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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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El marino haba encendido fuego en la chimenea de la habitacin, que no careca de las cosas ms necesarias para la vida. Haba azcar de arce y plantas medicinales, las mismas que el joven haba recogido a orillas del lago Grant, que permitieron hacer algunas tisanas refrigerantes, que Harbert tom sin darse cuenta de nada. Su fiebre era muy alta y todo el da y toda la noche pasaron as, sin que recobrara el conocimiento. La vida de Harbert estaba pendiente de un hilo y aquel hilo poda romperse en un instante.

A la maana siguiente, 12 de noviembre, Ciro Smith y sus compaeros recobraron alguna esperanza. Harbert haba vuelto de su largo sopor: abri los ojos, conoci a Ciro Smith, al periodista y a Pencroff y pronunci dos o tres palabras. No saba lo que haba pasado: se lo dijeron, y Geden Spilett le suplic que guardara reposo absoluto, dicindole que su vida no corra peligro y que sus heridas cicatrizaran en pocos das. Por lo dems, Harbert casi no senta dolor y el agua fra con que las baaban incesantemente impeda la inflamacin de las heridas. La supuracin se estableca de un modo regular, la fiebre no tenda a aumentarse y se poda esperar que la cobarde agresin no tendra consecuencias funestas. Pencroff sinti ensancharse su corazn poco a poco: era una hermana de la caridad, una madre junto al lecho de su hijo.

Harbert se aletarg de nuevo, pero esta vez el sueo pareca mejor.

-Reptame que tiene esperanzas, seor Spilett -dijo Pencroff-, reptame que salvar a Harbert.

-S, lo salvaremos -dijo el periodista-. La herida es grave y quiz la bala ha atravesado el pulmn, pero la perforacin de este rgano no es mortal. -Dios le oiga! -exclam Pencroff.

Como es de suponer, en el espacio de veinticuatro horas que haca que estaban los colonos en la dehesa, no haban tenido ms pensamiento que el de cuidar a Harbert. No haban pensado en el peligro que poda amenazarlos, si volvan los presidiarios, ni en las precauciones que deberan tomarse para el futuro.

Pero aquel da, mientras Pencroff velaba junto al lecho del enfermo, Ciro Smith y el periodista hablaron de lo que convena hacer.

Comenzaron por recorrer la dehesa y no encontraron vestigios de Ayrton. Se haban apoderado de este desgraciado sus antiguos cmplices? Le haban sorprendido en la dehesa? Haba luchado y sucumbido en la lucha? Esta ltima hiptesis era la ms probable. Geden Spilett, en el momento en que trepaba por la empalizada, haba visto a uno de los bandidos huir por el contrafuerte sur del monte Franklin y hacia el cual Top se haba precipitado. Era uno de los que iban en la canoa que se haba estrellado contra las rocas en la desembocadura de la Merced. Adems, el otro, a quien Ciro Smith haba matado y cuyo cadver fue encontrado fuera del recinto, perteneca tambin a la partida de Bob Harvey.

En cuanto a la dehesa, no haba sufrido ninguna devastacin. Las puertas estaban cerradas y los animales domsticos no haban podido dispersarse por el bosque. No se vea tampoco seal alguna de lucha ni deterioro en la habitacin ni en la empalizada, solamente haban desaparecido con Ayrton las municiones que tena.

-El desgraciado habr sido sorprendido -dijo Ciro Smith-y, como no era hombre de entregarse sin lucha, habr sucumbido.

-S, es probable -aadi el periodista-. Despus los presidiarios se instalaron en la dehesa, donde tenan comestibles en abundancia, y han huido cuando nos han visto llegar. Es evidente tambin que en aquel momento, Ayrton, muerto o vivo, no estaba aqu.

-Habr que registrar el bosque -dijo el ingeniero-y purgar la isla de esos miserables. Los presentimientos de Pencroff no lo engaaban, cuando quera que les diramos caza como fieras. Si lo hubiramos hecho, nos habramos ahorrado muchas desgracias.

-S -dijo el periodista-, pero ahora tenemos el derecho de exterminarlos sin piedad.

-En todo caso -dijo el ingeniero-, necesitamos esperar y permanecer en la dehesa hasta que Harbert pueda ser trasladado sin peligro al Palacio de granito.

-Y Nab? -pregunt el corresponsal. -Nab est seguro.

-Y si, alarmado por nuestra ausencia, se aventurase a venir?

-Es preciso que no venga -contest Ciro Smith-. Sera asesinado en el camino. -Sin embargo, lo ms probable es que trate de reunirse con nosotros.

-Ah! Si funcionase el telgrafo, le podramos avisar, pero es imposible. En cuanto a dejar solos aqu a Pencroff y Harbert no hay que pensar en ello Pues bien, yo ir solo al Palacio de granito.

-No, no, Ciro -intervino el periodista-. No se exponga as, porque de nada le servira su valor. Esos miserables, evidentemente, vigilan la dehesa y estn emboscados entre la espesura que la rodea. Si fuese solo, tendramos que sentir dos desgracias en vez de una.

-Pero y Nab? -repiti el ingeniero-. Ya hace veinticuatro horas que est sin noticias nuestras. Querr venir.

-Y como estar an menos prevenido que nosotros para evitar una sorpresa -aadi Geden Spilett-, ser indudablemente atacado. -No hay medio de avisarlo?

Mientras el ingeniero reflexionaba, se fijaron sus miradas en Top, que iba y vena de un lado a otro, y pareca decir: "No estoy yo aqu para eso? " -Top! -exclam Ciro Smith. El animal lleg de un salto junto a su amo.

-S, Top ir -dijo el periodista, que haba comprendido la intencin del ingeniero Top- pasar por donde nosotros no podramos pasar, llevar al Palacio de granito noticias de la dehesa y nos traer razn de Nab.

-Pronto! -respondi Ciro Smith-Pronto!

Geden Spilett arranc rpidamente una hoja de su cuaderno y escribi las siguientes lneas:

Harbert, herido. Estamos en la dehesa. Ten mucho cuidado. No salgas del Palacio de granito. Se han presentado los piratas por ah? Respuesta por Top.

Este billete lacnico contena todo lo que Nab deba saber y le preguntaba todo lo que los colonos tenan inters en conocer. Geden Spilett lo dobl y at al cuello de Top, de manera que estuviese visible.

-Top! -dijo entonces el ingeniero acariciando al animal-. Nab, Top! Nab, Top, anda, anda!

Top empez a dar saltos, adivinando sin duda lo que se exiga de l. El camino del Palacio de granito le era familiar. En menos de media hora poda atravesar la distancia que le separaba. Donde Ciro Smith y el periodista no hubieran podido aventurarse sin peligro, Top, corriendo entre las hierbas o por la linde del bosque, pasara sin ser visto.

El ingeniero lleg hasta la puerta de la dehesa y, abriendo una de sus hojas, repiti:

-Nab, Top! Nab, Top! -tendiendo la mano en direccin al Palacio de granito.

El perro se lanz fuera del recinto y desapareci a los pocos momentos.

-Llegar? -dijo el periodista. -S, y volver el fiel animal. -Qu hora es? -pregunt Geden Spilett. -Las diez.

-Dentro de una hora, quiz, estar aqu. Vigilaremos el camino.

Cerraron de nuevo las puertas de la dehesa y entraron en la casa. Harbert estaba profundamente dormido y Pencroff mantena las compresas en un estado permanente de humedad. Geden Spilett, viendo que nada haba que hacer por el momento, se ocup en preparar algn alimento, sin dejar de vigilar con cuidado la parte del recinto inmediato al contrafuerte por donde poda venir una agresin.

Los colonos esperaron con ansiedad la vuelta de Top. Un poco antes de las once, Ciro Smith y el periodista, con la carabina en la mano, estaban detrs de la puerta preparados a abrirla al primer ladrido de su perro. No dudaban que si Top haba podido llegar sin tropiezo al Palacio de granito, Nab lo volvera a enviar inmediatamente.

Estaban all haca diez minutos, cuando oyeron una detonacin seguida de ladridos repetidos. El ingeniero abri la puerta y, viendo todava un resto de humo, a cien pasos, en el bosque, dispar en aquella direccin. Casi al mismo tiempo Top salt dentro de la empalizada, cuya puerta volvi a cerrarse inmediatamente.

-Top, Top! -exclam el ingeniero, tomando la gruesa cabeza de su fiel perro entre las manos.

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