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Casino: Amor y honor en Las Vegas

Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:

Frank Rosenthal, El Zurdo, tuvo algo de simbólica: como la traca final de una era en la historia de la capital mundial del juego, Las Vegas.
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
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– ¿Tú sabes lo que me ha sucedido?

– Sí -responde Tony-, y lo siento.

– Yo no te preguntaba eso -dice Buccieri-. Limítate a responder a mi pregunta.

– Sí -dice Tony-, he oído hablar de ello.

– ¿Tienes idea de a quién puede corresponder este palo? -dice Buccieri.

– No -responde Tony, con un aire algo molesto ante tanto rollo. Como si estuviera respondiendo a un poli.

– ¿Seguro? -pregunta Fiore.

Tony se cabrea y dice, quizás con cierto sarcasmo:

– Ya he contestado a esta pregunta.

Tal como lo contaba Tony, no había cerrado aún la boca y ya tenía en el cuello las manos de Buccieri, que empezaban a estrangularlo. Tony pensó que iba a morir. Según él, ya no podía respirar. Sintió náuseas y debilidad.

Entonces se dio cuenta de que El Zurdo estaba allí de pie, a su lado, implorando a Buccieri que se detuviera. Oyó como decía que de saber Tony quien lo había hecho, habría delatado al tipo. El Zurdo dijo que Tony tenía la lengua muy larga pero que no tenía intención de faltarle al respeto. Él mismo oía que El Zurdo seguía hablando al oído a Buccieri hasta que por fin éste lo soltó. Dio un paso hacia atrás. Tony estaba mareado, tosía. Estaba a punto de desvanecerse.

Buccieri lo miró y le dijo:

– No quiero volver a verte por el Cicero, y, si descubro que estabas al corriente de lo que pasó en mi casa y no me lo dijiste, te limpio el forro a ti y a toda tu familia.

Tony comentó que, a pesar de que El Zurdo le salvó la vida, los dos salieron de aquella casa antes de que su dueño cambiara de opinión.

4

«Daría la mitad de lo que tengo por ser honrado como tú. Sigue así.»

El Zurdo era probablemente el empleado más joven que había tenido en su vida Donald Angelini, el Mago de las Probabilidades. Angelini y Bill Kaplan llevaban el despacho de apuestas más popular y mejor conectado de Chicago. Tenían como socios a los jefes del hampa y como protectores a la policía de la ciudad. Sus clientes o bien eran los propietarios de la ciudad o bien los que la dirigían. Quien trabajaba para Angel-Kaplan tenía que ser un veterano aguerrido de la batalla de las apuestas. El despacho estaba atestado de viejos que mascaban puros del día anterior, deshechos de Guys and Dolls, jugadores que se habían pasado la vida compitiendo con timadores de todo pelaje. El Zurdo se encontraba allí en el paraíso. Él mismo afirma:

Llevaba un par de años trabajando en Angel-Kaplan cuando Gil Beckley alquiló dos grandes suites en el hotel Drake y me invitó allí. En la ciudad se preparaba un combate importante. No recuerdo exactamente quién participaba en él, pero me sentía el dueño del mundo. Me acababa de invitar a una fiesta el corredor de apuestas y el compensador más importante de los Estados Unidos de América.

Era consciente de que estaba ganando fama en los últimos tiempos y tuve la sensación de que aquélla era la forma que tenía Gil de hacerme participar en el club.

En la fiesta no había ningún cliente. Ningún jugador importante. Nada de eso. Todo eran profesionales. La crema del negocio. Corredores de apuestas, pronosticadores, compensadores. Y un par de jugadores profesionales que vivían de apostar en los deportes. Ningún gilipollas, ningún político.

Jamás había visto a Gil Beckley. Llevaba un par de años hablando con él por teléfono. Hablábamos seis o siete veces al día, en un plan muy amistoso.

Cuando lo conocí en persona, comprobé que era muy agradable. Le sorprendió que tuviera poco más de veinte años. En la fiesta había unas quince personas, y todas me llevaban veinte, treinta o cuarenta años.

Beckley me coge por su cuenta y me presenta a todo el mundo. Aquello es algo espectacular. Había comida y titis a manta. Él se ocupó de las titis.

Cuando ya llevaba un rato en la fiesta, va y me dice:

– Zurdo -porque me llamaba Zurdo, no me llamaba Frank-, tengo que decirte algo. Tú eres muy joven. Tienes un brillantísimo futuro. Te diré algo que tienes que tener muy en cuenta durante el resto de tu vida. Daría la mitad de lo que tengo -dijo; y era un hombre muy rico entonces- por ser honrado como tú. Sigue así. Eres inteligente. Tienes habilidad -siguió diciéndome-. ¡Sigue siendo honrado!

Nunca lo he olvidado, aunque en aquel momento no sabía exactamente a qué se refería. No respondí. Pero me decía que jugara con calma, que no me dejara pillar. Que vigilara mi reputación. Que no me pusieran etiquetas.

No le escuché. No sabía lo importantes que eran sus palabras. Era un jodido imberbe. Tenía demasiada energía. Había demasiado ego. El reto era demasiado importante. Quería convertirme en el mejor. ¿Qué importa que te detengan? ¿Por corredor de apuestas? Una multa de cincuenta dólares. Una condena condicional de diez días. A tomar por culo la poli.

Pero Gil Beckley lo sabía. Y además sabía todo lo que yo sabía. Sabía el precio que hay que pagar para ser conocido. Me estaba advirtiendo que jugara sobre seguro. Que me mantuviera en segundo plano. Que me apartara de los focos. No lo dijo exactamente, pero intuí que se refería a que no tuvieran que asociarme con el mundo del hampa.

Me limité a escuchar a Beckley y a asentir con la cabeza. Pero yo estaba lleno de energía. Dispuesto a desafiar al mundo. Sabía lo que hacía. Era capaz de controlarlo.

Al cabo de una semana de la fiesta vi a Hymie y a El As. Sabía que le habían invitado pero no apareció. Le dije que se había perdido una gran fiesta. Le conté que por fin había conocido a Gil Beckley y que era un tipo estupendo.

El As me miró como si estuviera apestado. No quería oír hablar de la fiesta. No le importaba quien se hubiera reunido allí. Ni Gil Beckley ni nadie. De todas formas, El As nunca quería que le contaras nada. No le interesaba el cotilleo ni el mundo del hampa ni nada que no fuera su baloncesto. El As nunca iba a ninguna fiesta. Nunca entraba en restaurantes y bares que frecuentaban las bandas. Como consecuencia, no lo pescaron en su vida.

El 26 de mayo de 1966, cuando Gil Beckley tenía cincuenta y tres años, fue detenido junto con diecisiete personas más, entre las que cabe citar a Gerald Kilgore, director del J.K. Sports Journal de Los Ángeles, y Sam Green, quien dirigía el Multiple Sports Service de Miami, tras una investigación de sus operaciones de compensación, para las que, según el FBI tenía sucursales en Nueva York, Maryland, Georgia, Tennessee, Carolina del Norte, Florida, Texas, California y Nueva Jersey. Fue juzgado, se le declaró culpable de transgresión de las leyes interestatales de regulación del juego y se le condenó a diez años. En 1970, antes de que se celebrara la vista de apelación a la sentencia, desapareció. El FBI considera que fue asesinado, pues los jefes de la organización temieron que pudiera hablar al enfrentarse a tan larga condena.

A principios de los sesenta, Tony Spilotro estaba completamente integrado en la vida del hampa. Ganaba mucho dinero y lo invertía en la calle. Por cada mil dólares que prestaba sacaba un beneficio de cien dólares a la semana. Tenía a su servicio unas bandas que se dedicaban al robo -al igual que Frank Cullotta- actuando por toda la ciudad, que le pasaban entre el diez y el veinte por ciento de sus beneficios. Tony trabajaba básicamente en el principal negocio de la organización mafiosa: asegurar impunidad. Evidentemente, Tony tenía que desviar un tanto por ciento del montante que conseguía hacia los capos y sus lugartenientes que estaban por encima de él, hacia individuos como Joe Lombardo, El Payaso, y Phil, el de Milwaukee.

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