Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
Tony era asimismo un ladrón avezado. Conocía a los mejores maestros de la ganzúa, sorteadores de alarmas y peristas. Era capaz de poner un grupo a trabajar y dejar el objetivo limpio como una patena. Trabajaba básicamente con joyas. Conocía perfectamente las piedras. Podía haber sido joyero. De hecho, más tarde, abrió una joyería.
En verano de 1964, Tony y su esposa, Nancy -que había trabajado en una guardarropía-, hicieron un viaje de vacaciones a Europa con sus amigos John y Marianne Cook. John Cook tenía un negocio de esquí acuático en Miami, pero en los registros del FBI constaba como ladrón de joyas internacional. Los Spilotro y los Cook tomaron un vuelo hasta Amsterdam, alquilaron un Mercedes Benz y se fueron a Amberes, Bélgica, la capital europea de los diamantes. La Interpol y la policía del país siguieron sus pasos.
La policía belga puso vigilancia en el hotel donde se hospedaban. Observó como Spilotro y Cook hacían una ronda de inspección por las grandes joyerías y mayoristas del ramo. Comprobaron que examinaban los sistemas de alarma, escaparates y sistemas de seguridad. Visitaron asimismo la tienda de Salomon Goldenstein, joyero de la ciudad, de quien despertaron las sospechas cuando Cook utilizó un nombre falso y una dirección de hotel equivocada al intentar efectuar una compra con tarjeta de crédito. El joyero activó una alarma silenciosa y Spilotro y Cook fueron detenidos al salir del establecimiento. La policía descubrió que Cook llevaba un efectivo tirachinas y cojinetes, una pequeña palanca y llaves maestras para cerraduras Yale.
Al ser interrogado, explicó a la policía que llevaba las llaves maestras por temor a no poder abrir la puerta del coche y que el tirachinas y los cojinetes eran para su hijo.
Cuando la policía llevó a Spilotro y Cook de vuelta al hotel, encontró a las dos mujeres esperando con las maletas preparadas. Registraron el equipaje y encontraron más cojinetes.
Las autoridades belgas expulsaron a los Spilotro y los Cook del país.
Las dos parejas abandonaron Bélgica y siguieron sus vacaciones; viajaron en coche por los Alpes suizos, entraron en Mónaco para pasar dos días en Montecarlo y fueron a París antes de volver a casa.
Spilotro y Cook no supieron que les habían estado siguiendo desde Bélgica. Al llegar a París, los gendarmes los detuvieron de nuevo. En esta ocasión, la policía francesa encontró montones de ganzúas.
Cuando los Spilotro volvieron a Chicago tuvieron que pasar un registro de aduana en el que los agentes encontraron una fortuna en diamantes, dos de los cuales estaban cosidos a la cartera de Spilotro. En la aduana se les confiscó el botín, en el que además había ganzúas y herramientas para el robo. Según Frank Cullotta, que por aquel entonces se había convertido en la mano derecha de Spilotro:
Fui a recoger a Tony al aeropuerto. La poli revolvió todo su equipaje. Tony quedó totalmente sorprendido, pero Nancy estaba que mordía. No creo que él supiera que venía señalado desde París. No creo que supiera que estaba quemado y que la cosa iba a más.
Cuando llegamos a casa, recuerdo que dieron de comer a Vincent, su hijo, y luego Tony sacó una toalla blanca y la extendió en la mesa de la cocina. Seguidamente Nancy inclinó la cabeza sobre la mesa y se fue sacando uno a uno los diamantes que llevaba en el pelo. Iban saltando uno tras otro. Él se los había hecho esconder allí. Los de aduanas les habían confiscado algunos diamantes, pero las piedras más valiosas pasaron ocultas en el moño de Nancy.
Dos meses después, la policía francesa descubrió que Spilotro y Cook habían asaltado un apartamento en el Hotel de Paris de Montecarlo la noche del 7 de agosto, del que habían sacado 525.220 dólares en joyas y 4.000 dólares en cheques de viaje. Había alquilado dicho apartamento una acaudalada americana casada que había permanecido allí con un joven y por tanto estaba poco dispuesta a prestarse a una investigación. Cuando decidió hacerlo, Spilotro y Cook ya habían vuelto a los Estados Unidos.
Spilotro y Cook fueron declarados culpables en ausencia por la Audiencia de Monaco y sentenciados a tres años de cárcel si decidían volver a dicho país.
Según Cullotta:
Llevaba cinco años en la banda de Tony y jamás había visto a Rosenthal El Zurdo. Yo trabajaba con sus desvalijadores y gorilas. El Zurdo actuaba en su rollo de apuestas. Sam El Loco se ocupaba del tinglado del prestamismo y romper la crisma al personal. A Tony le gustaba mantener cada cosa en su sitio.
Cuando quería que le llevaras a algún sitio, por ejemplo, nunca te decía a quién encontrarías allí ni nada de nada. Tenías que limitarte a hacerlo y luego, tal vez, te contaba el próximo paso. Además, al llegar al sitio, te dabas cuenta de que el que estaba allí no tenía la menor idea de que se iba a encontrar contigo.
Y así, aquella tarde recibo una llamada de Tony y me dice que pase por su piso. Yo sabía que me necesitaba para hacer algo; no dice el qué ni nada de nada. Tampoco espero que lo haga. Y me voy para allá.
Tony y Nancy tenían un bonito piso de dos habitaciones en la cuarta planta de un edificio de Elmwood Park. Llego allí y me encuentro jugando al gin rummy con un individuo alto, delgado, de tez blanca. Era El Zurdo.
Nancy iba de acá para allá preparando café o llamando por teléfono. Me quedé detrás de Tony mientras jugaba unas cuantas manos, pero no abrí la boca. En algún momento me dirigí en voz baja a Nancy, pero me daba cuenta de que Tony le estaba pegando una paliza al otro.
Hay que tener en cuenta que Tony jugaba al gin rummy muy, pero que muy bien. Podía jugar doscientos puntos sin perder. El tipo podía ser perfectamente un jugador profesional de gin rummy. Una noche estaba en el bar de Jerry, en la barra, jugando al gin rummy con Jerry. Al otro le iban interrumpiendo todo el rato los clientes, y por fin Tony me dijo que atendiera yo a la barra.
Hice lo que me decía y estuvieron jugando hasta que Tony le sacó al pobre hombre quince mil dólares. Jerry se cayó del taburete y empezó a llorar.
– Me será imposible pagarlo -le dijo a Tony.
– Vale, me quedo con el bar -respondió el otro.
Jamás vi que Tony tuviera que pagar. Te obligaba a jugar hasta que le abandonaba la suerte. Normalmente, cuando ganaba a alguien, pongamos por caso quince mil dólares, me mandaba a acompañar al individuo al banco, yo tenía que esperarme allí mientras hacía efectivo un cheque y luego me entregaba el dinero para que yo se lo llevara a Tony.
De un montante de quince mil dólares, Tony reservaba tres mil para mí por el trabajo de asegurar que el otro no se escaqueara y por llevarle el dinero en efectivo. Tony era muy generoso. Cuando andaba por la ciudad, siempre pagaba todas las cuentas él. Le daba igual que fueran veinte o treinta personas, la cuenta siempre era para Tony. Y se cabreaba muchísimo con quien intentaba hacerse cargo de las propinas. Éstas también le tocaban a él. Jamás nadie pagó su comida.
Por fin, El Zurdo se levanta. Dice que ya le basta. «Se acabó», dice. Aquellos fulanos sabían latín. El Zurdo soltó tan sólo unos ocho mil y dijo que no llevaba más efectivo, que lo conseguiría y se lo pasaría más tarde a Tony.
Me di cuenta de que eran íntimos porque Tony no me dijo que fuera con El Zurdo a buscar el dinero. Me mandó tan sólo a acompañarlo a una parada de taxis situada entre las avenidas Grand y Harlem, en la frontera entre Elmwood Park y Chicago.
Aquélla era la única razón por la que Tony me mandó ir a su casa. No quería que El Zurdo llamara a un taxi desde allí. No le interesaba que se registrara ninguna recogida en taxi en su domicilio. Así, cuando dejé a El Zurdo en la parada nadie supo de donde venía. Y también por ello él no acudió a casa de Tony conduciendo su coche. No quería que nadie pudiera anotar su matrícula delante del domicilio de Tony. Por aquel entonces, Tony iba con mucho cuidado con este tipo de detalles. Era muy cauteloso.