Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
1 ... 131 132 133 134 135 136 137 138 139 ... 142
Перейти на страницу:

-�Estamos construyendo un buque -dijo Gede�n Spilett-, un buque bastante grande para llevarnos a las tierras m�s pr�ximas; pero, si logramos salir, tarde o temprano volveremos a la isla Lincoln, a la cual nos unen demasiados recuerdos para que podamos olvidarla jam�s.

-�Aqu� hemos conocido al capit�n Nemo -dijo Ciro Smith.

-�S�lo aqu� encontraremos los recuerdos de usted en toda su densidad -observ� Harbert.

-�Y aqu� descansar� en el sue�o eterno, si� -contest� el capit�n. Titube� y, en vez de concluir la frase, a�adi�: -Se�or Smith, tengo que hablarle� a solas.

Los compa�eros del ingeniero, respetando aquel deseo del moribundo, se retiraron.

Ciro Smith permaneci� unos minutos encerrado a solas con el capit�n Nemo, luego llam� a sus amigos, pero no les dijo nada de las cosas secretas que el moribundo le hab�a confiado.

Gede�n Spilett observ� entonces al enfermo con atenci�n. Era evidente que el capit�n estaba sostenido s�lo por una energ�a moral, que en breve ser�a vencida por su debilidad f�sica.

El d�a termin� sin que se manifestara ning�n cambio. Los colonos no dejaron un instante el Nautilus. La noche hab�a entrado, aunque no era posible conocerlo por la oscuridad en aquella cripta.

El capit�n Nemo no padec�a, pero declinaba. Su noble rostro, p�lido por la proximidad de la muerte, estaba tranquilo. De sus labios se escapaban a veces palabras casi ininteligibles y que se refer�an a diversos incidentes de su extra�a existencia. La vida se iba retirando poco a poco de aquel cuerpo, cuyas extremidades estaban ya fr�as.

Una o dos veces m�s dirigi� la palabra a los colonos que estaban a su lado y les mir� con aquella �ltima sonrisa que contin�a hasta despu�s de la muerte. Finalmente, a poco m�s de las doce de la noche, hizo un esfuerzo supremo y logr� cruzar los brazos sobre el pecho como si hubiera querido morir en aquella actitud. Hacia la una de la ma�ana toda la vida se hab�a refugiado en sus miradas. El �ltimo destello brill� en aquellos ojos negros de donde tantas llamas hab�an brotado en otro tiempo; y despu�s, murmurando las palabras de Dios y Patria, expir� apaciblemente.

Ciro Smith, inclin�ndose sobre �l, cerr� los ojos del que hab�a sido pr�ncipe Dakkar y que ya no era ni siquiera el capit�n Nemo.

Harbert y Pencroff lloraban; Ayrton enjugaba una l�grima furtiva; Nab estaba de rodillas cerca del periodista, convertido en estatua.

Ciro Smith, levantando la mano sobre la cabeza del muerto, dijo: -�Dios haya recogido su alma! Y volvi�ndose hacia sus amigos a�adi�:

-�Oremos por el ser que hemos perdido.

Pocas horas despu�s los colonos cumpl�an la palabra dada al capit�n y la �ltima voluntad del difunto.

Salieron del Nautilus despu�s de haberse llevado el �ltimo recuerdo que les hab�a legado su bienhechor, el cofrecillo que conten�a tantas riquezas. Cerraron cuidadosamente el maravilloso sal�n que continuaba inundado de luz. Fijaron con los pernos la puerta de metal, de tal suerte que ni una gota de agua pudiera penetrar en el interior de las c�maras del Nautilus.

Despu�s los colonos bajaron a la canoa que estaba amarrada al costado del barco submarino. La canoa naveg� hasta popa, donde en la l�nea de flotaci�n se abr�an dos grandes grifos que estaban en comunicaci�n con los dep�sitos destinados a producir!a inmersi�n del aparato. Abrieron los grifos, los dep�sitos se llenaron de agua, y el Nautilus, hundi�ndose poco a poco, desapareci� bajo la s�bana l�quida.

Pero los colonos pudieron seguirlo todav�a a trav�s de las profundas capas de agua. Su poder luminoso transparentaba las aguas, mientras las tinieblas invad�an la cripta. Por �ltimo, aquella expansi�n de efluvios el�ctricos se disip� y en breve el Nautilus, convertido en ata�d del capit�n Nemo, descans� en el fondo de los mares.

18. Se despierta el volc�n y temen lo peor

Al amanecer, los colonos hab�an vuelto silenciosamente a la entrada de la caverna, a la cual dieron el nombre de Cripta de Dakkar en memoria del capit�n Nemo. La marea hab�a bajado y pudieron f�cilmente pasar bajo el arco, cuyo pie derecho bas�ltico bat�a las olas.

La canoa se qued� en aquel sitio, habi�ndola puesto los colonos al abrigo del oleaje. Para mayor precauci�n, Pencroff, Nab y Harbert la halaron hacia la playa que confinaba con uno de los lados de la cripta y la dejaron en un paraje donde no corr�a riesgo alguno.

La tempestad hab�a cesado con la noche; los �ltimos truenos se desvanec�an hacia el oeste; ya no llov�a, pero el cielo estaba todav�a cubierto de nubes. Aquel mes de octubre, principio de la primavera austral, no se anunciaba de modo satisfactorio, y el viento ten�a tendencia a saltar de un punto de la roca a otro, de suerte que no permit�a contar con un tiempo seguro.

Ciro Smith y sus compa�eros, al salir de la cripta de Dakkar, tomaron el camino de la dehesa y, mientras marchaban, Nab y Harbert tuvieron cuidado de desprender el alambre tendido por el capit�n entre la dehesa y la cripta y que quiz� podr�an utilizar m�s adelante.

Por el camino hablaron poco. Los diversos incidentes de aquella noche del 15 al 16 de octubre les hab�an impresionado. Aquel desconocido, cuya influencia les hab�a protegido de un modo tan eficaz, aquel hombre convertido por su imaginaci�n en genio, el capit�n Nemo, ya no exist�a. Su Nautilus y �l estaban sepultados en el fondo de un abismo y cada uno se cre�a m�s aislado que antes. Se hab�an acostumbrado, por decirlo as�, a contar con aquella intervenci�n poderosa que acababa de faltarlos para siempre, y Gede�n Spilett y el mismo Ciro Smith no pod�an eximirse de esta penosa opresi�n. Guardaron todos profundo silencio, siguiendo el camino de la dehesa.

A las nueve de la ma�ana entraron, por fin, en el Palacio de granito. Se hab�a acordado proseguir lo m�s activamente posible la construcci�n del buque y el ingeniero se puso a la obra con m�s asiduidad que nunca. No se sab�a lo que les reservaba el futuro y era una garant�a para los colonos tener a su disposici�n un buque s�lido, capaz de sostenerse en el mar con mal tiempo, y bastante grande para intentar en caso de necesidad una traves�a de alguna duraci�n. Si, terminado el buque, no se decid�an a dejar la isla Lincoln y pasar al archipi�lago polinesio del Pac�fico o a la costa de Nueva Zelanda, por lo menos deb�an ir lo m�s pronto posible a la isla Tabor para dejar en ella la noticia relativa a Ayrton, precauci�n indispensable para el caso de que el yate escoc�s

volviese a aparecer en aquellos mares. Sobre este punto no deb�a descuidarse ninguna precauci�n.

Continuaron los trabajos y Ciro Smith, Pencroff y Ayrton, ayudados de Nab, de Gede�n Spilett y de Harbert, siempre que no ten�an alguna otra cosa urgente que hacer, trabajaron sin descanso. El nuevo buque ten�a que estar dispuesto dentro de cinco meses, es decir, para principios de marzo, si hab�a que visitar la isla Tabor antes que los vientos del equinoccio hicieran imposible esta traves�a. Por tanto, los carpinteros no perdieron un momento. Y, dado que no ten�an que fabricar el aparejo, porque hab�an salvado �ntegro el del Speedy, necesitaban acabar el casco.

El �ltimo mes de 1868 transcurri� en estas importantes tareas.

Al cabo de dos meses y medio estaban en su lugar las cuadernas y se hab�an ajustado los primeros forros. Pod�a ya juzgarse que los planos dados por Ciro Smith eran excelentes y que el buque se mantendr�a bien en el mar. Pencroff trabajaba con una actividad devoradora y no se absten�a de re�ir a uno u otro, cuando abandonaban la azuela de carpintero por el fusil de cazador. Sin embargo, hab�a que conservar los dep�sitos del Palacio de granito para pasar el pr�ximo invierno, pero el bravo marino no estaba contento cuando los obreros faltaban al taller. En aquellas ocasiones refunfu�aba y el exceso de mal humor le hac�a ejecutar la obra de seis hombres.

Toda aquella estaci�n de verano fue mala. Por espacio de algunos d�as los calores fueron sofocantes y la atm�sfera, saturada de electricidad, no se descargaba sino por medio de violentas tempestades que turbaban profundamente las capas del aire. Era raro que no se oyesen los ruidos lejanos del trueno como un murmullo sordo, permanente, semejante al que se produce en las regiones ecuatoriales del globo.

1 ... 131 132 133 134 135 136 137 138 139 ... 142
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)