La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Picton gru��:
-��Oiga, no sea tan reticente! �C�mo se llama la t�a?
Y aplast� muy violentamente el cigarrillo contra el cenicero, cigarrillo que sigui� oprimiendo con los dedos, hasta mucho despu�s que la Lucha hubiera terminado, en realidad.
En contestaci�n a la pregunta de Picton, Litvak ya estaba distribuyendo fotocopias de la lista de pasajeros. Litvak estaba p�lido, e incluso parec�a que sufriera alg�n dolor. Despu�s de haber recorrido el per�metro de la mesa, se sirvi� un poco de agua que bebi�, a pesar de que apenas hab�a pronunciado palabra.
Mientras todos centraban su atenci�n en la lista de pasajeros, Kurtz confes�:
-�Con la consiguiente consternaci�n por nuestra parte, comandante, result� que no hab�a ninguna Joan en la lista de pasajeros. El nombre que mejor se adecuaba a nuestra se�orita era Charmian. El apellido lo tiene usted a la vista. La empleada de la Austrian Airlines confirm� nuestra identificaci�n. Dicha se�orita Charmian era la n�mero treinta y ocho de la lista. La empleada incluso recuerda la guitarra. Por una feliz coincidencia resulta que dicha empleada es una admiradora del gran Manitas de Plata, por lo que la guitarra de la pasajera impresion� profundamente a la empleada.
Rudamente, Picton dijo:
-�Y, claro, la empleada era otra maldita amiga de ustedes. Litvak tosi�.
La �ltima prueba gr�fica de Kurtz tambi�n sali� de la cartera de Litvak. Kurtz extendi� ambas manos para cogerla, y en las manos de Kurtz la deposit� Litvak. Se trataba de un mont�n de fotograf�as todav�a h�medas despu�s del reciente proceso de sacar las pruebas positivas. Kurtz las reparti� �gilmente, como si fueran naipes que uno puede permitirse el lujo de regalar. En estas fotos se ve�a a Mesterbein y a Helga en el aeropuerto, en una sala de salida. Mesterbein miraba aburridamente a un punto en el aire, y Helga, detr�s de �l, compraba una botella de whisky libre de impuestos. Mesterbein llevaba un ramillete de orqu�deas envueltas en papel de seda del aeropuerto.
Sibilinamente, Kurtz dijo:
-�Aeropuerto de Orly, hace treinta y seis horas. Berger y Mesterbein dispuestos a volar de Par�s a Exeter. Mesterbein encarg� que le tuvieran dispuesto un coche de alquiler de la Hertz, sin ch�fer, en el aeropuerto de Exeter. Estos dos regresaron a Par�s anoche, sin las orqu�deas, por los mismos medios de transporte. La Berger viajaba con el nombre de Mar�a Brinkhausen, de nacionalidad suiza, que es otro alias que debemos a�adir a sus muchos otros. Su pasaporte era uno de los muchos pasaportes preparados por los alemanes del Este, para uso de los palestinos.
En esta ocasi�n, Malcolm no hab�a esperado a que le dieran la orden. Ya hab�a salido del cuarto.
Mientras esperaban, Picton dijo, no sin iron�a:
-�L�stima que no los haya usted fotografiado tambi�n, en el momento de llegar a Exeter.
Con religioso respeto, Kurtz dijo:
-�Comandante, sabe usted muy bien que las leyes no nos permiten hacer esto en la Gran Breta�a.
Picton dijo:
-��Ah no? �Oh!
-�Nuestros superiores han hecho un trato de reciprocidad, se�or. Ninguno de nosotros dos podemos pescar en aguas del otro, sin permiso escrito.
Con siniestros acentos, Picton dijo:
-�Ya, ya�
El polic�a gal�s decidi� una vez m�s hacer alarde de sus dotes de diplom�tico, preguntando a Kurtz:
-��Exeter es la patria chica de la muchacha, verdad se�or? �Es de Devon, la se�orita? �Supongo que no va usted a creer que una chica campesina se dedica a terrorista? Normalmente no es as�.
Pero, al parecer, Kurtz hab�a dejado de recibir informaciones, justamente en el momento en que los hechos comenzaron a ocurrir en la costa de la Gran Breta�a. Oyeron pasos que sub�an la amplia escalera, y el gemido de los zapatos de ante de Malcolm. El gal�s, siempre impert�rrito pasara lo que pasara, insisti� en tono de lamentaci�n:
-�La verdad es que jam�s relacionar�a a una pelirroja con Devon. Y tampoco a una Charmian, si quiere que le diga la verdad. Una Rose, o una Bess, s�, eso s�. Pero una Charmian en Devon, no. Dir�a que eso de las Charmian puede darse m�s en la parte norte. O en Londres, muy probablemente.
Malcolm entr� cautelosamente, midiendo los pasos. Llevaba un mont�n de expedientes, todos ellos fruto de las incursiones de Charlie en el campo de la izquierda militante. Los expedientes que se encontraban en la parte m�s baja de la pila estaban desgastados y manchados, de tanto ser consultados. De los bordes de las carpetas sobresal�an recortes de prensa, y panfletos en ciclostil.
Con un gru�ido de alivio, mientras dejaba el mont�n en la mesa, Malcolm dijo:
-�Bueno, se�or, si �sta no es la chica que buscamos, debiera serlo. Secamente, Picton
dijo:
-��El almuerzo!
Y despu�s de haber farfullado un largo torrente de �rdenes a sus subordinados, acompa�� a sus invitados a un ampl�simo comedor que ol�a a coles y a barniz de muebles.
Una gran l�mpara de l�grimas de cristal colgaba sobre una mesa de unos diez metros, en la que ard�an dos velas, en tanto que dos camareros con relucientes chaquetas blancas estaban atentos a atender a todas las necesidades de los presentes. Picton comi� est�lidamente. Litvak, mortalmente p�lido, trag� la comida como si fuera un inv�lido. Pero Kurtz hizo caso omiso de los estados de humor de los dem�s. Kurtz habl�, aunque, como es natural, nada dijo acerca de los asuntos que les ten�an a todos ocupados. Dijo que dudaba mucho que el comandante pudiera reconocer la ciudad de Jerusal�n, en el caso de que tuviera la buena suerte de poder visitarla de nuevo. Dijo que realmente estaba gozando de aquella comida, que era la primera que hac�a en un comedor de oficiales del ej�rcito ingl�s. Pero, ni siquiera en estas circunstancias, Picton pudo comer ininterrumpidamente. Dos veces, el capit�n Malcolm llam� a Picton a la puerta, para sostener con �l una conversaci�n en susurros. Y una vez, Picton fue llamado por tel�fono por su jefe. Y, cuando lleg� el pastel, Picton se puso s�bitamente en pie, como si alg�n bicho le hubiera picado, entreg� su servilleta de damasco a un camarero, y se fue, con el pretexto de hacer unas llamadas por tel�fono, y quiz�, tambi�n, a consultar el contenido de una alacena cerrada con llave, en su oficina, en donde Picton guardaba sus cosas, cosas de consumo privado.
El parque, con la salvedad de los siempre presentes centinelas, estaba tan desierto como el campo de deportes de una escuela en el primer d�a de vacaciones, y Picton caminaba por �l con el aire de vigilante amor propio de un terrateniente, mirando inquisitivamente las vallas, y golpeando con el bast�n todo aquello cuya visi�n le desagradaba. A su lado, y nueve pulgadas por debajo de su cabeza, Kurtz caminaba alegremente. Vistos desde lejos, aquellos dos bien hubieran podido ser un prisionero y un apresador, aunque hubiera resultado un tanto dif�cil determinar qui�n era qui�n. Detr�s, arrastrando los pies, iba Litvak cargado con las carteras, y detr�s de Litvak iba la �Se�ora O'Flaherty�, la legendaria perra alsaciana de Picton.
Con voz lo bastante alta para que Litvak pudiera o�rle, Picton solt�:
-�Al se�or Levene le gusta escuchar, �verdad? Si, sabe escuchar y tiene buena memoria. Me gustan esas cualidades.
Con una amable sonrisa, Kurtz dijo: