La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
El marino hab�a encendido fuego en la chimenea de la habitaci�n, que no carec�a de las cosas m�s necesarias para la vida. Hab�a az�car de arce y plantas medicinales, las mismas que el joven hab�a recogido a orillas del lago Grant, que permitieron hacer algunas tisanas refrigerantes, que Harbert tom� sin darse cuenta de nada. Su fiebre era muy alta y todo el d�a y toda la noche pasaron as�, sin que recobrara el conocimiento. La vida de Harbert estaba pendiente de un hilo y aquel hilo pod�a romperse en un instante.
A la ma�ana siguiente, 12 de noviembre, Ciro Smith y sus compa�eros recobraron alguna esperanza. Harbert hab�a vuelto de su largo sopor: abri� los ojos, conoci� a Ciro Smith, al periodista y a Pencroff y pronunci� dos o tres palabras. No sab�a lo que hab�a pasado: se lo dijeron, y Gede�n Spilett le suplic� que guardara reposo absoluto, dici�ndole que su vida no corr�a peligro y que sus heridas cicatrizar�an en pocos d�as. Por lo dem�s, Harbert casi no sent�a dolor y el agua fr�a con que las ba�aban incesantemente imped�a la inflamaci�n de las heridas. La supuraci�n se establec�a de un modo regular, la fiebre no tend�a a aumentarse y se pod�a esperar que la cobarde agresi�n no tendr�a consecuencias funestas. Pencroff sinti� ensancharse su coraz�n poco a poco: era una hermana de la caridad, una madre junto al lecho de su hijo.
Harbert se aletarg� de nuevo, pero esta vez el sue�o parec�a mejor.
-�Rep�tame que tiene esperanzas, se�or Spilett -dijo Pencroff-, rep�tame que salvar� a Harbert.
-�S�, lo salvaremos -dijo el periodista-. La herida es grave y quiz� la bala ha atravesado el pulm�n, pero la perforaci�n de este �rgano no es mortal. -�Dios le oiga! -exclam� Pencroff.
Como es de suponer, en el espacio de veinticuatro horas que hac�a que estaban los colonos en la dehesa, no hab�an tenido m�s pensamiento que el de cuidar a Harbert. No hab�an pensado en el peligro que pod�a amenazarlos, si volv�an los presidiarios, ni en las precauciones que deber�an tomarse para el futuro.
Pero aquel d�a, mientras Pencroff velaba junto al lecho del enfermo, Ciro Smith y el periodista hablaron de lo que conven�a hacer.
Comenzaron por recorrer la dehesa y no encontraron vestigios de Ayrton. �Se hab�an apoderado de este desgraciado sus antiguos c�mplices? �Le hab�an sorprendido en la dehesa? �Hab�a luchado y sucumbido en la lucha? Esta �ltima hip�tesis era la m�s probable. Gede�n Spilett, en el momento en que trepaba por la empalizada, hab�a visto a uno de los bandidos huir por el contrafuerte sur del monte Franklin y hacia el cual Top se hab�a precipitado. Era uno de los que iban en la canoa que se hab�a estrellado contra las rocas en la desembocadura de la Merced. Adem�s, el otro, a quien Ciro Smith hab�a matado y cuyo cad�ver fue encontrado fuera del recinto, pertenec�a tambi�n a la partida de Bob Harvey.
En cuanto a la dehesa, no hab�a sufrido ninguna devastaci�n. Las puertas estaban cerradas y los animales dom�sticos no hab�an podido dispersarse por el bosque. No se ve�a tampoco se�al alguna de lucha ni deterioro en la habitaci�n ni en la empalizada, solamente hab�an desaparecido con Ayrton las municiones que ten�a.
-�El desgraciado habr� sido sorprendido -dijo Ciro Smith-y, como no era hombre de entregarse sin lucha, habr� sucumbido.
-�S�, es probable -a�adi� el periodista-. Despu�s los presidiarios se instalaron en la dehesa, donde ten�an comestibles en abundancia, y han huido cuando nos han visto llegar. Es evidente tambi�n que en aquel momento, Ayrton, muerto o vivo, no estaba aqu�.
-�Habr� que registrar el bosque -dijo el ingeniero-y purgar la isla de esos miserables. Los presentimientos de Pencroff no lo enga�aban, cuando quer�a que les di�ramos caza como fieras. Si lo hubi�ramos hecho, nos habr�amos ahorrado muchas desgracias.
-�S� -dijo el periodista-, pero ahora tenemos el derecho de exterminarlos sin piedad.
-�En todo caso -dijo el ingeniero-, necesitamos esperar y permanecer en la dehesa hasta que Harbert pueda ser trasladado sin peligro al Palacio de granito.
-��Y Nab? -pregunt� el corresponsal. -Nab est� seguro.
-��Y si, alarmado por nuestra ausencia, se aventurase a venir?
-�Es preciso que no venga -contest� Ciro Smith-. Ser�a asesinado en el camino. -Sin embargo, lo m�s probable es que trate de reunirse con nosotros.
-��Ah! Si funcionase el tel�grafo, le podr�amos avisar, pero es imposible. En cuanto a dejar solos aqu� a Pencroff y Harbert no hay que pensar en ello� Pues bien, yo ir� solo al Palacio de granito.
-�No, no, Ciro -intervino el periodista-. No se exponga as�, porque de nada le servir�a su valor. Esos miserables, evidentemente, vigilan la dehesa y est�n emboscados entre la espesura que la rodea. Si fuese solo, tendr�amos que sentir dos desgracias en vez de una.
-�Pero �y Nab? -repiti� el ingeniero-. Ya hace veinticuatro horas que est� sin noticias nuestras. Querr� venir.
-�Y como estar� a�n menos prevenido que nosotros para evitar una sorpresa -a�adi� Gede�n Spilett-, ser� indudablemente atacado. -�No hay medio de avisarlo?
Mientras el ingeniero reflexionaba, se fijaron sus miradas en Top, que iba y ven�a de un lado a otro, y parec�a decir: "�No estoy yo aqu� para eso? " -�Top! -exclam� Ciro Smith. El animal lleg� de un salto junto a su amo.
-�S�, Top ir� -dijo el periodista, que hab�a comprendido la intenci�n del ingeniero Top- pasar� por donde nosotros no podr�amos pasar, llevar� al Palacio de granito noticias de la dehesa y nos traer� raz�n de Nab.
-��Pronto! -respondi� Ciro Smith-�Pronto!
Gede�n Spilett arranc� r�pidamente una hoja de su cuaderno y escribi� las siguientes l�neas:
Harbert, herido. Estamos en la dehesa. Ten mucho cuidado. No salgas del Palacio de granito. �Se han presentado los piratas por ah�? Respuesta por Top.
Este billete lac�nico conten�a todo lo que Nab deb�a saber y le preguntaba todo lo que los colonos ten�an inter�s en conocer. Gede�n Spilett lo dobl� y at� al cuello de Top, de manera que estuviese visible.
-��Top! -dijo entonces el ingeniero acariciando al animal-. �Nab, Top! �Nab, Top, anda, anda!
Top empez� a dar saltos, adivinando sin duda lo que se exig�a de �l. El camino del Palacio de granito le era familiar. En menos de media hora pod�a atravesar la distancia que le separaba. Donde Ciro Smith y el periodista no hubieran podido aventurarse sin peligro, Top, corriendo entre las hierbas o por la linde del bosque, pasar�a sin ser visto.
El ingeniero lleg� hasta la puerta de la dehesa y, abriendo una de sus hojas, repiti�:
-��Nab, Top! �Nab, Top! -tendiendo la mano en direcci�n al Palacio de granito.
El perro se lanz� fuera del recinto y desapareci� a los pocos momentos.
-��Llegar�? -dijo el periodista. -S�, y volver� el fiel animal. -�Qu� hora es? -pregunt� Gede�n Spilett. -Las diez.
-�Dentro de una hora, quiz�, estar� aqu�. Vigilaremos el camino.
Cerraron de nuevo las puertas de la dehesa y entraron en la casa. Harbert estaba profundamente dormido y Pencroff manten�a las compresas en un estado permanente de humedad. Gede�n Spilett, viendo que nada hab�a que hacer por el momento, se ocup� en preparar alg�n alimento, sin dejar de vigilar con cuidado la parte del recinto inmediato al contrafuerte por donde pod�a venir una agresi�n.
Los colonos esperaron con ansiedad la vuelta de Top. Un poco antes de las once, Ciro Smith y el periodista, con la carabina en la mano, estaban detr�s de la puerta preparados a abrirla al primer ladrido de su perro. No dudaban que si Top hab�a podido llegar sin tropiezo al Palacio de granito, Nab lo volver�a a enviar inmediatamente.
Estaban all� hac�a diez minutos, cuando oyeron una detonaci�n seguida de ladridos repetidos. El ingeniero abri� la puerta y, viendo todav�a un resto de humo, a cien pasos, en el bosque, dispar� en aquella direcci�n. Casi al mismo tiempo Top salt� dentro de la empalizada, cuya puerta volvi� a cerrarse inmediatamente.
-��Top, Top! -exclam� el ingeniero, tomando la gruesa cabeza de su fiel perro entre las manos.