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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Aquella proteccin invisible que auxiliaba la accin de los colonos irritaba y conmova al ingeniero. La inferioridad relativa que demostraba era de las que pueden herir a un alma altiva. Una generosidad que toma sus disposiciones para eludir toda muestra de gratitud, revelaba una especie de desdn hacia los agradecidos, que disminua a los ojos de Ciro Smith el valor del beneficio.

-Busquemos -dijo-y Dios quiera que encontremos un da a ese protector altivo que no ha protegido a ingratos. Qu no dara yo porque pudiramos pagarle la deuda de reconocimiento prestndole, a nuestra vez, aunque fuera a costa de la vida, algn sealado servicio?

Desde aquel da esta investigacin fue el nico cuidado de los habitantes de la isla Lincoln. Todo los llevaba a descubrir la clave de aquel enigma, clave que no poda ser sino el nombre de un individuo dotado de un poder verdaderamente inexplicable, en cierto modo sobrehumano.

Despus de unos instantes, los colonos volvieron a la habitacin de la dehesa, donde sus cuidados hicieron recobrar pronto a Ayrton su energa moral y fsica.

Nab y Pencroff trasladaron los cadveres de los bandidos al bosque a poca distancia de la dehesa y los enterraron profundamente. Despus Ayrton fue puesto al corriente de los sucesos que haban ocurrido durante su secuestro. Supo entonces la herida y

enfermedad de Harbert y la serie de pruebas por las que los colonos haban pasado. Estos no esperaban volver a ver a Ayrton y teman que los bandidos lo hubiesen asesinado cruelmente.

-Ahora -dijo Ciro Smith, terminando su relacin-, tenemos que cumplir un deber. La mitad de nuestra tarea est acabada, pero, si los presidiarios no son ya temibles, no hemos recobrado por nosotros mismos el dominio de la isla.

-Pues bien -repuso Geden Spilett-, registremos todo este laberinto de contrafuertes del monte Franklin. No dejemos una excavacin ni un agujero por explorar. Nunca se ha encontrado un corresponsal de peridico con un misterio tan conmovedor como este en el que yo me encuentro, amigos mos!

-Y no volveremos al Palacio de granito -repuso Harbert-hasta despus de haber encontrado a nuestro bienhechor.

-S -dijo el ingeniero-, haremos todo lo humanamente posible. Sin embargo, lo repito, no lo encontraremos hasta que l quiera.

-Nos quedaremos en la dehesa? -pregunt Pencroff.

-S -contest Ciro Smith-, porque las provisiones son abundantes y estamos en el centro de nuestro crculo de investigaciones. Por lo dems, si es necesario, el carro ir al Palacio de granito y volver rpidamente.

-Bien -repuso el marino-. Tengo que hacer una observacin.

-Cul?

-La buena estacin est muy avanzada y debemos hacer una travesa. -Una travesa? -dijo Geden Spilett.

-S, la de la isla Tabor -repuso Pencroff-. Hay que llevar una noticia que indique la situacin de la isla donde actualmente se encuentra Ayrton, para el caso de que el yate escocs venga por l. Quin sabe si no es demasiado tarde!

-Pero, Pencroff -pregunt Ayrton-, con qu cuenta para hacer esta travesa?

Con el Buenaventura. -El Buenaventura! -exclam Ayrton-. No existe.

-Mi Buenaventura no existe! -grit Pencroff dando un salto.

-No -repuso Ayrton-. Los bandidos lo descubrieron hace ocho das, se hicieron a la mar y

Y qu? -dijo Pencroff, cuyo corazn palpitaba con fuerza.

Y no teniendo a Bob Harvey para dirigir la maniobra, encallaron en las rocas y la embarcacin se hizo pedazos.

Miserables! Bandidos! Infame canalla! -exclam el marino.

Pencroff dijo Harbert tomando la mano de su amigo-, liaremos otro Buenaventura mayor. Tenemos todo el hierro y todo el aparejo del brick a nuestra disposicin.

Pero no sabis -respondi Pencroff-que se necesitan de cinco a seis meses para construir una embarcacin de veinte a cuarenta toneladas?

-Tomaremos todo el tiempo necesario -respondi el periodista-y renunciaremos por este ao a la travesa de la isla Tabor.

-Qu vamos a hacer, Pencroff? Hay que resignarse -dijo el ingeniero. Espero que ese retraso no nos sea perjudicial.

-Mi Buenaventura! Mi pobre Buenaventura! -exclam Pencroff verdaderamente consternado con la prdida de su embarcacin, de la cual estaba tan orgulloso.

La destruccin del Buenaventura era un acontecimiento muy sensible para los colonos y se acord reparar la prdida cuanto antes. Tomando este acuerdo, se trat de llevar a cabo la exploracin de las otras partes de la isla.

Comenzaron aquel mismo da, 19 de febrero, y dur una semana. La base de la montaa entre sus contrafuertes y sus infinitas ramificaciones formaba un laberinto de valles y contravalles dispuestos muy caprichosamente. En el fondo de aquellas estrechas gargantas y en el interior del monte Franklin convena proseguir las pesquisas, porque ningn punto de la isla poda ser ms a propsito para ocultar una habitacin, cuyo husped quisiera permanecer ignorado. Pero tal era el enredo de los contrafuertes, que Ciro Smith tuvo que proceder a su exploracin con severo mtodo.

Los colonos visitaron al principio todo el valle que se abra al sur del volcn y que recoga las primeras aguas del ro de la Cascada. Ayrton les ense la caverna donde se haban refugiado los presidiarios y en la cual haba estado secuestrado hasta su instalacin en la dehesa.

La caverna estaba en el estado en que la haba dejado Ayrton y los colonos hallaron en ella cantidad de municiones y vveres, que los bandidos haban llevado con la intencin de formar un depsito.

Todo el valle que terminaba en la gruta, valle sembrado de hermosos rboles, entre los cuales dominaban las conferas, fue explorado con cuidadoso extremo; y los colonos, dando vueltas al contrafuerte del sudoeste, penetraron en una garganta ms estrecha, que empalmaba con el cmulo pintoresco de los basaltos del litoral. Aqu los rboles eran ms raros. La piedra reemplazaba a las hierbas; las cabras monteses y los muflones saltaban entre las rocas, comenzaba la parte rida de la isla. Observaron entonces que de los muchos valles que se ramificaban en la base del monte Franklin, tres solamente estaban cubiertos de rboles, ricos en pastos como el de la dehesa, que confinaba por el oeste con el valle del ro de la Cascada y por el este con el del arroyo Rojo. Estos dos riachuelos, convertidos ms abajo en ros por la absorcin de varios afluentes, se formaban de todas las aguas de la montaa y producan la fertilidad de su parte meridional. El ro de la Merced se alimentaba ms directamente de los abundantes manantiales perdidos bajo la sombra de los bosques del Jacamar, manantiales de la misma naturaleza que los que, extendindose en mil hilos de agua, regaban el suelo de la pennsula Serpentina.

Ahora bien, de estos tres valles, donde el agua no faltaba, uno de ellos habra podido servir de retiro a cualquier solitario, pues en l habra encontrado todo lo necesario para la vida. Los colonos lo haban explorado ya y en ninguna parte haban encontrado seal de la presencia del hombre.

Estaba el retiro de su husped en el fondo de aquellas gargantas ridas, en medio de los derrumbamientos de rocas, entre los speros barrancos del norte, entre las corrientes de antigua lava!

La parte norte del monte Franklin se compona nicamente en su base de dos valles anchos y poco profundos, sin apariencia de verdor, sembrados de bloques errticos, jaspeados de moenas, llenos de gruesos tumores minerales y espolvoreados, digmoslo as, de obsidianas y labradoritas. Esta parte exigi largas y difciles exploraciones. Se abran mil cavidades incmodas, pero absolutamente disimuladas y de un acceso difcil.

Los colonos visitaron oscuros tneles, que databan de la poca plutoniana, ennegrecidos todava por el paso de llamas antiguas y que se internaban hasta la masa del monte. Recorrieron aquellas tenebrosas galeras, examinndolas a la luz de las teas de resina, registraron las excavaciones, sondearon las ms pequeas profundidades, pero en todas partes no encontraron ms que silencio y oscuridad. No pareca que un ser humano hubiera dirigido sus pasos por aquellos antiguos corredores, ni que su brazo hubiera desplazado una sola de aquellas piedras: estaban como el volcn las haba proyectado por encima de las aguas en la poca de la emersin de la isla.

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