La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Picton pregunt� al inspector jefe:
-��Lo ha comprendido todo, Jack?
-�No me he perdido ni una palabra.
El capit�n Malcolm pregunt�:
-��Y qui�n es la se�ora rubia que est� bebiendo con �l, se�or?
Pero Kurtz se hab�a trazado su camino y, a pesar de las d�ciles maneras en que actuaba, Malcolm no era el hombre que pudiera desviarle de su camino. Kurtz prosigui�:
-�El pasado mes de noviembre, el se�or Masterbein asisti� a un simposium de una gente que se llama as� misma �Abogados por la Justicia�, que se celebr� en el Berl�n Oriental, y en el que la delegaci�n palestina recibi� una atenci�n notablemente excesiva.
Kurtz hizo una pausa y a�adi�:
-�Bueno, de todas maneras lo que acabo de decir puede que sea una opini�n un poco parcial. En abril, correspondiendo a una invitaci�n que le formularon en la ocasi�n antes dicha, el se�or Masterbein hizo su primera visita, que nosotros sepamos, a Beirut. Y rindi� cort�s tributo a dos de las m�s militantes organizaciones resistentes que all� hay.
Picton pregunt�:
-�Fue all� a por faena, �verdad?
Al decir estas palabras, Picton cerr� la mano derecha y atiz� un pu�etazo en el aire. Despu�s de distender la mano, escribi� algo en un bloc que ten�a ante s�, arranc� la hoja y se la entreg� al suave Malcolm quien, despu�s de dirigir una sonrisa a todos los presentes, sali� de la estancia sigilosamente.
Kurtz prosigui�:
-�En el viaje de regreso de esta visita a Beirut, el se�or Masterbein hizo una parada en Estambul, en cuya ciudad habl� con ciertos activistas turcos entre cuyas diversas finalidades se encuentra la de eliminar el sionismo.
Picton observ�:
-�Ambiciosos muchachos, ciertamente.
En esta ocasi�n, y debido a que fue Picton quien hizo el chistecito, todos rieron a grandes voces, menos Litvak. Con sorprendente velocidad, Malcolm regres�, con el recado cumplido. Con voz meliflua, Malcolm dijo:
-�Mucho me temo que esa gente de Estambul no era muy agradable que digamos.
Entreg� un papelito a Picton, dirigi� una sonrisa a Litvak, y volvi� a sentarse en su sitio. Pero Litvak causaba la impresi�n de haberse dormido. Hab�a apoyado la barbilla en sus largas manos, e inclinado la cabeza sobre la carpeta que ni siquiera hab�a abierto. Gracias a sus manos, no se pod�a saber con certeza cu�l era la expresi�n de su rostro. Echando a un lado el papel que Malcolm le hab�a entregado, Picton pregunt� a Kurtz:
-��Ha dicho algo de lo anterior a los suizos?
En un tono indicativo de que Picton hab�a planteado todo un problema, Kurtz confes�:
-�Comandante, no, todav�a no hemos informado a los suizos. Picton observ�:
-�Pues yo pensaba que ustedes y los suizos eran muy buenos amigos.
-�S�, s�, ciertamente lo somos. Sin embargo, el se�or Masterbein tiene ciertos clientes domiciliados, total o parcialmente, en la Rep�blica Federal Alemana, lo cual nos coloca en una situaci�n un tanto delicada.
Terco, Picton insisti�:
-�No acabo de comprenderlo. Yo pensaba que ustedes y los hunos se hab�an dado un beso de amor, y hecho las paces hace ya mucho tiempo.
La sonrisa de Kurtz quiz� tuvo una expresi�n tan r�gida cual si la hubiera almidonado previamente, pero su voz fue inocentemente evasiva:
-�As� es, comandante, pero Jerusal�n sigue creyendo (habida cuenta de la sensibilidad de nuestras fuentes de informaci�n y de las complejidades de las simpat�as pol�ticas de Alemania, en los presentes tiempos) que no podernos informar a nuestros amigos suizos sin informar al mismo tiempo a sus hom�logos alemanes. Hacer lo contrario ser�a imponer una carga excesivamente pesada, una carga de silencio, sobre las espaldas de los suizos que est�n en relaci�n con Wiesbaden.
Picton tambi�n sab�a emplear el silencio. Y tiempos hubo en que su mirada de biliosa incredulidad hab�a obrado milagros ante personas de inferior temple que llegaron a preocuparse muy seria-mente de lo que pod�a ocurrirles en el instante siguiente. Despu�s de este silencio, Picton pregunt�, sin que nadie lo esperase:
-�Supongo que se habr� enterado de que han vuelto a poner a ese cretino, Alexis, en un puesto de responsabilidad�
Algo en la presencia y comportamiento de Kurtz comenzaba a inhibir un poco a Picton. Era el reconocimiento, si no de una personalidad, s� de la pertenencia a cierta especie de gentes.
Kurtz repuso que s�, que naturalmente se hab�a enterado. Pero esto no pareci� afectarle mucho ya que Kurtz, inmediatamente, pas� a su prueba gr�fica n�mero dos. En voz baja, Picton dijo:
-�Un momento, por favor. Conozco al guapito ese. Es el genio que se ech� a volar por los aires, hace cosa de un mes, en la auto-pista de Munich, y que se llev� consigo a las nubes a la fulanita holandesa, �no es cierto?
Quit�ndose por un instante de los hombros su manto de humildad, Kurtz avanz� r�pidamente en el terreno contrario:
-�As� es, comandante, y seg�n las informaciones de que disponemos, tanto el veh�culo como los explosivos, en este desdichado accidente, fueron suministrados por los contactos del se�or Masterbein en Ankara, y transportados hasta Austria, a trav�s de Yugoslavia.
Cogiendo el papelito que Malcolm le hab�a entregado, Picton comenz� a acercarlo a sus ojos y luego a alejarlo, como si fuera corto de vista, que no lo era. Con fingida tranquilidad y desinter�s, Picton dijo:
-�Me informan que nuestra m�quina m�gica, abajo, no contiene ni a un solo Masterbein, no, se�or, ni en la lista negra ni en la lista blanca. El tipo no est�, sencillamente.
Kurtz pareci� m�s contento que disgustado:
-�Comandante, esto no significa ineficiencia de su magn�fico servicio de archivos. Me atrevo a decir que hasta hace un par de d�as, Jerusal�n tambi�n estimaba que Masterbein era un ser carente de toda importancia. Y lo mismo cabe decir de sus c�mplices.
Malcolm, refiri�ndose a la se�ora que acompa�aba a Masterbein, pregunt�:
-��Ni siquiera la rubita?
Pero Kurtz se limit� a sonre�r, y se ajust� un poco las gafas en el puente de la nariz para llamar la atenci�n de los presentes hacia la siguiente fotograf�a. Era una de las muchas fotograf�as que el equipo de vigilancia de Munich hab�a tomado de la casa frontera, y en ella se ve�a a Yanuka en el momento de abrir la puerta a la calle de la casa en que se encontraba su apartamento. La foto era un poco borrosa, cual suelen ser las fotograf�as con rayos infrarrojos y de escasa velocidad, pero se ve�a a Yanuka con la claridad suficiente para poderle identificar. Iba en compa��a de una alta mujer rubia, a la que se ve�a en un cuarto de perfil. La mujer estaba un poco rezagada, mientras Yanuka met�a el llav�n, y era la misma mujer que hab�a llamado la atenci�n del capit�n Malcolm en la anterior fotograf�a.
Picton pregunt�:
-��Y d�nde estamos ahora? Esto no es Par�s. Los edificios no son as�, en Par�s.
Kurtz dijo:
-�Es Munich.
Y dio las se�as. Picton pregunt� acto seguido, y con tanta brusquedad que cualquiera hubiera cre�do que se dirig�a a alguno de sus subordinados:
-�Munich, s�, pero �y el cu�ndo?
Una vez m�s, Kurtz fingi� no haber o�do la pregunta, y repuso: -La se�ora en cuesti�n se llama Astrid Berger.
Una vez m�s la amarillenta mirada de Picton, con expresi�n de bien fundadas sospechas, se fij� en Kurtz. Privado por el momento, de la oportunidad de pronunciar grandes discursos el polic�a gal�s se content� con leer en voz alta la ficha de la se�orita Berger:
-��Berger, Astrid, alias Edda, alias Helga�, y con otra multitud de alias� �nacida en Bremen el a�o 1954, hija de un opulento naviero�. Parece, se�or Raphael, que nos movemos en altos c�rculos sociales� �Estudi� en las universidades de Bremen y Frankfurt, licenci�ndose en ciencias pol�ticas y en filosof�a el a�o 1978. Espor�dicamente colaboradora de publicaciones peri�dicas, radicales y sat�ricas, de Alemania Occidental, la �ltima residencia conocida, en 1979, se encontraba en Par�s, es frecuente visitando el Oriente Medio��
Picton le interrumpi� bruscamente: