La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
-�Mike es un �ntimo colaborador. Va conmigo a todas partes.
-�Ya, comprendo. Pero me causa la impresi�n de estar siempre enfurru�ado, ese muchacho. Pero, en fin, mi jefe me ha dicho que usted y yo habl�ramos a solas, si no le importa.
Kurtz se volvi� y dijo algo en hebreo a Litvak. Litvak se rezag� hasta quedar lo bastante distanciado para no poder o�r a los otros dos. Y, entonces ocurri� una cosa extra�a, que ni Kurtz ni Picton hubieran podido explicar, incluso en el caso que hubieran reconocido que verdaderamente hab�a ocurrido, cosa consistente en que se form� entre los dos un indefinible ambiente de compa�erismo, tan pronto quedaron mano a mano.
La tarde era gris y ventosa. Pincton hab�a prestado a Kurtz un chaquet�n de gruesa tela, que le daba cierto aspecto de perro de aguas. Y Picton llevaba un capote del ej�rcito. El aire fresco hab�a oscurecido instant�neamente el color de la cara de Picton. En tono arrogante, Picton dijo:
-�Ha sido muy decente por su parte el venir hasta aqu�, s�lo para informarnos acerca de esa chica. Mi jefe dar� las gracias al buen Misha.
Kurtz dijo:
-�Misha quedar� sumamente agradecido.
-�De todas maneras, la cosa es rara, realmente. Si, es raro que ustedes tengan que darnos pistas sobre nuestros propios terroristas. En mis tiempos, sol�a ocurrir todo lo contrario.
Kurtz dijo algo tranquilizante acerca de los ciclos hist�ricos. Pero Picton no ten�a sentido po�tico. Picton dijo:
-�La operaci�n es �ntegramente de ustedes. Las fuentes son de ustedes y los gritos ser�n los suyos. Mi jefe se muestra inconmovible en este punto.
Dirigiendo una mirada de soslayo a Kurtz, Picton a�adi�:
-�Nuestra misi�n es estarnos quietos y no hacer nada, salvo lo que ustedes nos digan.
Kurtz dijo que, en los presentes tiempos, lo m�s importante era la colaboraci�n. Durante un segundo Picton caus� la impresi�n de que fuera a estallar. Se le dilataron los amarillentos ojos, la barbilla se le hundi� en el cuello, y qued� all� hundida. Pero, en vez de estallar, y quiz� para calmarse un poco, Picton encendi� un cigarrillo, poni�ndose de espaldas al viento y protegiendo la llama con sus manazas de jugador de cricket.
Mientras apagaba la llama, Picton dijo con marcad�simo sarcasmo:
-�De momento, quiz� usted quede pasmado si le dijo que podemos confirmar sus informes. Berger y Mesterbein efectuaron el viaje en avi�n desde Orly a Exeter, y al llegar al aeropuerto de Exeter cogieron un autom�vil de la Hertz, sin ch�fer, con el que recorrieron cuatrocientas veinte millas. Mesterbein pag� mediante una tarjeta de cr�dito de la American Express, a su propio nombre. No s� d�nde esos dos pasaron la noche, pero supongo que usted me lo dir� a su debido tiempo.
Kurtz mantuvo un virtuoso silencio. Picton prosigui� en el mismo tono de forzada indiferencia:
-�En cuanto a la se�ora en cuesti�n, usted quedar� igualmente pasmado al saber que, en la actualidad, est� trabajando como actriz, en lo m�s profundo de Cornualles. Trabaja con un grupo de teatro cl�sico, que se llama �Los Herejes�, lo cual me gusta, pero claro, esto a usted no le importa, �verdad? En el hotel en que se aloja nos han dicho que un hombre con las caracter�sticas de Mesterbein la fue a buscar despu�s de la representaci�n, y que la se�ora no regres� hasta la ma�ana siguiente. Por lo que dicen, esta se�ora en que usted est� tan interesado, es realmente una fan�tica del catre.
Picton hizo una pausa monumental, por la que Kurtz fingi� no quedar afectado. Picton prosigui�:
-�Entretanto, me veo en la obligaci�n de comunicarle que mi jefe es un caballero y un militar, y que le proporcionar� a usted cuanta ayuda necesite. Est� agradecido a ustedes. Si., mi jefe est� agradecido y conmovido. Tiene un punto flaco por los jud�os, y estima que ha sido muy noble por su parte el venir aqu� y ponernos alerta y sobre la pista de esa se�ora.
Picton dirigi� a Kurtz una mal�vola mirada, y dijo:
-�Mi jefe es joven, �sabe usted? Es un gran admirador de la nueva y hermosa patria de usted, prescindiendo de cierta clase de accidentes, y no est� dispuesto a prestar o�dos a ciertas mal�volas sospechas que yo albergo.
Picton se detuvo ante un gran barrac�n de color verde, y con el bast�n golpe� la puerta de hierro. Un muchacho con zapatillas para practicar atletismo y un mono de deporte les abri� la puerta de lo que result� ser un gimnasio vac�o. Probablemente para explicar el ambiente de desolaci�n, Picton dijo:
-�S�bado.
Y se lanz� a efectuar una irritada inspecci�n del lugar, ya echando una ojeada a los vestuarios, ya pasando su grueso dedo por las paralelas, a ver si hab�a polvo en ellas.
En tono acusatorio, Picton dijo:
-�Seg�n parece, han vuelto ustedes a bombardear campamentos. Esto es idea de Misha, �no es cierto? Misha es incapaz de matar pulgas con el pulgar, si es que puede matarlas a ca�onazos.
Kurtz comenz� a explicar, con toda sinceridad, que los procesos de toma de decisi�n en los m�s altos niveles de la sociedad israelita, siempre hab�an sido un tanto misteriosos para �l. Pero Picton no estaba dispuesto a escuchar contestaciones de este tipo, y dijo:
-�Pues bien, a Misha esto no le va a dar buenos resultados, ni mucho menos. Ya puede usted dec�rselo de mi parte. Esos palestinos se vengar�n, y no les van a dejar en paz hasta el fin del mundo.
En esta ocasi�n, Kurtz se limit� a sonre�r y a menear la cabeza con expresi�n de incredulidad ante los extra�os giros del destino. Animado s�lo por simple curiosidad, Picton pregunt�:
-�Misha Gavron era Irgun, �verdad?
Kurtz le corrigi�:
-�No. Era Haganah.
-��Y usted qu� hac�a, en aquel entonces?
Kurtz fingi� el tono de t�mida lamentaci�n de los perdedores:
-�Afortunadamente o no, comandante, nosotros, los Raphael, llegamos a Israel demasiado tarde para resultar molestos a los ingleses.
Picton dijo:
-��Oiga, no me torne el pelo! S� perfectamente de d�nde Misha Gavron se saca a sus amigos y colaboradores. �Yo fui quien le dio a Misha el maldito cargo que ahora tiene!
Con su sonrisa a prueba de bombas, Kurtz dijo:
-�Lo s�. El mismo me lo dijo.
El muchacho vestido para practicar atletismo manten�a abierta una puerta. Los dos hombres la cruzaron. En una larga vitrina hab�a una colecci�n de armas caseras, destinadas a matar en silencio: un picaporte erizado de p�as, una vieja aguja de sombrero muy herrumbrosa a la que le hab�an a�adido un mango de madera, jeringuillas fabricadas en casa, un torniquete para dar garrote�
Despu�s de mirar nost�lgicamente estos instrumentos durante unos instantes, Picton dijo al muchacho:
-�Las etiquetas est�n borrosas. A las diez en punto del lunes quiero ver etiquetas nuevas, o de lo contrario te meto un tubo. T� ver�s.
Picton sali� de nuevo al aire libre, mientras Kurtz caminaba cort�smente a su lado, y la �Se�ora O'Flaherty�, que hab�a esperado en el exterior, se pon�a a seguir a su amo, roz�ndole los talones.
Como el hombre que se ve obligado a ceder, en contra de su voluntad, Picton dijo:
-�Bueno, �qu� quiere usted? Y no me diga que ha venido para entregarme una carta de amor de mi viejo camarada Misha, porque no le creer�. De todas maneras, dudo mucho que le crea, diga lo que diga. Es muy dif�cil que gentes como usted me convenzan de algo.
Kurtz sonri� y mene� la cabeza en gesto indicativo de lo mucho que le divert�a el ingenio ingl�s de Picton. En el tono de un simple mensajero, Kurtz dijo:
-�Bueno, se�or, Misha estima que en este caso una simple detenci�n resultar�a improcedente, habida cuenta, como es natural, lo muy delicadas que son nuestras fuentes de informaci�n.
Feroz, Picton dijo:
-�Pues yo pensaba que sus fuentes de informaci�n eran buenos amigos.
Sin dejar de sonre�r, Kurtz prosigui�:
-�E incluso en el caso de que Misha accediera a que se efectuara una detenci�n con todos los formalismos, se pregunta qu� acusaciones se formular�an contra la se�ora en cuesti�n, y ante qu� autoridad judicial. �Qui�n puede probar que los explosivos iban ya en el autom�vil, mientras esta se�ora lo conduc�a? La se�ora dir� que los explosivos fueron cargados en el autom�vil despu�s. Y, con ello, nos quedamos con un caso de poca importancia, en el que la m�xima acusaci�n ser�a la de conducir un autom�vil al trav�s de Yugoslavia, con documentaci�n falsa. �Y d�nde est� esa documentaci�n? �Qui�n puede demostrar que realmente existi�? Ser�a un caso muy endeble.