La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
-�Convenido -repuso Pencroff.
Y ambos se pusieron en marcha.
Bajo los �rboles, gracias al espesor de su follaje, hab�a cierta oscuridad, que hac�a invisibles los objetos m�s all� de un radio de treinta a cuarenta pies. Spilett y Pencroff, deteni�ndose cada vez que un ruido les parec�a sospechoso, adelantaban con las mayores precauciones. Marchaban uno separado de otro para ofrecer menos blanco a los tiros, porque esperaban a cada instante o�r una detonaci�n.
Cinco minutos despu�s de haber dejado a sus compa�eros, llegaban al extremo del bosque, delante del claro, en cuyo centro se levantaba el recinto de la empalizada. Se detuvieron. Algunos vagos resplandores ba�aban todav�a la pradera desnuda de �rboles. A treinta pasos se levantaba la puerta de la dehesa, que parec�a estar cerrada. Aquellos treinta pasos que era preciso atravesar entre el extremo del bosque y el recinto constitu�an la zona peligrosa, para emplear una expresi�n tomada de la bal�stica: en efecto, una o muchas balas, partiendo por encima de la empalizada, habr�an derribado a todo el que se hubiese aventurado en aquella zona.
Gede�n Spilett y el marino no ten�an intenci�n de retroceder, pero sab�an que una imprudencia de su parte redundar�a en perjuicio de sus compa�eros y que ellos ser�an las primeras v�ctimas. Muertos ellos, �qu� ser�a de Ciro Smith, de Nab y de Harbert?
Pero Pencroff, sobreexcitado y vi�ndose tan cerca de la casa donde supon�a que los presidiarios se hab�an refugiado, iba a lanzarse adelante, cuando el periodista le detuvo con mano vigorosa murmurando a su o�do:
-�Dentro de unos instantes ser� de noche y entonces habr� llegado el momento de operar.
Pencroff, apretando convulsivamente la caja de su fusil, se contuvo y esper� maldiciendo la detenci�n.
Pronto se disiparon los �ltimos resplandores del crep�sculo y la sombra que parec�a salir del espeso bosque invadi� el terreno descubierto. El monte Franklin se levantaba como una enorme pantalla delante del horizonte occidental y la oscuridad se extendi� r�pidamente por todas partes, como sucede en las regiones bajas en latitud. Aqu�l era el momento decisivo.
El periodista y Pencroff, desde que se hab�an apostado en el extremo del bosque, no hab�an perdido de vista el recinto de la empalizada. La dehesa parec�a abandonada y la cresta de la empalizada formaba una l�nea un poco m�s negra que la sombra de alrededor, sin que nada alterase su perfil. Sin embargo, si los presidiarios estaban all�, habr�an apostado a uno de los suyos para prevenirse de toda sorpresa.
Gede�n estrech� la mano de su compa�ero y ambos se adelantaron arrastr�ndose hasta la dehesa con los fusiles preparados. Llegaron a la puerta del recinto sin que la sombra hubiera sido cortada por un solo rayo de luz. Pencroff trat� de empujar la puerta que, seg�n �l y el periodista, deb�a estar cerrada; sin embargo, el marino pudo observar que no se hab�an echado los cerrojos exteriores. Pod�a deducirse que los presidiarios ocupaban la dehesa y que habr�an sujetado la puerta de modo que no pudiera forzarse.
Spilett y Pencroff aguzaron el o�do. Ning�n ruido en el interior del recinto. Los muflones y las cabras, dormidos en sus establos, no turbaban la calma de la noche.
El periodista y el marino, no oyendo nada, se preguntaron si deb�an escalar la empalizada y penetrar en la dehesa, aunque fuera contra las instrucciones de Ciro Smith. Es verdad que la operaci�n pod�a tener buen �xito, pero tambi�n pod�a tenerlo desgraciado. Ahora bien, si los presidiarios no sospechaban nada, si no ten�an conocimiento de la expedici�n intentada contra ellos, si, en fin, se presentaba en aquel momento una probabilidad de sorprenderlos, �deb�an comprometer esta probabilidad aventur�ndose inconsideradamente a asaltar la empalizada?
No fue �ste el parecer del periodista; antes bien, crey� muy racional esperar a que los colonos estuviesen todos reunidos para tratar de penetrar en la dehesa. Lo cierto es que Pod�a llegarse hasta la empalizada sin ser visto y que el recinto no presentaba se�ales de ser guardado. Averiguado este punto, hab�a que volver al carricoche y ponerse todos de acuerdo.
Pencroff probablemente particip� de esta manera de ver, porque no opuso ninguna dificultad para seguir al periodista, cuando �ste se repleg� al bosque. Pocos minutos despu�s el ingeniero estaba al corriente de la situaci�n.
-�Pues bien -dijo despu�s de haber reflexionado-, ahora me parece que los piratas no est�n en la dehesa.
-�Lo sabremos -dijo Pencroff-cuando hayamos escalado el recinto. -�A la dehesa, amigos m�os! -dijo Ciro Smith.
-��Dejamos el carro en el bosque? -pregunt� Nab.
-�No -contest� el ingeniero-, porque es nuestro furg�n de municiones y v�veres y en caso necesario puede servimos de atrincheramiento. -�Adelante! -exclam� Gede�n Spilett.
El carro sali� del bosque y comenz� a rodar silenciosamente hacia la empalizada. La oscuridad era profunda y el silencio tan completo como cuando Pencroff y el periodista se hab�an alejado arrastr�ndose por el suelo. La hierba espesa ahogaba completamente el ruido de los pasos.
Los colonos estaban preparados para disparar. Jup, por orden de Pencroff, cubr�a la retaguardia y Nab llevaba atado a Top, para que no se lanzase inoportunamente adelante.
Pronto apareci� el sitio despejado de la empalizada. Estaba desierta. Sin vacilar, la peque�a tropa se dirigi� hacia el recinto y en poco tiempo qued� atravesada la zona peligrosa sin que tuvieran necesidad de disparar un solo tiro. Cuando el carro lleg� a la empalizada, se detuvo. Nab se qued� a la cabeza de los onagros para contenerlos. El ingeniero, el periodista, Harbert y Pencroff se dirigieron a la puerta para ver si estaba atrancada interiormente.
�Una de las hojas estaba abierta!
-��Pero no dijeron�? -pregunt� el ingeniero volvi�ndose hacia el marino y Gede�n Spilett.
Ambos estaban estupefactos. -�Por mi salvaci�n -exclam� Pencroff-que esta puerta estaba cerrada hace un momento!
Los colonos vacilaron. �Estaban los presidiarios en la dehesa en el momento en que Pencroff y el periodista hac�an el reconocimiento? No quedaba duda, pues la puerta, entonces cerrada, ten�a que haber sido abierta por ellos. �Estaban todav�a y acababa de salir uno solo?
Todas estas preguntas se presentaron instant�neamente en el �nimo de cada uno de los colonos. Pero �c�mo responder a ellas?
En aquel momento Harbert, que se hab�a adelantado unos pasos por el interior del recinto, retrocedi� precipitadamente y tom� la mano de Ciro Smith.
-��Qu� hay? -pregunt� el ingeniero. -Una luz. -�En la casa?
-�S�.
Los colonos adelantaron hacia la puerta y, a trav�s de los vidrios de la ventana que les daba frente, vieron temblar un d�bil resplandor. Ciro Smith tom� r�pidamente su partido.
-�Esta es la �nica probabilidad que tenemos -dijo a sus compa�eros-de hallar a los bandidos encerrados en esta casa sin sospechar nada. �Adelante, son nuestros!
Los colonos entraron en el recinto apuntando sus fusiles. Hab�an dejado fuera el carro bajo la custodia de Jup y Top, a los cuales se at� por prudencia.
Ciro Smith, Pencroff, Gede�n Spilett, por una parte, y Harbert y Nab, por otra, corrieron a lo largo de la empalizada y observaron la parte de la dehesa que estaba absolutamente desierta. En pocos instantes se encontraron todos ante la puerta de la casa, que estaba cerrada.
Ciro Smith hizo a sus compa�eros una se�a con la mano recomend�ndoles que no se movieran y se acerc� al cristal de la ventana, entonces d�bilmente iluminado por la luz interior. Su mirada penetr� en la �nica habitaci�n que formaba el cuarto bajo de la casa.
En la mesa brillaba un farol encendido y cerca de �l estaba la cama que hab�a servido en otro tiempo a Ayrton. En aquella cama descansaba el cuerpo de un hombre. Ciro Smith retrocedi� y con voz ahogada exclam�:
-��Ayrton!
Inmediatamente abrieron la puerta, empuj�ndola con violencia, y se precipitaron en el cuarto. Ayrton parec�a dormido. Su rostro indicaba que hab�a padecido larga y cruelmente. En las mu�ecas y en los tobillos se le ve�an muchos cardenales.