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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Pero Ciro Smith, menos confiado, les aconsej� que se atuviesen a la realidad, por lo que se habl� de la construcci�n de un buque, tarea verdaderamente urgente, puesto que se trataba de ir lo m�s pronto posible a la isla Tabor para dejar un documento que indicase la nueva residencia de Ayrton.

No existiendo el Buenaventura, se necesitar�an seis meses m�s, por lo menos, para la construcci�n de un nuevo buque y, copio llegaba el invierno, no podr�a efectuarse el viaje antes de la primavera pr�xima.

-�Tenemos tiempo de prepararnos para cuando llegue la nueva estaci�n -dijo el ingeniero, que hablaba de estas cosas con Pencroff. Creo, amigo m�o, que, debiendo rehacer nuestra embarcaci�n, ser� preferible darle mayores dimensiones. La llegada del yate escoc�s a la isla Tabor es muy problem�tica y hasta puede suceder que haya venido hace algunos meses y haya vuelto a marchar despu�s de haber buscado en vano las huellas de Ayrton. �No convendr�a construir un buque que en caso necesario pudiera trasladarnos a los archipi�lagos polinesios o a Nueva Zelanda? �Qu� le parece?

-�Pienso, se�or Ciro -respondi� el marino-, que puede construir tanto un buque grande como uno peque�o. No nos falta ni madera ni �tiles, no es m�s que cuesti�n de tiempo.

-��Y cu�ntos meses exigir�a la construcci�n de un buque de doscientas cincuenta a trescientas toneladas? -pregunt� Ciro Smith.

-�De siete a ocho meses, por lo menos -contest� Pencroff-. Pero no hay que olvidar que llega el invierno y que durante los grandes fr�os es dif�cil trabajar la madera. Contando con algunas semanas de huelga forzosa, si el buque est� hecho para el mes de noviembre pr�ximo, debemos estar contentos.

-�Pues bien -repuso Ciro Smith-, �sa ser�a la �poca favorable para emprender una traves�a de alguna importancia, ya a la isla Tabor, ya a una tierra m�s lejana.

-�De acuerdo, se�or Ciro -repuso el marino-. Haga sus planos, que los obreros est�n dispuestos e imagino que Ayrton nos podr� ayudar mucho.

Los colonos, consultados, aprobaron el proyecto del ingeniero, que era, en verdad, lo que m�s conven�a hacer. Cierto que la construcci�n de un buque de doscientas a trescientas toneladas era una obra magna, pero los colonos ten�an una confianza que hasta entonces hab�an justificado los resultados obtenidos.

Ciro Smith se ocup� de hacer los planos del buque y en determinar su calado. Durante aquel tiempo sus compa�eros se emplearon en la corta y acarreo de los �rboles de donde deb�an sacarse las cuadernas, las curvas y los forros. El bosque del Far-West dio los mejores materiales de maderas de encina y �lamo negro. Se aprovech� la senda hecha durante la �ltima excursi�n para abrir un canino practicable, que recibi� el nombre de camino de Far-West, y se llevaron los �rboles a las Chimeneas, donde se estableci� el arsenal. El trazado del camino era bastante caprichoso, porque se someti� a las necesidades de la elecci�n de madera; de todos modos facilit� el acceso a una notable parte de la pen�nsula Serpentina.

Importaba mucho que aquellas maderas se cortaran y prepararan pronto, porque era imposible emplearlas todav�a verdes y hab�a que dejarlas endurecer. Los carpinteros trabajaron con ardor durante el pies de abril, que fue turbado por algunos golpes de viento bastante fuertes de equinoccio. Maese Jup los ayudaba trepando a la cima de un

�rbol para fijar las cuerdas para derribarlo o prestando sus robustos hombros para trasladar los troncos cortados.

Todas aquellas maderas fueron apiladas bajo un vasto cobertizo de tablones, que se construy� cerca de las Chimeneas, donde esperaron el momento de ser utilizadas.

El pies de abril fue bastante bueno, como lo es con frecuencia el mes de octubre en la zona boreal. Al mismo tiempo los trabajos de labranza se llevaron activamente y pronto desapareci� toda huella de devastaci�n en la meseta de la Gran Vista. Se reedific� el molino Y nuevos edificios se levantaron en el lugar que hab�an tenido en el corral. Pareci� necesario reconstruirlos mayores, porque la poblaci�n vol�til hab�a aumentado en proporciones considerables. Los establos conten�an cinco onagros, cuatro de ellos vigorosos y bien adiestrados, que se dejaban enganchar o montar, y uno que acababa de nacer. El material de la colonia se hab�a aumentado con un arado, y los onagros eran empleados en la labranza como verdaderos bueyes de los condados del Yorkshire o de Kentucky. Cada uno de los colonos ten�a su parte en el trabajo y los brazos no descansaban. Los operarios gozaban de magn�fica salud y de muy buen humor, con lo cual animaban las veladas del Palacio de granito, formando mil proyectos para el futuro.

Es in�til decir que Ayrton participaba en la existencia com�n y que no pensaba ir a vivir a la dehesa. No obstante, continuaba triste y poco comunicativo, y tomaba parte m�s bien en las tareas que en las distracciones de sus compa�eros. Era un obrero incansable en el trabajo: vigoroso, diestro, ingenioso e inteligente; todos lo estimaban y lo quer�an y �l no pod�a ignorarlo.

La dehesa no qued� abandonada. Cada dos d�as uno de los colonos iba en un carro o en un onagro a cuidar del reba�o de muflones y cabras y tra�a al Palacio de granito la leche que abastec�a la despensa de Nab. Estas excursiones eran al mismo tiempo ocasiones de caza. Harbert y Gede�n Spilett, llevando siempre a Top, corr�an con m�s frecuencia por el camino de la dehesa, y con las armas que dispon�an jam�s faltaban en casa cabiayes, agut�es, canguros, jabal�es, cerdos salvajes, patos, tetraos, gallinetas, jacamares y cercetas.

Los productos del sotillo, los del banco de ostras, algunas tortugas que se pescaron adem�s de los excelentes salmones que se introdujeron en las aguas del r�o de la Merced, las legumbres de la meseta de la Gran Vista y los frutos naturales del bosque, eran riquezas que Nab, el maestro cocinero, apenas ten�a tiempo de almacenar.

Huelga decir que el hilo telegr�fico que comunicaba la dehesa con el Palacio de granito hab�a sido restablecido, y que funcionaba cuando uno u otro de los colonos se hallaba en la dehesa y juzgaba conveniente pasar en ella la noche. Por lo dem�s, la isla estaba segura y no se tem�a ninguna agresi�n, al menos por parte de los hombres.

Sin embargo, los hechos que hab�an ocurrido pod�an reproducirse, temi�ndose un desembarco de piratas y aun de presidiarios fugados. Era posible que algunos compa�eros o c�mplices de Bob Harvey todav�a detenidos en Norfolk hubieran estado en el secreto de sus proyectos y tuvieran la intenci�n de imitarlos. Los colonos no dejaban de observar los puntos de desembarco de la isla y cada d�a su anteojo registraba el vasto horizonte que cerraba la bah�a de la Uni�n y la bah�a de Washington. Cuando iban a la dehesa, examinaban con atenci�n la parte occidental del mar y, subiendo al contrafuerte, sus miradas pod�an recorrer un ancho sector de aquel horizonte.

Nada sospechoso se present�, pero hab�a que vivir alerta.

Por lo tanto, el ingeniero, una noche, particip� a sus compa�eros que hab�a formado el plan de fortificar la dehesa. Le parec�a prudente levantar la empalizada y flanquearla con una especie de blocaos, en el cual, en caso necesario, los colonos pudieran defenderse contra una tropa enemiga. Debiendo considerarse el Palacio de granito como inexpugnable, la dehesa, con sus edificios, sus dep�sitos y los animales que conten�a,

ser�a siempre el objetivo de los piratas, quienesquiera que fuesen los que desembarcaran en la isla y, si los colonos se ve�an obligados a encerrarse en ella, deb�an ofrecer una resistencia ventajosa.

Este era un proyecto que deb�a meditarse, pero cuya ejecuci�n tuvo que aplazarse para la primavera inmediata.

Hacia el 5 de mayo se ve�a ya en el taller de construcci�n la quilla del nuevo buque y pronto la roda y el codaste, encajados en cada uno de sus extremos, se levantaban sobre ella casi perpendicularmente. La quilla, de buena madera de encina, med�a ciento diez pies de longitud, lo cual permit�a dar al bao maestro una anchura de veinticinco pies. Pero esto fue todo lo que los carpinteros pudieron hacer antes de la llegada del fr�o y del mal tiempo. Durante la semana siguiente se pusieron tambi�n en su lugar las primeras cuadernas de la popa, pero luego hubo que suspender los trabajos.

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