Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
1 ... 126 127 128 129 130 131 132 133 134 ... 142
Перейти на страницу:

miraban el peligro, no eran due�os de s� mismos y una irresistible atracci�n les llevaba hacia aquel punto misterioso como el im�n llama al hierro. Descendieron casi inconscientemente aquel barranco, que, en pleno d�a, hubieran considerado como impracticable. Las piedras rodaban y resplandec�an como b�lidos inflamados, cuando atraviesan las zonas de luz. Ciro Smith iba a la cabeza y Ayrton cerraba la marcha: unas veces caminaban paso a paso, otras se deslizaban por la roca resbaladiza, luego se levantaban y continuaban su camino.

Por fin, el alambre, describiendo un �ngulo brusco, toc� las rocas del litoral, verdadero semillero de escollos, que deb�an ser batidos por las grandes mareas. Los colonos hab�an llegado al l�mite inferior de la muralla bas�ltica. Encontraron un estrecho pasadizo, que corr�a horizontal y paralelamente al mar. El alambre lo segu�a y por �l entraron los colonos. No hab�an andado cien pasos, cuando el pasadizo, inclin�ndose hasta formar una pendiente moderada, llegaba as� al nivel de las olas.

El ingeniero tom� el alambre y vio que se hund�a en el mar. Sus compa�eros, detenidos por �l, estaban estupefactos. Un grito de decepci�n, casi de desesperaci�n, se escap� de sus pechos. �Habr�a que precipitarse al mar en busca de una caverna submarina? En el estado de sobreexcitaci�n moral y f�sica en que se encontraban no hubieran vacilado en hacerlo. Sin embargo, una reflexi�n del ingeniero les detuvo.

Ciro Smith condujo a sus compa�eros a una anfractuosidad de las rocas y les dijo:

-�Esperemos. El mar est� alto; cuando baje, el camino quedar� abierto. -Pero �qu� le induce a creer�? -pregunt� Pencroff.

-��No nos hubiera llamado, si no pudi�ramos llegar hasta �l!

Ciro Smith hab�a hablado con tal convicci�n, que nadie os� replicarle. Su observaci�n, por otra parte, era l�gica y hab�a que admitir que se abr�a al pie de la muralla una abertura practicable durante la marea baja, que las olas cubr�an en aquel momento.

Todo se reduc�a a esperar algunas horas. Los colonos se metieron silenciosamente en una especie de p�rtico abierto en una roca. Empezaba a caer la lluvia, y en breve las nubes, desgarradas por el rayo, se convirtieron en torrente. Los ecos repercut�an el estampido del trueno y le daban una sonoridad grandiosa. La emoci�n de los colonos era inmensa. Mil pensamientos extra�os y sobrenaturales atravesaban su cerebro evocando alguna aparici�n grande y sobrehumana, �nica que habr�a podido corresponder a la idea que se hab�an formado del genio misterioso de la isla.

A las doce de la noche, Ciro Smith, llev�ndose el farol, descendi� hasta el nivel de la playa, para observar la disposici�n de las rocas. Hac�a dos horas ya que bajaba la marea. El ingeniero no se hab�a equivocado: empezaba a sobresalir entre las aguas la b�veda de una vasta excavaci�n. All�, el alambre conductor, formando un recodo en �ngulo recto, se introduc�a al interior.

Ciro Smith volvi� al lado de sus compa�eros y les dijo: -Dentro de una hora la abertura ser� practicable. �Luego existe? pregunt� Pencroff.

-��Lo dudaba usted? -repuso Ciro Smith.

-�Pero esta caverna estar� llena de agua hasta cierta altura -observ� Harbert.

-�O esta caverna est� completamente seca -contest� Ciro Smith-, y entraremos a pie, o no lo est�, y tendremos un medio de transporte a nuestra disposici�n.

Transcurri� una hora. Todos descendieron a la playa bajo la lluvia. En tres horas la marea hab�a bajado quince pies y el arco trazado por la b�veda sobresal�a sobre el nivel del piar ocho pies por lo menos. Era como el arco de un puente bajo el cual pasaban las olas cubiertas de espuma.

Al agacharse, el ingeniero vio un objeto negro, que flotaba en la superficie del mar, y lo atrajo hacia s�. Era una canoa, amarrada por una cuerda a una punta interior de la pared. Aquella canoa era de cobre trabajado con pernos y ten�a en el fondo, bajo los bancos, los remos.

-��Embarquemos! -dijo Ciro Smith.

Un instante despu�s los colonos hab�an entrado en la canoa. Nab y Ayrton manejaban los remos, Pencroff iba al tim�n, Ciro Smith a proa, y el farol, puesto sobre la roda, alumbraba el camino.

La b�veda, muy baja, a trav�s de la cual pasaba la canoa, se levantaba luego, pero la oscuridad era demasiado profunda y la luz del farol demasiado insuficiente, para que pudiera reconocerse la extensi�n de aquella caverna, su anchura, su elevaci�n y profundidad. En aquella construcci�n subterr�nea y bas�ltica reinaba un silencio imponente. Ning�n ruido exterior penetraba en ella y los estallidos del trueno o del rayo no pod�an atravesar sus espesas paredes.

En algunos puntos del globo existen estas cavernas inmensas, especie de criptas naturales que se remontan a la �poca geol�gica. Unas est�n invadidas por las aguas del mar, otras contienen en sus entra�as lagos enteros. Tales son la gruta de Fingal en la isla de Staffa, una de las H�bridas; las de Margat, en la bah�a de Douarnenez, en Breta�a; las Bonifacio, en C�rcega; las de Lyse-Fjord, en Noruega, y, en fin, la inmensa caverna de Mammuth, en Kentucky, de quinientos pies de altura y de m�s de veinte millas de longitud. En muchos puntos del globo la naturaleza ha abierto esas criptas y las ha conservado para admiraci�n de los hombres.

Respecto a la que exploraban los colonos, �se extend�a hasta el centro de la isla? Hac�a un cuarto de hora que navegaba la canoa siguiendo las indicaciones del ingeniero, cuando �ste grit�:

-��M�s a la derecha!

La embarcaci�n, modificando su rumbo, vino a rozar la pared de la derecha. El ingeniero quer�a, con raz�n, reconocer si el alambre continuaba a lo largo de aquella pared. El alambre estaba all� sujeto a las puntas salientes de las rocas.

-��Adelante! -volvi� a decir Ciro Smith.

Los dos remos, sumergi�ndose en las oscuras aguas, pusieron de nuevo en movimiento la embarcaci�n.

As� continuaron por espacio de otro cuarto de hora: desde la abertura de la caverna deb�an haber recorrido al menos media milla, cuando se oy� de nuevo la voz de Ciro Smith que grit�:

-��Alto!

La canoa se detuvo y los colonos observaron una viva luz, que iluminaba la enorme cripta tan profundamente abierta en las entra�as de la isla. Entonces pudieron ver aquella caverna, cuya existencia nadie hubiera sospechado.

A una altura de cien pies se redondeaba una b�veda sostenida por columnas de basalto, que parec�an haber sido fundidas en el mismo molde. Arcos irregulares, molduras caprichosas se apoyaban sobre aquellas columnas, que la naturaleza hab�a levantado en las primeras �pocas de la formaci�n del globo. Los fustes bas�lticos, encajados uno en otro, med�an de cuarenta a cincuenta pies de altura, y el agua, mansa y tranquila, cualesquiera que fuesen las agitaciones exteriores, ba�aba sus bases. El resplandor del foco de luz visto por el ingeniero, apoder�ndose de cada arista prism�tica y sembr�ndolas de puntos luminosos, penetraba, por decirlo as�, en las paredes como si hubieran sido di�fanas y transformaba en otros tantos carbunclos resplandecientes las menores puntas del subterr�neo.

A consecuencia de un fen�meno de reflexi�n, el agua presentaba en su superficie esta diversidad de brillo, de suerte que la canoa flotaba entre dos zonas resplandecientes. No pod�a haber duda sobre la naturaleza de la irradiaci�n proyectada por el centro luminoso, cuyos rayos claros y rectil�neos se quebraban en todos los �ngulos y en todas las molduras de la cripta. Aquella luz proced�a de un foco el�ctrico y su color blanco dejaba adivinar su origen. All� estaba el sol de aquella caverna y la llenaba toda.

A una se�al de Ciro Smith cayeron los remos en el agua haciendo saltar una verdadera lluvia de carbunclos y la canoa se dirigi� hacia el foco luminoso y se encontr� en seguida a medio cable de distancia.

En aquel sitio la ancha s�bana de agua med�a unos trescientos cincuenta pies y se pod�a ver m�s all� del centro resplandeciente un enorme muro bas�ltico, que cerraba la salida por aquel lado. La caverna se hab�a ensanchado considerablemente y el mar formaba en ella un peque�o lago. Pero la b�veda, las paredes laterales y la del fondo, todos aquellos prismas, todos aquellos cilindros, todos aquellos conos estaban ba�ados en el fluido el�ctrico hasta parecer que su resplandor nac�a de ellos, hubiera podido decirse que sudaban luz aquellas piedras talladas como diamantes de gran precio.

1 ... 126 127 128 129 130 131 132 133 134 ... 142
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)