La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
En cuanto al molino, a los edificios del corral y al establo de los onagros, el fuego lo hab�a destruido todo. Algunos animales, asustados, andaban errantes por la meseta. Los vol�tiles que se hab�an refugiado durante el incendio en las aguas del lago, volv�an a su sitio habitual y recorr�an la ribera. All� todo estaba destruido y todo deb�a rehacerse de nuevo.
El rostro de Ciro Smith, m�s p�lido que de costumbre, denotaba una c�lera interior, que no pod�a dominar. Sin embargo, el ingeniero no pronunci� una sola palabra. Por �ltima vez mir� sus campos devastados y el humo que se levantaba todav�a entre las ruinas y volvi� al Palacio de granito.
Los d�as que siguieron fueron los m�s tristes que los colonos hab�an pasado en la isla. La debilidad de Harbert aumentaba visiblemente. Parec�a que le amenazaba una enfermedad m�s grave, consecuencia de la profunda alteraci�n fisiol�gica que hab�a experimentado, y Gede�n Spilett present�a una agravaci�n en su estado que le ser�a imposible combatir.
En efecto, Harbert permanec�a en una especie de sopor casi continuo, y comenzaban a manifestarse algunos s�ntomas de delirio. Los colonos no dispon�an de m�s remedios que tisana refrigerante; pero la fiebre, aunque todav�a no era muy fuerte, parec�a tender a establecerse por accesos regulares.
Gede�n Spilett hizo esta observaci�n el 6 de diciembre. El pobre joven, cuyos dedos, nariz y orejas se hab�an puesto extremadamente p�lidos y transparentes, experiment� al principio ligeros escalofr�os, horripilaciones y temblores. Su pulso era d�bil e irregular. Su sed, intensa. Su piel estaba seca. A este per�odo sucedi� en breve otro de calor: el rostro se le anim�, la piel se enrojeci� y aceler�se el pulso; despu�s se manifest� un sudor abundante, a consecuencia del cual pareci� que disminu�a la fiebre. El acceso hab�a durado unas veinte horas.
Gede�n Spilett no se hab�a separado de Harbert, que ten�a una fiebre intermitente. Era indudable que se necesitaba a toda costa cortar aquella fiebre antes que se hiciese m�s grave.
-�Para cortarla -dijo Gede�n Spilett-necesitamos un febr�fugo. -�Un febr�fugo! -repiti� el ingeniero-. No tenemos ni quina ni sulfato de quinina. -No -dijo Gede�n Spilett-, pero hay sauces en la orilla del lago, y la corteza de sauce a veces puede reemplazar la quina. -Probemos sin perder tiempo -repuso Ciro Smith.
La corteza de sauce est� considerada como un suced�neo de la quina, lo mismo que el casta�o de Indias, las hojas de acebo, la serpentaria y otras plantas. Hab�a que hacer una prueba con aquella sustancia, aunque no fuese un compuesto equivalente de la quina, y emplearla en el estado natural, pues no hab�a medio de extraer de ella el alcaloide, es decir, la salicina.
Ciro Smith fue a cortar del tronco de una especie de sauce negro algunos pedazos de corteza, los llev� al Palacio de granito, los redujo a polvo y aquella misma tarde le fue administrada una fuerte dosis de estos polvos a Harbert.
La noche pas� sin incidente grave. Harbert tuvo alg�n delirio, pero la fiebre no reapareci�, ni tampoco al d�a siguiente.
Pencroff recobr� alguna esperanza. Gede�n Spilett no dec�a nada. Pod�a suceder que la fiebre intermitente no fuese cotidiana, que fuese terciana; en una palabra, que volviese al d�a siguiente. Todos esperaron al d�a siguiente en la m�s viva ansiedad.
Adem�s se observaba que durante el per�odo apir�xico Harbert permanec�a como abrumado, teniendo pesada y aturdida la cabeza. Otro s�ntoma que asust� al periodista: indudablemente, el h�gado de Harbert comenzaba a congestionarse, y en breve un delirio m�s intenso demostr� que la congesti�n se extend�a tambi�n al cerebro.
Ante aquella nueva complicaci�n qued� aterrado Gede�n Spilett y llam� aparte al ingeniero.
-��Es una fiebre perniciosa! -le dijo.
-��Una fiebre perniciosa! -exclam� Ciro Smith-. Se enga�a usted, Spilett, porque la fiebre perniciosa no se declara espont�neamente, hay que adquirir el germen�
-�No me enga�o -dijo el periodista-. Harbert hab�a adquirido ese germen en los pantanos de la isla y esto basta. Ya ha experimentado el primer acceso. Si viene el segundo y no conseguimos impedir el tercero�, est� perdido.
-�Pero �y esa corteza de sauce?
-�Es insuficiente -respondi� Spilett-, y el tercer acceso de fiebre perniciosa que no se puede cortar con la quinina, es siempre mortal.
Por fortuna Pencroff no hab�a o�do nada de esta observaci�n, porque de otro modo se habr�a vuelto loco.
Ya pueden suponerse los temores que experimentaron el ingeniero y el periodista durante aquel d�a 7 de diciembre y la noche que sigui�.
Hacia la mitad del d�a se present� el segundo acceso. La crisis fue terrible; Harbert se cre�a perdido; tend�a sus brazos a Ciro Smith, a Spilett y a Pencroff. �No quer�a morir! Aquella escena fue desgarradora y hubo necesidad de alejar a Pencroff.
El acceso dur� cinco horas. Era evidente que Harbert no podr�a soportar el tercero.
La noche fue espantosa. En su delirio Harbert dec�a cosas que part�an el coraz�n de sus compa�eros. Divagaba, luchaba contra los presidiarios, llamaba a Ayrton, suplicaba a aquel ser misterioso, a aquel protector, que ya hab�a desaparecido y cuya imagen lo obsesionaba� Despu�s volvi� a caer en una postraci�n profunda, que lo aniquilaba� Muchas veces Gede�n Spilett crey� que el pobre joven hab�a muerto.
El d�a 8 de diciembre no fue m�s que una sucesi�n de desmayos. Las manos enflaquecidas de Harbert se crispaban asiendo las ropas de la cama. Se le administraron nuevas dosis de corteza machacada, pero el periodista no esperaba ning�n resultado.
-�Si antes de ma�ana no le hemos dado un febr�fugo m�s en�rgico, Harbert morir�.
Lleg� la noche, la �ltima sin duda de aquel ni�o valeroso, bueno, inteligente, tan superior a su edad y a quien todos amaban como a un hijo. El �nico remedio que exist�a contra la terrible fiebre perniciosa, el �nico espec�fico que pod�a vencerla, no exist�a en la isla Lincoln.
Durante aquella noche del 8 al 9 de diciembre, Harbert tuvo un acceso de delirio m�s intenso. Ten�a el h�gado horriblemente congestionado, el cerebro atacado y ya era imposible que conociese a nadie.
�Vivir�a hasta la ma�ana siguiente, hasta ese tercer acceso que deber�a indudablemente causarle la muerte? No era probable. Sus fuerzas estaban agotadas y en el intervalo de la crisis se encontraba como inanimado.
Hacia las tres de la ma�ana, Harbert dio un grito espantoso y pareci� retorcerse en una terrible convulsi�n. Nab, que estaba a su lado, se asust� y fue al cuarto inmediato donde se hallaban sus compa�eros.
Top en aquel momento ladr� de un modo extra�o�
Todos entraron inmediatamente y lograron sujetar en la cama al joven moribundo, que quer�a arrojarse fuera de ella, mientras Gede�n Spilett, teni�ndole el brazo, observaba que iba subiendo poco a poco el pulso�
Eran las cinco de la ma�ana. Los rayos del sol comenzaban a penetrar en los cuartos del Palacio de granito. Se anunciaba un hermoso d�a y aquel d�a iba a ser el �ltimo del pobre Harbert.
Un rayo de luz lleg� hasta la mesa, situada cerca del lecho. De repente Pencroff dio un grito y mostr� un objeto que hab�a sobre la mesa� Era una peque�a caja oblonga, en cuya tapa estaban escritas estas palabras: Sulfato de quinina.
11. Los colonos salen en busca de los presidiarios y del personaje misterioso
Gede�n Spilett tom� la caja y la abri�. Conten�a unos doscientos gramos de un polvo blanco, del cual llev� a los labios algunas part�culas. El excesivo amargor de aquella sustancia no pod�a enga�arlo: era el precioso alcaloide de la quina, el antipir�tico por excelencia.
Hab�a que administrar inmediatamente aquellos polvos a Harbert. Despu�s se discutir�a c�mo se hab�an encontrado all�. -�Caf�! -exclam� Gede�n Spilett.
Pocos instantes despu�s Nab llevaba una taza de la infusi�n tibia. Gede�n Spilett ech� en ella dieciocho granos del sulfato y consigui� hac�rsela beber a Harbert.