Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
1 ... 108 109 110 111 112 113 114 115 116 ... 142
Перейти на страницу:

Top lanzaba sordos gru�idos, que no eran de buen ag�ero.

El recinto de la empalizada se present� a trav�s de los �rboles. No se ve�a en �l ninguna se�al de deterioro. La puerta estaba cerrada como de ordinario y un silencio profundo reinaba en la dehesa, sin que se oyeran ni los balidos acostumbrados de los muflones ni la voz de Ayrton.

-��Entremos! -dijo Ciro Smith.

El ingeniero se adelant�, mientras sus compa�eros vigilaban a veinte pasos de �l, dispuestos a disparar.

Ciro Smith levant� el picaporte de la puerta e iba a empujarla, cuando Top ladr� con violencia y son� una detonaci�n por encima de la empalizada, a la cual respondi� un grito de dolor. Harbert, herido de bala, hab�a ca�do en el suelo.

7. Buscan a Ayrton y hieren a Harbert

Al grito de Harbert, Pencroff, dejando caer el arma, se lanz� hacia �class="underline" -�Lo han matado! �Hijo m�o! �Harbert! �Lo han matado!

Ciro Smith y Gede�n Spilett se precipitaron tambi�n a donde estaba Harbert y el periodista examin� si el coraz�n del pobre joven lat�a a�n.

-��Vive! -dijo-, pero hay que trasladarlo. -�Al Palacio de granito? �Es imposible! -contest� el ingeniero. -A la dehesa, entonces -exclam� Pencroff.

-�Un instante -dijo Ciro Smith.

Y se lanz� hacia la izquierda, dando vuelta al recinto. Se vio ante un bandido, que, apunt�ndole, dispar� y le atraves� el sombrero con una bala. Pocos segundos despu�s, antes de que tuviera tiempo de disparar el segundo tiro, ca�a aquel pirata herido en el coraz�n por el pu�al de Ciro Smith, m�s seguro todav�a que su fusil.

Entretanto, Gede�n Spilett y el marino se levantaron sobre las estacas de la empalizada, saltaron el recinto, derribando los puntales que manten�an la puerta interiormente, se precipitaron en la casa vac�a y poco despu�s el pobre Harbert reposaba en la cama de Ayrton.

Ciro Smith no tard� en llegar.

Al ver a Harbert desmayado, el dolor del marino fue terrible. Sollozaba, lloraba y quer�a romperse la cabeza contra la pared. Ni el ingeniero ni el periodista lograban calmarlo: la emoci�n los sofocaba tambi�n y no pod�an hablar.

Sin embargo, hicieron cuanto estaba en su mano para disputar a la muerte al pobre joven que agonizaba a su vista. Gede�n Spilett, cuya vida estaba llena de tantas aventuras, pose�a algunos conocimientos pr�cticos de medicina general. Sab�a un poco de todo y en muchas circunstancias hab�a tenido necesidad de curar heridas producidas por arma blanca o por arma de fuego. Procedi�, ayudado de Ciro Smith, a dar a Harbert el socorro que reclamaba su estado.

Lo primero que sorprendi� al periodista fue el sopor general que consum�a las fuerzas de Harbert, sopor debido, sin duda, bien a la hemorragia, bien a la conmoci�n, si la bala hab�a dado en alg�n hueso con bastante fuerza para determinar una violenta sacudida.

Harbert estaba muy p�lido y su pulso era tan d�bil, que Gede�n Spilett lo sent�a a largos intervalos, como si hubiera estado a punto de detenerse. Al mismo tiempo, hab�a una insensibilidad casi completa y un desmayo absoluto: s�ntomas todos muy graves.

Desnudaron el pecho de Harbert y, habi�ndose detenido la hemorragia con los pa�uelos, lo lavaron con agua fresca.

Entonces apareci� la contusi�n o, mejor dicho, la herida contusa. Vieron un agujero oval en el pecho entre la tercera y cuarta costillas. Por all� hab�a entrado la bala.

Ciro Smith y Gede�n Spilett volvieron al pobre joven, que lanz� un gemido tan d�bil, que hubiera podido creerse que era su �ltimo suspiro.

Otra herida contusa ensangrentaba la espalda de Harbert, de la cual se escap� inmediatamente la bala que le hab�a herido.

-��Dios sea loado! -dijo el periodista-. La bala no ha quedado en el cuerpo y no tendremos necesidad, por lo tanto, de extraerla.

-�Pero� �y el coraz�n? -pregunt� Ciro Smith.

-�El coraz�n no ha sido tocado, porque de lo contrario el pobre Harbert habr�a muerto. -�Muerto! -exclam� Pencroff, dando un grito.

El marino no hab�a o�do m�s que las �ltimas palabras del periodista. -No, Pencroff -dijo Ciro Smith-, no. No est� muerto. Su pulso late todav�a y ha lanzado un gemido, pero por el inter�s mismo de nuestro hijo c�llese. Necesitamos serenidad, no nos la haga perder, amigo.

Pencroff guard� silencio, pero reaccion� y su rostro se inund� de l�grimas.

Entretanto, Gede�n Spilett trataba de reunir sus recuerdos m�dicos para proceder con m�todo. Seg�n lo que hab�a observado, no era dudoso para �l que la bala hab�a entrado por el pecho y salido por la espalda. Pero �qu� estragos hab�a causado a su paso? �Qu� �rganos vitales hab�a tocado? Habr�a costado trabajo a un cirujano de profesi�n decirlo en aquel momento, con mayor raz�n al periodista.

Este, sin embargo, sab�a una cosa: que se necesitaba, ante todo, evitar la estrangulaci�n inflamatoria de las partes lesionadas, para combatir despu�s la inflamaci�n local y fiebre, que resultar�an de la herida, herida mortal tal vez. Ahora bien, �qu� t�picos, qu� antiflog�sticos deb�an emplearse? �Por qu� medios evitar la inflamaci�n?

En todo caso, lo que importaba era hacer la cura de las dos heridas sin tardar. No crey� necesario Gede�n Spilett excitar la salida de la sangre, lav�ndolas con agua tibia y comprimiendo los labios: la hemorragia hab�a sido muy abundante y Harbert estaba demasiado debilitado por la p�rdida de sangre.

Crey�, pues, que deb�a contentarse con lavar las dos heridas con agua fr�a.

Harbert estaba echado sobre el lado izquierdo y en esta posici�n fue mantenido.

-�Es preciso que no se mueva -dijo Gede�n Spilett-. Est� en la posici�n m�s favorable para que las heridas de la espalda y del pecho puedan supurar con facilidad. Necesita un reposo absoluto.

-��Qu�! �No podremos trasladarlo al Palacio de granito? -pregunt� el marino.

-�No, Pencroff -contest� el periodista. -�Maldici�n! -exclam� el marino, levantando los pu�os hacia el cielo. -�Pencroff! -dijo Ciro Smith.

Gede�n Spilett volvi� a examinar al joven herido con atenci�n. Harbert continuaba tan espantosamente p�lido, que el periodista se turb�.

-�Ciro -dijo-, yo no soy m�dico�, me encuentro en una perplejidad terrible. Debe ayudarme con sus consejos y su experiencia.

-�C�lmese, amigo -dijo el ingeniero estrech�ndole la mano-. Juzgue con serenidad�, piense s�lo que debemos salvar a Harbert.

Estas palabras devolvieron a Gede�n Spilett el dominio sobre s� mismo, que hab�a perdido en un instante de desaliento, al considerarla responsabilidad que pesaba sobre �l. Se sent� junto a la cama mientras Ciro Smith permaneci� de pie junto a �l. Pencroff hab�a desgarrado su camisa y maquinalmente hac�a hilas.

Gede�n Spilett explic� a Ciro Smith que ante todo cre�a deber detener la hemorragia, pero no cerrar las dos heridas, ni provocar su cicatrizaci�n inmediata, porque hab�a habido perforaci�n interior y era necesario no dejar que la supuraci�n se acumulase en el pecho.

Ciro Smith aprob� este parecer y decidi� que se hiciera la cura de las dos heridas sin tratar de cerrarlas por una coaptaci�n inmediata. Por fortuna las heridas no presentaban un aspecto que requiriese operaci�n para mantener los labios separados.

Y ahora, �pose�an los colonos un agente eficaz para obrar contra la inflamaci�n que iba a sobrevenir? S�, ten�an uno, porque la naturaleza lo ha prodigado generosamente. Ten�an el agua fr�a, es decir, el sedativo m�s poderoso que puede usarse contra la inflamaci�n de las heridas, el agente terap�utico m�s eficaz en los casos graves y que est� adoptado por todos los m�dicos. El agua fr�a tiene tambi�n la ventaja de proporcionar a la herida un reposo absoluto y de evitar una curaci�n prematura, ventaja considerable, porque la experiencia ha demostrado que el contacto del aire es funesto durante los primeros d�as.

Ciro Smith y Gede�n Spilett razonaban as� con su simple buen sentido y obraron como lo habr�a hecho el mejor cirujano. Se aplicaron compresas de tela sobre las dos heridas del pobre Harbert y se tuvo cuidado de tenerlas constantemente empapadas en agua fr�a.

1 ... 108 109 110 111 112 113 114 115 116 ... 142
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)