La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Aquella protecci�n invisible que auxiliaba la acci�n de los colonos irritaba y conmov�a al ingeniero. La inferioridad relativa que demostraba era de las que pueden herir a un alma altiva. Una generosidad que toma sus disposiciones para eludir toda muestra de gratitud, revelaba una especie de desd�n hacia los agradecidos, que disminu�a a los ojos de Ciro Smith el valor del beneficio.
-�Busquemos -dijo-y Dios quiera que encontremos un d�a a ese protector altivo que no ha protegido a ingratos. �Qu� no dar�a yo porque pudi�ramos pagarle la deuda de reconocimiento prest�ndole, a nuestra vez, aunque fuera a costa de la vida, alg�n se�alado servicio?
Desde aquel d�a esta investigaci�n fue el �nico cuidado de los habitantes de la isla Lincoln. Todo los llevaba a descubrir la clave de aquel enigma, clave que no pod�a ser sino el nombre de un individuo dotado de un poder verdaderamente inexplicable, en cierto modo sobrehumano.
Despu�s de unos instantes, los colonos volvieron a la habitaci�n de la dehesa, donde sus cuidados hicieron recobrar pronto a Ayrton su energ�a moral y f�sica.
Nab y Pencroff trasladaron los cad�veres de los bandidos al bosque a poca distancia de la dehesa y los enterraron profundamente. Despu�s Ayrton fue puesto al corriente de los sucesos que hab�an ocurrido durante su secuestro. Supo entonces la herida y
enfermedad de Harbert y la serie de pruebas por las que los colonos hab�an pasado. Estos no esperaban volver a ver a Ayrton y tem�an que los bandidos lo hubiesen asesinado cruelmente.
-�Ahora -dijo Ciro Smith, terminando su relaci�n-, tenemos que cumplir un deber. La mitad de nuestra tarea est� acabada, pero, si los presidiarios no son ya temibles, no hemos recobrado por nosotros mismos el dominio de la isla.
-�Pues bien -repuso Gede�n Spilett-, registremos todo este laberinto de contrafuertes del monte Franklin. No dejemos una excavaci�n ni un agujero por explorar. �Nunca se ha encontrado un corresponsal de peri�dico con un misterio tan conmovedor como este en el que yo me encuentro, amigos m�os!
-�Y no volveremos al Palacio de granito -repuso Harbert-hasta despu�s de haber encontrado a nuestro bienhechor.
-�S� -dijo el ingeniero-, haremos todo lo humanamente posible. Sin embargo, lo repito, no lo encontraremos hasta que �l quiera.
-��Nos quedaremos en la dehesa? -pregunt� Pencroff.
-�S� -contest� Ciro Smith-, porque las provisiones son abundantes y estamos en el centro de nuestro c�rculo de investigaciones. Por lo dem�s, si es necesario, el carro ir� al Palacio de granito y volver� r�pidamente.
-�Bien -repuso el marino-. Tengo que hacer una observaci�n.
-��Cu�l?
-�La buena estaci�n est� muy avanzada y debemos hacer una traves�a. -�Una traves�a? -dijo Gede�n Spilett.
-�S�, la de la isla Tabor -repuso Pencroff-. Hay que llevar una noticia que indique la situaci�n de la isla donde actualmente se encuentra Ayrton, para el caso de que el yate escoc�s venga por �l. �Qui�n sabe si no es demasiado tarde!
-�Pero, Pencroff -pregunt� Ayrton-, �con qu� cuenta para hacer esta traves�a?
Con el Buenaventura. -�El Buenaventura! -exclam� Ayrton-. No existe.
-��Mi Buenaventura no existe! -grit� Pencroff dando un salto.
-�No -repuso Ayrton-. Los bandidos lo descubrieron hace ocho d�as, se hicieron a la mar y�
�Y qu�? -dijo Pencroff, cuyo coraz�n palpitaba con fuerza.
Y no teniendo a Bob Harvey para dirigir la maniobra, encallaron en las rocas y la embarcaci�n se hizo pedazos.
�Miserables! �Bandidos! �Infame canalla! -exclam� el marino.
Pencroff dijo Harbert tomando la mano de su amigo-, liaremos otro Buenaventura mayor. Tenemos todo el hierro y todo el aparejo del brick a nuestra disposici�n.
�Pero no sab�is -respondi� Pencroff-que se necesitan de cinco a seis meses para construir una embarcaci�n de veinte a cuarenta toneladas?
-�Tomaremos todo el tiempo necesario -respondi� el periodista-y renunciaremos por este a�o a la traves�a de la isla Tabor.
-��Qu� vamos a hacer, Pencroff? Hay que resignarse -dijo el ingeniero. Espero que ese retraso no nos sea perjudicial.
-��Mi Buenaventura! �Mi pobre Buenaventura! -exclam� Pencroff verdaderamente consternado con la p�rdida de su embarcaci�n, de la cual estaba tan orgulloso.
La destrucci�n del Buenaventura era un acontecimiento muy sensible para los colonos y se acord� reparar la p�rdida cuanto antes. Tomando este acuerdo, se trat� de llevar a cabo la exploraci�n de las otras partes de la isla.
Comenzaron aquel mismo d�a, 19 de febrero, y dur� una semana. La base de la monta�a entre sus contrafuertes y sus infinitas ramificaciones formaba un laberinto de valles y contravalles dispuestos muy caprichosamente. En el fondo de aquellas estrechas gargantas y en el interior del monte Franklin conven�a proseguir las pesquisas, porque ning�n punto de la isla pod�a ser m�s a prop�sito para ocultar una habitaci�n, cuyo hu�sped quisiera permanecer ignorado. Pero tal era el enredo de los contrafuertes, que Ciro Smith tuvo que proceder a su exploraci�n con severo m�todo.
Los colonos visitaron al principio todo el valle que se abr�a al sur del volc�n y que recog�a las primeras aguas del r�o de la Cascada. Ayrton les ense�� la caverna donde se hab�an refugiado los presidiarios y en la cual hab�a estado secuestrado hasta su instalaci�n en la dehesa.
La caverna estaba en el estado en que la hab�a dejado Ayrton y los colonos hallaron en ella cantidad de municiones y v�veres, que los bandidos hab�an llevado con la intenci�n de formar un dep�sito.
Todo el valle que terminaba en la gruta, valle sembrado de hermosos �rboles, entre los cuales dominaban las con�feras, fue explorado con cuidadoso extremo; y los colonos, dando vueltas al contrafuerte del sudoeste, penetraron en una garganta m�s estrecha, que empalmaba con el c�mulo pintoresco de los basaltos del litoral. Aqu� los �rboles eran m�s raros. La piedra reemplazaba a las hierbas; las cabras monteses y los muflones saltaban entre las rocas, comenzaba la parte �rida de la isla. Observaron entonces que de los muchos valles que se ramificaban en la base del monte Franklin, tres solamente estaban cubiertos de �rboles, ricos en pastos como el de la dehesa, que confinaba por el oeste con el valle del r�o de la Cascada y por el este con el del arroyo Rojo. Estos dos riachuelos, convertidos m�s abajo en r�os por la absorci�n de varios afluentes, se formaban de todas las aguas de la monta�a y produc�an la fertilidad de su parte meridional. El r�o de la Merced se alimentaba m�s directamente de los abundantes manantiales perdidos bajo la sombra de los bosques del Jacamar, manantiales de la misma naturaleza que los que, extendi�ndose en mil hilos de agua, regaban el suelo de la pen�nsula Serpentina.
Ahora bien, de estos tres valles, donde el agua no faltaba, uno de ellos habr�a podido servir de retiro a cualquier solitario, pues en �l habr�a encontrado todo lo necesario para la vida. Los colonos lo hab�an explorado ya y en ninguna parte hab�an encontrado se�al de la presencia del hombre.
�Estaba el retiro de su hu�sped en el fondo de aquellas gargantas �ridas, en medio de los derrumbamientos de rocas, entre los �speros barrancos del norte, entre las corrientes de antigua lava!
La parte norte del monte Franklin se compon�a �nicamente en su base de dos valles anchos y poco profundos, sin apariencia de verdor, sembrados de bloques err�ticos, jaspeados de moenas, llenos de gruesos tumores minerales y espolvoreados, dig�moslo as�, de obsidianas y labradoritas. Esta parte exigi� largas y dif�ciles exploraciones. Se abr�an mil cavidades inc�modas, pero absolutamente disimuladas y de un acceso dif�cil.
Los colonos visitaron oscuros t�neles, que databan de la �poca plutoniana, ennegrecidos todav�a por el paso de llamas antiguas y que se internaban hasta la masa del monte. Recorrieron aquellas tenebrosas galer�as, examin�ndolas a la luz de las teas de resina, registraron las excavaciones, sondearon las m�s peque�as profundidades, pero en todas partes no encontraron m�s que silencio y oscuridad. No parec�a que un ser humano hubiera dirigido sus pasos por aquellos antiguos corredores, ni que su brazo hubiera desplazado una sola de aquellas piedras: estaban como el volc�n las hab�a proyectado por encima de las aguas en la �poca de la emersi�n de la isla.