La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Ciro Smith se adelant� hacia la enorme calzada, cuya prolongaci�n formaba uno de los l�mites del estrecho golfo del Tibur�n, y pudo examinar las antiguas corrientes de lava. Era indudable que la �ltima erupci�n se remontaba a una �poca muy lejana. Volvi� sobre sus pasos, escuchando los ruidos subterr�neos que se propagaban como un trueno continuo y se mezclaban de cuando en cuando con grandes detonaciones, y a las nueve de la ma�ana estaba en la dehesa. Ayrton le esperaba.
-�Ya est�n atendidos los animales, se�or Smith -dijo Ayrton.
-�Bien -repuso el ingeniero. -Parecen muy inquietos, se�or Smith. -S�, el instinto habla en ellos, y el instinto no se enga�a. -Cuando usted quiera� -Tome un farol y un yesquero, Ayrton, y vayamos.
Ayrton hizo lo que se le hab�a mandado. Los onagros, desenganchados, pac�an por la dehesa. Se cerr� la puerta y Ciro Smith, precediendo a Ayrton, tom� hacia el oeste el estrecho sendero que conduc�a a la costa. Ambos caminaban por un suelo lleno de materias pulverulentas, que hab�an ca�do de las nubes. En el bosque no se ve�a ning�n cuadr�pedo y las mismas aves hab�an huido. A veces una r�faga de viento levantaba la capa de cenizas y los dos colonos, envueltos en opaco torbellino, apenas se ve�an uno a otro. Entonces ten�an cuidado de aplicar el pa�uelo a los ojos y a la boca para evitar el peligro de cegarse o de ahogarse.
En estas condiciones no pod�an caminar r�pidamente. Adem�s, el aire era pesado como si su ox�geno se hubiera quemado en parte, dificultando la respiraci�n. A cada cien pasos hab�a que detenerse para tomar aliento. Eran cerca de las diez, cuando el ingeniero y su compa�ero llegaron a la cresta de la aglomeraci�n de rocas bas�lticas y porf�ricas que formaban la costa noroeste de la isla. Comenzaron a bajar, siguiendo, poco m�s o menos, el camino detestable que durante aquella noche de tempestad les hab�a conducido a la cripta de Dakkar. En pleno d�a la bajada fue menos peligrosa, y por otra parte la nueva capa de cenizas cubr�a las rocas y permit�a asegurar m�s s�lidamente el pie sobre sus superficies resbaladizas. En breve llegaron al parapeto formado en la orilla a una altura de cuarenta pies. Ciro Smith recordaba que este parapeto iba bajando en pendiente suave hasta el nivel del mar. Aunque la marea estaba baja en aquel momento, no se descubr�a la playa, y las olas, cubiertas de polvo volc�nico, ven�an directamente a batir los basaltos del litoral. Ciro Smith y Ayrton encontraron f�cilmente la abertura de la cripta de Dakkar y se detuvieron bajo la �ltima roca que formaba la base del parapeto.
-��Est� la canoa? -pregunt� el ingeniero.
-�Aqu� est�, se�or Smith -repuso Ayrton, atrayendo hacia s� la ligera embarcaci�n que estaba abrigada bajo la b�veda del arco. -Embarqu�monos, Ayrton.
Los dos colonos se embarcaron en la canoa. Una ligera ondulaci�n de las olas la introdujo m�s profundamente en la cintra muy baja de la cripta y Ayrton ech� yescas y encendi� el farol. Despu�s tom� los dos remos y puso el farol en la roda de manera que proyectase sus rayos hacia adelante. Ciro Smith tom� la barra del tim�n y se intern� en las tinieblas de la cripta.
El Nautilus no estaba all� para alumbrar con sus fuegos la sombr�a caverna. Quiz� la irradiaci�n el�ctrica, alimentada por su foco poderoso, se propagaba todav�a por el fondo de las aguas, pero ning�n resplandor sal�a del abismo donde reposaba el capit�n Nemo. La luz del farol, aunque insuficiente, permiti�, sin embargo, al ingeniero adelantarse siguiendo la pared derecha de la cripta. Un silencio sepulcral reinaba bajo aquella b�veda, al menos en su parte interior, porque Ciro Smith oy� distintamente los mugidos que se desprend�an de las entra�as del monte.
-�Ah� est� el volc�n -dijo.
En breve notaron con el ruido las combinaciones qu�micas por un olor fuerte de vapores sulfurosos, que atacaron principalmente la garganta del ingeniero y de su compa�ero.
-�Esto es lo que tem�a el capit�n Nemo -murmur� Ciro Smith, cuyo rostro se puso ligeramente p�lido -. Sin embargo, hay que llegar hasta el fin.
-�Vamos -exclam� Ayrton, que se inclin� sobre sus remos y empuj� la canoa hacia la pared del fondo de la cripta.
Veinticinco minutos despu�s de haber entrado llegaba la canoa a la pared donde terminaba. Ciro Smith, subiendo entonces sobre su banco, registr� con el farol las diversas partes de la pared que separaba la cripta de la chimenea central del volc�n. �Qu� espesor ten�a aquella pared? �Era de cien pies o de diez? No pod�a adivinarse. Pero los ruidos subterr�neos eran demasiado perceptibles para que fuese muy espesa.
El ingeniero, despu�s de haber explorado la muralla siguiendo una l�nea horizontal, fij� el farol a la punta de un remo y registr� con �l de nuevo las alturas de la pared bas�ltica. All�, por hendiduras apenas visibles, a trav�s de los prismas mal unidos, transpiraba un humo acre, que infectaba la atm�sfera de la caverna. La pared estaba cubierta de hendiduras, y algunas de ellas, claramente se�aladas, bajaban hasta dos o tres pies sobre la superficie de las aguas de la cripta. Ciro Smith se qued� pensativo. Despu�s murmur� estas palabras:
-�S�, el capitan ten�a raz�n. Ese es el peligro terrible.
Ayrton no dijo nada, pero, obedeciendo a una se�al de Ciro Smith, tom� los remos y media hora despu�s el ingeniero y �l sal�an de la cripta de Dakkar.
19. El volc�n sigue vomitando y hace desaparecer la isla Lincoln
Al d�a siguiente, 8 de enero, por la ma�ana, despu�s de un d�a y una noche pasados en la dehesa y de haber atendido a los animales, Ciro Smith y Ayrton entraron en el Palacio de granito. Inmediatanmente el ingeniero reuni� a sus compa�eros y les particip� que la isla Lincoln corr�a un peligro que ning�n poder humano ser�a capaz de conjurar.
-�Amigos m�os -dijo, y su voz revelaba emoci�n profunda-, la isla Lincoln no es de las que deben durar tanto como el globo. Est� condenada a una destrucci�n m�s o menos pr�xima, cuya causa reside en ella misma; destrucci�n a la cual nadie puede sustraerla.
Los colonos se miraron mutuamente y miraron al ingeniero. No pod�an comprenderle.
-�Expl�quese, Ciro -dijo Gede�n Spilett.
-�Voy a explicarme -contest� el ingeniero-, o mejor dicho, no har� m�s que transmitirles la explicaci�n que durante los pocos minutos de conversaci�n secreta me dio el capit�n Nemo.
�El capit�n Nemo! -exclamaron los colonos.
-��S�, el �ltimo servicio que quiso hacernos antes de morir!
-��El �ltimo servicio! -exclam� Pencroff-, �el �ltimo servicio! Ya ver�n como muerto y todo nos va a hacer todav�a otro.
�Pero qu� dijo el capit�n Nemo? -pregunt� el periodista.
-�S�panlo, amigos m�os -prosigui� el ingeniero-. La isla Lincoln no est� en las condiciones en que se encuentran las dem�s del Pac�fico y su disposici�n particular, que me dio a conocer el capit�n Nemo, debe producir tarde o temprano la dislocaci�n de su formaci�n submarina.
-��Una dislocaci�n! �La isla Lincoln! �Bah! -exclam� Pencroff, que, a pesar de todo el respeto que ten�a a Ciro Smith, no pudo menos de encogerse de hombros.
-�Oiga, Pencroff -repuso el ingeniero-, voy a decir lo que hab�a averiguado el capit�n Nemo y lo que yo mismo he observado ayer durante la exploraci�n que hice a la cripta de Dakkar. Esa cripta se prolonga bajo la isla hasta el volc�n y no est� separada de la chimenea central m�s que por la pared del fondo. Ahora bien, esa pared est� surcada de hendiduras que dejan pasar los gases sulfurosos que se desarrollan en el interior del volc�n.
-��Y qu�? -pregunt� Pencroff, cuyo ce�o se frunci� violentamente.
-�Que he visto que esas hendiduras se ensanchan bajo la presi�n interior; que la muralla de basalto se resquebraja poco a poco y que dentro de un tiempo m�s o menos breve dar� paso a las aguas del mar de que est� llena la caverna.
-��Bueno! -replic� Pencroff, que trat� todav�a de decir una chanza-. El mar apagar� el volc�n y todo habr� concluido.
-�S�, todo habr� concluido -dijo Ciro Smith-. El d�a en que el mar se precipite a trav�s de la pared y penetre en la chimenea central hasta las entra�as de la isla donde hierven las materias eruptivas, ese d�a, Pencroff, la isla Lincoln saltar� por el aire como saltar�a Sicilia si el Mediterr�neo se precipitara en el Etna.