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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Durante los �ltimos d�as del mes el tiempo fue muy malo: el viento soplaba del este y a veces con la violencia de un hurac�n. El ingeniero dud� de la solidez de los cobertizos que cubr�an el arsenal, pero no hab�a sido posible establecerlo en ning�n otro sitio cerca del Palacio de granito, porque el islote cubr�a imperfectamente el litoral contra los furores del viento del mar, y en las grandes tempestades las olas ven�an a batir directamente al pie de la muralla gran�tica.

Por fortuna estos temores no se realizaron� El viento se inclin� a la parte del sudeste y en tales condiciones la playa del Palacio de granito estaba a cubierto por el resalto de la punta del Pecio.

Pencroff y Ayrton, los m�s celosos constructores del nuevo buque, prosiguieron sus tareas mientras les fue posible. No les importaba que el viento les alborotara el pelo, ni que la lluvia les mojara hasta los huesos, pues un martillazo tiene el mismo efecto dado durante un tiempo malo que en buen tiempo. Pero cuando a este per�odo h�medo sucedi� un fr�o muy vivo, la madera, cuyas fibras adquirieron la fuerza del hierro, se hizo muy dif�cil de trabajar, y hacia el 10 de junio fue preciso abandonar definitivamente la construcci�n del buque.

Ciro Smith y sus compa�eros no hab�an dejado de observar el excesivo rigor de la temperatura en los inviernos de la isla Lincoln. El fr�o era comparable con el que se siente en los estados de Nueva Inglaterra, situados poco m�s o menos a la misma distancia del Ecuador que la isla. Si en el hemisferio boreal o por lo menos en la parte ocupada por Nueva Breta�a y el Norte de Estados Unidos este fen�meno se explica por la conformaci�n achatada de los territorios que confinan con el polo y sobre los cuales ninguna elevaci�n del suelo presenta obst�culos a los vientos hiperb�reos, respecto a la isla Lincoln esta explicaci�n no pod�a tener valor alguno.

-�Se ha observado tambi�n -dec�a un d�a Ciro Smith a sus compa�eros-que en latitudes iguales, las islas y las regiones del litoral sufren menos fr�o que las mediterr�neas. He o�do con frecuencia asegurar que los inviernos de Lombard�a, por ejemplo, son m�s rigurosos que los de Escocia. Esto depende de que el mar restituye durante el invierno el calor que ha recibido durante el verano, por lo que las islas se encuentran en mejores condiciones para gozar de los beneficios de esta restituci�n.

-��Pero, entonces, se�or Ciro -pregunt� Harbert-, por qu� la isla Lincoln parece una excepci�n de esa ley com�n?

-�Eso es lo dif�cil de explicar -contest� el ingeniero -. Sin embargo, me inclino a creer que esta singularidad depende de la situaci�n de la isla en el hemisferio austral, que, como sabes, hijo m�o, es m�s fr�o que el hemisferio boreal.

-�En efecto -dijo Harbert-, y los hielos flotantes se encuentran en latitudes m�s bajas en el sur que en el norte del Pac�fico.

-�Eso es verdad -repuso Pencroff-. Cuando yo ejerc�a el oficio de ballenero, he visto icebergs hasta en el cabo de Hornos.

-�Tambi�n podr�an explicarse -dijo Gede�n Spilett-los fr�os rigurosos que experimenta la isla Lincoln por la presencia de hielos o ventisqueros a una distancia relativamente pr�xima.

-�Su opini�n es muy admisible, mi querido Spilett -repuso Ciro Smith-; y evidentemente a la proximidad de los bancos de hielo debemos los rigurosos inviernos. Hay que a�adir que una causa enteramente f�sica hace el hemisferio austral m�s fr�o que el boreal. Pues, estando el sol m�s cerca de este �ltimo hemisferio durante el verano, necesariamente est� m�s lejos durante el invierno. Esto explica que haya exceso de temperatura en los dos sentidos y, si encontramos que los inviernos son m�s fr�os en la isla Lincoln, no olvidemos que los veranos son demasiado calurosos.

-�Pero -dijo Pencroff frunciendo el ce�o-�por qu� nuestro hemisferio, se�or Ciro, ha de tener la peor parte? Eso no es justo.

-�Amigo Pencroff -repuso el ingeniero, ri�ndose-, justo o no, hay que resignarse a la situaci�n y voy a explicar en qu� consiste esta particularidad. La tierra no describe un c�rculo alrededor del sol, sino una elipse, como exigen las leyes de la mec�nica racional. La tierra ocupa uno de los focos de la elipse y, por consiguiente, en cierta �poca de su curso se encuentra en su apogeo, es decir, a su mayor distancia del sol, y en otra �poca se encuentra en su perigeo, o sea a su menor distancia. Ahora bien, precisamente durante el invierno de los pa�ses australes, est� la tierra en el punto m�s lejano respecto del sol, por consiguiente en las condiciones requeridas para que esos pa�ses experimenten los mayores fr�os. Entonces, nada puede hacerse, y los hombres, Pencroff, por sabios que sean, jam�s podr�n cambiar nada en el orden cosmogr�fico establecido por Dios mismo.

-�Y sin embargo -a�adi� Pencroff, que mostraba cierta dificultad en resignarse-, el mundo es bastante sabio. �Qu� gran libro podr�a hacerse, se�or Ciro, con lo que se sabe!

-�Otro mucho mayor todav�a se har�a con lo que se ignora -repuso Ciro Smith.

En fin, por una raz�n o por otra, en el mes de junio arreci� el fr�o con su violencia acostumbrada y los colonos tuvieron que permanecer encerrados muchos d�as en el Palacio de granito. Este secuestro les parec�a insufrible a todos, especialmente a Gede�n Spilett.

-�Mira t� -dijo un d�a a Nab-, te dar�a por acta notarial todas las herencias que debo recibir, si fueras tan bueno que me suscribieras a un peri�dico. Decididamente lo que falta para mi felicidad es saber todas las ma�anas lo que ha pasado el d�a antes fuera de mi domicilio.

Nab se ech� a re�r.

-�Sin embargo -dijo-, lo que a m� me preocupa son mis quehaceres diarios.

La verdad era que no faltaba trabajo lo mismo dentro que fuera de la casa. La colonia de la isla Lincoln estaba entonces en su m�s alto grado de prosperidad, al cual hab�a llegado despu�s de tres a�os de asiduos trabajos. El incidente de la destrucci�n del brick hab�a sido un nuevo manantial de riquezas. Sin hablar del aparejo completo que servir�a para el buque que estaba construy�ndose, llenaban a la saz�n los almacenes del Palacio de granito: utensilios, instrumentos �tiles de toda especie, armas, municiones y vestidos. No hab�a sido necesario recurrir a la fabricaci�n de gruesas telas de fieltro. Si los colonos hab�an tenido fr�o durante su primer invierno, la mala estaci�n pod�a volver sin que tuvieran que temer sus rigores. Abundaba tambi�n la ropa blanca y se la conservaba con extremo cuidado. De aquel cloruro de sodio, que no es sino sal marina, Ciro Smith hab�a extra�do f�cilmente la sosa y el cloro, del cual hizo cloruro de cal y otros que fueron empleados en diversos usos dom�sticos, tambi�n en el lavado de ropa. Por otra

parte, no se hac�an ir�s que cuatro lej�as al a�o, como se practicaba antiguamente en las familias antiguas, y s�anos permitido a�adir que Pencroff y Gede�n Spilett, mientras llegaba la �poca en que el repartidor pudiera llevarles el peri�dico, se mostraron lavanderos distinguidos.

As� pasaron los meses de invierno: junio, julio y agosto fueron muy rigurosos; el t�rmino medio de las observaciones termoin�tricas no se�al� m�s de 80 Fahrenheit (13� 33' cent�grados bajo cero), temperatura inferior a la del invierno precedente. Incesantemente ard�a un buen fuego en las chimeneas del Palacio de granito, cuyas columnas de humo manchaban con largas rayas negras la parte inferior. No se economizaba el combustible, que crec�a a pocos pasos de distancia, y, adem�s, lo superfluo de la madera destinada a la construcci�n del buque permiti� economizar la hulla, que exig�a m�s trabajo para traerla.

Hombres y animales gozaban de buena salud. Maese Jup se mostraba un poco friolero, �nico defecto que ten�a el orangut�n, y hubo que hacerle una buena bata bien forrada de algod�n. Aquel criado tan diestro, tan celoso e infatigable, discreto y nada charlat�n, con raz�n hubiera podido ser presentado como modelo a todos sus colegas b�pedos del Antiguo y del Nuevo Mundo.

-�Al fin y al cabo -dec�a Pencroff-, cuando uno puede disponer de cuatro manos, es m�s f�cil desempe�ar convenientemente sus tareas.

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