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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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-�El tiempo est� de tormenta -observ� Harbert-. �No puede ser la influencia el�ctrica que�?

Harbert no pudo terminar su frase. El ingeniero, hacia el cual todos dirig�an sus miradas, sacudi� la cabeza negativamente.

-�Esperemos -dijo entonces Gede�n Spilett-. Si es un aviso, quienquiera que sea el que lo haya hecho lo volver� a repetir.

-�Pero �qui�n quiere que sea? -exclam� Nab.

-�Pues -repuso Pencroff-el que�

La frase del marino fue interrumpida por una nueva llamada del timbre. Ciro Smith se dirigi� hacia el aparato y, dando la corriente al hilo, envi� esta pregunta a la dehesa: -�Qu� quieres?

Algunos instantes despu�s la aguja se mov�a en el disco alfab�tico, dando esta respuesta a los habitantes del Palacio de granito: Venid corriendo a la dehesa. -�Por fin! -exclam� Ciro Smith.

�S�, por fin iba a revelarse el misterio! Ante aquel inmenso inter�s que les impulsaba a correr a la dehesa, hab�a desaparecido el cansancio y el deseo de reposo en los colonos. Sin haber pronunciado una palabra, en algunos instantes hab�an abandonado el Palacio de granito y estaban en la playa. Solamente Jup y Top se hab�an quedado. Pod�an pasar sin ellos.

La noche era muy oscura. La luna, nueva aquel d�a, hab�a desaparecido al mismo tiempo que el sol. Como hab�a dicho Harbert, gruesas nubes formaban una b�veda baja y pesada que imped�a la irradiaci�n de las estrellas. S�lo algunos rel�mpagos de calor, reflejos de una tormenta lejana, iluminaban el horizonte.

Era posible que algunas horas m�s tarde retumbase directamente el trueno sobre la isla. La noche se presentaba amenazadora. Pero por profunda que fuese la oscuridad, no pod�a detener a personas habituadas a recorrer el camino de la dehesa. Subieron la orilla izquierda del r�o de la Merced, llegaron a la meseta, pasaron el puente del arroyo de la Glicerina y avanzaron a trav�s del bosque.

Caminaban a buen paso, pose�dos de viv�sima emoci�n. Ya no ten�an la menor duda: iban a encontrar al fin la clave tan buscada del enigma, el nombre del ser misterioso tan profundamente interesado en la vida de los colonos, de influencia tan generosa y de tan potente acci�n. En efecto, para que aquel desconocido hubiera acudido tan oportunamente en su socorro en todas las ocasiones, �no era menester que participara de la existencia de los colonos, que conociese sus m�s peque�os pormenores y hasta que oyese lo que se hablaba en el Palacio de granito?

Cada uno, absorto en sus reflexiones, apresuraba el paso. Bajo aquella b�veda de �rboles la oscuridad era tal, que la linde del camino no se ve�a. Ning�n ruido, por otra parte, turbaba el silencio del bosque: aves y cuadr�pedos, a causa de la pesadez de la atm�sfera, estaban inm�viles y silenciosos; no agitaba las hojas el menor soplo de aire; solamente los pasos de los colonos resonaban en la oscuridad sobre el endurecido suelo.

Durante el primer cuarto de hora de marcha el silencio no fue interrumpido m�s que por esta observaci�n de Pencroff:

-�Tendr�amos que haber tomado un farol. Y por esta respuesta del ingeniero:

-�Ya encontraremos uno en la dehesa.

Ciro Smith y sus compa�eros hab�an salido del Palacio de granito a las nueve y doce minutos, y a las nueve y cuarenta y siete hab�an recorrido una distancia de tres millas sobre las cinco que separaban la desembocadura del r�o de la Merced de la dehesa.

En aquel momento se extendieron sobre la isla rel�mpagos blanquecinos haciendo destacar los contornos del follaje en negro. Aquellos resplandores deslumbraban y cegaban a los colonos: evidentemente no pod�a tardar en desencadenarse la tormenta. Los rel�mpagos se hicieron poco a poco m�s r�pidos y m�s luminosos. Se o�a el tableteo de los truenos en las profundidades del cielo y la atm�sfera era sofocante.

Los colonos caminaban como si hubieran sido empujados hacia adelante por una fuerza irresistible. A las diez y cuarto un vivo resplandor les mostr� el recinto de la empalizada y, apenas hab�an franqueado la puerta, estallaron los truenos con formidable violencia.

En un instante atravesaron el recinto y Ciro Smith se encontraba ante la habitaci�n.

Era posible que el desconocido ocupase la casa, puesto que de all� hab�a debido partir el telegrama. Sin embargo, ninguna luz iluminaba la ventana.

El ingeniero llam� a la puerta. No obtuvo respuesta. Ciro Smith abri� y los colonos entraron en la habitaci�n, que estaba completamente a oscuras.

Nab ech� yescas y un instante despu�s estaba encendido el farol y registrada la casa en todos sus rincones� No hab�a nadie. Todo estaba en el estado en que hab�a sido dejado.

-��Habremos sido v�ctimas de una ilusi�n? -murmur� Ciro Smith. No, no era posible. El telegrama dec�a: Venid corriendo a la dehesa. Se acercaron a la mesa destinada al servicio del hilo. Todo estaba en su sitio: la pila, la caja que la conten�a, el aparato de recepci�n y transmisi�n.

-��Qui�n ha venido la �ltima vez aqu�? -pregunt� el ingeniero. -Yo, se�or Smith -repuso Ayrton. -�Y eso fue�? -Hace cuatro d�as.

-��Una nota! -exclam� Harbert ense�ando un papel que hab�a encima de la mesa.

En aquel papel estaban escritas en ingl�s estas palabras: Seguid el alambre nuevo.

-��En marcha! -exclam� Ciro Smith, comprendiendo que el despacho no hab�a partido de la dehesa, sino del retiro misterioso, puesto en relaci�n con el Palacio de granito por medio de un alambre suplementario unido al antiguo.

Nab tom� el farol encendido y todos salieron de la dehesa. La tempestad se desencadenaba con violencia, disminuyendo sensiblemente el intervalo que separaba cada rel�mpago de cada trueno. El meteoro iba pronto a dominar el monte Franklin, y en toda la isla, a la luz de sus fulgores intermitentes, pod�a verse la cima del volc�n coronada de un penacho de vapores.

En toda la parte de la dehesa que separaba la casa del recinto de la empalizada no hab�a ninguna comunicaci�n telegr�fica. Pero despu�s de haber pasado la puerta, el ingeniero corri� derecho al primer poste y vio a la luz de un rel�mpago que un nuevo alambre bajaba desde el aislador a tierra.

-��Aqu� est�! -dijo.

Aquel hilo segu�a por el suelo, pero en toda su longitud estaba envuelto en una sustancia aislante como la que envuelve los cables submarinos, lo que aseguraba la libre transmisi�n de las corrientes el�ctricas. Por su direcci�n parec�a penetrar en los bosques y en los contrafuertes meridionales de la monta�a; por consiguiente, corr�a hacia el oeste.

-��Sig�moslo! -dijo Ciro Smith.

Guiados por la luz del farol y el resplandor de los rel�mpagos, los colonos se lanzaron por el camino trazado por el alambre. El tableteo del trueno era continuo y su violencia tal, que era imposible o�r una palabra. Por otra parte, no se trataba de hablar, sino de seguir adelante. Ciro Smith y sus compa�eros empezaron a subir el contrafuerte que hab�a entre el valle de la dehesa y el r�o de la Cascada, que atravesaron en su parte m�s estrecha. El alambre, unas veces tendido sobre las ramas bajas de los �rboles, otras por el suelo, los guiaba.

El ingeniero hab�a supuesto que el alambre se detendr�a en el fondo del valle y que all� estar�a el retiro del desconocido. Pero no fue as�. Hubo que subir el contrafuerte del sudoeste y descender despu�s a aquella meseta �rida terminada por la muralla de basaltos tan extra�amente amontonados. De cuando en cuando uno u otro de los colonos se agachaba, tocaba el alambre con la mano y rectificaba la direcci�n, si era necesario. No hab�a duda que aquel hilo corr�a directamente hacia el mar. All�, en alguna profundidad de las rocas �gneas, se abr�a la morada tan infructuosamente buscada hasta entonces.

El cielo era todo fuego. Un rel�mpago no esperaba al otro; chispas el�ctricas ca�an sobre la cima del volc�n y se precipitaban en el cr�ter en medio del humo espeso; en algunos instantes hubiera podido creerse que el monte proyectaba llamas.

A las once menos minutos, los colonos hab�an llegado a los altos pe�ascos que dominaban el oc�ano al oeste. El viento se hab�a levantado y la resaca mug�a a quinientos pies m�s abajo. Ciro Smith calcul� que sus compa�eros y �l hab�an recorrido una milla y media desde la dehesa. En aquel punto el alambre pasaba entre las rocas, siguiendo la pendiente bastante ruda de un barranco estrecho y caprichosamente formado. Los colonos entraron por all� a riesgo de provocar alg�n hundimiento de rocas mal equilibradas y de ser precipitados al mar. El descenso era muy peligroso, pero no

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