La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Los colonos lo examinaron y reconocieron que era un pedazo de chaqueta de Ayrton, hecha de aquel fieltro que slo se fabricaba en el taller del Palacio de granito.
-Ya lo ve, Pencroff -observ Ciro Smith-, ha habido resistencia por parte del desgraciado Ayrton. Los presidiarios se lo han llevado a pesar suyo. Duda usted todava de su honradez?
-No, seor Ciro -repuso el marino-, y hace largo tiempo que se va desvaneciendo mi desconfianza. Pero me parece que hay una consecuencia que sacar de este hecho.
-Cul? -pregunt el periodista.
-Que Ayrton no ha muerto en la dehesa; que se lo han llevado vivo, puesto que ha resistido. Ahora bien, quiz vive todava.
-En efecto, eso es posible -repuso el ingeniero, que se qued pensativo.
Los compaeros de Ayrton podan abrigar todava una esperanza. Al principio haban podido creer que Ayrton, sorprendido en la dehesa, haba muerto a consecuencia de alguna bala como la que haba herido a Harbert. Pero, si los presidiarios no le haban dado muerte inmediata, si lo haban llevado a alguna otra parte de la isla, no poda admitirse que fuese todava su prisionero? Quiz alguno de ellos haba reconocido en Ayrton a su antiguo compaero de Australia, al Ben Joyce, jefe de los presidiarios fugados, y no habran concebido la esperanza de que se les uniese? Les habra sido tan til si hubiesen podido lograr que hiciera traicin a los colonos!
El incidente fue, pues, favorablemente interpretado en la dehesa y no pareci imposible encontrar todava vivo a Ayrton. Este, por su parte, si estaba prisionero, hara sin duda esfuerzos para librarse de las manos de los bandidos y, a su tiempo, sera un poderoso auxiliar para los colonos.
-En todo caso -observ Geden Spilett-, si por fortuna Ayrton logra salvarse, ir directamente al Palacio de granito, pues no conoce el atentado de Harbert; por consiguiente, no puede creer que estemos confinados en la dehesa.
-Ah! Yo quisiera que estuviese en el Palacio de granito -exclam Pencroff-y nosotros tambin! Porque, al fin, si esa canalla no puede intentar nada contra nuestra casa, al menos puede saquear la meseta, las plantaciones y el corral.
Pencroff se haba hecho un verdadero labrador, aficionado de todo corazn a sus cosechas. Pero debe decirse que Harbert estaba ms impaciente que ninguno por volver al Palacio de granito, porque saba cun necesaria era all la presencia de los colonos. Y era l quien los detena en la dehesa! Esta era la nica idea que ocupaba su imaginacin: abandonar la dehesa. Crea poder soportar el camino y aseguraba que recobrara la fuerza mucho ms Pronto en su cuarto con el aire y la vista del mar.
Muchas veces inst a Geden Spilett para que dispusiera la partida, pero ste, temiendo con razn que las heridas del joven, mal cicatrizadas, volveran a abrirse en el camino, no quera dar la orden de marchar.
Sin embargo, ocurri un incidente que oblig a Ciro Smith y a sus dos amigos a acceder a los deseos del joven, y Dios sabe los remordimientos y dolores que pudo causarles esta determinacin.
Ciro Smith, Pencroff y Geden Spilett tomaron los fusiles y, dispuestos a disparar, salieron de casa.
Top, que haba corrido hasta el pie de la empalizada, saltaba y ladraba, pero era de contento y no de rabia. -Alguien viene!
-S.
-Y no es un enemigo.
-Ser Nab? -O Ayrton?
Apenas se haban cambiado estas palabras entre el ingeniero y sus dos compaeros, cuando un cuerpo saltaba por encima de la empalizada y caa en el recinto de la dehesa.
Era Jup, el propio maese Jup, al cual Top hizo una acogida de verdadero amigo.
-Jup! -exclam Pencroff. -Nab nos lo enva -dijo el periodista.
-Entonces -repuso el ingeniero-, debe traer algn papel consigo.
Pencroff se precipit hacia el orangutn. Si Nab haba tenido alguna noticia importante que dar a su amo, no poda emplear un mensajero ms seguro ni ms rpido, que pudiera pasar por sitios donde no habran podido aventurarse los colonos ni el mismo Top.
Ciro Smith no se haba engaado. Del cuello de Jup penda un saquito y en l un billete escrito de mano de Nab. Jzguese la desesperacin de Ciro Smith y de sus compaeros cuando leyeron estas palabras:
Viernes, a las seis de la maana. Meseta invadida por los presidiarios. NAB
Se miraron sin pronunciar una palabra y entraron en la casa. Qu deban hacer? Los presidiarios en la meseta de la Gran Vista significaba el desastre, la devastacin, la ruina.
El muchacho, al ver entrar al ingeniero, al periodista y a Pencroff, comprendi que la situacin se haba agravado y, cuando divis a Jup, no dud de que amenazase una desgracia al Palacio de granito.
-Seor Ciro -dijo-, marchemos. Me encuentro en estado de soportar el traslado. Quiero irme.
Geden Spilett se acerc a Harbert y, despus de haberle examinado, dijo: -Marchemos.
Pronto se resolvi la cuestin de si deba trasladarse a Harbert en unas parihuelas o en el carricoche que haba llevado Ayrton a la dehesa. Las parihuelas habran tenido movimientos suaves para el herido, pero necesitaban dos portadores, es decir, que faltaran dos fusiles para la defensa, si ocurra un ataque en el camino.
Por el contrario, empleando el carricoche quedaran todos los brazos disponibles. No era imposible poner en l colchones, sobre los cuales descansara Harbert y, avanzando con precaucin, se le evitara todo choque violento.
Llevaron el carricoche. Pencroff enganch el onagro. Ciro Smith y el periodista levantaron los colchones y los colocaron en el fondo, entre los dos bandos.
El tiempo era bueno. Vivos rayos de sol penetraban entre los rboles.
-Estn preparadas las armas? -pregunt Ciro Smith.
Lo estaban. El ingeniero y Pencroff, armados cada uno de una escopeta de dos caones, y Geden Spilett, provisto de su carabina, estaban preparados para partir. -Ests bien, Harbert? -pregunt el ingeniero.
-S, seor Smith -contest el joven-, est tranquilo, no morir en el camino.
Hablando se vea, sin embargo, que el pobre joven apelaba a toda su energa y que por un esfuerzo supremo de voluntad contena, digmoslo as, sus fuerzas.
El ingeniero sinti que se le oprima el corazn dolorosamente y estuvo a punto de no dar la seal de la partida. Pero detenerse habra sido desesperar a Harbert y matarlo quiz.
-En marcha! -dijo Ciro Smith.
Abri la puerta de la empalizada y Jup y Top, que saban callar oportunamente, se precipitaron adelante. El carro sali, se cerr de nuevo la puerta y el onagro, dirigido por Pencroff, se adelant a paso lento.
Ciertamente habra valido ms tomar un camino distinto del que iba directamente de la dehesa al Palacio de granito, pero el carricoche se habra movido con dificultad bajo la espesura del bosque, por lo que tuvieron que seguir aquel camino, aunque deba ser ya conocido por los presidiarios.
Ciro Smith y Geden Spilett marchaban a cada lado del carro, preparados para responder a todo ataque. Sin embargo, no era probable que los malhechores hubiesen abandonado todava la meseta de la Gran Vista, porque la nota de Nab haba sido escrita y enviada en el momento en que aqullos se haban presentado. Ahora bien, aquella nota tena la fecha de las seis de la maana, y el gil Jup, acostumbrado a ir frecuentemente a la dehesa, apenas haba tardado tres cuartos de hora en atravesar las cinco millas que lo separaban del Palacio de granito. El camino deba estar seguro en aquel momento y, si haba que andar a tiros, no sera verosmilmente hasta las inmediaciones del Palacio de granito.
Sin embargo, los colonos iban en guardia. Top y Jup, ste armado de su garrote, ya adelante, ya registrando el bosque a los lados del camino, no anunciaban ningn peligro. El carricoche adelantaba lentamente bajo la direccin de Pencroff. Haban salido de la dehesa a las seis y media. Una hora despus haba andado cinco millas, sin que hubiese ocurrido ningn incidente. El camino estaba desierto como toda aquella parte del bosque del Jacamar que se extenda entre el ro de la Merced y el lago. La espesura pareca tan desierta como el da en que los colonos haban llegado a la isla.