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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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-�Entonces -exclam� Pencroff cruz�ndose de brazos y jugando en el suelo con el pieser� in�til que trabajemos en la construcci�n del barco.

-�Pencroff -repuso Ciro Smith-, hay que cumplir con nuestro deber hasta el fin.

En aquel momento, el r�o de lava, despu�s de haberse abierto paso a trav�s de los hermosos �rboles que devoraba, lleg� al l�mite del lago. All� exist�a cierto levantamiento del suelo, que, si hubiera sido mayor, tal vez habr�a bastado a contener el torrente.

-��Manos a la obra! -exclam� Ciro Smith.

El pensamiento del ingeniero fue comprendido en seguida. Hab�a que poner un dique al r�o de lava y obligarlo a precipitarse en el lago. Los colonos corrieron al arsenal, volvieron con palas, picos, hachas, y con �rboles que cortaron y tierra que amontonaron, en pocas horas pudieron levantar un dique de tres pies de altura y algunos centenares de pasos de longitud. Cuando terminaron, les pareci� que hab�an trabajado unos minutos.

Ya era tiempo; las materias derretidas llegaron casi inmediatamente a la parte inferior del dique. El r�o hirviente se levant� como una cascada que trata de desbordarse y amenaz� superar el �nico obst�culo que pod�a impedirle la invasi�n de todo el Far-West� Pero el dique logr� contenerlo y la lava, despu�s de un minuto de suspensi�n, que fue terrible, se precipit� en el lago Grant por una cascada de veinte pies de altura. Los colonos, anhelantes, sin hacer un adem�n ni pronunciar una palabra, contemplaron entonces la lucha de los dos elementos.

�Qu� espect�culo aquel combate entre el agua y el fuego! �Qu� pluma podr�a describir aquella escena de maravilloso horror y qu� pincel pintarla? El agua silbaba evapor�ndose al contacto de la lava hirviendo. Los vapores proyectados en el aire formaban torbellinos a una inmensa altura, como si las v�lvulas de una enorme caldera hubieran sido abiertas repentinamente. Pero por considerable que fuera la masa de agua contenida en el lago, deb�a acabar por ser absorbida, puesto que no se renovaba, mientras que el torrente, alimentado por el manantial inagotable, llevaba sin cesar al lago nuevas oleadas de materias incandescentes. Las primeras lavas que cayeron en el lago se solidificaron inmediatamente y se acumularon de manera que pronto sobresalieron de la superficie de las aguas. Sobre su superficie cayeron otras lavas que a su vez se convirtieron en piedra, pero ganando siempre hacia el centro. As� se form� una hilada de lavas que amenaz� llenarlo todo completamente. Agudos silbidos y rechinamientos desgarraban el aire con ruido atronador, y los espesos vapores, arrastrados por el viento, ca�an en lluvia sobre el mar. Las hiladas de lava se iban aumentando en el lago y los bloques solidificados se amontonaban unos sobre otros.

All� donde se extend�an en otro tiempo aguas tranquilas, aparec�a una enorme aglomeraci�n de rocas humeantes como si un levantamiento del suelo hubiera hecho surgir millares de escollos. Imagin�monos las aguas alborotadas durante un hurac�n e inmediatamente solidificadas como en un fr�o de veinte grados y tendremos una idea del aspecto del lago tres horas despu�s de la irrupci�n de aquel irresistible torrente.

Por esta vez el agua deb�a ser vencida por el fuego. Sin embargo, fue una fortuna para los colonos que la expansi�n l�vica se hubiera dirigido hacia el lago Grant, porque ten�an algunos d�as de respiro. La meseta de la Gran Vista, el Palacio de granito y el arsenal se hab�an preservado al menos por alg�n tiempo. Ahora bien, estos pocos d�as hab�a que emplearlos en forrar y calafatear el buque con cuidado. Despu�s se le botar�a al mar y los colonos se refugiar�an en �l, sin perjuicio de ponerle el aparejo, cuando estuviera en su elemento.

Con el temor de la explosi�n que amenazaba a la isla no hab�a seguridad ninguna para los que permaneciesen en tierra. El retiro del Palacio de granito, tan inexpugnable hasta entonces, pod�a ser destruido de un momento a otro.

Durante los seis d�as que siguieron, del 25 al 30 de enero, trabajaron en el buque haciendo la tarea que hubieran podido hacer veinte hombres. Apenas tomaban un momento de reposo; el fulgor de las llamas que brotaban del cr�ter les permit�a continuar su trabajo de d�a y de noche. La erupci�n volc�nica continuaba, pero quiz� con menos abundancia, circunstancia feliz, porque el lago Grant estaba ya casi completamente lleno y, si las nuevas corrientes de lava hubiesen aumentado el caudal de las antiguas, se habr�an esparcido inevitablemente por la meseta de la Gran Vista y de all� por la playa.

Pero si por este lado la isla estaba protegida en parte, no suced�a lo mismo por el lado occidental. La segunda corriente de lava, que hab�a seguido el valle del r�o de la Cascada, valle ancho cuyos terrenos se deprim�an de cada lado del arroyo, no deb�a encontrar ning�n obst�culo. El l�quido incandescente se hab�a derramado por la selva del Far-West. En aquella �poca del a�o, en que las especies estaban desecadas por un calor t�rrido, el bosque se incendi� inmediatamente propag�ndose el incendio a la vez por la base de los troncos y por las altas ranas, cuyo enlace favorec�a los progresos de la conflagraci�n. Parec�a tambi�n que la corriente de llancas se desencadenaba con m�s celeridad en la cima de los �rboles, que la corriente de lava en la base.

Sucedi� que los animales, locos de terror, feroces o mansos, jaguares, cabiayes, kaulos, jabal�es, caza de pelo y de pluma se refugiaron hacia la parte del r�o de la Merced, en el pantano de los Tadornes y al otro lado del camino del puerto del Globo. Pero los colonos estaban demasiado ocupados en su tarea para prestar atenci�n ni a los m�s temibles de aquellos animales. Por otra parte, hab�an abandonado el Palacio de granito y no hab�an querido buscar refugio ni siquiera en las Chimeneas, acampando bajo una tienda, cerca de la desembocadura del r�o de la Merced.

Cada d�a Ciro Smith y Gede�n Spilett sub�an a la meseta de la Gran Vista. Algunas veces Harbert los acompa�aba, pero nunca Pencroff, que no quer�a ver bajo su nuevo aspecto la isla profundamente devastada. Era un espect�culo desolador. Toda la parte frondosa de la isla estaba desnuda: un solo grupo de �rboles verdes se levantaba al extremo de la pen�nsula Serpentina. Ac� y all� se ve�an algunos troncos ennegrecidos y sin ramas, y el sitio de los bosques destruidos era m�s �rido que el pantano de los Tadornes. La invasi�n de las lavas hab�a sido completa; donde se desarrollaba en otro tiempo aquel admirable verdor, el suelo no era m�s que una aglomeraci�n confusa de tobas volc�nicas.

Los valles del r�o de la Cascada y de la Merced no enviaban una sola gota de agua al mar, y los colonos no hubieran tenido medio ninguno de apagar su sed, si el lago Grant

hubiera quedado enteramente desecado. Afortunadamente la punta sur no hab�a sido invadida y formaba una especie de estanque, que conten�a todo lo que quedaba de agua potable en la isla.

Hacia el noroeste se dibujaban en �speras aristas los contrafuertes del volc�n, que ten�an la figura de una garra gigantesca pegada al suelo. �Qu� espect�culo tan triste, qu� aspecto tan horrible y qu� sentimiento para aquellos colonos que de un dominio f�rtil, cubierto de bosques, regado de r�os y arroyos, enriquecido de cosechas, se hallaban en un instante trasladados a una roca �rida, sobre la cual, sin los dep�sitos y las reservas que ten�an, no hubieran hallado ni siquiera con qu� vivir!

-��Esto parte el coraz�n! -dijo un d�a el periodista.

-�S�, Spilett -contest� el ingeniero-. �Ojal� el cielo nos d� tiempo para acabar nuestro barco, que es nuestro �ltimo refugio!

-��No le parece, se�or Ciro, que el volc�n parece calmarse? Todav�a vomita lavas, pero en menos abundancia, si no me enga�o.

-�Poco importa -repuso Ciro Smith-. El fuego contin�a ardiendo en las entra�as del monte y el arar puede precipitarse en ellas de un momento a otro. Nos hallamos en la situaci�n de unos pasajeros, cuyo buque se encuentra devorado por un incendio que no pueden apagar y saben que pronto o tarde llegar� a la santab�rbara. Venga, Spilett, venga y no perdamos tiempo.

Durante ocho d�as m�s, es decir, hasta el 7 de febrero, las lavas continuaron derram�ndose del volc�n, pero la erupci�n se mantuvo en los l�mites indicados. Ciro Smith tem�a, sobre todo, que las materias l�quidas vinieran a extenderse sobre la playa, en cuyo caso el taller de construcci�n quedar�a destruido. Entretanto sintieron en la isla vibraciones que alarmaron a los colonos en alto grado. Era el 20 de febrero. Se necesitaba un mes para poner al buque en estado de hacerse a la mar.

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