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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Los colonos lo examinaron y reconocieron que era un pedazo de chaqueta de Ayrton, hecha de aquel fieltro que s�lo se fabricaba en el taller del Palacio de granito.

-�Ya lo ve, Pencroff -observ� Ciro Smith-, ha habido resistencia por parte del desgraciado Ayrton. Los presidiarios se lo han llevado a pesar suyo. �Duda usted todav�a de su honradez?

-�No, se�or Ciro -repuso el marino-, y hace largo tiempo que se va desvaneciendo mi desconfianza. Pero me parece que hay una consecuencia que sacar de este hecho.

-��Cu�l? -pregunt� el periodista.

-�Que Ayrton no ha muerto en la dehesa; que se lo han llevado vivo, puesto que ha resistido. Ahora bien, quiz� vive todav�a.

-�En efecto, eso es posible -repuso el ingeniero, que se qued� pensativo.

Los compa�eros de Ayrton pod�an abrigar todav�a una esperanza. Al principio hab�an podido creer que Ayrton, sorprendido en la dehesa, hab�a muerto a consecuencia de alguna bala como la que hab�a herido a Harbert. Pero, si los presidiarios no le hab�an dado muerte inmediata, si lo hab�an llevado a alguna otra parte de la isla, �no pod�a admitirse que fuese todav�a su prisionero? Quiz� alguno de ellos hab�a reconocido en Ayrton a su antiguo compa�ero de Australia, al Ben Joyce, jefe de los presidiarios fugados, �y no habr�an concebido la esperanza de que se les uniese? �Les habr�a sido tan �til si hubiesen podido lograr que hiciera traici�n a los colonos!�

El incidente fue, pues, favorablemente interpretado en la dehesa y no pareci� imposible encontrar todav�a vivo a Ayrton. Este, por su parte, si estaba prisionero, har�a sin duda esfuerzos para librarse de las manos de los bandidos y, a su tiempo, ser�a un poderoso auxiliar para los colonos.

-�En todo caso -observ� Gede�n Spilett-, si por fortuna Ayrton logra salvarse, ir� directamente al Palacio de granito, pues no conoce el atentado de Harbert; por consiguiente, no puede creer que estemos confinados en la dehesa.

-��Ah! �Yo quisiera que estuviese en el Palacio de granito -exclam� Pencroff-y nosotros tambi�n! Porque, al fin, si esa canalla no puede intentar nada contra nuestra casa, al menos puede saquear la meseta, las plantaciones y el corral.

Pencroff se hab�a hecho un verdadero labrador, aficionado de todo coraz�n a sus cosechas. Pero debe decirse que Harbert estaba m�s impaciente que ninguno por volver al Palacio de granito, porque sab�a cu�n necesaria era all� la presencia de los colonos. �Y era �l quien los deten�a en la dehesa! Esta era la �nica idea que ocupaba su imaginaci�n: abandonar la dehesa. Cre�a poder soportar el camino y aseguraba que recobrar�a la fuerza mucho m�s Pronto en su cuarto con el aire y la vista del mar.

Muchas veces inst� a Gede�n Spilett para que dispusiera la partida, pero �ste, temiendo con raz�n que las heridas del joven, mal cicatrizadas, volver�an a abrirse en el camino, no quer�a dar la orden de marchar.

Sin embargo, ocurri� un incidente que oblig� a Ciro Smith y a sus dos amigos a acceder a los deseos del joven, y Dios sabe los remordimientos y dolores que pudo causarles esta determinaci�n.

Ciro Smith, Pencroff y Gede�n Spilett tomaron los fusiles y, dispuestos a disparar, salieron de casa.

Top, que hab�a corrido hasta el pie de la empalizada, saltaba y ladraba, pero era de contento y no de rabia. -�Alguien viene!

-�S�.

-�Y no es un enemigo.

-��Ser� Nab? -�O Ayrton?

Apenas se hab�an cambiado estas palabras entre el ingeniero y sus dos compa�eros, cuando un cuerpo saltaba por encima de la empalizada y ca�a en el recinto de la dehesa.

Era Jup, el propio maese Jup, al cual Top hizo una acogida de verdadero amigo.

-��Jup! -exclam� Pencroff. -Nab nos lo env�a -dijo el periodista.

-�Entonces -repuso el ingeniero-, debe traer alg�n papel consigo.

Pencroff se precipit� hacia el orangut�n. Si Nab hab�a tenido alguna noticia importante que dar a su amo, no pod�a emplear un mensajero m�s seguro ni m�s r�pido, que pudiera pasar por sitios donde no habr�an podido aventurarse los colonos ni el mismo Top.

Ciro Smith no se hab�a enga�ado. Del cuello de Jup pend�a un saquito y en �l un billete escrito de mano de Nab. J�zguese la desesperaci�n de Ciro Smith y de sus compa�eros cuando leyeron estas palabras:

Viernes, a las seis de la ma�ana. Meseta invadida por los presidiarios. NAB

Se miraron sin pronunciar una palabra y entraron en la casa. �Qu� deb�an hacer? Los presidiarios en la meseta de la Gran Vista significaba el desastre, la devastaci�n, la ruina.

El muchacho, al ver entrar al ingeniero, al periodista y a Pencroff, comprendi� que la situaci�n se hab�a agravado y, cuando divis� a Jup, no dud� de que amenazase una desgracia al Palacio de granito.

-�Se�or Ciro -dijo-, marchemos. Me encuentro en estado de soportar el traslado. Quiero irme.

Gede�n Spilett se acerc� a Harbert y, despu�s de haberle examinado, dijo: -Marchemos.

Pronto se resolvi� la cuesti�n de si deb�a trasladarse a Harbert en unas parihuelas o en el carricoche que hab�a llevado Ayrton a la dehesa. Las parihuelas habr�an tenido movimientos suaves para el herido, pero necesitaban dos portadores, es decir, que faltar�an dos fusiles para la defensa, si ocurr�a un ataque en el camino.

Por el contrario, empleando el carricoche quedar�an todos los brazos disponibles. No era imposible poner en �l colchones, sobre los cuales descansar�a Harbert y, avanzando con precauci�n, se le evitar�a todo choque violento.

Llevaron el carricoche. Pencroff enganch� el onagro. Ciro Smith y el periodista levantaron los colchones y los colocaron en el fondo, entre los dos bandos.

El tiempo era bueno. Vivos rayos de sol penetraban entre los �rboles.

-��Est�n preparadas las armas? -pregunt� Ciro Smith.

Lo estaban. El ingeniero y Pencroff, armados cada uno de una escopeta de dos ca�ones, y Gede�n Spilett, provisto de su carabina, estaban preparados para partir. -�Est�s bien, Harbert? -pregunt� el ingeniero.

-�S�, se�or Smith -contest� el joven-, est� tranquilo, no morir� en el camino.

Hablando se ve�a, sin embargo, que el pobre joven apelaba a toda su energ�a y que por un esfuerzo supremo de voluntad conten�a, dig�moslo as�, sus fuerzas.

El ingeniero sinti� que se le oprim�a el coraz�n dolorosamente y estuvo a punto de no dar la se�al de la partida. Pero detenerse habr�a sido desesperar a Harbert y matarlo quiz�.

-��En marcha! -dijo Ciro Smith.

Abri� la puerta de la empalizada y Jup y Top, que sab�an callar oportunamente, se precipitaron adelante. El carro sali�, se cerr� de nuevo la puerta y el onagro, dirigido por Pencroff, se adelant� a paso lento.

Ciertamente habr�a valido m�s tomar un camino distinto del que iba directamente de la dehesa al Palacio de granito, pero el carricoche se habr�a movido con dificultad bajo la espesura del bosque, por lo que tuvieron que seguir aquel camino, aunque deb�a ser ya conocido por los presidiarios.

Ciro Smith y Gede�n Spilett marchaban a cada lado del carro, preparados para responder a todo ataque. Sin embargo, no era probable que los malhechores hubiesen abandonado todav�a la meseta de la Gran Vista, porque la nota de Nab hab�a sido escrita y enviada en el momento en que aqu�llos se hab�an presentado. Ahora bien, aquella nota ten�a la fecha de las seis de la ma�ana, y el �gil Jup, acostumbrado a ir frecuentemente a la dehesa, apenas hab�a tardado tres cuartos de hora en atravesar las cinco millas que lo separaban del Palacio de granito. El camino deb�a estar seguro en aquel momento y, si hab�a que andar a tiros, no ser�a veros�milmente hasta las inmediaciones del Palacio de granito.

Sin embargo, los colonos iban en guardia. Top y Jup, �ste armado de su garrote, ya adelante, ya registrando el bosque a los lados del camino, no anunciaban ning�n peligro. El carricoche adelantaba lentamente bajo la direcci�n de Pencroff. Hab�an salido de la dehesa a las seis y media. Una hora despu�s hab�a andado cinco millas, sin que hubiese ocurrido ning�n incidente. El camino estaba desierto como toda aquella parte del bosque del Jacamar que se extend�a entre el r�o de la Merced y el lago. La espesura parec�a tan desierta como el d�a en que los colonos hab�an llegado a la isla.

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