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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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-��Due�os de la isla! -exclam� el marino-. �Los due�os de la isla!� repiti�, y su voz se ahogaba como si un pu�o de hierro le tuviera asido por la garganta. Despu�s, en tono m�s tranquilo, dijo-: �Sabe usted, se�or Ciro, cu�l es la bala que he metido en mi fusil?

-�No, Pencroff.

-�La bala que ha atravesado el pecho de Harbert, y le prometo que no errar� el blanco.

Pero estas justas represalias no pod�an volver la vida a Ayrton, y del examen de las huellas dejadas en el suelo se deb�a deducir que no hab�a esperanza ninguna de volverlo a ver.

Aquella noche se estableci� el campamento a catorce millas del Palacio de granito y Ciro Smith calcul� que deb�an estar a m�s de cinco millas del promontorio del Reptil.

Al d�a siguiente llegaron al extremo de la pen�nsula habiendo atravesado el bosque en toda su longitud, pero ning�n indicio hab�a permitido hasta entonces hallar el retiro donde se hab�an refugiado los presidiarios, ni el no menos secreto que daba asilo al misterioso desconocido.

12. Aparece Ayrton vivo en la dehesa y los presidiarios muertos

El d�a siguiente, 17 de febrero, lo dedicaron los colonos a la exploraci�n de toda la parte frondosa del litoral, desde el promontorio del Reptil hasta el r�o de la Cascada. Pudieron registrar completamente aquel bosque, cuya anchura variaba de tres a cuatro millas, porque estaba comprendido entre las dos puntas de la pen�nsula Serpentina. Los �rboles, por su altura y su ramaje espeso, indicaban la fecundidad del suelo, mayor que en ninguna otra parte de la isla. Parec�a aqu�l un rinc�n de esas selvas v�rgenes de Am�rica o de Africa central trasladado a aquella zona media, lo cual induc�a a creer que tan magn�ficos vegetales hallaban en aquel suelo, h�medo en capas superiores, pero c�lido en el interior por efecto de los fuegos volc�nicos, un calor impropio de aquel clima templado. Las especies dominantes eran precisamente aquellos kaur�s y eucaliptos de dimensiones gigantescas.

Pero el objeto de los colonos no era admirar aquella magnificencia vegetal. Sab�an que bajo este aspecto la isla Lincoln habr�a merecido por su categor�a ser clasificada en el grupo de las Canarias, cuyo primer nombre fue el de las islas Afortunadas, pero por el momento su isla no les pertenec�a por completo; otros hab�an tomado posesi�n de ella, unos criminales, y hab�a que hacerlos desaparecer.

En la costa occidental no se encontraron huellas de ninguna especie, por m�s cuidado que se puso en buscarlas. No hab�a se�ales de paso, ni rotura de �rboles, ni cenizas fr�as, ni campamento abandonado.

-�Esto no me extra�a -dijo Ciro Smith a sus compa�eros-. Los presidiarios han entrado en la isla por las inmediaciones de la punta del Pecio y se han dirigido inmediatamente a los bosques del Far-West, despu�s de haber atravesado el pantano de los Tadornes. Han seguido, poco m�s o menos, el camino que hemos tra�do desde el Palacio de granito, lo cual explica las huellas que hemos encontrado en el bosque.

Pero al llegar al litoral han comprendido que no encontrar�an un retiro conveniente; han subido por tanto hacia el norte y entonces han descubierto la dehesa. -Adonde quiz� han vuelto -dijo Pencroff.

-�No lo creo -a�adi� el ingeniero-; porque deben suponer que nuestras investigaciones se dirigir�n hacia esta parte. La dehesa es para ellos un dep�sito de provisiones, no un campamento definitivo.

-�Soy del parecer de Ciro -dijo el periodista-. Y supongo que los presidiarios han buscado refugio entre los contrafuertes del monte Franklin.

-�Entonces, se�or Ciro, vamos derechos a la dehesa -exclam� Pencroff. Acabemos, porque hasta ahora hemos perdido el tiempo.

-�No, amigo m�o -repuso el ingeniero-. �Olvida usted que ten�amos tambi�n inter�s en saber si los bosques del Far-West ocultaban alguna habitaci�n? Nuestra exploraci�n tiene dos objetos, Pencroff. Si por una parte debemos castigar el crimen, por la otra tenemos que cumplir un deber de gratitud.

-�Bien dicho, se�or Ciro -repuso el marino-, pero yo creo que no encontraremos a ese caballero hasta que �l quiera.

Y al decir esto, Pencroff dec�a lo que estaba en el �nimo de todos. Era probable que el retiro del desconocido fuese tan misterioso como su misma persona.

Aquella tarde el carro se detuvo en la desembocadura del r�o de la Cascada. Se organiz� el campamento seg�n la costumbre y se tomaron las precauciones habituales para pasar la noche. Harbert, que hab�a vuelto a ser el muchacho vigoroso y activo de antes de su enfermedad, se aprovechaba de aquella existencia al aire libre, entre las brisas del oc�ano y la atm�sfera vivificadora de los bosques. Ya no iba en el carro, sino a la cabeza de la caravana.

Al d�a siguiente, 29 de febrero, los colonos, abandonando el litoral, donde m�s all� de la desembocadura se acumulaban tan pintorescamente basaltos de todas formas, subieron el curso del r�o por su orilla izquierda. El camino estaba bastante libre por las excursiones precedentes que se hab�an hecho desde la dehesa hasta la costa occidental. Se encontraban los colonos a seis millas del monte Franklin.

El proyecto del ingeniero era observar minuciosamente todo el valle, cuya vaguada formaba el lecho del r�o, y acercarse con precauci�n a la dehesa; si �sta estaba ocupada, tomarla por la fuerza, y si no lo estaba, fortificarse en ella haci�ndola centro de las investigaciones encaminadas a explorar el monte Franklin.

Este plan fue un�nimemente aprobado por los colonos, que estaban ansiosos de recobrar la posesi�n entera de su isla.

Caminaron por el estrecho valle que separaba dos de los m�s poderosos contrafuertes del monte Franklin. Los �rboles espesos de las orillas del r�o eran muy raros hacia las zonas superiores del volc�n. Era un suelo monta�oso bastante quebrado y bueno para las emboscadas, en el cual penetraron los colonos con precauci�n. Top y Jup marchaban al descubierto examinando la espesura a derecha e izquierda y rivalizando en inteligencia y destreza, pero nada indicaba que las orillas del r�o hubieran sido frecuentadas recientemente; nada anunciaba la presencia ni la proximidad de los bandidos.

Hacia las cinco de la tarde el carro se detuvo a unos seiscientos pasos de la empalizada, oculta todav�a por una cortina semicircular de grandes �rboles.

Hab�a que reconocer la dehesa para saber si estaba ocupada. Ir abiertamente y a la luz del d�a, por poco emboscados que estuviesen los bandidos, era exponerse a recibir alg�n balazo, como le hab�a sucedido a Harbert. Era preferible esperar la noche.

Sin embargo, Gede�n Spilett quer�a reconocer en seguida las inmediaciones de la dehesa, y Pencroff, que estaba muy impaciente, se ofreci� a acompa�arlo.

-�No, amigos m�os -dijo el ingeniero-, no les dejar� exponerse a la luz del d�a.

-��Pero, se�or Ciro! -replic� el marino, poco dispuesto a obedecer.

-�Se lo suplico, Pencroff -dijo el ingeniero.

-��Bueno! -exclam� Pencroff, que dio otro curso a su c�lera, apostrofando a los presidiarios con las m�s duras calificaciones del repertorio mar�timo.

Los colonos permanecieron junto al carricoche vigilando con cuidado las inmediaciones del bosque.

As� pasaron tres horas. El viento hab�a desaparecido y un silencio profundo reinaba entre los grandes �rboles. La rotura de la m�s peque�a rama, un ruido de pasos entre las hojas secas, el deslizamiento de un cuerpo entre las hierbas se habr�an percibido sin dificultad. Pero todo estaba en calma; y Top, echado en el suelo y alargando la cabeza entre las patas, no daba se�al de inquietud.

A las ocho, la tarde pareci� bastante avanzada para que pudiera hacerse el reconocimiento en buenas condiciones. Gede�n Spilett se declar� dispuesto a ir en compa��a de Pencroff, y Ciro Smith lo consinti�. Top y Jup debieron quedarse con el ingeniero, Harbert y Nab, para que un ladrido o un grito inoportunamente lanzado no viniera a dar la se�al de alarma.

-�No cometan ninguna imprudencia -dijo Ciro Smith al marino y al periodista-. No deben tomar posesi�n de la dehesa, sino solamente reconocer si est� o no ocupada.

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