La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Ciro Smith ley� estas palabras trazadas con letra gruesa de Nab en el billete que Top llevaba colgado del cuello:
�No hay presidiarios en las inmediaciones del Palacio de granito! No me mover�. �Pobre se�or Harbert!
8. Cena de Harbert. La fortuna empieza a darles la espalda
�Luego los presidiarios continuaban en las inmediaciones de la dehesa, espiando lo que en ella pasaba, decididos a matar a los colonos uno tras otro! Hab�a que tratarlos como fieras, pero deb�an tomarse grandes precauciones, porque en aquel momento los miserables ten�an la ventaja de la situaci�n, viendo y no siendo vistos, pudiendo sorprender bruscamente con un ataque y no pudiendo ser sorprendidos.
Ciro Smith tom� todas las medidas necesarias para vivir en la dehesa, cuyas provisiones, por otra parte, pod�an bastar para largo tiempo. La casa de Ayrton hab�a sido provista de todo lo necesario para la vida, y los presidiarios, asustados por la llegada de los colonos, no hab�an tenido tiempo de saquearla. Era probable, como observ� Gede�n Spilett, que las cosas hubieran pasado de esta manera: Los seis presidiarios desembarcados en la isla hab�an seguido el litoral sur; despu�s, recorriendo las dos millas de la pen�nsula Serpentina, no queriendo aventurarse por los bosques del Far-West, hab�an llegado a la desembocadura del r�o de la Cascada. Una vez en aquel punto, subiendo por la orilla derecha del r�o, hab�an encontrado los contrafuertes del monte Franklin, entre los cuales era natural que buscasen refugio; no hab�an tardado en descubrir la dehesa, entonces deshabitada. Se hab�an instalado, esperando el momento de poner en ejecuci�n sus proyectos abominables. La llegada de Ayrton les sorprendi�, pero hab�an conseguido apoderarse del infeliz� Lo dem�s se adivinaba f�cilmente.
Entretanto, los malhechores, reducidos a cinco, pero bien armados, vagaban por los bosques y aventurarse contra ellos era exponerse a sus tiros, sin que fuera posible contestarlos ni evitarlos.
-�Esperemos, es lo �nico que se puede hacer -repet�a Ciro Smith-. Cuando Harbert est� curado, podremos organizar una batida general en la isla y acabar con esos miserables. Tal ser� el objeto de nuestra gran expedici�n al mismo tiempo que�
-�Que buscar a nuestro protector misterioso -a�adi� Gede�n Spilett acabando la frase del ingeniero-. �Ah! Tenemos que confesar, querido Ciro, que esta vez su protecci�n nos ha faltado y en el momento en que nos era m�s necesaria.
-��Qui�n sabe! -exclam� el ingeniero.
-��Qu� quiere usted decir? -pregunt� el periodista.
-�Que a�n nos aguardan muchos contratiempos, mi querido Spilett, y que la poderosa intervenci�n de ese ser misterioso tendr� quiz� ocasi�n de ejercitarse en favor nuestro. Pero no se trata de eso: la vida de Harbert, ante todo.
Este era el cuidado m�s doloroso de los colonos. Pasaron algunos d�as y el estado del pobre joven, afortunadamente, no hab�a empeorado. Era mucho haber ganado tiempo contra la enfermedad. El agua fr�a, siempre mantenida a la temperatura conveniente, hab�a impedido la inflamaci�n de las heridas, y el periodista lleg� a creer que aquel agua, un poco sulfurosa, lo cual se explicaba por la proximidad del volc�n, ten�a una acci�n m�s directa sobre la cicatrizaci�n. La supuraci�n era menos abundante y Harbert, merced a los cuidados incesantes de que estaba rodeado, volv�a a la vida, su fiebre era menos intensa. Adem�s, estaba sometido a una dieta severa y, por consiguiente, su debilidad era y deb�a ser grande; pero no faltaban las tisanas y el reposo absoluto le hac�a bien.
Ciro Smith, Gede�n Spilett y Pencroff se hab�an hecho muy h�biles para curar al joven herido. Hab�an sacrificado todo el lienzo que hab�a en la habitaci�n. Las heridas de Harbert, cubiertas de compresas y de hilas, no estaban ni comprimidas ni holgadas, de manera que se provocase la cicatrizaci�n sin determinar ninguna reacci�n inflamatoria. El periodista hac�a las curas con cuidado, sabiendo cu�n importante era
esto y repitiendo a sus compa�eros lo que reconocen espont�neamente la mayor parte de los m�dicos; a saber: que es m�s raro ver una cura bien hecha, que una operaci�n bien practicada.
Al cabo de diez d�as, el 22 de noviembre, Harbert mejoraba a ojos vistas, y hab�a comenzado a tomar alg�n alimento. Volv�an los colores a las mejillas y miraba, sonri�ndose, a sus enfermeros. Hablaba un poco, a pesar de los esfuerzos de Pencroff, que charlaba sin cesar para impedirle tomar la palabra y le contaba las historias m�s inveros�miles. Harbert le hab�a preguntado por Ayrton, porque le extra�aba no verlo all� y pensaba que deber�a estar en la dehesa, pero el marino, que no quer�a afligirlo, se hab�a contentado con responder que Ayrton hab�a marchado al Palacio de granito para defenderlo con Nab.
-��Ah! -dec�a-, esos piratas son unos caballeros que no tienen derecho a ninguna consideraci�n de nuestra parte. �Y el se�or Smith que confiaba en atraerlos con buenos sentimientos! Yo les enviar� un buen sentimiento, pero ser� con una bala de grueso calibre.
-��Y no se les ha vuelto a ver? -pregunt� Harbert.
-�No, hijo m�o -contest� el marino-, pero los encontraremos. Cuando est�s curado, veremos si esos cobardes, que hieren por detr�s, se atreven a atacarnos cara a cara. -Estoy todav�a muy d�bil, mi pobre Pencroff.
-��Bah! Las fuerzas volver�n poco a poco. �Qu� es una bala a trav�s del pecho? �Una friolera! Yo he tenido algunas y no por eso me siento menos fuerte.
Las cosas parec�an tomar buen cariz y, desde el momento en que no se hab�a presentado ninguna complicaci�n, la curaci�n de Harbert pod�a considerarse como asegurada. �Pero cu�l hubiera sido la situaci�n de los colonos si su estado se hubiera agravado; si, por ejemplo, se hubiera quedado la bala en el cuerpo o hubieran tenido que amputar al joven el brazo o la pierna?
-�No -dijo m�s de una vez Gede�n Spilett-, nunca pens� sin temblar en una eventualidad semejante.
-�Y sin embargo, si hubiera sido preciso operarlo -dijo un d�a Ciro Smith-, creo que no hubiera usted vacilado.
-�No, Ciro -repuso Gede�n Spilett-, pero bendito sea Dios que nos ha evitado ese duro trance.
Los colonos, en �sta como en todas las dem�s circunstancias, hab�an apelado a esa l�gica del buen sentido, que tantas veces les hab�a sido �til y hab�an logrado buen �xito, gracias a sus conocimientos generales. �Pero no vendr�a un momento en que fuese in�til toda su ciencia? Estaban solos en aquella isla y los hombres se completan en la sociedad y son necesarios los unos a los otros. Ciro Smith lo sab�a perfectamente y algunas veces se preguntaba si no vendr�an circunstancias que les fuera imposible dominar.
Le parec�a, adem�s, que sus compa�eros y �l, hasta entonces felices, hab�an entrado en un per�odo nefasto. Hac�a m�s de dos a�os y medio que se hab�an escapado de Richmond y desde entonces puede decirse que todo iba a medida de sus deseos. La isla les hab�a dado abundantemente minerales, vegetales y animales; y, si la naturaleza les hab�a prodigado sus dones, su ciencia les hab�a puesto en situaci�n de sacar partido de cuanto se les ofrec�a. El bienestar de la colonia era, por decir as�, completo. Adem�s, en ciertas circunstancias hab�a acudido en su socorro una influencia inexplicable�, pero todo esto deb�a tener su t�rmino.
En una palabra, Ciro Smith cre�a observar que la fortuna iba a volverse contra ellos.
El buque corsario se hab�a presentado en las aguas de la isla y, s� los piratas hab�an sido destruidos, dig�moslo as�, milagrosamente, seis de ellos por lo menos se hab�an librado de la cat�strofe desembarcando en la isla, y los cinco que sobreviv�an estaban all�, siendo casi imposible agarrarlos. Ayrton, sin duda, hab�a sido asesinado por aquellos miserables, que pose�an armas de fuego, y hab�an herido a Harbert casi mortalmente. �Eran los primeros golpes que la fortuna contraria descargaba contra los colonos? Esta era la pregunta que se hac�a interiormente Ciro Smith; era lo que se repet�a con frecuencia el periodista, pareci�ndole tambi�n que la intervenci�n tan extra�a como eficaz, que tanto les hab�a servido hasta entonces, se apartaba de ellos. Aquel ser misterioso, cualquiera que fuese, cuya existencia no pod�an negar, �hab�a abandonado la isla?, �hab�a sucumbido?