La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Se acercaban a la meseta, faltaba una milla para divisar el puente del arroyo de la Glicerina. Ciro Smith no dudaba que el puente estara en su lugar, ya que si los presidiarios haban entrado por l, despus de haber pasado una de las corrientes que cerraban el recinto, habran tomado la precaucin de bajarlo para asegurarse la retirada.
Al fin, por entre los claros que dejaban los ltimos rboles, los colonos vieron el horizonte del mar. Pero el carricoche continu su marcha, sin que ninguno de sus defensores pensara en abandonarlo.
En aquel momento Pencroff detuvo el onagro y con voz terrible exclam:
-Miserables!
Y con la mano mostr una espesa humareda, que daba vueltas por encima del molino, de los establos y de las construcciones del corral.
Un hombre se mova en medio de aquellos humos. Era Nab. Sus compaeros dieron un grito. El negro los oy y corri hacia ellos.
Los presidiarios haban abandonado la meseta haca una hora, despus de haberla devastado.
-Y el seor Harbert? -pregunt Nab.
Geden Spilett volvi en aquel momento al carricoche. Harbert se haba desmayado.
10. Harbert lucha persistentemente con la muerte
Ya no se cuidaron los colonos ni de los presidiarios ni de los peligros que amenazaban al Palacio de granito, ni de las ruinas de que estaba cubierta la meseta: la situacin de Harbert lo dominaba todo. Le haba sido funesto el traslado, produciendo alguna lesin interior? 'El periodista no poda decirlo, pero l y sus compaeros estaban desesperados.
Llevaron el carricoche al recodo del ro. Unas ramas dispuestas en forma de camilla recibieron los colchones en que descansaba Harbert desmayado. Diez minutos despus, Ciro Smith, Geden Spilett y Pencroff estaban al pie de la muralla grantica, dejando a Nab el cuidado de conducir el vehculo a la meseta de la Gran Vista.
El ascensor fue puesto en movimiento y en breve se hall Harbert tendido sobre su cama en el Palacio de granito. Los cuidados que le fueron prodigados le hicieron volver en s. El joven sonri un instante, por estar en su cuarto, pero apenas pudo murmurar algunas palabras, por su debilidad.
Geden Spilett reconoci las heridas, temiendo que se hubiesen abierto por estar todava imperfectamente cicatrizadas, pero nada haba sucedido. De dnde, pues, vena aquella postracin? Por qu se haba empeorado el estado de Harbert?
El joven fue acometido entonces de una especie de sueo febril y el periodista y Pencroff se quedaron a su lado.
Entretanto, Ciro Smith pona al corriente a Nab de lo que haba pasado en la dehesa, y Nab refera a su amo los acontecimientos de que la meseta acababa de ser teatro.
En la noche anterior los presidiarios haban aparecido al extremo del bosque, en las cercanas del arroyo de la Glicerina. Nab, que vigilaba de cerca el corral, no vacil en disparar a uno que se dispona a atravesar el arroyo, pero la noche estaba muy oscura y no pudo saber si la bala del fusil haba herido o no al miserable. En todo caso el tiro no haba bastado para hacer huir a los presidiarios y Nab tuvo slo tiempo de subir al Palacio de granito, donde, por lo menos, estaba seguro.
Pero qu hacer entonces? Cmo impedir la devastacin que los presidiarios amenazaban? Tena algn medio de avisar a su amo? Y por otra parte, en qu situacin estaban los mismos huspedes de la dehesa?
Ciro Smith y sus compaeros haban marchado el 11 de noviembre, y ya estaban a 29. Haca, pues, diecinueve das que Nab no haba tenido ms noticias que las que haba llevado Top, y stas eran desastrosas: Ayrton haba desaparecido; Harbert estaba gravemente herido; el ingeniero, el periodista y el marino estaban, por decirlo as, prisioneros en la dehesa.
Qu hacer? Se preguntaba el pobre Nab. Para l personalmente no haba nada que temer, porque los bandidos no podan alcanzarlo en el Palacio de granito. Pero estaban a merced de ellos los edificios, las plantaciones y las riquezas exteriores de la colonia. No convena hacer a Ciro Smith juez de lo que deba hacerse y avisarle del peligro en que estaba?
A Nab se le ocurri entonces emplear a Jup y confiarle una nota. Conoca la inteligencia del orangutn, ya probada en otras ocasiones. Jup comprenda la palabra
dehesa, que muchas veces se haba pronunciado en su presencia y, adems, con frecuencia, haba guiado el carricoche a aquella habitacin en compaa de Pencroff.
Nab no vacil. Escribi la nota, la at al cuello de Jup, llev al mono a la puerta del Palacio de granito, hacindole bajar por una larga cuerda, y despus repiti estas palabras varias veces:
-Jup! Jup! Dehesa, dehesa!
El animal comprendi lo que se le exiga y, deslizndose por la cuerda hasta la playa, desapareci en la oscuridad, sin llamar la atencin de los malhechores.
-Has hecho bien, Nab -dijo Ciro Smith-, pero quiz habras hecho mejor en no avisarnos.
Hablando as, Ciro Smith pensaba en Harbert, cuya convalecencia pareca tan gravemente comprometida por el traslado.
Nab acab su narracin. Los presidiarios no haban aparecido en la playa. No conociendo el nmero de los habitantes de la isla, podan suponer que el Palacio de granito estaba defendido por una tropa importante. Recordando el ataque del brick saban que los haban acogido muchos tiros, que salan tanto de las rocas inferiores como de las superiores, y sin duda no queran exponerse a ellos. La meseta de la Gran Vista estaba abierta y no enfilada por el fuego del Palacio de granito. Entregronse, pues, en ella, a los instintos de depuracin, saqueando, quemando y haciendo el mal por el mal y se retiraron media hora antes de la llegada de los colonos, a quienes deban creer confinados en la dehesa. Nab se precipit fuera de su retiro, subi a la meseta a riesgo de recibir alguna bala, trat de apagar el incendio que consuma los edificios del corral, y haba luchado, aunque intilmente, contra el fuego hasta el momento en que se present el carricoche al extremo del bosque.
Estos eran los grandes acontecimientos que haban ocurrido. La presencia de los presidiarios constitua una amenaza permanente para los colonos de la isla Lincoln, hasta entonces tan felices, y deban esperar an mayores desgracias.
Geden Spilett permaneci en el Palacio de granito al lado de Harbert y de Pencroff, mientras Ciro Smith, acompaado de Nab, sali a juzgar por s mismo de la extensin del desastre.
Era una fortuna que los presidiarios no se hubiesen adelantado hasta el pie del Palacio de granito, porque entonces los talleres de las Chimeneas no hubieran escapado a la destruccin, pero este mal hubiera sido quiz ms fcilmente reparable que las ruinas acumuladas en la meseta de la Gran Vista.
Ciro Smith y Nab se dirigieron hacia el ro de la Merced y subieron por su orilla izquierda sin encontrar vestigios del paso de los bandidos. Al otro lado del ro, en el espesor del bosque, tampoco observaron ningn indicio sospechoso.
Por otra parte, segn todas las probabilidades, haba que admitir o los presidiarios saban la vuelta de los colonos al Palacio de granito, porque les haban visto pasar por el camino de la dehesa, o despus de haber devastado la meseta se haban internado en el bosque del Jacamar, siguiendo el curso del ro de la Merced, y entonces ignoraban el regreso de aqullos.
En el primer caso habran vuelto a la dehesa, ya sin defensores y que contena recursos preciosos para ellos.
En el segundo caso deban haber vuelto a su campamento para esperar una ocasin de emprender un nuevo ataque.
Haba que ganarles por la mano. Pero toda empresa encaminada a desembarazar la isla de tan incmodos huspedes estaba subordinada, entonces lo mismo que antes, a la situacin de Harbert. En efecto, Ciro Smith necesitaba para aquella empresa todas sus fuerzas y nadie poda en aquel momento abandonar el Palacio de granito.
El ingeniero y Nab llegaron a la meseta. Aquello era una completa desolacin: los sembrados haban sido pisoteados; las espigas de grano yacan por tierra; las dems plantaciones no haban sufrido menos; la huerta estaba trastocada. Por fortuna, el Palacio de granito posea un repuesto de grano que permita reparar aquellos daos.