La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
El capit�n Nemo se qued� observando lo que hac�an aquellos hombres arrojados sin recursos a una isla desierta, sin querer ser visto de ellos. Poco a poco, al verlos honrados, en�rgicos, unidos los unos a los otros por una amistad fraternal, se interes� en sus esfuerzos y, a pesar suyo, penetr� en todos los secretos de su existencia. Por medio de la escafandra le era f�cil llegar hasta el fondo del pozo interior del Palacio de granito y, trepando por las puntas de las rocas hasta el orificio superior, o�a a los colonos referir el pasado y estudiar el presente y el futuro. Por ellos conoci� el inmenso esfuerzo de Am�rica contra Am�rica para abolir la esclavitud.
S�, aquellos hombres eran dignos de reconciliar al capit�n Nemo con la humanidad, a la cual tan honradamente representaban en la isla.
El capit�n Nemo hab�a salvado a Ciro Smith. El tambi�n llev� el perro a las Chimeneas, le lanz� de las aguas del lago, hizo encallar en la punta del Pecio aquella caja que conten�a tantos objetos para los colonos, les envi� la canoa por la corriente de la Merced, les arroj� las cuerdas desde el Palacio de granito tras el ataque de los monos, les comunic� la presencia de Ayrton en la isla Tabor por medio del documento
encerrado en la botella, hizo saltar el brick por el choque de un torpedo dispuesto en el fondo del canal, salv� a Harbert de una muerte cierta, llevando el sulfato de quinina, y, en fin, hiri� a los presidiarios con aquellas balas el�ctricas, cuyo secreto pose�a y que empleaba en sus cazas submarinas. As� se explicaban tantos incidentes que parec�an sobrenaturales y que eran otros tantos testimonios de la generosidad y del poder del capit�n.
Aquel mis�ntropo ten�a sed de bien. Le quedaban �tiles consejos que dar a sus protegidos, y, por otra parte, sintiendo latir su coraz�n y debilitarse sus fuerzas por la proximidad de la muerte, envi� a buscar, como es sabido, a los colonos del Palacio de granito, mediante un alambre que uni� al de la dehesa con el Nautilus, el cual ten�a tambi�n un aparato alfab�tico� Quiz� no lo hubiera hecho, si hubiese sabido que Ciro Smith estaba tan al corriente de su historia que le salud� con el nombre de capit�n Nemo.
El capit�n hab�a terminado la relaci�n de su vida.
Ciro Smith tom� entonces la palabra. Record� todos los incidentes que hab�an ejercido sobre la colonia tan saludable influencia y, en nombre de sus compa�eros y en el suyo, dio las gracias al ser generoso a quien tanto deb�an.
Pero el capit�n Nemo no pensaba reclamar el premio de los servicios que hab�a hecho. Un �ltimo pensamiento agitaba su �nimo y, antes de estrechar la mano que le tend�a el ingeniero, le dijo:
-�Ahora, usted que conoce mi vida, j�zguela.
Al hablar as�, el capit�n alud�a a un grave incidente de que hab�an sido testigos los tres extranjeros arrojados a bordo, incidente que el profesor franc�s necesariamente hab�a tenido que contar en su obra y que hab�a resonado en todas partes con eco terrible.
En efecto, pocos d�as antes de la fuga del profesor y de sus dos compa�eros, el Nautilus, perseguido por una fragata, al norte del Atl�ntico, se hab�a precipitado contra ella como un ariete y la hab�a echado a pique sin misericordia.
Ciro Smith comprendi� la alusi�n y permaneci� en silencio.
-�Era una fragata inglesa -exclam� el capit�n Nemo, que por un instante volv�a a ser el pr�ncipe Dakkar-, una fragata inglesa, �me entiende? Me atacaba. Yo estaba metido en una bah�a estrecha y poco profunda� Necesitaba pasar y pas�. -Despu�s, con voz tranquila, a�adi�-: La justicia y el derecho estaban de mi parte. He hecho en todas partes el bien que he podido y tambi�n el mal que he podido hacer. La justicia no consiste solamente en el perd�n. �Qu� piensan ustedes de m�, se�ores?
Ciro Smith tendi� la mano al capit�n y contest� a su pregunta con voz grave:
-�Capit�n, su error consiste en haber cre�do que pod�a resucitar el pasado y oponerse al progreso necesario. Es un error que unos admiran y otros condenan, que s�lo Dios puede juzgar y la raz�n humana absolver. El que se equivoca con buena intenci�n puede ser combatido, pero no debe dejar de ser estimado. Su error no excluye admiraci�n y su nombre nada tiene que temer del juicio de la historia, la cual ama las locuras heroicas sin dejar de condenar los resultados que producen.
El pecho del capit�n Nemo se levant� y su mano se tendi� hacia el cielo.
-��He tenido raz�n o no? -murmur�.
Ciro Smith repuso:
-�Todas las grandes acciones suben a Dios, porque vienen de El. Capit�n Nemo, los hombres honrados que est�n aqu�, a quienes usted ha socorrido, le llorar�n siempre.
Harbert se hab�a acercado al capit�n. Dobl� las rodillas, tom� su mano y la bes�. Una l�grima se desliz� por las mejillas del moribundo al decir:
-��Hijo m�o, te bendigo!
17. Muere el capit�n Nemo, y los colonos cumplen su �ltima voluntad
Hab�a llegado el d�a: ning�n rayo de luz penetraba en aquella profunda cripta, cuya abertura obstru�a la marea alta en aquel momento, pero la luz artificial, que se escapaba en largos haces a trav�s de las paredes del Nautilus, no se hab�a debilitado, y la s�bana de agua resplandec�a todav�a alrededor del aparato flotante.
Un extremado cansancio se notaba en el capit�n Nemo, que hab�a vuelto a caer sobre su div�n. No se pod�a pensar en trasladarlo al Palacio de granito, porque hab�a manifestado su voluntad de permanecer entre aquellas maravillas del Nautilus, que no habr�an podido pagarse con millones, y esperar una muerte que no pod�a tardar en venir.
Durante la larga postraci�n 'que le tuvo casi sin conocimiento, Ciro Smith y Gede�n Spilett observaron con atenci�n el estado del enfermo. Evidentemente el capit�n se iba extinguiendo poco a poco: faltar�a la fuerza a aquel cuerpo, en otro tiempo tan robusto y, a la saz�n, d�bil envoltura de un alma que trataba de romper sus lazos. Toda la vida estaba concentrada en el coraz�n y en la cabeza.
El ingeniero y el periodista celebraban consejo en voz baja. �Hab�a algo que hacer por el moribundo? �Pod�an, si no salvarlo, al menos prolongar su vida durante varios d�as? El mismo hab�a dicho que no ten�a remedio y esperaba tranquilamente, sin temer, la hora de la muerte.
-�No podemos hacer nada -dijo Gede�n Spilett. -Pero �de qu� se muere? -pregunt� Pencroff. -Porque se apaga -contest� el periodista.
-�Sin embargo -dijo el marino-, si le traslad�ramos al aire libre, al sol, quiz� se reanimar�a.
-�No, Pencroff -contest� el ingeniero-, no podemos hacer nada. Por otra parte, el capit�n Nemo no consentir�a en salir de su buque; hace treinta a�os que vive en el Nautilus y en el Nautilus quiere morir.
Sin duda el capit�n Nemo oy� la respuesta de Ciro Smith, porque se incorpor� un poco y con voz m�s d�bil, pero siempre inteligible, dijo:
-�Tiene usted raz�n: debo y quiero morir aqu�. Por lo tanto, tengo que hacerles una s�plica.
Ciro Smith y sus compa�eros se acercaron al div�n y dispusieron los cojines de modo que el moribundo estuviera m�s c�modo.
Vieron entonces que las miradas del capit�n se deten�an en todas las maravillas de aquel sal�n, iluminado por los rayos el�ctricos que pasaban a trav�s de los arabescos de un techo luminoso. Contempl� uno tras otro los cuadros suspendidos sobre los espl�ndidos tapices que cubr�an las paredes, las obras maestras de los pintores italianos, flamencos, franceses y espa�oles; las figuras de m�rmol y de bronce, que se levantaban sobre sus pedestales; el �rgano magn�fico apoyado en la pared de popa; las vidrieras dispuestas alrededor de un acuario central en el cual se ostentaban los m�s admirables productos del mar, plantas marinas, zo�fitos, rosarios de perlas de inapreciable valor, y, por fin, sus ojos se detuvieron en la divisa escrita en el front�n de aquel museo, que era la divisa del Nautilus: MOBILIS IN MOBILI