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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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-Convenido -repuso Pencroff.

Y ambos se pusieron en marcha.

Bajo los rboles, gracias al espesor de su follaje, haba cierta oscuridad, que haca invisibles los objetos ms all de un radio de treinta a cuarenta pies. Spilett y Pencroff, detenindose cada vez que un ruido les pareca sospechoso, adelantaban con las mayores precauciones. Marchaban uno separado de otro para ofrecer menos blanco a los tiros, porque esperaban a cada instante or una detonacin.

Cinco minutos despus de haber dejado a sus compaeros, llegaban al extremo del bosque, delante del claro, en cuyo centro se levantaba el recinto de la empalizada. Se detuvieron. Algunos vagos resplandores baaban todava la pradera desnuda de rboles. A treinta pasos se levantaba la puerta de la dehesa, que pareca estar cerrada. Aquellos treinta pasos que era preciso atravesar entre el extremo del bosque y el recinto constituan la zona peligrosa, para emplear una expresin tomada de la balstica: en efecto, una o muchas balas, partiendo por encima de la empalizada, habran derribado a todo el que se hubiese aventurado en aquella zona.

Geden Spilett y el marino no tenan intencin de retroceder, pero saban que una imprudencia de su parte redundara en perjuicio de sus compaeros y que ellos seran las primeras vctimas. Muertos ellos, qu sera de Ciro Smith, de Nab y de Harbert?

Pero Pencroff, sobreexcitado y vindose tan cerca de la casa donde supona que los presidiarios se haban refugiado, iba a lanzarse adelante, cuando el periodista le detuvo con mano vigorosa murmurando a su odo:

-Dentro de unos instantes ser de noche y entonces habr llegado el momento de operar.

Pencroff, apretando convulsivamente la caja de su fusil, se contuvo y esper maldiciendo la detencin.

Pronto se disiparon los ltimos resplandores del crepsculo y la sombra que pareca salir del espeso bosque invadi el terreno descubierto. El monte Franklin se levantaba como una enorme pantalla delante del horizonte occidental y la oscuridad se extendi rpidamente por todas partes, como sucede en las regiones bajas en latitud. Aqul era el momento decisivo.

El periodista y Pencroff, desde que se haban apostado en el extremo del bosque, no haban perdido de vista el recinto de la empalizada. La dehesa pareca abandonada y la cresta de la empalizada formaba una lnea un poco ms negra que la sombra de alrededor, sin que nada alterase su perfil. Sin embargo, si los presidiarios estaban all, habran apostado a uno de los suyos para prevenirse de toda sorpresa.

Geden estrech la mano de su compaero y ambos se adelantaron arrastrndose hasta la dehesa con los fusiles preparados. Llegaron a la puerta del recinto sin que la sombra hubiera sido cortada por un solo rayo de luz. Pencroff trat de empujar la puerta que, segn l y el periodista, deba estar cerrada; sin embargo, el marino pudo observar que no se haban echado los cerrojos exteriores. Poda deducirse que los presidiarios ocupaban la dehesa y que habran sujetado la puerta de modo que no pudiera forzarse.

Spilett y Pencroff aguzaron el odo. Ningn ruido en el interior del recinto. Los muflones y las cabras, dormidos en sus establos, no turbaban la calma de la noche.

El periodista y el marino, no oyendo nada, se preguntaron si deban escalar la empalizada y penetrar en la dehesa, aunque fuera contra las instrucciones de Ciro Smith. Es verdad que la operacin poda tener buen xito, pero tambin poda tenerlo desgraciado. Ahora bien, si los presidiarios no sospechaban nada, si no tenan conocimiento de la expedicin intentada contra ellos, si, en fin, se presentaba en aquel momento una probabilidad de sorprenderlos, deban comprometer esta probabilidad aventurndose inconsideradamente a asaltar la empalizada?

No fue ste el parecer del periodista; antes bien, crey muy racional esperar a que los colonos estuviesen todos reunidos para tratar de penetrar en la dehesa. Lo cierto es que Poda llegarse hasta la empalizada sin ser visto y que el recinto no presentaba seales de ser guardado. Averiguado este punto, haba que volver al carricoche y ponerse todos de acuerdo.

Pencroff probablemente particip de esta manera de ver, porque no opuso ninguna dificultad para seguir al periodista, cuando ste se repleg al bosque. Pocos minutos despus el ingeniero estaba al corriente de la situacin.

-Pues bien -dijo despus de haber reflexionado-, ahora me parece que los piratas no estn en la dehesa.

-Lo sabremos -dijo Pencroff-cuando hayamos escalado el recinto. -A la dehesa, amigos mos! -dijo Ciro Smith.

-Dejamos el carro en el bosque? -pregunt Nab.

-No -contest el ingeniero-, porque es nuestro furgn de municiones y vveres y en caso necesario puede servimos de atrincheramiento. -Adelante! -exclam Geden Spilett.

El carro sali del bosque y comenz a rodar silenciosamente hacia la empalizada. La oscuridad era profunda y el silencio tan completo como cuando Pencroff y el periodista se haban alejado arrastrndose por el suelo. La hierba espesa ahogaba completamente el ruido de los pasos.

Los colonos estaban preparados para disparar. Jup, por orden de Pencroff, cubra la retaguardia y Nab llevaba atado a Top, para que no se lanzase inoportunamente adelante.

Pronto apareci el sitio despejado de la empalizada. Estaba desierta. Sin vacilar, la pequea tropa se dirigi hacia el recinto y en poco tiempo qued atravesada la zona peligrosa sin que tuvieran necesidad de disparar un solo tiro. Cuando el carro lleg a la empalizada, se detuvo. Nab se qued a la cabeza de los onagros para contenerlos. El ingeniero, el periodista, Harbert y Pencroff se dirigieron a la puerta para ver si estaba atrancada interiormente.

Una de las hojas estaba abierta!

-Pero no dijeron? -pregunt el ingeniero volvindose hacia el marino y Geden Spilett.

Ambos estaban estupefactos. -Por mi salvacin -exclam Pencroff-que esta puerta estaba cerrada hace un momento!

Los colonos vacilaron. Estaban los presidiarios en la dehesa en el momento en que Pencroff y el periodista hacan el reconocimiento? No quedaba duda, pues la puerta, entonces cerrada, tena que haber sido abierta por ellos. Estaban todava y acababa de salir uno solo?

Todas estas preguntas se presentaron instantneamente en el nimo de cada uno de los colonos. Pero cmo responder a ellas?

En aquel momento Harbert, que se haba adelantado unos pasos por el interior del recinto, retrocedi precipitadamente y tom la mano de Ciro Smith.

-Qu hay? -pregunt el ingeniero. -Una luz. -En la casa?

-S.

Los colonos adelantaron hacia la puerta y, a travs de los vidrios de la ventana que les daba frente, vieron temblar un dbil resplandor. Ciro Smith tom rpidamente su partido.

-Esta es la nica probabilidad que tenemos -dijo a sus compaeros-de hallar a los bandidos encerrados en esta casa sin sospechar nada. Adelante, son nuestros!

Los colonos entraron en el recinto apuntando sus fusiles. Haban dejado fuera el carro bajo la custodia de Jup y Top, a los cuales se at por prudencia.

Ciro Smith, Pencroff, Geden Spilett, por una parte, y Harbert y Nab, por otra, corrieron a lo largo de la empalizada y observaron la parte de la dehesa que estaba absolutamente desierta. En pocos instantes se encontraron todos ante la puerta de la casa, que estaba cerrada.

Ciro Smith hizo a sus compaeros una sea con la mano recomendndoles que no se movieran y se acerc al cristal de la ventana, entonces dbilmente iluminado por la luz interior. Su mirada penetr en la nica habitacin que formaba el cuarto bajo de la casa.

En la mesa brillaba un farol encendido y cerca de l estaba la cama que haba servido en otro tiempo a Ayrton. En aquella cama descansaba el cuerpo de un hombre. Ciro Smith retrocedi y con voz ahogada exclam:

-Ayrton!

Inmediatamente abrieron la puerta, empujndola con violencia, y se precipitaron en el cuarto. Ayrton pareca dormido. Su rostro indicaba que haba padecido larga y cruelmente. En las muecas y en los tobillos se le vean muchos cardenales.

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