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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Ciro Smith ley estas palabras trazadas con letra gruesa de Nab en el billete que Top llevaba colgado del cuello:

No hay presidiarios en las inmediaciones del Palacio de granito! No me mover. Pobre seor Harbert!

8. Cena de Harbert. La fortuna empieza a darles la espalda

Luego los presidiarios continuaban en las inmediaciones de la dehesa, espiando lo que en ella pasaba, decididos a matar a los colonos uno tras otro! Haba que tratarlos como fieras, pero deban tomarse grandes precauciones, porque en aquel momento los miserables tenan la ventaja de la situacin, viendo y no siendo vistos, pudiendo sorprender bruscamente con un ataque y no pudiendo ser sorprendidos.

Ciro Smith tom todas las medidas necesarias para vivir en la dehesa, cuyas provisiones, por otra parte, podan bastar para largo tiempo. La casa de Ayrton haba sido provista de todo lo necesario para la vida, y los presidiarios, asustados por la llegada de los colonos, no haban tenido tiempo de saquearla. Era probable, como observ Geden Spilett, que las cosas hubieran pasado de esta manera: Los seis presidiarios desembarcados en la isla haban seguido el litoral sur; despus, recorriendo las dos millas de la pennsula Serpentina, no queriendo aventurarse por los bosques del Far-West, haban llegado a la desembocadura del ro de la Cascada. Una vez en aquel punto, subiendo por la orilla derecha del ro, haban encontrado los contrafuertes del monte Franklin, entre los cuales era natural que buscasen refugio; no haban tardado en descubrir la dehesa, entonces deshabitada. Se haban instalado, esperando el momento de poner en ejecucin sus proyectos abominables. La llegada de Ayrton les sorprendi, pero haban conseguido apoderarse del infeliz Lo dems se adivinaba fcilmente.

Entretanto, los malhechores, reducidos a cinco, pero bien armados, vagaban por los bosques y aventurarse contra ellos era exponerse a sus tiros, sin que fuera posible contestarlos ni evitarlos.

-Esperemos, es lo nico que se puede hacer -repeta Ciro Smith-. Cuando Harbert est curado, podremos organizar una batida general en la isla y acabar con esos miserables. Tal ser el objeto de nuestra gran expedicin al mismo tiempo que

-Que buscar a nuestro protector misterioso -aadi Geden Spilett acabando la frase del ingeniero-. Ah! Tenemos que confesar, querido Ciro, que esta vez su proteccin nos ha faltado y en el momento en que nos era ms necesaria.

-Quin sabe! -exclam el ingeniero.

-Qu quiere usted decir? -pregunt el periodista.

-Que an nos aguardan muchos contratiempos, mi querido Spilett, y que la poderosa intervencin de ese ser misterioso tendr quiz ocasin de ejercitarse en favor nuestro. Pero no se trata de eso: la vida de Harbert, ante todo.

Este era el cuidado ms doloroso de los colonos. Pasaron algunos das y el estado del pobre joven, afortunadamente, no haba empeorado. Era mucho haber ganado tiempo contra la enfermedad. El agua fra, siempre mantenida a la temperatura conveniente, haba impedido la inflamacin de las heridas, y el periodista lleg a creer que aquel agua, un poco sulfurosa, lo cual se explicaba por la proximidad del volcn, tena una accin ms directa sobre la cicatrizacin. La supuracin era menos abundante y Harbert, merced a los cuidados incesantes de que estaba rodeado, volva a la vida, su fiebre era menos intensa. Adems, estaba sometido a una dieta severa y, por consiguiente, su debilidad era y deba ser grande; pero no faltaban las tisanas y el reposo absoluto le haca bien.

Ciro Smith, Geden Spilett y Pencroff se haban hecho muy hbiles para curar al joven herido. Haban sacrificado todo el lienzo que haba en la habitacin. Las heridas de Harbert, cubiertas de compresas y de hilas, no estaban ni comprimidas ni holgadas, de manera que se provocase la cicatrizacin sin determinar ninguna reaccin inflamatoria. El periodista haca las curas con cuidado, sabiendo cun importante era

esto y repitiendo a sus compaeros lo que reconocen espontneamente la mayor parte de los mdicos; a saber: que es ms raro ver una cura bien hecha, que una operacin bien practicada.

Al cabo de diez das, el 22 de noviembre, Harbert mejoraba a ojos vistas, y haba comenzado a tomar algn alimento. Volvan los colores a las mejillas y miraba, sonrindose, a sus enfermeros. Hablaba un poco, a pesar de los esfuerzos de Pencroff, que charlaba sin cesar para impedirle tomar la palabra y le contaba las historias ms inverosmiles. Harbert le haba preguntado por Ayrton, porque le extraaba no verlo all y pensaba que debera estar en la dehesa, pero el marino, que no quera afligirlo, se haba contentado con responder que Ayrton haba marchado al Palacio de granito para defenderlo con Nab.

-Ah! -deca-, esos piratas son unos caballeros que no tienen derecho a ninguna consideracin de nuestra parte. Y el seor Smith que confiaba en atraerlos con buenos sentimientos! Yo les enviar un buen sentimiento, pero ser con una bala de grueso calibre.

-Y no se les ha vuelto a ver? -pregunt Harbert.

-No, hijo mo -contest el marino-, pero los encontraremos. Cuando ests curado, veremos si esos cobardes, que hieren por detrs, se atreven a atacarnos cara a cara. -Estoy todava muy dbil, mi pobre Pencroff.

-Bah! Las fuerzas volvern poco a poco. Qu es una bala a travs del pecho? Una friolera! Yo he tenido algunas y no por eso me siento menos fuerte.

Las cosas parecan tomar buen cariz y, desde el momento en que no se haba presentado ninguna complicacin, la curacin de Harbert poda considerarse como asegurada. Pero cul hubiera sido la situacin de los colonos si su estado se hubiera agravado; si, por ejemplo, se hubiera quedado la bala en el cuerpo o hubieran tenido que amputar al joven el brazo o la pierna?

-No -dijo ms de una vez Geden Spilett-, nunca pens sin temblar en una eventualidad semejante.

-Y sin embargo, si hubiera sido preciso operarlo -dijo un da Ciro Smith-, creo que no hubiera usted vacilado.

-No, Ciro -repuso Geden Spilett-, pero bendito sea Dios que nos ha evitado ese duro trance.

Los colonos, en sta como en todas las dems circunstancias, haban apelado a esa lgica del buen sentido, que tantas veces les haba sido til y haban logrado buen xito, gracias a sus conocimientos generales. Pero no vendra un momento en que fuese intil toda su ciencia? Estaban solos en aquella isla y los hombres se completan en la sociedad y son necesarios los unos a los otros. Ciro Smith lo saba perfectamente y algunas veces se preguntaba si no vendran circunstancias que les fuera imposible dominar.

Le pareca, adems, que sus compaeros y l, hasta entonces felices, haban entrado en un perodo nefasto. Haca ms de dos aos y medio que se haban escapado de Richmond y desde entonces puede decirse que todo iba a medida de sus deseos. La isla les haba dado abundantemente minerales, vegetales y animales; y, si la naturaleza les haba prodigado sus dones, su ciencia les haba puesto en situacin de sacar partido de cuanto se les ofreca. El bienestar de la colonia era, por decir as, completo. Adems, en ciertas circunstancias haba acudido en su socorro una influencia inexplicable, pero todo esto deba tener su trmino.

En una palabra, Ciro Smith crea observar que la fortuna iba a volverse contra ellos.

El buque corsario se haba presentado en las aguas de la isla y, s los piratas haban sido destruidos, digmoslo as, milagrosamente, seis de ellos por lo menos se haban librado de la catstrofe desembarcando en la isla, y los cinco que sobrevivan estaban all, siendo casi imposible agarrarlos. Ayrton, sin duda, haba sido asesinado por aquellos miserables, que posean armas de fuego, y haban herido a Harbert casi mortalmente. Eran los primeros golpes que la fortuna contraria descargaba contra los colonos? Esta era la pregunta que se haca interiormente Ciro Smith; era lo que se repeta con frecuencia el periodista, parecindole tambin que la intervencin tan extraa como eficaz, que tanto les haba servido hasta entonces, se apartaba de ellos. Aquel ser misterioso, cualquiera que fuese, cuya existencia no podan negar, haba abandonado la isla?, haba sucumbido?

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