La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Mientras seleccionaba un bot�n en su tel�fono y lo oprim�a con tal fuerza que pareci� dif�cil que el tal bot�n pudiera volver a la superficie. pregunt�: -�Nlisha Gavron sigue bien?
Con entusiasmo, Kurtz replic�:
-�El comandante en jefe Misha sigue perfectamente.
Y acto seguido comenz� a preguntar por la buena salud del jefe de Picton, pero Picton no demostr� el menor inter�s en lo que Kurtz pudiera decirle, y menos a�n si concern�a a su jefe, el jefe de Picton.
Una caja de plata para contener cigarrillos, muy reluciente, se encontraba en un lugar muy visible de su mesa escritorio, y en la caja hab�a las firmas de compa�eros en el oficio. Picton abri� la caja y ofreci� cigarrillos, aunque s�lo fuera para que Kurtz admirase el brillo de la caja. Kurtz dijo que no fumaba. Picton devolvi� la caja a su lugar, que era el lugar en el que mejor pod�a exhibirla. Alguien golpe� la puerta y Picton dio permiso para que entraran dos hombres, uno de ellos vestido de gris, y el otro con tela de tweed. El que iba de gris era un peso gallo gal�s, de unos cuarenta a�os, con cicatrices en la mand�bula. Picton le dio el t�tulo de �Mi inspector en jefe�.
El inspector en jefe se puso de puntillas y, al mismo tiempo, tir� de los faldones de su chaqueta hacia abajo, como si intentara crecer un par de pulgadas y confes�:
-�Mucho me temo, se�or., que nunca he estado en Jerusal�n. Mi esposa no piensa m�s que en pasar vacaciones en Bel�n, en Navidades. Pero, para mi gusto, no hay nada como Cardiff.
El que iba con tela de tweed era el capit�n Malcolm, que era un hombre con la distinci�n social que Picton siempre hab�a deseado poseer y al que, en consecuencia, de vez en cuando odiaba. Malcolm estaba dotado de una suave cortes�a que era su mejor arma para agredir al pr�jimo.
Con gran sinceridad, Malcolm dijo a Kurtz:
-�Realmente es un honor conocerle, se�or.
Y le ofreci� la mano, antes de que Kurtz lo necesitara.
Pero, cuando le lleg� el turno a Litvak, el capit�n Malcolm no pareci� comprender bien el nombre del presentado, y dijo.
-�Mi querido muchacho, por favor, vu�lveme a decir c�mo te llamas, por favor.
Litvak, con mucha menor untuosidad que el capit�n Malcolm, repuso:
-�Me llamo Levene, y tengo el honor de estar a las �rdenes del se�or Raphael, aqu� presente.
Hab�a una larga mesa destinada a los miembros de la reuni�n. Pero en el cuarto no se ve�an fotograf�as de la reina en kodachrome, ni siquiera la fotograf�a de una esposa. Las ventanas daban a un patio vac�o. Y la �nica sorpresa que el lugar proporcionaba era un penetrante olor a petr�leo caliente, como si un submarino acabara de pasar por all�.
Picton dijo:
-�Bueno, pues �por qu� no comienza usted a hablar as�, directa-mente, se�or�?
Hizo una pausa excesivamente larga y termin� la frase:
-��Se�or Raphael, si no me equivoco?
Lo cierto es que esta frase fue curiosamente certera, en cierta medida. Mientras Kurtz abr�a su portafolios y comenzaba a repartir carpetas, la estancia fue estremecida por el largo estruendo de una explosi�n, provocada en circunstancias debidamente controladas.
Picton abri� la carpeta y le ech� una primera ojeada, como quien mira distra�damente una carta de restaurante. Dijo:
-�En cierta ocasi�n conoc� a un tal Raphael. Y le hicimos comandante durante un tiempo. Era un chico joven. No recuerdo el lugar en que esto ocurri�. �No ser�a usted, por casualidad?
Con una triste sonrisa, Kurtz lament� no haber sido el afortunado mortal. Picton dijo:
-��No est� emparentado con �l? Se llamaba Raphael, igual que ese tipo italiano que pintaba.
Picton volvi� un par de p�ginas y a�adi�:
-�Bueno, resulta que no lo sabe, �verdad?
La tolerancia de Kurtz era incre�ble. Ni siquiera Litvak, quien le hab�a contemplado exhibiendo cien diferentes facetas de su personalidad, hubiera intuido que Kurtz pudiera tener un tan ser�fico dominio de sus demonios. La ardiente energ�a de Kurtz hab�a desaparecido totalmente, para ser remplazada por la servil sonrisa del subordinado. Incluso su voz, para empezar, ten�a un tono deferente y de excusa.
El inspector jefe ley� en voz alta:
-�Mesterbein. �Es �sta la correcta forma de pronunciar el apellido en cuesti�n?
El capit�n Malcolm, ansioso de demostrar sus conocimientos en materia de idiomas, cogi� la pregunta por los cuernos, y aclar�:
-�Se pronuncia Mesterbain, querido Joseph.
En tono ben�volo, Kurtz dijo:
-�Las circunstancias personales se encuentran en la bolsa de la izquierda de la carpeta, caballeros.
Hizo una pausa para que todos hurgaran en las carpetas durante un ratito m�s. Luego
dijo:
-�Comandante, necesitamos que nos d� su palabra en todo lo referente al uso y distribuci�n de esta informaci�n.
Picton levant� despacio su rubia cabeza, y pregunt�:
-��Por escrito?
Kurtz esboz� una cort�s sonrisa de excusa, y dijo:
-�Tengo la seguridad de que la palabra de un oficial ingl�s ser� suficiente para Misha Gavron.
Kurtz esper� un rato, hasta que Picton, con un inconfundible enrojecimiento de ira en la cara, repuso:
-�De acuerdo.
A continuaci�n, Kurtz pas� r�pidamente a abordar el tema, menos espinoso, de Anton Mesterbein:
-�Su padre es un caballero suizo, conservador, con una linda villa de recreo junto al lago, comandante, y no se sabe que tenga otros intereses que los de ganar dinero. La madre es una se�ora librepensadora, de la izquierda radical, que se pasa la mitad del a�o en Par�s, en donde celebra recepciones peri�dicamente; es lo que se llama un sal�n, en Par�s, que son muy concurridas por los �rabes�
Picton le interrumpi�:
-�Malcolm, �sabe algo de esto?
-�Un poco, muy poco, se�or.
Kurtz prosigui�:
-�El joven Anton, el hijo, es un abogado muy bien preparado. Adem�s, estudi� ciencias pol�ticas en Par�s y filosof�a en Berl�n. Estudi� en Berkeley durante un a�o, derecho y ciencias pol�ticas. Un semestre en Roma, y cuatro a�os en Zurich, gradu�ndose magna cum laude.
Picton dijo:
-�Un intelectual.
Lo dijo igual que hubiera podado decir �un leproso�. Kurtz hizo un movimiento de asentimiento, y a�adi�:
-�Podemos decir que, desde un punto de vista pol�tico, el se�or Mesterbein se inclina hacia las tendencias de su se�ora madre, y que, desde un punto de vista econ�mico, se inclina hacia las tendencias de su padre.
Picton solt� una gran carcajada, la gran carcajada del hombre carente del sentido del humor. Kurtz hizo la pausa suficientemente larga para compartir con Picton la carcajada. Sigui�:
-�La fotograf�a que est� usted viendo fue tomada en Par�s, pero el se�or Mesterbein ejerce la abogac�a en Ginebra. Concretamente, tiene un despachito en la parte baja de la ciudad, en el que atiende a estudiantes radicales, a gentes del tercer mundo y a inmigrantes. Tambi�n es abogado de varias organizaciones progresistas carentes de dinero.
Kurtz volvi� la p�gina de la carpeta que ten�a ante s�, invitando con ello a sus oyentes a hacer lo mismo. Kurtz llevaba unas gafas de gruesos lentes, resbaladas hasta casi la punta de la nariz, que le daban el ratonil aspecto de un empleado de banca.