La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
-Los fuegos subterrneos han tenido una incubacin de diez semanas -aadi Geden Spilett-y no es extrao que ahora se desarrollen con esa violencia.
-No siente algunas veces ciertas vibraciones en el suelo? -pregunt Ciro Smith.
-En efecto -contest Geden Spilett-, pero de eso a un terremoto
-No digo que estemos amenazados de un terremoto -repuso Ciro Smith-y Dios nos libre de l. No, esas vibraciones son debidas a la efervescencia del fuego central. La corteza terrestre no es ms que la pared de una caldera, y, bajo la presin de los gases, vibra como una lmina sonora. Pues bien, se es el efecto que produce en este momento.
-Qu magnfico penacho de llamas! -exclam Harbert.
En aquel momento surga del crter una especie de ramillete de fuegos artificiales, cuyo resplandor no podan atenuar los vapores. Miles de fragmentos luminosos y de puntos brillantes se proyectaban en todas direcciones. Algunos, pasando la cpula de humo, la rompan con un chorro de fuego y dejaban tras ellos un verdadero polvo incandescente. Aquella expansin de llamas fue acompaada de detonaciones sucesivas, como producidas por una batera de ametralladoras.
Ciro Smith, el periodista y el joven, despus de haber pasado una hora en la meseta de la Gran Vista, bajaron a la playa y entraron en el Palacio de granito. El ingeniero estaba pensativo y hondamente preocupado, hasta tal punto que Geden Spilett crey deber preguntarle si presenta algn prximo peligro del que la erupcin fuese la causa directa o indirecta.
-S y no -repuso Ciro Smith.
-Sin embargo -aadi el periodista-, la mayor desgracia que podra sucedernos, no sera un temblor de tierra que trastornase la isla? Pues bien, yo no creo que eso sea temible, pues los vapores y las lavas han encontrado libre paso para derramarse al exterior.
-En efecto -repuso Ciro Smith-, no temo un terremoto en el sentido que se da ordinariamente a las convulsiones del suelo ocasionadas por la expansin de los vapores subterrneos, pero hay otras causas que pueden producir grandes desastres.
-Cules, mi querido Ciro?
-No lo s exactamente, es preciso que vea, que visite la montaa Dentro de pocos das podr dar mi opinin sobre este punto.
Geden Spilett no insisti y pronto, a pesar de las detonaciones del volcn, cuya intensidad aumentaba, y que eran repetidas por los ecos de la isla, quedaron los huspedes del Palacio de granito sumergidos en profundo sueo.
Pasaron tres das, que fueron el 4, 5 y 6 de enero. Los colonos continuaron trabajando en la construccin del buque y el ingeniero, sin dar ninguna explicacin, activaba el trabajo con todo su poder y toda su energa. El monte Franklin estaba cubierto de una nube oscura de siniestro aspecto y con las llamas vomitaba rocas incandescentes; algunas volvan a caer en el crter mismo. Por esto deca Pencroff que no quera considerar el fenmeno ms que desde el punto de vista cmico:
-Calla! El gigante juega al boliche, el gigante hace juegos malabares!
Y, en efecto, las materias vomitadas volvan a caer en el abismo y no pareca que las lavas levantadas por la presin interior hubieran llegado todava hasta el orificio del crter. Al menos la boca del nordeste, que en parte era visible, no verta derrame de lava sobre la pendiente septentrional del monte.
Sin embargo, por urgentes que fueran las obras de construccin, otros cuidados reclamaban la presencia de los colonos en diversos puntos de la isla. Ante todo era preciso ir a la dehesa, donde estaba encerrado el rebao de muones y de cabras, y renovar la provisin de forrajes de aquellos animales. Se convino en que Ayrton ira a la maana siguiente, 7 de enero; y como l bastaba para aquella tarea, a la que estaba acostumbrado, Pencroff y los dems manifestaron cierta sorpresa cuando oyeron decir al ingeniero:
-Ayrton, ya que usted va maana a la dehesa, yo lo acompaar.
-Seor Ciro -exclam el marino-, nuestros das de trabajo estn contados y, si usted se va, nos van a faltar cuatro brazos.
-Estaremos de vuelta pasado maana -repuso Ciro Smith-. Necesito ir a la dehesa, deseo conocer dnde est la erupcin.
-La erupcin, la erupcin! -repiti Pencroff con aire poco satisfecho-. Por importante que sea esa erupcin, a m me tiene sin cuidado.
Por ms que dijo el marino, la exploracin proyectada por el ingeniero qued acordada para el da siguiente. Harbert hubiera deseado acompaar a Ciro Smith, pero no quiso contrariar a Pencroff ausentndose.
Al da siguiente, al amanecer, Ciro Smith y Ayrton subieron en el carro tirado por dos onagros y tomaron a grande trote el camino de la dehesa. Por encima del bosque pasaban gruesas nubes, que alimentaba constantemente el crter del monte Franklin con sus materias fuliginosas. Aquellas nubes que se extendan lentamente por la atmsfera se componan sin duda de sustancias heterogneas, porque no slo era el humo del volcn el que las haca extraordinariamente opacas y pesadas. Entre sus espesas volutas deban llevar en suspensin escorias reducidas a polvo, puzolana pulverizada y cenizas grises tan finas como la ms fina fcula, y tan tenues, que muchas veces se ha visto esta
clase de cenizas en el aire por espacio de meses enteros. Despus de la erupcin de 1873, en Irlanda, la atmsfera qued cargada durante ms de un ao de polvo volcnico, que apenas poda ser penetrado por los rayos del sol. Lo ms frecuente es que caigan esas materias pulverizadas; as sucedi en aquella ocasin. Apenas Ciro Smith y Ayrton haban llegado a la dehesa, una especie de nevada negruzca, semejante a la plvora de caza, cay y modific instantneamente el aspecto del suelo. Arboles, praderas, todo desapareci bajo una capa de varias pulgadas de espesor. Por fortuna, el viento soplaba del nordeste y la mayor parte de la nube fue a disolverse sobre el mar. -Esto s que es raro, seor Smith -dijo Ayrton.
-Esto es grave -aadi el ingeniero-. Esa puzolana, esa piedra pmez pulverizada, en una palabra, todo ese polvo mineral demuestra cun profunda es la alteracin de las capas interiores del volcn.
-Pero no podemos hacer nada?
-Nada, sino observar los progresos del fenmeno. Haga usted, Ayrton, lo que tenga que hacer en la dehesa, y entretanto yo subir a las fuentes del arroyo Rojo y examinar el estado del monte en su declive septentrional. Despus
-Qu, seor Smith?
-Despus haremos una visita a la cripta de Dakkar, quiero ver; en fin, volver por usted dentro de dos horas.
Ayrton entr entonces en el recinto de la dehesa y mientras volva el ingeniero se ocup en cuidar los muflones y las cabras, que al parecer experimentaban cierto temor al notar aquellos primeros sntomas de una erupcin.
Entretanto Ciro Smith, subiendo a la cresta de los contrafuertes del este, dobl el arroyo
Rojo y lleg al sitio donde sus compaeros y l haban descubierto el manantial sulfuroso, cuando realizaron su primera exploracin.
Cmo haban cambiado las cosas! En lugar de una sola columna de humo, encontr trece, que salan de la tierra como impulsadas por la presin de una bomba subterrnea. Era evidente que la corteza terrestre sufra en aquel punto del globo una presin espantosa. La atmsfera estaba saturada de gases sulfurosos, de hidrgeno y de cido carbnico mezclado con vapores acuosos. Ciro Smith senta temblar aquellas tobas volcnicas de que estaba sembrada la llanura y que no eran ms que cenizas pulverulentas convertidas por el tiempo en bloques duros; pero no vio todava vestigios de lavas nuevas.
Esto pudo comprobarlo el ingeniero cuando observ toda la pendiente septentrional del monte Franklin. Se escapaban del crter torbellinos de humo y de llamas; caa sobre el suelo una granizada de escorias; pero no sala ningn chorro de lava por la garganta del crter, lo cual probaba que el nivel de las materias volcnicas todava no haba llegado al orificio superior de la chimenea central.
"Preferira que hubiesen llegado -se dijo a s mismo Ciro Smith-. Al menos estara seguro de que las lavas han tomado su rumbo habitual. Quin sabe si no se vertern por alguna nueva boca? Pero no es se el peligro. El capitn Nemo lo adivin perfectamente; no, el peligro no est ah."