La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
-Dueos de la isla! -exclam el marino-. Los dueos de la isla! repiti, y su voz se ahogaba como si un puo de hierro le tuviera asido por la garganta. Despus, en tono ms tranquilo, dijo-: Sabe usted, seor Ciro, cul es la bala que he metido en mi fusil?
-No, Pencroff.
-La bala que ha atravesado el pecho de Harbert, y le prometo que no errar el blanco.
Pero estas justas represalias no podan volver la vida a Ayrton, y del examen de las huellas dejadas en el suelo se deba deducir que no haba esperanza ninguna de volverlo a ver.
Aquella noche se estableci el campamento a catorce millas del Palacio de granito y Ciro Smith calcul que deban estar a ms de cinco millas del promontorio del Reptil.
Al da siguiente llegaron al extremo de la pennsula habiendo atravesado el bosque en toda su longitud, pero ningn indicio haba permitido hasta entonces hallar el retiro donde se haban refugiado los presidiarios, ni el no menos secreto que daba asilo al misterioso desconocido.
12. Aparece Ayrton vivo en la dehesa y los presidiarios muertos
El da siguiente, 17 de febrero, lo dedicaron los colonos a la exploracin de toda la parte frondosa del litoral, desde el promontorio del Reptil hasta el ro de la Cascada. Pudieron registrar completamente aquel bosque, cuya anchura variaba de tres a cuatro millas, porque estaba comprendido entre las dos puntas de la pennsula Serpentina. Los rboles, por su altura y su ramaje espeso, indicaban la fecundidad del suelo, mayor que en ninguna otra parte de la isla. Pareca aqul un rincn de esas selvas vrgenes de Amrica o de Africa central trasladado a aquella zona media, lo cual induca a creer que tan magnficos vegetales hallaban en aquel suelo, hmedo en capas superiores, pero clido en el interior por efecto de los fuegos volcnicos, un calor impropio de aquel clima templado. Las especies dominantes eran precisamente aquellos kaurs y eucaliptos de dimensiones gigantescas.
Pero el objeto de los colonos no era admirar aquella magnificencia vegetal. Saban que bajo este aspecto la isla Lincoln habra merecido por su categora ser clasificada en el grupo de las Canarias, cuyo primer nombre fue el de las islas Afortunadas, pero por el momento su isla no les perteneca por completo; otros haban tomado posesin de ella, unos criminales, y haba que hacerlos desaparecer.
En la costa occidental no se encontraron huellas de ninguna especie, por ms cuidado que se puso en buscarlas. No haba seales de paso, ni rotura de rboles, ni cenizas fras, ni campamento abandonado.
-Esto no me extraa -dijo Ciro Smith a sus compaeros-. Los presidiarios han entrado en la isla por las inmediaciones de la punta del Pecio y se han dirigido inmediatamente a los bosques del Far-West, despus de haber atravesado el pantano de los Tadornes. Han seguido, poco ms o menos, el camino que hemos trado desde el Palacio de granito, lo cual explica las huellas que hemos encontrado en el bosque.
Pero al llegar al litoral han comprendido que no encontraran un retiro conveniente; han subido por tanto hacia el norte y entonces han descubierto la dehesa. -Adonde quiz han vuelto -dijo Pencroff.
-No lo creo -aadi el ingeniero-; porque deben suponer que nuestras investigaciones se dirigirn hacia esta parte. La dehesa es para ellos un depsito de provisiones, no un campamento definitivo.
-Soy del parecer de Ciro -dijo el periodista-. Y supongo que los presidiarios han buscado refugio entre los contrafuertes del monte Franklin.
-Entonces, seor Ciro, vamos derechos a la dehesa -exclam Pencroff. Acabemos, porque hasta ahora hemos perdido el tiempo.
-No, amigo mo -repuso el ingeniero-. Olvida usted que tenamos tambin inters en saber si los bosques del Far-West ocultaban alguna habitacin? Nuestra exploracin tiene dos objetos, Pencroff. Si por una parte debemos castigar el crimen, por la otra tenemos que cumplir un deber de gratitud.
-Bien dicho, seor Ciro -repuso el marino-, pero yo creo que no encontraremos a ese caballero hasta que l quiera.
Y al decir esto, Pencroff deca lo que estaba en el nimo de todos. Era probable que el retiro del desconocido fuese tan misterioso como su misma persona.
Aquella tarde el carro se detuvo en la desembocadura del ro de la Cascada. Se organiz el campamento segn la costumbre y se tomaron las precauciones habituales para pasar la noche. Harbert, que haba vuelto a ser el muchacho vigoroso y activo de antes de su enfermedad, se aprovechaba de aquella existencia al aire libre, entre las brisas del ocano y la atmsfera vivificadora de los bosques. Ya no iba en el carro, sino a la cabeza de la caravana.
Al da siguiente, 29 de febrero, los colonos, abandonando el litoral, donde ms all de la desembocadura se acumulaban tan pintorescamente basaltos de todas formas, subieron el curso del ro por su orilla izquierda. El camino estaba bastante libre por las excursiones precedentes que se haban hecho desde la dehesa hasta la costa occidental. Se encontraban los colonos a seis millas del monte Franklin.
El proyecto del ingeniero era observar minuciosamente todo el valle, cuya vaguada formaba el lecho del ro, y acercarse con precaucin a la dehesa; si sta estaba ocupada, tomarla por la fuerza, y si no lo estaba, fortificarse en ella hacindola centro de las investigaciones encaminadas a explorar el monte Franklin.
Este plan fue unnimemente aprobado por los colonos, que estaban ansiosos de recobrar la posesin entera de su isla.
Caminaron por el estrecho valle que separaba dos de los ms poderosos contrafuertes del monte Franklin. Los rboles espesos de las orillas del ro eran muy raros hacia las zonas superiores del volcn. Era un suelo montaoso bastante quebrado y bueno para las emboscadas, en el cual penetraron los colonos con precaucin. Top y Jup marchaban al descubierto examinando la espesura a derecha e izquierda y rivalizando en inteligencia y destreza, pero nada indicaba que las orillas del ro hubieran sido frecuentadas recientemente; nada anunciaba la presencia ni la proximidad de los bandidos.
Hacia las cinco de la tarde el carro se detuvo a unos seiscientos pasos de la empalizada, oculta todava por una cortina semicircular de grandes rboles.
Haba que reconocer la dehesa para saber si estaba ocupada. Ir abiertamente y a la luz del da, por poco emboscados que estuviesen los bandidos, era exponerse a recibir algn balazo, como le haba sucedido a Harbert. Era preferible esperar la noche.
Sin embargo, Geden Spilett quera reconocer en seguida las inmediaciones de la dehesa, y Pencroff, que estaba muy impaciente, se ofreci a acompaarlo.
-No, amigos mos -dijo el ingeniero-, no les dejar exponerse a la luz del da.
-Pero, seor Ciro! -replic el marino, poco dispuesto a obedecer.
-Se lo suplico, Pencroff -dijo el ingeniero.
-Bueno! -exclam Pencroff, que dio otro curso a su clera, apostrofando a los presidiarios con las ms duras calificaciones del repertorio martimo.
Los colonos permanecieron junto al carricoche vigilando con cuidado las inmediaciones del bosque.
As pasaron tres horas. El viento haba desaparecido y un silencio profundo reinaba entre los grandes rboles. La rotura de la ms pequea rama, un ruido de pasos entre las hojas secas, el deslizamiento de un cuerpo entre las hierbas se habran percibido sin dificultad. Pero todo estaba en calma; y Top, echado en el suelo y alargando la cabeza entre las patas, no daba seal de inquietud.
A las ocho, la tarde pareci bastante avanzada para que pudiera hacerse el reconocimiento en buenas condiciones. Geden Spilett se declar dispuesto a ir en compaa de Pencroff, y Ciro Smith lo consinti. Top y Jup debieron quedarse con el ingeniero, Harbert y Nab, para que un ladrido o un grito inoportunamente lanzado no viniera a dar la seal de alarma.
-No cometan ninguna imprudencia -dijo Ciro Smith al marino y al periodista-. No deben tomar posesin de la dehesa, sino solamente reconocer si est o no ocupada.