero a causa de la inclinacin del suelo, el torrente ganaba terreno con rapidez hacia el este y, cuando las capas inferiores de la lava se haban endurecido, otras capas hirviendo las cubran en seguida. Entretanto, la principal corriente, que era la del valle del arroyo Rojo, se haca cada vez ms amenazadora. Toda aquella parte del bosque estaba abrasada, y enormes volutas de humo rodaban por encima de los rboles cuyo pie estallaba dentro de la corriente lvica.
Los colonos se detuvieron cerca del lago a media milla de la desembocadura del arroyo Rojo. Iba a decidirse para ellos una cuestin de vida o muerte.
Ciro Smith, habituado a hacerse cargo de las situaciones y sabiendo que se diriga a hombres capaces de or la verdad, cualquiera que fuese, dijo entonces:
-O el lago detiene la corriente de lava y una parte de la isla se libra de la devastacin completa o la corriente invade los bosques del Far-West: ni un rbol ni una planta quedarn en la superficie. No tendremos ms que rocas desnudas en perspectiva, y por ltimo, una muerte que no tardar a causa de la explosin de la isla.