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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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-�Los fuegos subterr�neos han tenido una incubaci�n de diez semanas -a�adi� Gede�n Spilett-y no es extra�o que ahora se desarrollen con esa violencia.

-��No siente algunas veces ciertas vibraciones en el suelo? -pregunt� Ciro Smith.

-�En efecto -contest� Gede�n Spilett-, pero de eso a un terremoto�

-�No digo que estemos amenazados de un terremoto -repuso Ciro Smith-y Dios nos libre de �l. No, esas vibraciones son debidas a la efervescencia del fuego central. La corteza terrestre no es m�s que la pared de una caldera, y, bajo la presi�n de los gases, vibra como una l�mina sonora. Pues bien, �se es el efecto que produce en este momento.

-��Qu� magn�fico penacho de llamas! -exclam� Harbert.

En aquel momento surg�a del cr�ter una especie de ramillete de fuegos artificiales, cuyo resplandor no pod�an atenuar los vapores. Miles de fragmentos luminosos y de puntos brillantes se proyectaban en todas direcciones. Algunos, pasando la c�pula de humo, la romp�an con un chorro de fuego y dejaban tras ellos un verdadero polvo incandescente. Aquella expansi�n de llamas fue acompa�ada de detonaciones sucesivas, como producidas por una bater�a de ametralladoras.

Ciro Smith, el periodista y el joven, despu�s de haber pasado una hora en la meseta de la Gran Vista, bajaron a la playa y entraron en el Palacio de granito. El ingeniero estaba pensativo y hondamente preocupado, hasta tal punto que Gede�n Spilett crey� deber preguntarle si present�a alg�n pr�ximo peligro del que la erupci�n fuese la causa directa o indirecta.

-�S� y no -repuso Ciro Smith.

-�Sin embargo -a�adi� el periodista-, la mayor desgracia que podr�a sucedernos, �no ser�a un temblor de tierra que trastornase la isla? Pues bien, yo no creo que eso sea temible, pues los vapores y las lavas han encontrado libre paso para derramarse al exterior.

-�En efecto -repuso Ciro Smith-, no temo un terremoto en el sentido que se da ordinariamente a las convulsiones del suelo ocasionadas por la expansi�n de los vapores subterr�neos, pero hay otras causas que pueden producir grandes desastres.

-��Cu�les, mi querido Ciro?

-�No lo s� exactamente�, es preciso que vea�, que visite la monta�a� Dentro de pocos d�as podr� dar mi opini�n sobre este punto.

Gede�n Spilett no insisti� y pronto, a pesar de las detonaciones del volc�n, cuya intensidad aumentaba, y que eran repetidas por los ecos de la isla, quedaron los hu�spedes del Palacio de granito sumergidos en profundo sue�o.

Pasaron tres d�as, que fueron el 4, 5 y 6 de enero. Los colonos continuaron trabajando en la construcci�n del buque y el ingeniero, sin dar ninguna explicaci�n, activaba el trabajo con todo su poder y toda su energ�a. El monte Franklin estaba cubierto de una nube oscura de siniestro aspecto y con las llamas vomitaba rocas incandescentes; algunas volv�an a caer en el cr�ter mismo. Por esto dec�a Pencroff que no quer�a considerar el fen�meno m�s que desde el punto de vista c�mico:

-��Calla! �El gigante juega al boliche, el gigante hace juegos malabares!

Y, en efecto, las materias vomitadas volv�an a caer en el abismo y no parec�a que las lavas levantadas por la presi�n interior hubieran llegado todav�a hasta el orificio del cr�ter. Al menos la boca del nordeste, que en parte era visible, no vert�a derrame de lava sobre la pendiente septentrional del monte.

Sin embargo, por urgentes que fueran las obras de construcci�n, otros cuidados reclamaban la presencia de los colonos en diversos puntos de la isla. Ante todo era preciso ir a la dehesa, donde estaba encerrado el reba�o de mu�ones y de cabras, y renovar la provisi�n de forrajes de aquellos animales. Se convino en que Ayrton ir�a a la ma�ana siguiente, 7 de enero; y como �l bastaba para aquella tarea, a la que estaba acostumbrado, Pencroff y los dem�s manifestaron cierta sorpresa cuando oyeron decir al ingeniero:

-�Ayrton, ya que usted va ma�ana a la dehesa, yo lo acompa�ar�.

-�Se�or Ciro -exclam� el marino-, nuestros d�as de trabajo est�n contados y, si usted se va, nos van a faltar cuatro brazos.

-�Estaremos de vuelta pasado ma�ana -repuso Ciro Smith-. Necesito ir a la dehesa�, deseo conocer d�nde est� la erupci�n.

-��La erupci�n, la erupci�n! -repiti� Pencroff con aire poco satisfecho-. Por importante que sea esa erupci�n, a m� me tiene sin cuidado.

Por m�s que dijo el marino, la exploraci�n proyectada por el ingeniero qued� acordada para el d�a siguiente. Harbert hubiera deseado acompa�ar a Ciro Smith, pero no quiso contrariar a Pencroff ausent�ndose.

Al d�a siguiente, al amanecer, Ciro Smith y Ayrton subieron en el carro tirado por dos onagros y tomaron a grande trote el camino de la dehesa. Por encima del bosque pasaban gruesas nubes, que alimentaba constantemente el cr�ter del monte Franklin con sus materias fuliginosas. Aquellas nubes que se extend�an lentamente por la atm�sfera se compon�an sin duda de sustancias heterog�neas, porque no s�lo era el humo del volc�n el que las hac�a extraordinariamente opacas y pesadas. Entre sus espesas volutas deb�an llevar en suspensi�n escorias reducidas a polvo, puzolana pulverizada y cenizas grises tan finas como la m�s fina f�cula, y tan tenues, que muchas veces se ha visto esta

clase de cenizas en el aire por espacio de meses enteros. Despu�s de la erupci�n de 1873, en Irlanda, la atm�sfera qued� cargada durante m�s de un a�o de polvo volc�nico, que apenas pod�a ser penetrado por los rayos del sol. Lo m�s frecuente es que caigan esas materias pulverizadas; as� sucedi� en aquella ocasi�n. Apenas Ciro Smith y Ayrton hab�an llegado a la dehesa, una especie de nevada negruzca, semejante a la p�lvora de caza, cay� y modific� instant�neamente el aspecto del suelo. Arboles, praderas, todo desapareci� bajo una capa de varias pulgadas de espesor. Por fortuna, el viento soplaba del nordeste y la mayor parte de la nube fue a disolverse sobre el mar. -Esto s� que es raro, se�or Smith -dijo Ayrton.

-�Esto es grave -a�adi� el ingeniero-. Esa puzolana, esa piedra p�mez pulverizada, en una palabra, todo ese polvo mineral demuestra cu�n profunda es la alteraci�n de las capas interiores del volc�n.

-�Pero �no podemos hacer nada?

-�Nada, sino observar los progresos del fen�meno. Haga usted, Ayrton, lo que tenga que hacer en la dehesa, y entretanto yo subir� a las fuentes del arroyo Rojo y examinar� el estado del monte en su declive septentrional. Despu�s�

-��Qu�, se�or Smith?

-�Despu�s haremos una visita a la cripta de Dakkar, quiero ver�; en fin, volver� por usted dentro de dos horas.

Ayrton entr� entonces en el recinto de la dehesa y mientras volv�a el ingeniero se ocup� en cuidar los muflones y las cabras, que al parecer experimentaban cierto temor al notar aquellos primeros s�ntomas de una erupci�n.

Entretanto Ciro Smith, subiendo a la cresta de los contrafuertes del este, dobl� el arroyo

Rojo y lleg� al sitio donde sus compa�eros y �l hab�an descubierto el manantial sulfuroso, cuando realizaron su primera exploraci�n.

�C�mo hab�an cambiado las cosas! En lugar de una sola columna de humo, encontr� trece, que sal�an de la tierra como impulsadas por la presi�n de una bomba subterr�nea. Era evidente que la corteza terrestre sufr�a en aquel punto del globo una presi�n espantosa. La atm�sfera estaba saturada de gases sulfurosos, de hidr�geno y de �cido carb�nico mezclado con vapores acuosos. Ciro Smith sent�a temblar aquellas tobas volc�nicas de que estaba sembrada la llanura y que no eran m�s que cenizas pulverulentas convertidas por el tiempo en bloques duros; pero no vio todav�a vestigios de lavas nuevas.

Esto pudo comprobarlo el ingeniero cuando observ� toda la pendiente septentrional del monte Franklin. Se escapaban del cr�ter torbellinos de humo y de llamas; ca�a sobre el suelo una granizada de escorias; pero no sal�a ning�n chorro de lava por la garganta del cr�ter, lo cual probaba que el nivel de las materias volc�nicas todav�a no hab�a llegado al orificio superior de la chimenea central.

"Preferir�a que hubiesen llegado -se dijo a s� mismo Ciro Smith-. Al menos estar�a seguro de que las lavas han tomado su rumbo habitual. �Qui�n sabe si no se verter�n por alguna nueva boca? Pero no es �se el peligro. El capit�n Nemo lo adivin� perfectamente; no, el peligro no est� ah�."

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