La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
-�Prueba con la Perrera de Battersea -le aconsej� Charlie. Pero cuando regres� a su piso, all� estaba el viejo y horrible Al en el tel�fono, en estado de histeria alcoh�lica.
-�Vente para aqu� ahora mismo, mujer. No hables; lim�tate a venir ya.
Fue, sabiendo que era m�s de lo mismo, sabiendo que ya no hab�a rinc�n de su vida que no estuviera ocupado por el peligro.
Al se hab�a instalado en lo de Willy y Pauly, que despu�s de todo no iban a separarse. Lleg� y descubri� que hab�a convocado a todo un club de admiradores. Robert hab�a llevado a una novia nueva, una idiota con los labios pintados de blanco y el cabello color malva, llamada Samantha. Pero, como de costumbre, era Al quien dominaba la escena.
-��Y t� puedes decirme lo que quieras! -aullaba cuando ella entr�-. �Es esto! �Es la guerra! �Oh, s�, lo es, y la guerra total, ya que estamos en eso!
Sigui� gritando hasta que Charlie le grit� a �class="underline" que se callara y le contara lo que hab�a pasado.
-��Lo que ha pasado, chica? �Lo que ha pasado? Lo que ha pasado es que la contrarrevoluci�n ha disparado sus primeras salvas, eso es lo que ha pasado, y la diana era este maldito idiota.
-��Cu�ntamelo en maldito ingl�s! -chill� Charlie, pero estuvo a punto de volverse loca antes de poder sacarle los hechos.
Al estaba saliendo de esta taberna, cuando esos tres gorilas cayeron sobre �l, dijo. Uno o hasta dos y hubiera podido enfrentarlos, pero eran tres y tan duros como el maldito Pe��n de Brighton, y trabajaron sobre �l en equipo. Pero no fue hasta que le metieron en el coche policial, medio castrado, que comprendi� que los cerdos le deten�an bas�ndose en un cargo de indecencia ama�ado.
-�Y sabes de qu� quer�an hablar realmente, �no? -y la amenaz� con su brazo-. �De ti, chica! �De ti y de m� y nuestra maldita pol�tica,!oh, s�! �Por casualidad no habr�a entre nuestros conocidos algunos amigables activistas palestinos? Mientras tanto, me dicen que me abr� la bragueta delante de un bonito ni�o cobrizo en el ba�o de caballeros del Rising Sun e hice con la mano derecha movimientos como si me masturbase. Y cuando no est�n dici�ndome eso, me est�n diciendo que me arrancar�n las u�as una a una y me dar�n diez a�os en Sing Sing por tramar complots anarquistas con mis amiguitos maricas de las islas griegas, como Willy y Pauly. �Quiero decir que ya estamos, chica! Este es el d�a uno y nosotros, en esta habitaci�n, somos la vanguardia.
Le hab�an golpeado la oreja con tanta fuerza que no se escuchaba hablar, dijo; sus pelotas eran como huevas de ostra y miren el maldito hematoma de su brazo. Lo tuvieron en conserva veinticuatro horas y le interrogaron durante seis. Le ofrecieron el tel�fono, pero no monedas, y cuando pidi� una gu�a telef�nica result� que la hab�an perdido, as� que ni siquiera pudo llamar a su agente. Despu�s, absurdamente, hab�an dejado caer el cargo de exhibici�n indecente y lo hab�an dejado salir bajo fianza.
Entre los presentes hab�a un chico llamado Matthew, un aprendiz de contable de mejillas regordetas que buscaba emociones. Y ten�a un piso. Para su sorpresa, Charlie fue all� y durmi� con �l. Al d�a siguiente no hab�a ensayo y ella hab�a estado pensando en visitar a su madre, pero a la hora del almuerzo, cuando despert� en la cama de Matthew, no tuvo est�mago para hacerlo, as� que la llam� por tel�fono y cancel� la visita. Probablemente fue esto lo que decidi� a la polic�a, porque cuando lleg� a la puerta del caf� de Goa esa tarde, encontr� un coche patrulla aparcado junto al bordillo y a un sargento de uniforme parado en la puerta abierta y junto a �l el chef, sonri�ndole con turbaci�n asi�tica.
�Ha sucedido -pens� tranquilamente-. Y ya era tiempo. Finalmente, han dejado el trabajo fino.�
El sargento pertenec�a al tipo de hombre de ojos furiosos y pelo corto que odia a todo el mundo, pero m�s que a nadie a los indios y las mujeres bonitas. Tal vez fue este odio el que lo ceg�, en ese momento crucial, con referencia a la posible identidad de Charlie.
-�El caf� est� temporalmente cerrado -le espet�-. Busque otro lugar.
La aflicci�n engendra sus propias respuestas.
-��Es que ha muerto alguien? -pregunt� temerosamente.
-�Si es as�, no me lo han dicho. Se ha visto a un sospechoso en el local. Nuestros oficiales est�n investigando. Y ahora, l�rguese.
Tal vez hab�a estado demasiado tiempo trabajando y ten�a sue�o. Tal vez no conoc�a la velocidad de pensamiento y movimientos que puede desarrollar una chica impulsiva. En cualquier caso, en un segundo pas� bajo su brazo y estuvo dentro del caf�, cerrando las puertas detr�s de s� mientras corr�a. El caf� estaba vac�o y las m�quinas apagadas. Su propia puerta estaba cerrada, pero escuch� el murmullo de voces masculinas. Abajo, el sargento aullaba y golpeaba la puerta. Escuch�: �Eh, usted. Det�ngase. Salga.� Pero d�bilmente. Pens�: llave, y abri� el bolso. Vio el pa�uelo de cabeza blanco y se lo puso, un cambio rel�mpago entre escenas. Despu�s toc� el timbre, dos timbrazos r�pidos, confiados. Movi� la solapa del buz�n.
-��Chas? �Est�s ah�? Soy yo, Sandy.
Las voces se acallaron de golpe; escuch� unos pasos y un susurro: ��Harry, r�pido!� La puerta se abri� y se encontr� mirando directamente a los ojos de un hombrecito salvaje, de cabello gris y traje gris. Detr�s de �l, ve�a las atesoradas reliquias de Michel dispersas por todas partes, la cama deshecha, los p�sters en el suelo, la alfombra enrollada y las tablas del piso retiradas. Vio una c�mara boca abajo y un segundo hombre mirando por el visor y debajo varias de las cartas de su madre. Vio cortafr�os, cortapapeles y su aspirante a amante del cine con sus gafas de abuelita, arrodillado entre una pila de sus lujosas ropas nuevas, y supo de una sola mirada que no estaba interrumpiendo la investigaci�n, sino la irrupci�n misma.
-�Busco a mi hermana Charmian -dijo-. �Qui�n demonios son ustedes?
-�No est� aqu� -contest� el hombre cano, y ella percibi� un liger�simo acento gal�s y observ� marcas de u�as en su mand�bula. Sin dejar de mirarla, levant� la voz hasta un bramido.
-��Sargento Mallis! �Sargento Mallis, saque a esta dama de aqu� y t�mele los datos!
Le cerraron la puerta en la cara. Desde abajo llegaba el sonido del desafortunado sargento, que segu�a aullando. Baj� suavemente las escaleras, pero s�lo hasta el rellano, desde donde se desliz� entre montones de cajas de cart�n en direcci�n a la puerta del patio. Ten�a puesto el cerrojo, pero no estaba cerrada con llave. El patio daba a un callej�n y el callej�n a una calle donde viv�a la se�orita Dubber. Al pasar junto a su ventana, Charlie golpe� y le dedic� un alegre adem�n de saludo. Nunca sabr�a c�mo se las arregl� para hacerlo, de d�nde sac� el coraje. Sigui� caminando, pero detr�s de ella no se escucharon pasos ni voces furiosas. Ning�n coche fren� a su lado. Lleg� al camino principal y en alg�n punto del camino se puso un guante de cuero, que era lo que Joseph le hab�a dicho que hiciera si la hac�an correr. Vio un taxi libre y lo detuvo. �Bueno - pens� alegremente-, aqu� estamos.� Fue s�lo mucho, mucho m�s tarde en sus muchas vidas, cuando le pas� por la cabeza la idea de que la hab�an dejado ir deliberadamente.
Joseph hab�a ordenado que dejara fuera del asunto a su Fiat y, aunque a rega�adientes, supo que ten�a raz�n. De modo que se movi� por pasos, nada apresurado. Estaba tratando de contenerse. �Despu�s del taxi, damos un paseo en bus -se dijo-, caminamos un poco y luego un trecho en metro.� Su mente estaba afilada como un hacha, pero ten�a que poner las ideas en orden. Su alegr�a no hab�a disminuido. Sab�a que ten�a que controlar con firmeza sus respuestas antes de hacer el movimiento siguiente, porque si estropeaba eso, estropeaba todo el espect�culo. Joseph se lo hab�a dicho y ella le cre�a.
�Estoy huyendo. Me siguen. �Cristo, Helg!, �qu� hago?�
�Puedes llamar a este n�mero s�lo en caso de extrema emergencia, Charlie. Si llamas innecesariamente, nos enojaremos mucho, �me oyes?�
�S�, Helg; te oigo.�
Se sent� en una taberna y bebi� uno de los vodkas de Michel, recordando el resto de consejo gratuito que Helga le hab�a dado mientras Mesterbein remoloneaba en el coche. �Aseg�rate de que no te siguen. No uses el tel�fono de amigos o de tu familia. No uses la cabina de la esquina o la de enfrente o la que est� calle arriba o calle abajo de tu piso.