La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
miraban el peligro, no eran dueos de s mismos y una irresistible atraccin les llevaba hacia aquel punto misterioso como el imn llama al hierro. Descendieron casi inconscientemente aquel barranco, que, en pleno da, hubieran considerado como impracticable. Las piedras rodaban y resplandecan como blidos inflamados, cuando atraviesan las zonas de luz. Ciro Smith iba a la cabeza y Ayrton cerraba la marcha: unas veces caminaban paso a paso, otras se deslizaban por la roca resbaladiza, luego se levantaban y continuaban su camino.
Por fin, el alambre, describiendo un ngulo brusco, toc las rocas del litoral, verdadero semillero de escollos, que deban ser batidos por las grandes mareas. Los colonos haban llegado al lmite inferior de la muralla basltica. Encontraron un estrecho pasadizo, que corra horizontal y paralelamente al mar. El alambre lo segua y por l entraron los colonos. No haban andado cien pasos, cuando el pasadizo, inclinndose hasta formar una pendiente moderada, llegaba as al nivel de las olas.
El ingeniero tom el alambre y vio que se hunda en el mar. Sus compaeros, detenidos por l, estaban estupefactos. Un grito de decepcin, casi de desesperacin, se escap de sus pechos. Habra que precipitarse al mar en busca de una caverna submarina? En el estado de sobreexcitacin moral y fsica en que se encontraban no hubieran vacilado en hacerlo. Sin embargo, una reflexin del ingeniero les detuvo.
Ciro Smith condujo a sus compaeros a una anfractuosidad de las rocas y les dijo:
-Esperemos. El mar est alto; cuando baje, el camino quedar abierto. -Pero qu le induce a creer? -pregunt Pencroff.
-No nos hubiera llamado, si no pudiramos llegar hasta l!
Ciro Smith haba hablado con tal conviccin, que nadie os replicarle. Su observacin, por otra parte, era lgica y haba que admitir que se abra al pie de la muralla una abertura practicable durante la marea baja, que las olas cubran en aquel momento.
Todo se reduca a esperar algunas horas. Los colonos se metieron silenciosamente en una especie de prtico abierto en una roca. Empezaba a caer la lluvia, y en breve las nubes, desgarradas por el rayo, se convirtieron en torrente. Los ecos repercutan el estampido del trueno y le daban una sonoridad grandiosa. La emocin de los colonos era inmensa. Mil pensamientos extraos y sobrenaturales atravesaban su cerebro evocando alguna aparicin grande y sobrehumana, nica que habra podido corresponder a la idea que se haban formado del genio misterioso de la isla.
A las doce de la noche, Ciro Smith, llevndose el farol, descendi hasta el nivel de la playa, para observar la disposicin de las rocas. Haca dos horas ya que bajaba la marea. El ingeniero no se haba equivocado: empezaba a sobresalir entre las aguas la bveda de una vasta excavacin. All, el alambre conductor, formando un recodo en ngulo recto, se introduca al interior.
Ciro Smith volvi al lado de sus compaeros y les dijo: -Dentro de una hora la abertura ser practicable. Luego existe? pregunt Pencroff.
-Lo dudaba usted? -repuso Ciro Smith.
-Pero esta caverna estar llena de agua hasta cierta altura -observ Harbert.
-O esta caverna est completamente seca -contest Ciro Smith-, y entraremos a pie, o no lo est, y tendremos un medio de transporte a nuestra disposicin.
Transcurri una hora. Todos descendieron a la playa bajo la lluvia. En tres horas la marea haba bajado quince pies y el arco trazado por la bveda sobresala sobre el nivel del piar ocho pies por lo menos. Era como el arco de un puente bajo el cual pasaban las olas cubiertas de espuma.
Al agacharse, el ingeniero vio un objeto negro, que flotaba en la superficie del mar, y lo atrajo hacia s. Era una canoa, amarrada por una cuerda a una punta interior de la pared. Aquella canoa era de cobre trabajado con pernos y tena en el fondo, bajo los bancos, los remos.
-Embarquemos! -dijo Ciro Smith.
Un instante despus los colonos haban entrado en la canoa. Nab y Ayrton manejaban los remos, Pencroff iba al timn, Ciro Smith a proa, y el farol, puesto sobre la roda, alumbraba el camino.
La bveda, muy baja, a travs de la cual pasaba la canoa, se levantaba luego, pero la oscuridad era demasiado profunda y la luz del farol demasiado insuficiente, para que pudiera reconocerse la extensin de aquella caverna, su anchura, su elevacin y profundidad. En aquella construccin subterrnea y basltica reinaba un silencio imponente. Ningn ruido exterior penetraba en ella y los estallidos del trueno o del rayo no podan atravesar sus espesas paredes.
En algunos puntos del globo existen estas cavernas inmensas, especie de criptas naturales que se remontan a la poca geolgica. Unas estn invadidas por las aguas del mar, otras contienen en sus entraas lagos enteros. Tales son la gruta de Fingal en la isla de Staffa, una de las Hbridas; las de Margat, en la baha de Douarnenez, en Bretaa; las Bonifacio, en Crcega; las de Lyse-Fjord, en Noruega, y, en fin, la inmensa caverna de Mammuth, en Kentucky, de quinientos pies de altura y de ms de veinte millas de longitud. En muchos puntos del globo la naturaleza ha abierto esas criptas y las ha conservado para admiracin de los hombres.
Respecto a la que exploraban los colonos, se extenda hasta el centro de la isla? Haca un cuarto de hora que navegaba la canoa siguiendo las indicaciones del ingeniero, cuando ste grit:
-Ms a la derecha!
La embarcacin, modificando su rumbo, vino a rozar la pared de la derecha. El ingeniero quera, con razn, reconocer si el alambre continuaba a lo largo de aquella pared. El alambre estaba all sujeto a las puntas salientes de las rocas.
-Adelante! -volvi a decir Ciro Smith.
Los dos remos, sumergindose en las oscuras aguas, pusieron de nuevo en movimiento la embarcacin.
As continuaron por espacio de otro cuarto de hora: desde la abertura de la caverna deban haber recorrido al menos media milla, cuando se oy de nuevo la voz de Ciro Smith que grit:
-Alto!
La canoa se detuvo y los colonos observaron una viva luz, que iluminaba la enorme cripta tan profundamente abierta en las entraas de la isla. Entonces pudieron ver aquella caverna, cuya existencia nadie hubiera sospechado.
A una altura de cien pies se redondeaba una bveda sostenida por columnas de basalto, que parecan haber sido fundidas en el mismo molde. Arcos irregulares, molduras caprichosas se apoyaban sobre aquellas columnas, que la naturaleza haba levantado en las primeras pocas de la formacin del globo. Los fustes baslticos, encajados uno en otro, medan de cuarenta a cincuenta pies de altura, y el agua, mansa y tranquila, cualesquiera que fuesen las agitaciones exteriores, baaba sus bases. El resplandor del foco de luz visto por el ingeniero, apoderndose de cada arista prismtica y sembrndolas de puntos luminosos, penetraba, por decirlo as, en las paredes como si hubieran sido difanas y transformaba en otros tantos carbunclos resplandecientes las menores puntas del subterrneo.
A consecuencia de un fenmeno de reflexin, el agua presentaba en su superficie esta diversidad de brillo, de suerte que la canoa flotaba entre dos zonas resplandecientes. No poda haber duda sobre la naturaleza de la irradiacin proyectada por el centro luminoso, cuyos rayos claros y rectilneos se quebraban en todos los ngulos y en todas las molduras de la cripta. Aquella luz proceda de un foco elctrico y su color blanco dejaba adivinar su origen. All estaba el sol de aquella caverna y la llenaba toda.
A una seal de Ciro Smith cayeron los remos en el agua haciendo saltar una verdadera lluvia de carbunclos y la canoa se dirigi hacia el foco luminoso y se encontr en seguida a medio cable de distancia.
En aquel sitio la ancha sbana de agua meda unos trescientos cincuenta pies y se poda ver ms all del centro resplandeciente un enorme muro basltico, que cerraba la salida por aquel lado. La caverna se haba ensanchado considerablemente y el mar formaba en ella un pequeo lago. Pero la bveda, las paredes laterales y la del fondo, todos aquellos prismas, todos aquellos cilindros, todos aquellos conos estaban baados en el fluido elctrico hasta parecer que su resplandor naca de ellos, hubiera podido decirse que sudaban luz aquellas piedras talladas como diamantes de gran precio.