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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Ciro Smith se inclin� sobre �l.

-��Ayrton! -grit� el ingeniero, levantando los brazos del compa�ero que volv�an a encontrar en circunstancias tan inesperadas.

A este grito Ayrton abri� los ojos y, mirando a Ciro Smith y luego a los dem�s, exclam�:

-��Ustedes! -�Ayrton, Ayrton! -repiti� Ciro Smith. -�D�nde estoy? -En la habitaci�n de la dehesa.

-��Solo? -S�.

-��Pero van a venir! -exclam� Ayrton-. �Defi�ndanse, defi�ndanse!

Y Ayrton volvi� a caer en la cama como abrumado por el cansancio.

-�Spilett -dijo entonces el ingeniero-, nos pueden atacar de un momento a otro. Haga entrar el carro en la casa, atranque la puerta y vuelvan todos aqu�.

Pencroff, Nab y el periodista se apresuraron a ejecutar las �rdenes del ingeniero: no hab�a instante que perder, pues quiz� el mismo carro estaba ya en manos de los bandidos.

En un instante el periodista y sus dos compa�eros atravesaron la dehesa y llegaron a la puerta de la empalizada, detr�s de la cual se o�a a Top gru�ir sordamente.

El ingeniero, dejando a Ayrton un instante, sali� de la casa dispuesto a disparar. Harbert iba a su lado. Ambos vigilar�an la cresta del contrafuerte que dominaba la dehesa, porque si los presidiarios se hab�an emboscado all� pod�an disparar sobre los colonos y herirlos.

En aquel momento la luna sali� hacia el este por encima de la cortina negra del bosque y una blanca s�bana de luz se extendi� por el interior del recinto. La dehesa se ilumin� toda entera con sus grupos de �rboles, el riachuelo que la regaba y la grande alfombra de hierba. Por el lado de la monta�a, la casa y una parte de la empalizada se destacaban en blanco, mientras que al lado opuesto, hacia la puerta, el recinto continuaba oscuro.

En breve apareci� una masa negra: era el carro, que entraba en el c�rculo de luz, y Ciro Smith pudo o�r el ruido de la puerta que sus compa�eros cerraban sujetando s�lidamente las hojas por el interior. Pero en aquel momento Top, rompiendo violentamente su cuerda, se puso a ladrar con furor y se lanz� hacia la otra parte de la dehesa, a la derecha de la casa.

-��Atenci�n, amigos, apunten bien! -grit� Ciro Smith.

Los colonos se echaron los fusiles a la cara y esperaron el momento de disparar. Top segu�a ladrando y Jup, que hab�a corrido hacia donde estaba el perro, daba silbidos agudos. Los colonos lo siguieron y llegaron a orillas del arroyo, sembrado de grandes �rboles. A plena luz, �qu� vieron? Cinco cuerpos tendidos sobre la orilla. Eran los de los presidiarios que cuatro meses antes hab�an desembarcado en la isla Lincoln.

13. Buscan a su protector. �Nadie! �Nada!

�Qu� hab�a sucedido? �Qui�n hab�a matado a los presidiarios? �Era Ayrton? No, porque un instante antes tem�a su vuelta.

Pero Ayrton estaba entonces bajo el dominio de un sopor del que no fue posible sacarlo. Despu�s de las pocas palabras que hab�a pronunciado, un sue�o abrumador se hab�a vuelto a apoderar de �l y qued� nuevamente en su lecho sin movimiento.

Los colonos, agitados por mil pensamientos confusos y bajo la influencia de una violenta sobreexcitaci�n, esperaron durante toda la noche sin salir de la casa y sin volver al sitio donde yac�an los cad�veres de los bandidos. Quiz� Ayrton no pudiese decirles nada respecto de las circunstancias en que �stos hab�an recibido la muerte, pues �l mismo no sab�a siquiera si estaba en la dehesa; pero al menos podr�a contar los hechos que hab�an precedido a aquella terrible ejecuci�n.

Al d�a siguiente Ayrton sali� de su sopor y sus compa�eros le manifestaron cordialmente todo el j�bilo que experimentaban de verlo casi sano y salvo despu�s de ciento cuatro d�as de separaci�n.

Ayrton refiri� en pocas palabras todo lo que hab�a pasado, al menos lo que �l sab�a.

Al d�a siguiente de su llegada a la dehesa, el 10 de noviembre, al caer la noche fue sorprendido por los presidiarios, que hab�an escalado el recinto. Estos lo ataron y le pusieron una mordaza y despu�s lo llevaron a una caverna oscura situada al pie del monte Franklin, donde ten�an su refugio.

Hab�an decidido su muerte y a la ma�ana siguiente iban a matarlo. Uno de los bandidos lo reconoci� y lo llam� por el nombre que llevaba en Australia. Aquellos miserables, que quer�an matar a Ayrton, respetaron a Ben Joyce.

Desde aquel momento Ayrton fue el blanco de las exigencias de sus c�mplices, los cuales quer�an atraerlo a su banda y contaban con �l para apoderarse del Palacio de granito, penetrar en aquella inaccesible morada y hacerse due�os de la isla despu�s de haber asesinado a los colonos. Ayrton se resisti�. El antiguo presidiario, arrepentido y perdonado, prefiri� la muerte antes que hacer traici�n a sus compa�eros.

Ayrton, atado, amordazado y guardado con centinelas a vista, vivi� en aquella caverna durante cuatro meses. Entretanto, los presidiarios, que hab�an descubierto la dehesa poco tiempo despu�s de su llegada a la isla, viv�an de sus reservas y dep�sitos, pero no la habitaban. El 11 de noviembre, dos de aquellos bandidos, sorprendidos por la llegada de los colonos, dispararon contra Harbert, y uno volvi� jact�ndose de haber matado a uno de los habitantes de la isla, pero volvi� solo: su compa�ero, cono es sabido, hab�a ca�do bajo el pu�al de Ciro Smith.

Puede juzgarse cu�les ser�an las inquietudes y la desesperaci�n de Ayrton, al conocer la noticia de la muerte de Harbert. Los colonos no eran m�s que cuatro y estaban, por decirlo as�, a merced de los presidiarios.

A consecuencia de este suceso y durante todo el tiempo que los colonos, detenidos por la enfermedad de Harbert, permanecieron en la dehesa, los bandidos no salieron de su caverna y, aun despu�s de saquear la meseta de la Gran Vista, no creyeron prudente abandonarla.

Entonces redoblaron los malos tratos a Ayrton. Sus manos y pies ten�an todav�a la se�al de las ligaduras con que lo ataban d�a y noche, y a cada instante esperaba una muerte que cre�a inevitable.

As� lleg� la tercera semana de febrero. Los presidiarios, espiando siempre una ocasi�n favorable, sal�an poco de su retiro e hicieron s�lo alguna excursi�n de caza al interior de la isla o a la costa meridional. Ayrton no ten�a noticias de sus amigos y no esperaba volverlos a ver.

Por fin, el desdichado, debilitado por los malos tratos, cay� en una postraci�n profunda que no le permiti� ver ni o�r nada. Desde aquel momento, es decir, dos d�as antes, no pod�a ni siquiera decir lo que hab�a pasado.

-�Pero, se�or Smith -a�adi�-, puesto que yo estaba aprisionado en aquella caverna, �c�mo es que me encuentro en la dehesa?

-��Y c�mo los presidiarios est�n muertos en medio del recinto? pregunt� a su vez el ingeniero.

-��Muertos! -exclam� Ayrton, que a pesar de su debilidad se incorpor� en la cama. Sus compa�eros lo sostuvieron. Quiso levantarse, lo dejaron y todos se dirigieron hacia el arroyo. Era ya de d�a.

A la orilla del agua, en la posici�n que les hab�a sorprendido una muerte que hab�a debido de ser fulminante, yac�an los cinco cad�veres de los criminales.

Ayrton estaba aterrado. Ciro Smith y sus compa�eros se miraban sin pronunciar una palabra. Obedeciendo a una se�al del ingeniero, Nab y Pencroff examinaron aquellos cad�veres, ya r�gidos por el fr�o. No ten�an ninguna se�al aparente de herida.

S�lo despu�s de haberlos examinado con mucha atenci�n, Pencroff observ� en la frente del uno, en el pecho del otro, en la espalda de �ste, en el hombro de aqu�l, un puntito rojo, especie de contusi�n apenas visible y cuyo origen era imposible determinar.

-��Ah� les han herido! -dijo Ciro Smith. -Pero �con qu� arma? -exclam� el periodista. -Con un arma fulminante, cuyo secreto no tenemos nosotros

-��Y qui�n les ha herido con un rayo? -pregunt� Pencroff.

-�El justiciero de la isla -replic� Ciro Smith-el que ha trasladado a Ayrton; el hombre cuya influencia viene otra vez a manifestarse; el que hace por nosotros todo lo que nosotros mismos no podr�amos hacer y despu�s se oculta a nuestra vista.

�Busqu�moslo! -exclam� Pencroff.

-�S�, busqu�moslo -respondi� Ciro Smith -. Pero el ser superior que hace tales prodigios no podr� ser hallado hasta que no quiera.

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