La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
A estas preguntas no era posible dar respuesta, pero no hay que suponer que Ciro Smith y sus compa�eros, porque hablasen de esas cosas, estuviesen desesperados. Lejos de eso, miraban la situaci�n cara a cara, analizaban las probabilidades favorables y contrarias, se preparaban a todo evento y se ergu�an con firmeza ante el porvenir. Si la adversidad ven�a de cara, encontrar�a en ellos hombres preparados para combatirla.
9. Nab se pone en contacto con ellos y abandonan la dehesa
La convalecencia del joven enfermo marchaba regularmente y s�lo deseaban que su estado permitiese trasladarlo al Palacio de granito. Por bien amueblada y provista que estuviese la habitaci�n de la dehesa, no pod�an encontrar all� la comodidad ni la salubridad de la morada gran�tica. Adem�s, no ofrec�a la misma seguridad y sus hu�spedes, a pesar de su vigilancia, continuaban bajo la amenaza de alg�n lazo de los presidiarios. Por el contrario, en el Palacio de granito, en medio de aquel asilo inaccesible e inexpugnable, nada ten�an que temer y forzosamente hab�a de frustrarse cualquier tentativa que se hiciera contra sus personas. Esperaban impacientes la hora en que Harbert pudiese ser trasladado sin temor por su herida y estaban decididos a hacerlo por dif�ciles que fueran las comunicaciones a trav�s del bosque del Jacamar.
No ten�an noticias de Nab, pero no alarmaba a los colonos, porque el valiente negro, atrincherado en las profundidades del Palacio de granito, no era probable que se dejase sorprender. No le hab�an enviado otra vez a Top, porque hab�a parecido in�til exponer al fiel perro a un tiro, que hubiera privado a los colonos de su auxiliar m�s �til.
Esperaban, pero deseaban ardientemente verse reunidos en el Palacio de granito. No quer�a el ingeniero ver divididas sus fuerzas, porque esta divisi�n conven�a a los planes de los presidiarios. Desde la desaparici�n de Ayrton, ya no eran m�s que cuatro o cinco, y no era �ste el menor cuidado que agitaba al valiente joven, que comprend�a las dificultades de que era causa su enfermedad.
La cuesti�n relativa a lo que deb�a hacerse en las condiciones actuales respecto a los piratas, fue tratada a fondo el d�a 29 de noviembre entre Ciro Smith, Gede�n Spilett y Pencroff en un momento en que Harbert, adormecido, no pod�a o�rlos.
-�Amigos -dijo el periodista, despu�s que se hubo hablado de Nab y de la imposibilidad de comunicarse con �l-, creo que aventurarse por el camino del Palacio de granito ser�a exponerse a recibir un tiro sin poder devolverlo. �Pero no piensan que lo que conven�a hacer ahora ser�a dar francamente caza a esos miserables?
-�Es lo que yo estaba pensando -repuso Pencroff-. Ninguno de nosotros teme una bala, supongo yo, y por mi parte, si el se�or Ciro lo aprueba, estoy dispuesto a lanzarme al bosque: �qu� diablo, un hombre vale tanto como otro!
-��Pero vale por cinco? -pregunt� el ingeniero.
-�Yo ir� con Pencroff -contest� el periodista-. Ambos bien armados y acompa�ados de Top�
-�Querido Spilett y Pencroff -dijo Ciro Smith-, razonemos fr�amente. Si los malhechores estuviesen ocultos en alg�n rinc�n de la isla y ese sitio nos fuese conocido; si no se tratase m�s que de atacarlos, comprender�a lo que proponen. Pero, por el
contrario, lo que hay que temer es que tengan la seguridad de ser ellos los que hagan la primera descarga.
-��Eh, se�or Ciro! -exclam� Pencroff-. Una bala no siempre llega al sitio donde se la env�a.
-�La que ha herido a Harbert no se ha extraviado, Pencroff -dijo el ingeniero-. Por otra parte, observe que, si los dos nos dejan, yo estar� solo para defenderlo. �Responden ustedes de que los presidiarios no les vean abandonarlo y les dejen meterse en el bosque para atacarnos durante su ausencia, sabiendo que aqu� no hay m�s que un hombre y un ni�o herido?
-�Tiene usted raz�n, se�or Ciro -dijo Pencroff, cuyo pecho rebosaba de sorda c�lera-, tiene usted raz�n. Har�n todo lo posible para recobrar la dehesa, sabiendo que tiene provisiones abundantes. �Ah! �Si estuvi�ramos en el Palacio de granito!�
-�Si estuvi�ramos en el Palacio de granito -repuso el ingeniero-, la situaci�n ser�a muy diferente. All� no temer�a dejar a Harbert con uno de nosotros, y los otros tres ir�an a registrar los bosques de la isla. Pero estamos en la dehesa y conviene permanecer aqu� hasta el momento en que todos juntos podamos abandonar este sitio.
No hab�a nada que responder a los razonamientos de Ciro Smith. Sus compa�eros lo comprendieron perfectamente.
-��Si tuvi�ramos siquiera a Ayrton! -dijo Ciro Smith. -�Pobre hombre! Su vuelta a la vida social ha sido de corta duraci�n.
-��Cree que ha muerto?� -a�adi� Pencroff en tono singular.
-��Cree, Pencroff, que esos tunantes le habr�n perdonado? -pregunt� Gede�n Spilett. -Igual han llegado a pactar.
-��C�mo! �Podr�a suponer que Ayrton, al encontrar a sus antiguos c�mplices, olvidando lo que nos debe�?
-��Qui�n sabe! -exclam� el marino, que no aventuraba sin vacilar aquella desagradable suposici�n.
-�Pencroff -dijo Ciro Smith, tomando el brazo del marino-, ha tenido usted un mal pensamiento, y me doler�a que persistiese en su postura. Yo respondo de la fidelidad de Ayrton.
-�Y yo tambi�n -a�adi� vivamente el periodista.
-�S�, s�, se�or Ciro�, he hecho mal -repuso Pencroff-. Ha sido un mal pensamiento que se me ha ocurrido. Pero �qu� quiere usted? No estoy en m�: no soy due�o de mis pensamientos. Este confinamiento en la dehesa se me hace insoportable y jam�s me he encontrado tan excitado como lo estoy en este instante.
-�Paciencia, Pencroff -dijo el ingeniero-. �Dentro de cu�nto tiempo, mi querido Spilett, cree que Harbert podr� ser trasladado al Palacio de granito?
-�Es dif�cil, Ciro -contest� el periodista-, porque una imprudencia podr�a traer consecuencias funestas. Pero, en fin, la convalecencia marcha regularmente, y de aqu� a ocho d�as, si ha recobrado las fuerzas, veremos.
�Ocho d�as! Esto aplazaba la vuelta al Palacio de granito hasta los primeros d�as de diciembre.
La primavera ya llevaba dos meses. El tiempo era bueno y el calor empezaba a dejarse sentir con fuerza. Los bosques de la isla estaban poblados de hojas y se acercaba el momento de hacer la recolecci�n acostumbrada. La vuelta, pues, a la meseta de la Gran Vista deber�a ser seguida de grandes tareas agr�colas, que s�lo se interrumpir�an para ejecutar la expedici�n proyectada a la isla.
Se comprende bien cu�n perjudicial deb�a ser su secuestro a los colonos, pero se ve�an obligados a someterse a la necesidad y no lo hac�an sin impaciencia.
Una o dos veces el periodista se aventur� por el camino y dio la vuelta a la empalizada. Top lo acompa�aba y Gede�n Spilett, con la carabina armada, marchaba dispuesto a todo.
No tuvo ning�n mal encuentro ni vio ninguna huella sospechosa. El perro le habr�a advertido del peligro y, cuando Top no ladraba, pod�a decirse que nada hab�a que temer o al menos en aquel momento, y que los presidiarios estaban ocupados en otra parte de la isla.
Sin embargo, en su segunda salida, el 27 de noviembre, habi�ndose aventurado por el bosque durante un cuarto de milla hacia el sur de la monta�a, observ� que Top olfateaba alguna cosa. El perro no llevaba su marcha indiferente, iba y ven�a registrando entre las hierbas y las malezas, como si su olfato le hubiese revelado alg�n objeto sospechoso.
Gede�n Spilett sigui� a Top, lo anim�, lo excit� con la voz, sin dejar de espiar con la vista los alrededores, teniendo la carabina apoyada en el hombro y aprovech�ndose del abrigo de los �rboles para cubrirse. No era probable que Top hubiese encontrado la pista de un hombre, porque en tal caso lo habr�a anunciado por ladridos medio contenidos y una especie de c�lera sorda. Cuando no hac�a m�s que gru�ir, el peligro no era inmediato, ni siquiera pr�ximo.
As� pasaron cinco minutos, Top registrando y el periodista sigui�ndolo con prudencia, cuando de repente el perro se precipit� hacia la espesura de arbustos, de donde sac� un trapo. Era el jir�n de un vestido manchado y lacerado, que Gede�n Spilett llev� inmediatamente a la dehesa.