La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Sin embargo, si aquellos subterr�neos parec�an absolutamente desiertos, si la oscuridad en ellos era completa, Ciro Smith se vio obligado a reconocer que no reinaba en aquellos sitios un silencio absoluto. Al llegar al fondo de una de aquellas sombr�as
cavidades que se prolongaban en una longitud de muchos centenares de pies por el interior de la monta�a, les sorprendieron sordos ruidos, cuya intensidad aumentaba por efecto de la sonoridad de las rocas.
Gede�n Spilett, que le acompa�aba, oy� aquellos ruidos lejanos, que indicaban una reanimaci�n de los fuegos subterr�neos. Varias veces escucharon los dos y opinaron que alguna reacci�n qu�mica se elaboraba en las entra�as de la tierra.
-��No se habr� extinguido totalmente el volc�n? -pregunt� el periodista.
-�Es posible que desde que exploramos el cr�ter -contest� Ciro Smithhaya habido alguna reacci�n de las capas inferiores. Todo volc�n, por m�s que se le considere extinguido, puede, sin duda alguna, volver a encenderse.
-�Pero si se preparase una erupci�n del monte Franklin -pregunt� Gede�n Spilett-, �no habr�a peligro para la isla Lincoln?
-�No creo -contest� el ingeniero-. El cr�ter, es decir, la v�lvula de seguridad, existe y el exceso de vapores y de lavas se escapar�, como se escapaba en otro tiempo, por la salida acostumbrada.
-�A menos que esas lavas no se abran un nuevo camino hacia las partes f�rtiles de la isla.
-��Por qu�, mi querido Spilett -dijo Ciro Smith-, por qu� no hab�an de seguir el rumbo que les est� trazado naturalmente? -Los volcanes son caprichosos -contest� el periodista.
-�Sin embargo -a�adi� el ingeniero-, la inclinaci�n de toda la masa del monte Franklin favorece la expansi�n de las materias volc�nicas hacia los valles que exploramos en este momento. Un temblor de tierra deber�a cambiar el centro de gravedad del monte para que se modificara la direcci�n de la lava.
-�Pero en estas condiciones siempre se teme un terremoto -observ� Gede�n Spilett.
-�Siempre -repuso el ingeniero-, sobre todo cuando las fuerzas subterr�neas comienzan a despertarse y cuando las entra�as del globo pueden hallarse obstruidas despu�s de un largo reposo. Una erupci�n ser�a para nosotros un acontecimiento grave y ser�a mejor que este volc�n no tuviera el capricho de despertarse. Pero en este punto nada podemos hacer nosotros, �no es verdad? En todo caso, suceda lo que suceda, no creo que nuestra posesi�n de la Gran Vista pueda verse seriamente amenazada. Entre ella y la monta�a el suelo se encuentra deprimido y, si las lavas tomasen el camino del lago, ser�an rechazadas hacia las dunas y hacia las partes inmediatas al golfo del Tibur�n.
-�Todav�a no hemos visto en la cima del monte ninguna columna de humo, que indique la proximidad de una erupci�n -dijo Gede�n Spilett.
-�No -contest� Ciro Smith-, ni el m�s peque�o vapor sale del cr�ter, cuya cima he observado precisamente ayer. Pero es posible que, en la parte inferior de la chimenea, el tiempo haya acumulado rocas, cenizas, lavas endurecidas, y que esa v�lvula, de que hablaba hace poco, se encuentre moment�neamente obstruida. Pero al primer esfuerzo de importancia desaparecer� todo obst�culo y podemos estar seguros que ni la isla, que es la caldera, ni el volc�n, que es la chimenea, estallar�n bajo la presi�n de los gases. De todos modos ser�a mejor que no hubiera erupci�n.
-�Sin embargo, no nos enga�amos: se oyen sordos ruidos en las entra�as mismas del volc�n.
-�En efecto -repuso el ingeniero, que escuch� de nuevo con grande atenci�n-, no es posible equivocarse� All� dentro se verifica una reacci�n, cuya importancia y cuyos resultados definitivos no podemos calcular.
Ciro Smith y Gede�n Spilett, despu�s de haber salido, encontraron a sus compa�eros, a quienes dieron cuenta del estado de las cosas.
-��Bueno! -exclam� Pencroff-. Ese volc�n quiere hacer una de las suyas. �Que lo intente, encontrar� la horma de su zapato! -�En qui�n? -pregunt� Nab.
-�En nuestro genio, Nab, en nuestro genio, que pondr� una tapadera al cr�ter, si muestra la menor intenci�n de abrirse.
Como se ve, la confianza del marino en el dios especial de su isla era absoluta. Ciertamente el poder oculto que hab�a manifestado hasta entonces por tantos hechos inexplicables parec�a no tener l�mites, pero tan bien hab�a sabido burlar las minuciosas investigaciones de los colonos, que a pesar de todos sus esfuerzos, a pesar del celo y de la tenacidad que emplearon en la exploraci�n, no pudieron descubrir el extra�o retiro.
Desde el 19 al 25 de marzo se extendi� el c�rculo de las investigaciones a toda la regi�n septentrional de la isla Lincoln, cuyos m�s secretos rincones fueron registrados. Los colonos llegaron a golpear las paredes como si fueran agentes encargados de registrar una casa sospechosa. El ingeniero tom� tambi�n un plano muy exacto de la monta�a y llev� sus investigaciones hasta el l�mite. Explor� la altura del cono truncado, en que terminaba el primer piso de las rocas, y lleg� hasta la cresta superior de aquel enorme sombrero, en cuyo fondo se abr�a el cr�ter.
Se hizo m�s, se visit� el antro, todav�a apagado, pero en cuyas profundidades se o�an distintamente los truenos. Sin embargo, ni humo, ni vapor, ni calor en la pared indicaban una erupci�n pr�xima; ni all� ni en ninguna otra parte del monte Franklin se encontraron indicios de la persona a quien se buscaba.
Se dirigieron despu�s las investigaciones a toda la regi�n de las dunas. Se visitaron con cuidado las altas murallas de lava, inmediatas al golfo del Tibur�n, desde su base hasta su cima, aunque era dificil�simo llegar al nivel mismo del golfo. �Nadie! �Nada!
Finalmente estas dos palabras, nadie, nada, fueron el resumen de tantos trabajos in�tiles, de tanta obstinaci�n sin resultado. Ciro Smith y sus compa�eros sent�an una especie de ira ante aquella decepci�n.
Hubo que renunciar a las investigaciones, porque no era posible seguirlas indefinidamente. Los colonos ten�an derecho a creer que el ser misterioso no resid�a en la superficie de la isla y sus imaginaciones sobreexcitadas dieron cabida a las m�s locas hip�tesis. Pencroff y Nab no se contentaban con lo extraordinario y se dejaban llevar a la esfera de lo sobrenatural.
El 25 de febrero, los colonos volv�an al Palacio de granito y, por medio de la doble cuerda que una flecha llev� al umbral de la puerta, restablecieron la comunicaci�n entre su dominio y el suelo. Un mes despu�s celebraban, el d�a 25 de marzo, el tercer aniversario de su llegada a la isla Lincoln.
14. Los colonos deciden construir una embarcaci�n grande
Tres a�os hab�an transcurrido desde que los prisioneros de Richmond hab�an huido de aquella ciudad y �cu�ntas veces durante aquellos tres a�os hab�an hablado de la patria, siempre presente en sus pensamientos!
No dudaban que la guerra civil hab�a terminado ya y les parec�a imposible que no hubiese triunfado la justa causa del Norte. Pero �cu�les hab�an sido los incidentes de aquella guerra terrible? �Cu�nta sangre hab�a causado? �Qu� amigos hab�an sucumbido en la lucha? Este era el tema frecuente de sus conversaciones, sin entrever el d�a que podr�an volver a su pa�s. Regresar a �l, aunque no fuese m�s que por algunos d�as, reanudar el lazo social con el mundo habitado, establecer una comunicaci�n entre su patria y su isla y pasar despu�s la mayor parte y la mejor quiz� de su existencia en aquella colonia fundada por ellos y que pasar�a a depender de la metr�poli, �era quiz� un sue�o irrealizable?
No hab�a m�s que dos medios de realizarlo: o vendr�a alg�n d�a un buque a las aguas de la isla Lincoln o los colonos construir�an otro bastante fuerte para mantenerse en el mar y hacer la traves�a hasta la tierra m�s pr�xima.
-�A no ser -dec�a Pencroff-que nuestro genio nos d� los medios de volver a la patria.
Y si hubiesen ido a decir a Pencroff y a Nab que un buque de trescientas toneladas los esperaba en el golfo del Tibur�n o en el puerto del Globo, no hubieran hecho el menor gesto de sorpresa. En este orden de ideas lo admit�an y lo esperaban todo.