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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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El capitn Nemo se qued observando lo que hacan aquellos hombres arrojados sin recursos a una isla desierta, sin querer ser visto de ellos. Poco a poco, al verlos honrados, enrgicos, unidos los unos a los otros por una amistad fraternal, se interes en sus esfuerzos y, a pesar suyo, penetr en todos los secretos de su existencia. Por medio de la escafandra le era fcil llegar hasta el fondo del pozo interior del Palacio de granito y, trepando por las puntas de las rocas hasta el orificio superior, oa a los colonos referir el pasado y estudiar el presente y el futuro. Por ellos conoci el inmenso esfuerzo de Amrica contra Amrica para abolir la esclavitud.

S, aquellos hombres eran dignos de reconciliar al capitn Nemo con la humanidad, a la cual tan honradamente representaban en la isla.

El capitn Nemo haba salvado a Ciro Smith. El tambin llev el perro a las Chimeneas, le lanz de las aguas del lago, hizo encallar en la punta del Pecio aquella caja que contena tantos objetos para los colonos, les envi la canoa por la corriente de la Merced, les arroj las cuerdas desde el Palacio de granito tras el ataque de los monos, les comunic la presencia de Ayrton en la isla Tabor por medio del documento

encerrado en la botella, hizo saltar el brick por el choque de un torpedo dispuesto en el fondo del canal, salv a Harbert de una muerte cierta, llevando el sulfato de quinina, y, en fin, hiri a los presidiarios con aquellas balas elctricas, cuyo secreto posea y que empleaba en sus cazas submarinas. As se explicaban tantos incidentes que parecan sobrenaturales y que eran otros tantos testimonios de la generosidad y del poder del capitn.

Aquel misntropo tena sed de bien. Le quedaban tiles consejos que dar a sus protegidos, y, por otra parte, sintiendo latir su corazn y debilitarse sus fuerzas por la proximidad de la muerte, envi a buscar, como es sabido, a los colonos del Palacio de granito, mediante un alambre que uni al de la dehesa con el Nautilus, el cual tena tambin un aparato alfabtico Quiz no lo hubiera hecho, si hubiese sabido que Ciro Smith estaba tan al corriente de su historia que le salud con el nombre de capitn Nemo.

El capitn haba terminado la relacin de su vida.

Ciro Smith tom entonces la palabra. Record todos los incidentes que haban ejercido sobre la colonia tan saludable influencia y, en nombre de sus compaeros y en el suyo, dio las gracias al ser generoso a quien tanto deban.

Pero el capitn Nemo no pensaba reclamar el premio de los servicios que haba hecho. Un ltimo pensamiento agitaba su nimo y, antes de estrechar la mano que le tenda el ingeniero, le dijo:

-Ahora, usted que conoce mi vida, jzguela.

Al hablar as, el capitn aluda a un grave incidente de que haban sido testigos los tres extranjeros arrojados a bordo, incidente que el profesor francs necesariamente haba tenido que contar en su obra y que haba resonado en todas partes con eco terrible.

En efecto, pocos das antes de la fuga del profesor y de sus dos compaeros, el Nautilus, perseguido por una fragata, al norte del Atlntico, se haba precipitado contra ella como un ariete y la haba echado a pique sin misericordia.

Ciro Smith comprendi la alusin y permaneci en silencio.

-Era una fragata inglesa -exclam el capitn Nemo, que por un instante volva a ser el prncipe Dakkar-, una fragata inglesa, me entiende? Me atacaba. Yo estaba metido en una baha estrecha y poco profunda Necesitaba pasar y pas. -Despus, con voz tranquila, aadi-: La justicia y el derecho estaban de mi parte. He hecho en todas partes el bien que he podido y tambin el mal que he podido hacer. La justicia no consiste solamente en el perdn. Qu piensan ustedes de m, seores?

Ciro Smith tendi la mano al capitn y contest a su pregunta con voz grave:

-Capitn, su error consiste en haber credo que poda resucitar el pasado y oponerse al progreso necesario. Es un error que unos admiran y otros condenan, que slo Dios puede juzgar y la razn humana absolver. El que se equivoca con buena intencin puede ser combatido, pero no debe dejar de ser estimado. Su error no excluye admiracin y su nombre nada tiene que temer del juicio de la historia, la cual ama las locuras heroicas sin dejar de condenar los resultados que producen.

El pecho del capitn Nemo se levant y su mano se tendi hacia el cielo.

-He tenido razn o no? -murmur.

Ciro Smith repuso:

-Todas las grandes acciones suben a Dios, porque vienen de El. Capitn Nemo, los hombres honrados que estn aqu, a quienes usted ha socorrido, le llorarn siempre.

Harbert se haba acercado al capitn. Dobl las rodillas, tom su mano y la bes. Una lgrima se desliz por las mejillas del moribundo al decir:

-Hijo mo, te bendigo!

17. Muere el capitn Nemo, y los colonos cumplen su ltima voluntad

Haba llegado el da: ningn rayo de luz penetraba en aquella profunda cripta, cuya abertura obstrua la marea alta en aquel momento, pero la luz artificial, que se escapaba en largos haces a travs de las paredes del Nautilus, no se haba debilitado, y la sbana de agua resplandeca todava alrededor del aparato flotante.

Un extremado cansancio se notaba en el capitn Nemo, que haba vuelto a caer sobre su divn. No se poda pensar en trasladarlo al Palacio de granito, porque haba manifestado su voluntad de permanecer entre aquellas maravillas del Nautilus, que no habran podido pagarse con millones, y esperar una muerte que no poda tardar en venir.

Durante la larga postracin 'que le tuvo casi sin conocimiento, Ciro Smith y Geden Spilett observaron con atencin el estado del enfermo. Evidentemente el capitn se iba extinguiendo poco a poco: faltara la fuerza a aquel cuerpo, en otro tiempo tan robusto y, a la sazn, dbil envoltura de un alma que trataba de romper sus lazos. Toda la vida estaba concentrada en el corazn y en la cabeza.

El ingeniero y el periodista celebraban consejo en voz baja. Haba algo que hacer por el moribundo? Podan, si no salvarlo, al menos prolongar su vida durante varios das? El mismo haba dicho que no tena remedio y esperaba tranquilamente, sin temer, la hora de la muerte.

-No podemos hacer nada -dijo Geden Spilett. -Pero de qu se muere? -pregunt Pencroff. -Porque se apaga -contest el periodista.

-Sin embargo -dijo el marino-, si le trasladramos al aire libre, al sol, quiz se reanimara.

-No, Pencroff -contest el ingeniero-, no podemos hacer nada. Por otra parte, el capitn Nemo no consentira en salir de su buque; hace treinta aos que vive en el Nautilus y en el Nautilus quiere morir.

Sin duda el capitn Nemo oy la respuesta de Ciro Smith, porque se incorpor un poco y con voz ms dbil, pero siempre inteligible, dijo:

-Tiene usted razn: debo y quiero morir aqu. Por lo tanto, tengo que hacerles una splica.

Ciro Smith y sus compaeros se acercaron al divn y dispusieron los cojines de modo que el moribundo estuviera ms cmodo.

Vieron entonces que las miradas del capitn se detenan en todas las maravillas de aquel saln, iluminado por los rayos elctricos que pasaban a travs de los arabescos de un techo luminoso. Contempl uno tras otro los cuadros suspendidos sobre los esplndidos tapices que cubran las paredes, las obras maestras de los pintores italianos, flamencos, franceses y espaoles; las figuras de mrmol y de bronce, que se levantaban sobre sus pedestales; el rgano magnfico apoyado en la pared de popa; las vidrieras dispuestas alrededor de un acuario central en el cual se ostentaban los ms admirables productos del mar, plantas marinas, zofitos, rosarios de perlas de inapreciable valor, y, por fin, sus ojos se detuvieron en la divisa escrita en el frontn de aquel museo, que era la divisa del Nautilus: MOBILIS IN MOBILI

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