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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Hab�a tiempo todav�a, porque no se hab�a manifestado a�n el tercer acceso de la fiebre perniciosa.

Y a�adiremos que no se manifestar�a.

Por lo dem�s, todos hab�an recobrado la esperanza. La influencia misteriosa se hab�a ejercido de nuevo en un momento supremo, cuando ya se desesperaba de que acudiese el remedio.

Al cabo de algunas horas, Harbert descansaba m�s apaciblemente. Los colonos pudieron hablar entonces de aquel incidente que hac�a m�s palpable que nunca la intervenci�n del desconocido. Pero �c�mo hab�a podido penetrar durante la noche hasta el Palacio de granito? Aquello era absolutamente inexplicable y la manera de proceder del genio de la isla era tan extra�a como el mismo genio.

Durante aquellos d�as, de tres en tres horas, fue suministrado a Harbert el sulfato de quinina.

El joven experiment� a la ma�ana siguiente alguna mejor�a. Cierto que no estaba curado. Las fiebres intermitentes est�n sujetas a frecuentes y peligrosas recidivas. Pero estaba atendido y el espec�fico estaba all�, y no se encontraba lejos el que lo hab�a llevado. En fin, el coraz�n de todos se abri� a una inmensa esperanza.

Esta esperanza se vio realizada. Diez d�as despu�s, el 20 de diciembre, Harbert entraba en la convalecencia. Estaba d�bil todav�a y le hab�a sido impuesta una dieta severa, pero no hab�a vuelto el acceso y, adem�s, el d�cil joven se somet�a de buen grado a todas las prescripciones que se le impon�an. �Ten�a tantos deseos de curarse!

Pencroff era como un hombre a quien hubieran sacado del fondo del abismo. Ten�a accesos de alegr�a que llegaban hasta el delirio. Despu�s que hubo pasado el momento del tercer acceso, estrech� al periodista entre sus brazos, casi hasta ahogarlo, y desde entonces no le llamaba m�s que el doctor Spilett. Faltaba descubrir al verdadero doctor.

-��Lo descubriremos! -repet�a el marino.

Y ciertamente, aquel hombre, cualquiera que fuese, deb�a esperar un abrazo terrible de Pencroff.

El mes de diciembre termin� y con �l el a�o 1867, durante el cual los colonos de la isla Lincoln se hab�an visto sometidos a tan duras pruebas. Entraron en el a�o de 1868 con un tiempo magn�fico, un calor soberbio y una temperatura tropical, que por fortuna pod�a refrescarse con la brisa de los mares. Harbert renac�a y desde su cama, puesta al

lado de una de las ventanas del Palacio de granito, aspiraba aquel aire saludable, cargado de emanaciones salinas, que restablec�an su salud. Comenzaba ya a comer y Dios sabe los buenos platitos ligeros y sabrosos que le preparaba Nab.

-�Casi le dan a uno ganas de haber estado moribundo -dec�a Pencroff.

Durante todo aquel per�odo los piratas no se hab�an presentado una sola vez en las inmediaciones del Palacio de granito. De Ayrton no hab�a noticias y, si el ingeniero y Harbert conservaban todav�a alguna esperanza de encontrarlo, sus compa�eros no dudaban ya de que hab�a sucumbido. Sin embargo, esta incertidumbre no pod�a durar y, cuando el joven estuviese completamente restablecido, deb�a emprenderse la expedici�n, cuyos resultados no podr�an menos de ser importantes. Pero era preciso esperar un mes quiz�, porque se necesitaban todas las fuerzas de la colonia, y a�n m�s todav�a, para combatir eficazmente a los presidiarios.

Harbert iba mejorando sensiblemente cada d�a. La congesti�n del h�gado iba desapareciendo y las heridas pod�an considerarse definitivamente cicatrizadas.

Durante aquel mes de enero se hicieron importantes trabajos en la meseta de la Gran Vista, pero consistieron �nicamente en salvar lo que pod�a salvarse de las cosechas devastadas de trigo y legumbres. Se recogieron los granos y las plantas y se dispusieron las cosas de manera que pudiera haber una recolecci�n en la estaci�n pr�xima.

En cuanto a levantar los edificios del corral y las cuadras, Ciro Smith prefiri� aplazar estas tareas, pues mientras �l y sus compa�eros estuviesen en persecuci�n de los bandidos, �stos podr�an hacer una nueva visita a la meseta, y era preciso no darles ocasi�n de volver a su oficio de saqueadores e incendiarios. La reedificaci�n vendr�a luego que se hubiera purgado la isla de aquellos malhechores.

El joven convaleciente comenz� a levantarse en la segunda quincena del mes de enero: primero una hora al d�a, despu�s dos y luego tres. Recobraba las fuerzas a ojos vistas, gracias a su constituci�n vigorosa. Ten�a entonces dieciocho a�os: era alto y promet�a ser un hombre de hermosa y noble presencia. A partir de aquel momento su convalecencia, sin dejar de exigir alg�n cuidado, en lo cual el doctor Spilett se mostraba muy r�gido, march� con regularidad.

A finales de mes, Harbert recorr�a ya la meseta de la Gran Vista y la playa. Algunos ba�os de mar que tom� en compa��a de Pencroff y de Nab le fueron muy bien. Desde entonces Ciro Smith crey� que podr�a ya se�alar el d�a de la partida: se fij� para el 15 de febrero. Las noches, muy claras en aquella �poca del a�o, eran propicias para las investigaciones que trataban de hacerse en toda la isla.

Comenzaron los preparativos necesarios para la exploraci�n, y deb�an ser importantes, porque los colonos hab�an jurado no volver al Palacio de granito sin haber alcanzado los dos objetos de la expedici�n: por una parte, destruir a los presidiarios y encontrar a Ayrton si viv�a, y por otra, descubrir al hombre que presid�a tan eficazmente los destinos de la colonia.

De la isla Lincoln los colonos conoc�an a fondo toda la costa oriental, desde el cabo de la Garra hasta los dos cabos Mand�bulas, el vasto pantano de los Tadornes, los alrededores del lago Grant, los bosques del Jacamar, comprendidos entre el camino de la dehesa y el r�o de la Merced, y el curso de �ste y del arroyo Rojo, y, en fin, los contrafuertes del monte Franklin, entre los cuales estaba establecida la dehesa.

Hab�an explorado, pero de un modo imperfecto, el vasto litoral de la bah�a de Washington, desde el cabo de la Garra hasta el promontorio del Reptil, la linde de los bosques y pantanos de la costa occidental y las interminables dunas que mor�an en las fauces entreabiertas del golfo del Tibur�n.

Pero no hab�an reconocido los grandes bosques que cubr�an la pen�nsula Serpentina, toda la orilla derecha del r�o de la Merced, la izquierda del r�o de la Cascada y el laberinto de contrafuertes y valles que constitu�an las tres cuartas partes de la base del monte Franklin, al oeste, al norte y al este, donde sin duda exist�an muchas y profundas cuevas. Por consiguiente, todav�a hab�an escapado a sus investigaciones muchos miles de acres de tierra de aquella isla.

Se decidi� que la expedici�n se dirigir�a a trav�s del Far-West para englobar toda la parte situada a la derecha del r�o de la Merced. Quiz� hubiera valido m�s dirigirse a la dehesa, donde deb�a temerse que los presidiarios se hubieran refugiado de nuevo para saquearla o para instalarse. Pero, o la devastaci�n de la dehesa era ya un hecho consumado, y por consiguiente inevitable, o los presidiarios hab�an tenido inter�s en atrincherarse en ella, y siempre habr�a tiempo de ir all� a echarlos.

Despu�s de largas discusiones, se mantuvo el primer plan y los colonos resolvieron dirigirse a trav�s de los bosques al promontorio del Reptil. Caminar�an con el hacha en la mano y establecer�an el primer trazado de un camino que pondr�a en comunicaci�n el Palacio de granito con el extremo de la pen�nsula en unas diecis�is o diecisiete millas.

El carricoche estaba en estado perfecto, y los onagros, bien descansados, pod�an hacer una larga caminata. Se cargaron en �l v�veres, efectos de campamento, cocina port�til, utensilios diversos y las armas y municiones escogidas con cuidado en el arsenal, ya tan completo, del Palacio de granito. Pero no hab�a que olvidar que los presidiarios estaban seguramente ocultos en los bosques y que en medio de sus intrincadas espesuras pronto se disparaba y se recib�a un balazo; de ah� la necesidad de que el grupo de los colonos permaneciese compacto y no se dividiera bajo ning�n pretexto. Se decidi� igualmente que nadie quedar�a en el Palacio de granito, debiendo, hasta Top y Jup, formar parte de la expedici�n. La inaccesible morada pod�a guardarse por s� sola.

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