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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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En cuanto al molino, a los edificios del corral y al establo de los onagros, el fuego lo haba destruido todo. Algunos animales, asustados, andaban errantes por la meseta. Los voltiles que se haban refugiado durante el incendio en las aguas del lago, volvan a su sitio habitual y recorran la ribera. All todo estaba destruido y todo deba rehacerse de nuevo.

El rostro de Ciro Smith, ms plido que de costumbre, denotaba una clera interior, que no poda dominar. Sin embargo, el ingeniero no pronunci una sola palabra. Por ltima vez mir sus campos devastados y el humo que se levantaba todava entre las ruinas y volvi al Palacio de granito.

Los das que siguieron fueron los ms tristes que los colonos haban pasado en la isla. La debilidad de Harbert aumentaba visiblemente. Pareca que le amenazaba una enfermedad ms grave, consecuencia de la profunda alteracin fisiolgica que haba experimentado, y Geden Spilett presenta una agravacin en su estado que le sera imposible combatir.

En efecto, Harbert permaneca en una especie de sopor casi continuo, y comenzaban a manifestarse algunos sntomas de delirio. Los colonos no disponan de ms remedios que tisana refrigerante; pero la fiebre, aunque todava no era muy fuerte, pareca tender a establecerse por accesos regulares.

Geden Spilett hizo esta observacin el 6 de diciembre. El pobre joven, cuyos dedos, nariz y orejas se haban puesto extremadamente plidos y transparentes, experiment al principio ligeros escalofros, horripilaciones y temblores. Su pulso era dbil e irregular. Su sed, intensa. Su piel estaba seca. A este perodo sucedi en breve otro de calor: el rostro se le anim, la piel se enrojeci y acelerse el pulso; despus se manifest un sudor abundante, a consecuencia del cual pareci que disminua la fiebre. El acceso haba durado unas veinte horas.

Geden Spilett no se haba separado de Harbert, que tena una fiebre intermitente. Era indudable que se necesitaba a toda costa cortar aquella fiebre antes que se hiciese ms grave.

-Para cortarla -dijo Geden Spilett-necesitamos un febrfugo. -Un febrfugo! -repiti el ingeniero-. No tenemos ni quina ni sulfato de quinina. -No -dijo Geden Spilett-, pero hay sauces en la orilla del lago, y la corteza de sauce a veces puede reemplazar la quina. -Probemos sin perder tiempo -repuso Ciro Smith.

La corteza de sauce est considerada como un sucedneo de la quina, lo mismo que el castao de Indias, las hojas de acebo, la serpentaria y otras plantas. Haba que hacer una prueba con aquella sustancia, aunque no fuese un compuesto equivalente de la quina, y emplearla en el estado natural, pues no haba medio de extraer de ella el alcaloide, es decir, la salicina.

Ciro Smith fue a cortar del tronco de una especie de sauce negro algunos pedazos de corteza, los llev al Palacio de granito, los redujo a polvo y aquella misma tarde le fue administrada una fuerte dosis de estos polvos a Harbert.

La noche pas sin incidente grave. Harbert tuvo algn delirio, pero la fiebre no reapareci, ni tampoco al da siguiente.

Pencroff recobr alguna esperanza. Geden Spilett no deca nada. Poda suceder que la fiebre intermitente no fuese cotidiana, que fuese terciana; en una palabra, que volviese al da siguiente. Todos esperaron al da siguiente en la ms viva ansiedad.

Adems se observaba que durante el perodo apirxico Harbert permaneca como abrumado, teniendo pesada y aturdida la cabeza. Otro sntoma que asust al periodista: indudablemente, el hgado de Harbert comenzaba a congestionarse, y en breve un delirio ms intenso demostr que la congestin se extenda tambin al cerebro.

Ante aquella nueva complicacin qued aterrado Geden Spilett y llam aparte al ingeniero.

-Es una fiebre perniciosa! -le dijo.

-Una fiebre perniciosa! -exclam Ciro Smith-. Se engaa usted, Spilett, porque la fiebre perniciosa no se declara espontneamente, hay que adquirir el germen

-No me engao -dijo el periodista-. Harbert haba adquirido ese germen en los pantanos de la isla y esto basta. Ya ha experimentado el primer acceso. Si viene el segundo y no conseguimos impedir el tercero, est perdido.

-Pero y esa corteza de sauce?

-Es insuficiente -respondi Spilett-, y el tercer acceso de fiebre perniciosa que no se puede cortar con la quinina, es siempre mortal.

Por fortuna Pencroff no haba odo nada de esta observacin, porque de otro modo se habra vuelto loco.

Ya pueden suponerse los temores que experimentaron el ingeniero y el periodista durante aquel da 7 de diciembre y la noche que sigui.

Hacia la mitad del da se present el segundo acceso. La crisis fue terrible; Harbert se crea perdido; tenda sus brazos a Ciro Smith, a Spilett y a Pencroff. No quera morir! Aquella escena fue desgarradora y hubo necesidad de alejar a Pencroff.

El acceso dur cinco horas. Era evidente que Harbert no podra soportar el tercero.

La noche fue espantosa. En su delirio Harbert deca cosas que partan el corazn de sus compaeros. Divagaba, luchaba contra los presidiarios, llamaba a Ayrton, suplicaba a aquel ser misterioso, a aquel protector, que ya haba desaparecido y cuya imagen lo obsesionaba Despus volvi a caer en una postracin profunda, que lo aniquilaba Muchas veces Geden Spilett crey que el pobre joven haba muerto.

El da 8 de diciembre no fue ms que una sucesin de desmayos. Las manos enflaquecidas de Harbert se crispaban asiendo las ropas de la cama. Se le administraron nuevas dosis de corteza machacada, pero el periodista no esperaba ningn resultado.

-Si antes de maana no le hemos dado un febrfugo ms enrgico, Harbert morir.

Lleg la noche, la ltima sin duda de aquel nio valeroso, bueno, inteligente, tan superior a su edad y a quien todos amaban como a un hijo. El nico remedio que exista contra la terrible fiebre perniciosa, el nico especfico que poda vencerla, no exista en la isla Lincoln.

Durante aquella noche del 8 al 9 de diciembre, Harbert tuvo un acceso de delirio ms intenso. Tena el hgado horriblemente congestionado, el cerebro atacado y ya era imposible que conociese a nadie.

Vivira hasta la maana siguiente, hasta ese tercer acceso que debera indudablemente causarle la muerte? No era probable. Sus fuerzas estaban agotadas y en el intervalo de la crisis se encontraba como inanimado.

Hacia las tres de la maana, Harbert dio un grito espantoso y pareci retorcerse en una terrible convulsin. Nab, que estaba a su lado, se asust y fue al cuarto inmediato donde se hallaban sus compaeros.

Top en aquel momento ladr de un modo extrao

Todos entraron inmediatamente y lograron sujetar en la cama al joven moribundo, que quera arrojarse fuera de ella, mientras Geden Spilett, tenindole el brazo, observaba que iba subiendo poco a poco el pulso

Eran las cinco de la maana. Los rayos del sol comenzaban a penetrar en los cuartos del Palacio de granito. Se anunciaba un hermoso da y aquel da iba a ser el ltimo del pobre Harbert.

Un rayo de luz lleg hasta la mesa, situada cerca del lecho. De repente Pencroff dio un grito y mostr un objeto que haba sobre la mesa Era una pequea caja oblonga, en cuya tapa estaban escritas estas palabras: Sulfato de quinina.

11. Los colonos salen en busca de los presidiarios y del personaje misterioso

Geden Spilett tom la caja y la abri. Contena unos doscientos gramos de un polvo blanco, del cual llev a los labios algunas partculas. El excesivo amargor de aquella sustancia no poda engaarlo: era el precioso alcaloide de la quina, el antipirtico por excelencia.

Haba que administrar inmediatamente aquellos polvos a Harbert. Despus se discutira cmo se haban encontrado all. -Caf! -exclam Geden Spilett.

Pocos instantes despus Nab llevaba una taza de la infusin tibia. Geden Spilett ech en ella dieciocho granos del sulfato y consigui hacrsela beber a Harbert.

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